martes, 13 de abril de 2010

Finlandia-Noruega 2007 (parte 13): despedida de Vardo.

La visita a la isla de Hornoya nos llenó tanto a nivel ornitológico como espiritual (aunque en realidad ambas cosas son lo mismo). No nos quedó más remedio que celebrarlo con un buen banquete, la primera y única comida que nos íbamos a permitir en un restaurante en todo el viaje.

El mejor salmón que he probado en mi vida lo comí en aquel restaurante de la isla de Vardo, en Noruega, como no podía ser de otra manera.

Creo recordar que la camarera que nos sirvió era norteamericana. Nos habló del cocinero, que resultó ser su marido. Según ella, su hombre cocinaba con el corazón, no con la cabeza. Creo que todos hemos conocido en algún lugar a alguien que cocinaba así, y por lo tanto quién lea estas líneas se hará una idea de a qué me refiero. Aquel plato era sublime: al rojizo y tierno salmón le acompañaban unas patatas fritas y unos guisantes que solo puedo describir como perfectos. Cristina y Daniel pidieron cosas diferentes, igualmente apetecibles, igualmente cocinadas con el corazón.

Cristina fue al baño. Dani tenía la mirada perdida mientras recordaba el plato que se acababa de zampar.
Mirada de satisfacción tipo: "tras bimbar araos y comerme el postre ya puedo morirme tranquilo".

Satisfechos nuestros estómagos dimos un paseo por la isla, la cual no teníamos muy vista a pesar de llevar ya un par de días allí.

El tráfico es peligroso. Hay que mirar antes de cruzar.

En el puerto observamos un gavión hiperbóreo (Larus hyperboreus), alimentándose entre las algas con los restos de un pez muerto, con mucha dedicación y al parecer con el mismo placer que también habíamos experimentado nosotros momentos antes. Desde una cornisa cercana las gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla) que anidan en las casas del pueblo le contemplaban impasibles. El gavión hiperbóreo fue una especie muy celebrada por nosotros. Éste era el primer ejemplar que observamos durante todo el viaje, y a la postre fue el único (mmm... postre...).

Gavión hiperbóreo (Larus hyperboreus) comiendo los restos de un pez.
Este es el paisaje que contemplábamos mientras observábamos al ave. Puede verse al gavión al pie de las casas, entre las algas.

Las gaviotas reidoras (Rissa tridactyla) anidan en las cornisas de las casas.

A poca distancia un gavión común (Larus marinus) daba buena cuenta de un erizo de mar. Sin duda era el día de la gastronomía.
Conocimos días antes en Vadsoya a un matrimonio danés, y volvimos a encontrarlos en Vardo.

Nos alejamos caminando del puerto y llegamos hasta una playa repleta de caparazones de erizos de mar. Durante el paseo habíamos disfrutado de un bisbita gorgirrojo (Anthus cervinus), y el mar nos deparó una inmensa sorpresa: el éider real (Somateria spectabilis). Un grupo nadaba plácidamente a cierta distancia de la orilla. Desgraciadamente no pudimos tomar ninguna fotografía de las aves. Pero el bimbo (otro más) no nos lo quitaba nadie.

Llegó un momento en el que descubrimos que nuestro tiempo en Vardo había terminado: seguro que la isla aguardaba más alegrías, pero el reloj no se detenía y debíamos emprender el camino de regreso por Varanger.

Volvimos al coche y cruzamos por última vez el túnel submarino. Todavía era la tarde del 8 de julio, y nos dispusimos a continuar la expedición ornitológica en la tundra de la península.

La primera parada la hicimos no muy lejos de la salida del túnel. Aparcamos junto a la carretera para contemplar unos lagos con los telescopios: las aves que nadaban en él no eran otras que colimbos chicos (Gavia stellata). Nuevo bimbo para el saco, que no dejaba de llenarse.

Colimbo chico (Gavia stellata)
Un oso (Ursus arctos). Bueno, no, es mentira, en realidad era una roca.

Tras disfrutar de ellos durante unos minutos reemprendimos la marcha. Nuestro objetivo eran las colinas de Komagvaer: la tundra en su estado más puro, la sabana africana del ártico, un lugar mágico que nos proporcionó otros de los momentos inolvidables del viaje, y que describiré en la próxima entrada.