martes, 14 de octubre de 2014

Rapaces en Barcelona

Soy autónomo y tengo una tienda de informática en Barcelona. Y aunque tampoco puedo quejarme mucho, lo cierto es que la situación económica actual no es como para tirar cohetes.

Por eso me sentí culpable -al principio-, cuando el 23 de septiembre, hace ahora unas semanas, tomé aquella decisión.

A las diez y media de la mañana, puntual, abrí las puertas de mi negocio con la intención de hacer caja y afrontar los gastos que a diario me llueven por todas partes, algunos a traición, directamente por la espalda.

Recibí la visita de mi buena amiga Alba, y decidí charlar un rato con ella, pero no en el interior de la tienda, si no en la puerta, al aire libre. Resultó ser una buena decisión, y a menudo pienso qué habría sido de aquella jornada si Alba no me hubiera visitado. Creo que se lo voy a agradecer toda la vida.

Mientras hablaba con ella, mecánicamente -como hacemos muchos ornitólogos- alcé la vista al cielo. Y tuve que interrumpir la conversación. A bastante poca altura, un grupo de abejeros y unas cuantas pequeñas rapaces, quizá gavilanes o cernícalos, atravesaban el cielo siguiendo su ruta migratoria hacia el sur.

A veces bajo a mi tienda con prismáticos (¿os imagináis a un tendero con prismáticos, asomado a la puerta de su comercio, mirando fijamente al cielo y cruzando los dedos mentalmente para que nadie piense mal?). Y digo "bajo" porque vivo tan solo unos pisos más arriba. Pero en aquella ocasión no los llevaba conmigo. Así que claramente tenía varias opciones:

1 - Cerrar la tienda y subir corriendo a la azotea con los prismáticos.
2 - Cerrar la tienda y subir corriendo a la azotea con los prismáticos y la cámara de fotos.
3 - Llevar también el telescopio.

Eh... Sí... También había otra opción, claro:

4 - Comportarme como un adulto responsable y volver al trabajo.

Teniendo en cuenta que el día siguiente, el 24, era festivo en Barcelona y por lo tanto podía (debía) trabajar aquel día, el martes 23, ya que tendría tiempo el miércoles de pajarear, tomé la decisión más sensata.

Alba alucinaba cuando me vio bajar a toda velocidad la persiana metálica de la tienda. Puesto que es vecina mía y ella volvía a casa, entramos juntos en la portería.

Casi la eché del ascensor cuando llegamos a su piso -te pido disculpas públicamente, guapa-. Salí con ella a su rellano y subí la planta que me quedaba a pie. Me lancé en mi piso, cogí el material imprescindible para no perder más tiempo y corrí a la azotea. Este material era el siguiente: prismáticos, cámara de fotos, telescopio y trípode, libreta y bolígrafo, móvil y silla plegable.

Como el avispado lector podrá comprobar, no cogí nada de comer ni de beber. Ni tampoco ningún orinal.

Me acomodé en las alturas y raudo pasé ya a vigilar el cielo. Al principio tampoco vi nada fuera de lo habitual (algún cernícalo, tórtolas turcas, verderones...), y durante unos minutos temí que aquel grupo de rapaces que vi desde la calle hubiera sido el último de una larga serie de aves que quizá habrían pasado desde primera hora de la mañana hasta justo aquel momento. Quizá había llegado tarde, quizá había tenido mala suerte y no iba a ver nada más en toda la mañana. Bueno, de ser así podría regresar al trabajo.

Puesto que no me apetecía en lo más mínimo tirar la toalla y sumergirme en el apasionante mundo de las reparaciones de ordenadores domésticos, agucé la vista un poco más y me concentré en aquel maravilloso cielo azul salpicado de nubecitas blancas. Empujadas por una brisa perfecta para el vuelo de las aves, me traían promesas de una buena jornada ornitológica. Seguí esperando.

Había subido a la azotea hacia las once de la mañana. Habían pasado ya veinte minutos. Y por fin aparecieron. Un grupo de nueve abejeros (Pernis apivorus) surgió de la nada para tomar una térmica y remontar en ella. A partir de ese momento se desató la locura.

No puedo describir con exactitud qué sentí durante las horas siguientes, porque apenas tuve tiempo para percatarme de mi estado. Sé que estuve estresado por la necesidad de identificar las decenas y decenas de aves que no dejaban de navegar por las autopistas del aire. Extasiado también por la maravilla que estaba presenciando. Me sentí privilegiado por poder estar allí cuando una ciudad entera se centraba en sus papeles, en sus prisas, en sus preocupaciones, ajena al espectáculo que la naturaleza brindaba en las alturas. Me sentí el rey del mundo. En realidad parece que al final sí puedo describir con exactitud cómo me sentí.

A las doce ya llevaba varios alcotanes (la primera vez que los veía en Barcelona), halcones de Eleonora (idéntico caso), aguiluchos laguneros, más abejeros, halcones peregrinos locales, y yo no gozaba de descanso. Más bien gozaba de aquel maravilloso cansancio. Quería cansarme más. A veces me sentaba, pero el reposo duraba apenas unos segundos. Los bandos de Pernis -el ave más abundante durante toda la jornada- aparecían por varios frentes, sin previo aviso. Un segundo antes no había nada, y al segundo siguiente una hilera de aves desfilaba sobre mi cabeza en su largo periplo hacia África.

