sábado, 27 de febrero de 2010

Murcia 2010: Ceryle alcyon

Tras seguir durante un par de meses por internet las evoluciones de un ejemplar hembra de martín pescador alción (Ceryle alcyon) detectado en Murcia decidimos ir en su busca.

Es ésta una especie de procedencia americana, y por lo tanto rarísima aquí (se trata de la primera cita para el sur de Europa).

Partimos a la una de la madrugada del día 7 de febrero de 2010. La intención era recorrer durante la noche los 700 km que separan al pueblo de El Albujon, en Murcia, de la ciudad de Barcelona. No iba la ornitosecta al completo (faltaba Dani), pero sí venía el futurible Adrián, que con trece años empieza a apasionarse por la fauna como ya lo hacemos Cristina y yo.

Tras un par de paradas para dormir un poco (y tras escuchar seis CDs de música heavy durante el viaje) llegamos a nuestro destino ya de día. Tras un par de titubeos Cristina lanzó el grito de guerra de la ornitosecta.

- El veig!


En efecto, junto a una balsa de riego cercada descansaba en un cable el causante de nuestro éxodo.





Hay gente que me ha preguntado durante estos días como era posible que hubiera un único ejemplar de una especie de pájaro en un sitio concreto, que alguien lo encontrara, que el avistamiento llegara a mis oídos, y que tras decidir ir hacia allí hubiéramos podido encontrar al ave.

La respuesta es muy sencilla: la tecnología es una herramienta maravillosa cuando eres naturalista de campo. Internet y el navegador GPS para el coche hicieron posible el logro del Ceryle alcyon (y el de otros "bimbos" antes de éste). Existen multitud de páginas web que informan de la situación de las especies interesantes.

Una vez localizado el lugar exacto solo hace falta ir para disfrutar de estas aves. Pero siempre dentro del respeto a la fauna, la flora, el medio en el que se mueven y las personas con las que conviven.

Otro punto a tener en cuenta es el siguiente: a menudo las aves no se mueven de un lugar durante días, a veces semanas e incluso hasta meses.

En cuanto a lo de que hubiera solo un ejemplar, como ya he dicho se trata de una especie americana, y por lo tanto una rareza aquí. ¿Cómo se perdió esta ave? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Cómo cruzó el Atlántico? Probablemente lo hizo a bordo de un barco. Quizá se detuvo a descansar en él y éste la trasladó hasta Europa.

Así pues en la mañana del domingo día 7 disfrutamos de nuestro martín alción, o martín gigante norteamericano. El lugar, un llano con huertos, campos de cultivo y algunas balsas y canales de agua era propicio para explorar con la mirada hasta la lejanía.

Esto nos permitió controlar sin muchos problemas los movimientos del martín, que se mostraba bastante confiado, en contra de lo que habíamos leído días antes cuando nos informábamos sobre el ave. Por miedo a molestarlo y asustarlo habíamos comenzado la observación a bastante distancia, pero tras comprobar por el telescopio que el ave toleraba sin problemas la presencia de varios paseantes de a pie decidimos aproximarnos más, lo cual nos permitió también inmortalizar el momento.

Como buenos ornitosectarios no descuidamos tampoco la observación de otras aves del lugar, como las cogujadas comunes (Galerida cristata), los estorninos negros (Sturnus unicolor), las lavanderas blancas (Motacilla alba) o los alcaudones meridionales (Lanius meridionalis).

Cogujada común (Galerida cristata)

Alcaudón meridional (Lanius meridionalis)
Estornino negro (Sturnus unicolor)



Tuvimos otras sorpresas agradables, como un bando de veinte alcaravanes (Burhinus oedicnemus) en vuelo, o las dos primeras cigüeñuelas del año (Himantopus himantopus).

Cumplido el objetivo del viaje y satisfecha nuestra curiosidad decidimos abandonar El Albujón hacia el mediodía, para probar suerte en las estepas del norte de la provincia, a caballo con Albacete, para intentar ver avutardas (Otis tarda), gangas (Pterocles alchata) y ortegas (Pterocles orientalis).

