jueves, 24 de febrero de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 2.

Domingo, 5 de septiembre del 2010: a las 8 de la mañana, partiendo de las cercanías del Mirador de Jardina iniciamos la exploración de un estrecho sendero flanqueado por enormes chumberas. El paisaje es seco y cálido y la vegetación escasa. El camino nos conduce hasta las ruinas de una antigua casa, situada en una especie de cornisa por la que corretean numerosos lagartos tizones.

Bajo ella el monte cae a pico hasta un valle de laurisilva. Más arriba también las montañas cubiertas de bosque y nubes que los lamen nos observan a nosotros.

Fue una jornada memorable. Por el trayecto pudimos sorprender posada a la subespecie canaria del gavilán cómún (Accipiter nisus granti). Desde su oteadero buscaba una presa adecuada: el ave estudia a las pequeños pajarillos que transitan por la reseca ladera (canarios, mosquiteros, herrerillos...). Finalmente escoge a una víctima y desaparece de nuestra vista a una velocidad espectacular.

Gavilán común (Accipiter nisus granti)

No tengo apenas conocimiento sobre la avifauna canaria, básicamente el que he adquirido estos últimos meses mientras preparaba este viaje. Pero quizá no me aventuro mucho si afirmo que mucho debe temer el audaz gavilán al terrible halcón de Tagarote (Falco pelegrinoides). En aquel lugar pude bimbar a esta maravillosa ave de la mejor de las maneras posibles.

Pero no adelantemos acontecimientos. Primero quiero mencionar aunque sea de pasada al hermoso bosque de laurisilva. Se trata de un ecosistema único y frágil. Su extensión en la isla se ha reducido enormemente, y su importancia está fuera de toda duda: es el habitat entre otras especies de las raras paloma rabiche (Columba junoniae) y paloma turqué (Columba bollii).

Desde mi posición privilegiada en lo alto de aquella pared vigilaba yo las copas de los árboles cuando fui premiado con la aparición de ambas especies. Una y otra vez algunos ejemplares sobrevolaban aquella alfombra verde durante unos segundos, apareciendo inesperadamente en un punto del dosel forestal y desapareciendo en otro, como si nunca hubieran estado allí.

Pero finalmente, armado de paciencia, pude llegar a contemplarlas paradas: unas pocas palomas se detuvieron para alimentarse en una de las copas y me dieron incluso la oportunidad de fotografiarlas (en una próxima entrada del blog mostraré algunas imágenes).

Sin duda aquel era un buen lugar para disfrutar de la riqueza ornítica tinerfeña.

De vez en cuando Cristina y yo observábamos el cielo. Nos quedábamos embelesados por el vuelo de los vencejos (Apus unicolor). En ocasiones volvíamos a ver a nuestro amigo el gavilán, y a veces también algún cernícalo (Falco tinnunculus canariensis). Pero buscábamos al halcón. Y vaya si apareció. Un precioso ejemplar nos sobrevoló un buen rato, muy cerca al principio, ganando altura después. Un alboroto a mi izquierda me llamó la atención. Un bando de palomas domésticas (Columba livia) surgió de la nada, como había surgido el halcón, y sobrevoló los árboles más cercanos, cuando de repente un proyectil viviente atravesó al grupo arrastrando tras él una lluvia de plumas sueltas.

En aquel momento pensé que el halcón había fallado la caza. Pero una foto posterior parece mostrar que la rapaz había conseguido su pitanza.

Halcón de Tagarote (Falco pelegrinoides)

La curiosidad del ornitólogo a veces parece no tener límites, y aún extasiados con la visión del halcón nosotros queríamos ver las palomas turqué y rabiche más de cerca. Así que decidimos adentrarnos entre los árboles para descender un poco hacia el valle, en busca de un mirador que superara al que ya habíamos encontrado. El pequeño sendero que nos había llevado hasta allí penetraba en el bosque y se bifurcaba poco después. Exploramos los dos caminos en la medida que el tiempo (teníamos una isla por explorar) nos lo permitió. La senda superior ascendía por la ladera de la montaña; la inferior bajaba hasta el valle.

En la espesura disfrutamos de observaciones cercanas de la subespecie canaria del petirrojo (Erithacus rubecula superbus) y de los preciosos pinzones (Fringilla coelebs tintillon) y reyezuelos (Regulus teneriffae), además de mosquiteros y herrerillos. Pero no vimos a las palomas. Así que nos conformamos con lo que teníamos y deshicimos el camino. Salimos del bosque y nos volvimos a encontrar junto a las ruinas, los lagartos tizones y el suelo seco maltratado por el sol.

Puesto que la jornada terminaba y no había tiempo para aprovechar las horas restantes de luz en otro lugar decidimos disfrutar hasta tarde de la vista que nos ofrecía nuestra preciada atalaya.

El viento sopla con fuerza, las nubes lamen la laurisilva y resbalan sobre ella, pero el cielo resplandece azul en lo alto.

