viernes, 29 de mayo de 2009

Crónica del viaje a Finlandia y Noruega en el año 2007 (parte 1)

Inicio aquí una serie de entradas dedicadas a relatar la espléndida e inolvidable experiencia que la Ornitosecta al completo (Dani, Cristina y yo) vivió en el mes de julio del año 2007.

Fue en el año 2006 cuando nos planteamos nuestro primer gran viaje estando los tres juntos (y en mi caso concreto, mi primer gran viaje, punto). La decisión fue fácil: los tres queríamos ver el norte, el sol de medianoche, sentir el clima polar, conocer aquella cultura... y por supuesto, ¡observar su fauna!

Personalmente no creo en las reencarnaciones, pero si éstas fueran reales, en ese caso estoy convencido de que en alguna de mis vidas pasadas habité en aquellas tierras, como guerrero vikingo, o como pescador, o nómada... Me atrae mucho el frío y las altas latitudes. Siento algo especial en mi interior cuando pienso en aquellas tierras. Y la perspectiva de este viaje se me presentaba como un regreso a un hogar que de hecho nunca he pisado.

Nos reunimos a primeros del 2007 para reservar los billetes de avión y para trazar un posible itinerario, de manera que pudiéramos ver el máximo de ambientes, de aves y de territorio en unos diez días de expedición.

Tomamos la siguiente decisión: volaríamos hasta Vantaa (el aeropuerto cercano a Helsinki), justo en el extremo sur del país, alquilaríamos un vehículo y viajaríamos por carretera atravesando Finlandia (Suomi en su idioma, que por cierto me encanta) siguiendo los territorios del oeste, pasando por Oulu y Rovaniemi, hasta llegar a la frontera con Noruega en el extremo norte del país. Entraríamos en el país vecino para dirigirnos a la península de Varanger y explorarla. Regresaríamos por el mismo camino hasta la frontera, para entrar de nuevo en Finlandia y descender hacia el sur esta vez por los territorios del este (Kuusamo), hasta llegar de nuevo al aeropuerto de Vantaa.

En diez días se podía hacer. Sobre la marcha podíamos acelerar o frenar nuestro avance, pero teniendo en cuenta el paso que tenemos los ornitólogos cuando miramos aves (creo que una vez me adelantó un caracol), cabía esperar que tuviéramos que forzarnos a avanzar para cumplir el calendario marcado. Podríamos sentirnos como Phileas Fogg, aunque a una escala más reducida: él perdería una gran suma si no daba la vuelta al mundo en 80 días. Nosotros perderíamos también mucho dinero si tardábamos más de diez días en regresar al aeropuerto, ya que al no aprovechar nuestro billete de vuelta deberíamos comprar otro.

En la próxima entrada daremos paso al inicio del viaje en sí.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Arcachon: en busca de la Pagophila eburnea (segunda parte y última)

Amanecimos el lunes 2 de marzo en aquel bosque.

El grito del Picus viridis retumbaba en el silencio matinal. Pero el ave no se dejó ver.

La decisión de aprovechar el día entero y regresar la noche del lunes al martes ya estaba tomada. Así que teníamos por delante bastantes horas para continuar buscando la gaviota marfil y las polares.

Tras desperezarnos subimos al coche y nos trasladamos a Gujan-Mestras para tomar un café. Acto seguido ya estábamos en acción en el criadero de ostras. Ni rastro de la Pagophila. Sin embargo la gaviota de Delaware seguía fiel a su zona, junto a las argentatus y canus.

Aquella mañana la dedicamos a explorar detenidamente la zona del criadero y cercanías. Fuimos recompensados con bandos de Branta bernicla, Calidris alpina, y el resto de aves que ya habíamos disfrutado el día anterior, las cuales no nos cansábamos de admirar. No todos los días disfrutamos de Larus delawarensis.

Desde el criadero y mirando hacia el este, más al interior de la bahía, lejos, divisamos lo que parecían unas marismas ante las cuales descansaban algunos cisnes y otras aves. Subimos al coche y nos movimos hacia aquella zona, con la esperanza de hallar alguna carretera o pista que nos adentrara en las marismas.

Tuvimos suerte y pudimos dejar el coche junto a lo que parecía un itinerario usado, quizá, por cazadores.