Hicimos una parada en unos campos situados entre los pueblos de Montealegre del Castillo y Yecla, y como suele ocurrir cuando la ornitosecta actúa, tuvimos suerte: un bando de dieciocho avutardas (Otis tarda) pacía con toda tranquilidad, ajenas a los telescopios y prismáticos que las enfocaban. No osamos en cualquier caso aproximarnos en exceso, por miedo a molestarlas.

Avutarda (Otis tarda).
Adrià y Cristina disfrutando de las avutardas.






El lugar nos deparó además varios grupos de calandrias (Melanocorypha calandra) y de pardillos (Carduelis cannabina). También pudimos contemplar un macho de aguilucho lagunero (Circus aeruginosus), alejado de las marismas, su hábitat más típico, y otras rapaces como cernícalo vulgar (Falco tinnunculus), ratonero común (Buteo buteo) y milano real (Milvus milvus).


Pudimos ver también algunas avutardas más volando en la lejanía, incluido un bando de siete ejemplares. Pero lo que más nos excitó fue oír el canto de las ortegas, aunque no llegamos a verlas. De vez en cuando el peculiar sonido que emiten estas aves llegaba a nuestros oídos sin que llegáramos a observar ni un solo ejemplar.

Anochecía ya y decidimos buscar un lugar tranquilo para dormir en el vehículo. Conducíamos por una pista de tierra y pasamos junto a un precioso mochuelo (Athene noctua) que nos miró con cierto interés desde su oteadero, una roca situada junto al camino. Poco después comprobamos que el mochuelo allí era abundante, pues se oían los incansables grititos de estas pequeñas y bellas rapaces nocturnas.

Una vez escogido el lugar nos decidimos a pernoctar soportando el frío lo mejor que pudiéramos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Finlandia-Noruega 2007 (parte 12): Hornoya

Continuamos con la crónica del viaje a Finlandia y Noruega.

Nos despertamos por la mañana en Vardo y conocimos a nuestro "vecino". Aunque no lo comenté en la entrada anterior, la mujer dueña de la casa nos había avisado de que alguien más compartiría con nosotros la vivienda aquel día: un suizo había alquilado otra habitación.

A aquel suizo lo conocimos aquella mañana. Coincidimos en la cocina y compartió con nosotros el tiempo del desayuno, y aunque reacio al principio a ser comunicativo, acabó congeniando con nosotros y recomendándonos algunos lugares buenos para ver aves por la zona.

Nos marchamos de la casa y dejamos las llaves en el buzón, tal y como nos había pedido que hiciéramos la casera.

Era el domingo 8 de julio del año 2007. Aquel día había salidas en barca organizadas desde el puerto de Vardo hasta la cercana isla de Hornoya. Habíamos comprado los tíckets para subir a la barca el día anterior, en el centro de información del puerto, donde nos habían dado los mapas de la isla. En el momento de comprar los tíckets nos informaron de que no se aceptaban tarjetas de crédito, solo coronas noruegas. Por suerte para nosotros Cristina es una chica previsora, y había cambiado euros por coronas noruegas en Barcelona días antes. Aquel detalle nos salvó, porque de otra manera no habríamos podido apuntarnos a la excursión.

La barca partía a las doce del mediodía. Pocos minutos antes de la hora allí estábamos los tres esperando al momento. Pero dieron las doce y no vimos a nadie por la zona. Descubrimos entonces que algo no iba bien. Empezamos a impacientarnos, empezamos a llamar a números de información y a preguntar a las personas que pasaban, que no entendían nuestras preguntas, así como nosotros no comprendíamos las respuestas.

Temiendo ya lo peor (perder la excursión y el dinero) terminamos finalmente percatándonos de nuestro terrible error: en Noruega hay que retrasar el reloj una hora respecto al horario español. Nosotros ni siquiera lo sabíamos, y resultó que cuando pensábamos que eran las doce en realidad eran las once.

Así que fuimos las más madrugadoras y puntuales de las personas que iban a subir a la embarcación, personas que ahora sí iban apareciendo por los alrededores.