A última hora del día pusimos rumbo al Teide, nuestro objetivo para la mañana siguiente.

viernes, 11 de febrero de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 1.

En septiembre del 2010 dos ornitosectarios, Cristina y yo, volamos a Tenerife para explorar la isla y descubrir su fauna, su flora, sus paisajes, su geología y sus gentes. Es básicamente lo que solemos hacer en nuestros viajes: empaparnos de todo lo que podamos.

Dani se nos uniría unos días después para visitar con nosotros las islas Salvajes, un pequeño archipiélago situado entre Madeira y las Canarias.

Pero no adelantemos la crónica y centrémonos en Tenerife.

- ¿Sabías que es el aeropuerto más peligroso de Europa?

Eso fue lo que me dijo Cristina justo después de aterrizar en el norte de la isla. Iba a decírmelo antes pero prefirió esperar a tomar tierra, gesto de agradecer por su parte.

Además -y a pesar- de ser un destino de gran interés turístico, Tenerife es todavía hoy en día en algunos de sus parajes un paraíso natural. No deja de ser al fin y al cabo una isla de origen volcánico de la Macaronesia, con millas de indomable oceano a su alrededor. Una visita bien planificada de unas pocas jornadas nos permitirá descubrir aquí y allá, visitando un paisaje tras otro, pedacitos de la tremenda riqueza que debió atesorar no mucho tiempo atrás; nos podremos hacer una ligera idea de lo maravilloso que debió de ser este lugar en el pasado en términos faunísticos, botánicos, paisajísticos, geológicos...

Cristina y yo íbamos a intentar disfrutar de esa riqueza tanto como pudiéramos, y la isla no nos falló. A lo largo de este viaje viviríamos situaciones tan extraordinarias para unos habitantes del noreste de la península ibérica como la que ya nos tocó vivir en nuestras primeras horas en el archipiélago.

Llegamos el día 4 de septiembre, y aquella primera tarde, con un coche de alquiler, sin equipaje ni telescopios (extraviados por la compañía aérea, aunque pocas horas después lo recuperaríamos todo) pero con prismáticos, "a la vieja usanza", en un corto recorrido de algunos centenares de metros ya pudimos disfrutar de cinco especies de aves nuevas para nosotros: el vencejo unicolor (Apus unicolor), ave distribuida por la Macaronesia hasta Madeira, fue la primera en aparecer, sobrevolándonos en el mirador de Jardina, un buen oteadero no muy alejado de la población de La Laguna. Desde aquí se puede ya contemplar el Teide en la lejanía, y de noche (por la iluminación eléctrica) al sureste la vecina isla de Gran Canaria.

Vencejo unicolor (Apus unicolor)

Sin embargo debo confesar que lo primero que hicimos al salir del aeropuerto no fue disfrutar de la avifauna, si no de la gastronomía. En un bar cercano un bocadillo de carne mechada (desconocida para mí hasta aquel momento) sació mi hambre, una cerveza fría sofocó mi sed, y un café se encargó de ponerme las pilas para bimbar vencejos unicolores y lo que llegara.

Y los que llegaron al punto de mira de nuestros prismáticos casi inmediatamente después del vencejo fueron el herrerillo canario (Parus teneriffae), el mosquitero canario (Phylloscopus canariensis), el reyezuelo canario (Regulus teneriffae) y el propio canario (Serinus canaria), especies todas autóctonas de las Canarias. También observamos algunos pinzones comunes (Fringilla coelebs tintillon), bellísima subespecie propia del archipiélago.

Mosquitero canario (Phylloscopus canariensis)

Por supuesto, yo no hacía tantos bimbos seguidos desde nuestro viaje a Finlandia y Noruega en julio del 2007. Tras un atracón de aves tan hermosas y espectaculares no nos quedó más remedio que planificar una visita más calmada a la misma zona el día siguiente, con muchas más horas por delante. Tomamos nota de los puntos e itinerarios que seguiríamos y nos fuimos a descansar. Poco después, haciendo honor a las costumbres de la Ornitosecta, buscamos un restaurante en las cercanías para cenar. El escogido resultó ser uno argentino, "La casa de la abuela".

Vista del Teide al anochecer desde el mirador de Jardina.


Quiero aprovechar esta primera entrada en el blog sobre el viaje a Canarias y Salvajes para agradecer su ayuda a Néstor Pérez. Néstor es un estudiante de biología canario con el que me entrevisté en verano en la Facultat de Biologia de la Universidat de Barcelona. Sus consejos e indicaciones fueron utilísimos, imprescindibles de hecho para llevar a buen puerto nuestra expedición. Sirvan estas líneas como un sentido agradecimiento por su detallada información e inmensa voluntad de colaboración.

También quiero agradecer a Dani Valverde que compartiera conmigo su experiencia en un viaje previo, y a Javi Mendoza que me descubriera una interesantísima guía ornitológica sobre Tenerife. Los detallados mapas y datos que me proporcionaron fueron de una utilidad incalculable, y el complemento ideal para lograr todos los éxitos que, como se verá más adelante, obtuvimos.