Tras caminar algunos cientos de metros pudimos observar algunos ejemplares de garceta grande (Egretta alba), cisne vulgar (Cygnus olor), tarro blanco (Tadorna tadorna), espátula (Platalea leucorodia) y zarapito real (Numenius arquata).

Las horas pasaban y el hambre acudió. Encontramos un centro comercial, y aunque llegamos tarde para comer (esta gente adelanta sus horarios respecto a nuestras costumbres... o nosotros los retrasamos), pudimos igualmente comprar algo con que llenar los estómagos.

Una vez alimentados, postreados y cafeteados volvimos de nuevo al bosquecillo que nos había acogido la noche anterior, con la esperanza de ver y bimbar el Picus viridis. Pero aunque lo escuchamos no lo vimos. Disfrutamos sin embargo de otras aves como el trepador azul (Sitta europaea).

Tras ese bonito paseo de sobremesa fuimos a nuestro auténtico centro neurálgico de toda nuestra expedición: el pueblo de Gujan-Mestras. Resignados ya a la evidencia de que no había gaviota marfil que ver, exploramos aún una parte más del puerto que aún no habíamos visto, ya únicamente para disfrutar de cualquiera de aquellas aves que no solemos ver en abundancia en la costas catalanas.

No pudo ser más acertada la decisión. Resulta que una de las calles termina en una especie de plaza redonda asomada a los barros de la marea, oteadero ideal para plantar los telescopios y pasarse horas escudriñando la bahía, y de hecho eso fue lo que hicimos.



La vuelta de la marea bajo la atenta mirada del sol del atardecer hizo nuestras delicias: cientos de correlimos esquivaban el avance de las aguas, las cuales hicieron desaparecer los limos de nuestra vista para sustituirlos por un océano hambriento de suelo. Calidris alpina y algunos C. minuta correteaban arriba y abajo, iluminados por esos rayos dorados tan especiales, esos que solo iluminan durante las últimas horas del día o primeras horas de la mañana.

Calidris alpina:

Como remate final y despedida, un halcón peregrino (Falco peregrinus) sobrevoló las aves de la bahía y tras unas bonitas maniobras desapareció en dirección oeste.

También nosotros debíamos marcharnos. Se hacía tarde y servidor no podía permitirse un día más sin trabajar. También a Cristina la esperaban al día siguiente. Y mi sobrino Adrián no debía faltar de nuevo a clase.

Sin Pagophila, pero no importa: ¡victoria!

Pasadas las siete de la tarde emprendimos el regreso, y bien entrada la madrugada descansábamos todos en nuestras propias casas.

Gujan-Mestras es un lugar maravilloso para el amante de las aves marinas. Personalmente pienso que va a ser punto de destino habitual en mis inviernos futuros.

sábado, 2 de mayo de 2009

Arcachon: en busca de la Pagophila eburnea (primera parte)

El 28 de febrero de este año 2009 Cristina y un servidor (Jordi) decidimos hacernos en coche 700 km de ida y 700 de vuelta para intentar ver una gaviota marfil (Pagophila eburnea).

Este ejemplar de Pagophila llevaba semanas viéndose en un pueblecito de la costa atlántica francesa.

La primera noticia que tuvimos de su presencia fue el domingo anterior cuando, estando Cristina y yo pajareando en los Aiguamolls de l'Empordà (bueno, en realidad en aquel momento estábamos en un buen restaurante cercano al parque dándole al papeo...), decía, estábamos Cristina y yo en los Aiguamolls dándole parte vía sms a Dani (que no había podido acompañarnos) de lo que habíamos visto cuando él mismo nos habló del avistamiento de la gaviota en Arcachon.

Al principio parecía una locura, pero a lo largo de esa semana (del lunes 23 al sábado 28 de febrero) estuve vigilando webs de ornitología francesas. El viernes 27 Cristina y yo (Dani tampoco podía acompañarnos) descartamos ir. El sábado 28 cambiamos de opinión y decidimos marcharnos.

Mi sobrino Adrián quiso acompañarnos y fue bienvenido. Tiene 12 años y ya apunta buenas maneras de ornitólogo.