La ornitosecta junto al barco que nos llevaría a Hornoya.
Mientras esperábamos pasó junto a nosotros este curioso conductor.
La espera se hizo algo más amena gracias al arao aliblanco (Cepphus grylle) que nadaba en el puerto.

Superado una vez nuestro bochorno (que intentamos mantener en secreto todo lo que pudimos) dimos rienda suelta a la alegría, a la satisfacción de saber que realmente íbamos a visitar una espectacular colonia de aves marinas.

Subimos al barquito y emprendimos la travesía, la cual duraría no más que algunos minutos. A medida que nos aproximábamos a Hornoya eran cada vez más numerosas las aves marinas, y en el momento de atracar en el embarcadero ya éramos conscientes de que aquello iba a superar con creces nuestras más optimistas espectativas.

Los acantilados de Hornoya. Desde aquí ya se aprecian las aves en sus nidos.

Frente a nosotros se alzaban unos acantilados repletos de vida: gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla), cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis), araos comunes (Uria aalge), araos de Brunich (Uria lomvia), alcas (Alca torda), frailecillos (Fratercula arctica), gaviotas argénteas (Larus argentatus) y gaviones (Larus marinus) se daban cita en una espectacular colonia que nos dejó literalmente anonadados.



El rey del lugar, el frailecillo, nos hizo vivir un auténtico éxtasis ornitológico. Toda Hornoya resultó ser un orgasmo ornitológico, expresión que usamos a menudo. Pero creo que a todos nos hizo especial ilusión este ave en concreto. Además podíamos disfrutarlo con orgullo, sabiendo que ya lo habíamos "bimbado" la jornada anterior por nuestra propia cuenta, hallando un ejemplar en Hamningberg. Porque en esta isla el avistamiento estaba garantizado.

Frailecillo (Fratercula arctica)




Otra ave muy especial, el alca (Alca torda).


Araos comunes (Uria aalge)
.

Alcas y araos.

Grupo de álcidos en el mar, formando el dibujo de un ave, como homenajeando a toda Hornoya.


¡Araos de Brünnich (Uria lomvia), otro "bimbo"!

La gaviota más grande de todas, el gavión (Larus marinus).


Reunión de vecinos, hay que tratar los problemas de la comunidad. Alcas, frailecillos y gaviota argéntea (Larus argentatus).


Un viejo conocido del Mediterráneo: el cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis).


Avanzamos por un sendero que marcaba el circuito a seguir en la isla, pero era difícil dar dos pasos seguidos sin pararse a contemplar aquella maravilla de la naturaleza.







Fue sin duda uno de los momentos álgidos de todo nuestro viaje por Finlandia y Noruega, un gran espectáculo que quedará grabado para siempre en nuestra memoria.


Dani.


Jordi.
La ornitosecta en Hornoya, momento memorable.

Panorama de la isla. Vardo al fondo.
Disponíamos tan solo de dos horas de tiempo, y aquello fue lo que nos empujó a explorar un poco más la isla.

Mirando hacia el mar pudimos ver una foca que jugaba en la superficie del mar con lo que a distancia parecía un pulpo, y que sin duda habría representado su comida de no haber hecho acto de presencia una gaviota que le robó tan suculento plato dejando a la pobre foca con un palmo de narices.

Secuencia del robo de la comida de la foca.

Fotos más cercanas de la foca, por si alguien pudiera ayudarnos a identificar la especie.

Los minutos pasaron a una velocidad asombrosa, y parecía que apenas habíamos desembarcado cuando acudieron a recogernos a la isla para llevarnos de vuelta a Vardo.

Ya en la barca motorizada, de vuelta, las palabras no acudían a nuestros labios. Las miradas se perdían en Hornoya, que quedaba atrás y se alejaba inexorablemente hasta dentro de mucho tiempo.

Bueno, siempre queda tiempo para hacer un poco más el ridículo. Dani y Jordi ocultan su pesar haciendo tonterías.

Cristina estaba más seria. No en vano acabábamos de disfrutar de una de las experiencias más impactantes de nuestra vida.