Cristina trabajaba hasta las ocho de la tarde ese sábado. El plan era recogerla en coche con Adrián, irnos los tres hacia la casa de ella para que recogiera su equipaje y salir pitando hacia Francia. El domingo buscaríamos la gaviota, y a priori la intención sería estar de vuelta el lunes para que yo pudiera trabajar (Cristina tenía fiesta). Un plan loco y arriesgado (un gasto económico y físico considerable sin garantías de ver la Pagophila) pero así y todo lo hicimos.

Estrené con este viaje el GPS del coche y lo cierto es que nos fue de perlas. Tengo tendencia a perderme conduciendo, y si no fuera por esa pequeña maravilla tecnológica posiblemente habríamos acabado bimbando cascanueces en Alemania.

Llegamos al territorio de Arcachon a primera hora de la mañana del domingo, ya día 1 de marzo, y los primeros vistazos al paisaje ya daban a entender que la cosa prometía mucho.

Jamás olvidaré la emoción al encontrar los criaderos de ostras y ver los grupos de gaviotas de varias especies que volaban bajas y descansaban en los cables cercanos. Olía a bimbo. La energía de la ornitosecta era palpable, creo que hasta resplandecíamos un poco...

El lugar concreto en el que debíamos buscar la Pagophila era el puerto de Larros, en el pueblecito de Gujan-Mestras.

Nada más llegar encontramos una pareja de ornitólogos que nos informaron de que hacía un par de días que no se la veía.

Sin embargo no caímos en el desánimo, ya que apenas cinco minutos después pudimos bimbar a placer gaviota de Delaware (Larus delawarensis). Se trataba de un adulto que se movía por el criadero de ostras en compañía de Larus canus, L. ridibundus, L. fuscus, L. argentatus y L. michahellis. Un lujo poder disfrutar de tantas especies juntas y a tan poca distancia.

Larus delawarensis:

Larus argentatus:

Más tarde bimbamos barnacla carinegra (Branta bernicla), especie que se dejaba ver a ratos en la bahía, a veces en grupos de algunas decenas de ejemplares. Cristina pudo añadir además otro bimbo particular a su lista: correlimos gordo (Calidris canutus).

Branta bernicla bernicla:

Pasamos la mañana escudriñando la zona, pero no hubo suerte con la Pagophila, ni tampoco con las Larus glaucoides (incluida alguna kumlieni) las cuales sí sabíamos que se hallaban presentes. Pero lo dicho, no hubo suerte.

La tarde del domingo decidimos pasarla en la reserva natural de Le Teich. Allí pudimos observar auténticos cisnes salvajes (Cygnus olor) en su zona de cría, espectaculares como no podría imaginarse, además de alguna que otra sorpresa como Branta canadiensis (¡bimbo!). Esta barnacla nos apareció en medio del camino, de manera muy confiada, y dudamos de su origen salvaje. Iba acompañada de dos ánsares comunes (Anser anser) también confiados. Sin embargo en el centro de información nos confirmaron que la barnacla era salvaje: había llegado tiempo atrás y al parecer no recuerdo por qué problema no llegó a irse nunca (¿estaba herida?) y ahora se acerca a los humanos buscando alimento (y encontrándolo).

Cygnus olor:

Branta canadiensis:

Otra ave de aquella tarde fue un Picus viridis que no pudimos/quisimos dar como bimbo al no poder observarlo bien (de hecho es peor de lo que cuento, ya que yo sí vi al ave a través del telescopio, pero en aquel momento no recordaba la actual diferenciación entre el taxon viridis/sharpei y no me fijé en si tenía o no la cara negra).

Por la noche, tras sufrir primero para encontrar una gasolinera antes de que se agotara el poquísimo combustible que quedaba, y sufrir después buscando un lugar abierto donde nos dieran de cenar (¡ehhh, esa pizzería que nos salvó la vida!) acabamos encontrando un bosquecito tranquilo atravesado por una pista forestal en el cual decidimos pasar la noche. Allí pude comprobar una vez más lo mal que se duerme en un coche. También pudimos comprobar que de madrugada hacía un frío que pelaba.

Pero conseguimos descansar y recobrar fuerzas para afrontar la siguiente jornada, la cual se explicará en una próxima entrada del blog.