Abejeros europeos, anteriormente conocidos como halcones abejeros (Pernis apivorus)









Hacia las 13:00 horas apareció un águila pescadora (Pandion haliaetus). Es ésta siempre una de las estrellas, una de las aves más esperadas por aquellos que vigilamos la migración. Animal bellísimo, es a menudo inconfundible por su silueta de gaviota, su gran tamaño y su antifaz negro. La justiciera de los cielos.

Un abejero y un cernícalo más tarde llegó un águila culebrera (Circaetus gallicus). Como había ocurrido con los halcones de Eleonora y los alcotanes, también era ésta la primera ocasión en que detectaba a esta especie sobrevolando la ciudad.

Otros invitados estrella en la migración son las cigüeñas. Abundantes en otras zonas, son poco habituales en el litoral catalán.

Con cien cañones por banda
viento en popa a toda vela
no corta el mar si no vuela
un velero bergantín.


El poema de Espronceda no habla de una cigüeña, pero allí llegaba mi bergantín particular. Unos enormes nubarrones procedentes del oeste tapaban cada vez más el cielo. Como tirando de ellos apareció una vela blanca que, aunque en un principio parecía estar lejana y tener además intención de no aproximarse hacia mis dominios, decidió finalmente virar hacia mi azotea para tener la cortesía de pasar sobre mi cabeza y saludarme con sus grandes manos hechas de plumas.

Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)




La poesía es bella, pero la tecnología es útil. Mucho rato antes, mientras había tenido unos segundos libres, había usado el móvil para enviar algunos mensajes a mis amigos ornitólogos, avisándoles del gran movimiento que había aquél día. Algunos de ellos se pusieron en marcha. Joan Grajera subió a "Ca l'Espinal", cerca de Argentona. A las cinco de la tarde se le pensaba unir Jaume Castellà. Daniel González ansiaba terminar su turno en la biblioteca para poder escaparse. Quique Carballal estaba triste porque, al contrario de lo que yo había hecho con mi tienda, él no podía cerrar la escuela en la cual es maestro.

Sin embargo no pude anunciarles que había visto una cigüeña blanca porque no tuve un respiro. Surcó el cielo el bando más grande de la jornada. Cincuenta y nueve abejeros tuvieron la decencia de abandonar una térmica y sobrevolar la azotea en fila india para regocijo de mis ansias de conteo.

Otro macho de aguilucho lagunero. Otros diecisiete abejeros más. Eran las dos de la tarde, y las tres horas de observación continua comenzaban a hacer mella en mí. Tenía sed, calor, hambre, y las piernas querían arrastrarme en dirección a la silla. Además empezaba a tener ganas de orinar.

Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus)


Macho de aguilucho lagunero (Circus aeruginosus)



Pero no podía dejar todo aquello. Mi piso estaba tan solo unos metros más abajo. Podría apartar durante unos minutos los ojos del cielo y satisfacer mis necesidades... pero me  habría perdido sin duda varias aves. Y yo quería contar e identificar todo lo que pasara. Mis compañeros ornitólogos me comprenderán. Espero que el resto de personas que me conocen también lo hagan.

Tuve que frotarme los ojos, porque no supe cuánta razón tenía hasta que la vi. A ella.

La observé acercarse, planear frente a mí, sobrevolarme. La fotografié y la anoté. Y entonces sí  regresé al móvil y les envié un mensaje a mis amigos. Solo decía una palabra. Con muchas "a", eso sí.

"Negraaaaaaa"

La transcripción es exacta, siete letras "a". No se me ocurrió añadir nada más, y además era innecesario porque sabía que todos habrían entendido el mensaje.

La cigüeña negra (Ciconia nigra) es un ave muy rara. No solo en el litoral catalán, si no en cualquier lado. En toda mi vida la he visto en Catalunya menos de diez veces. Verla pasar mi encima de mi casa es algo así como... como un sueño cumplido. No cabe duda de que fue el ave más importante del día, puesto que un avistamiento de esta escasa especie siempre es noticia. En nuestras tierras no cría y solo puede observarse en escaso número en migración.

 Cigüeña negra (Ciconia nigra)


Se puso a llover. Al principio débilmente, con timidez, pero al poco, entre los halcones de Eleonora, águilas culebreras y abejeros que pasaban en aquel momento se colaron unos cuantos millones de gotas. Mi cuerpo cansado y sediento quedó a partir de aquel momento cansado, sediento y mojado.

Protegí como pude el telescopio y la cámara bajo un pequeño tejado que apenas sobresalía. Los prismáticos los necesitaba todavía porque las aves no cesaban en su empeño de avanzar y avanzar, a pesar de la lluvia. Treinta y ocho más. Las cifras eran ya escandalosas.

Hacía ya rato que me planteaba no abrir la tienda tampoco por la tarde, y esto ya era más grave. Porque si bien en alguna ocasión me he tomado alguna mañana para realizar trabajos informáticos en empresas (incluso un cartelito en el exterior de la tienda avisa de esta posibilidad), las tardes por el contrario son sagradas. Mis clientes saben que por la tarde pueden contar siempre conmigo. Aunque vistas las circunstancias, está claro que esto no es cierto del todo.

Dani me anunció en un mensaje su intención de acercarse a mi casa entre las tres y las cuatro de la tarde. En cuanto saliera del trabajo pasaría primero por la suya para recoger sus prismáticos. Eran buenas noticias. Estaba siendo un gran día. Uno de los mejores días que he tenido en toda mi vida de ornitólogo, pero me quedaba el sabor agridulce no estar compartiéndolo con nadie.

La lluvia empezó a remitir. El cielo se abrió. Pero con las nubes parecieron marcharse las aves también. El número comenzó a disminuir. A las tres de la tarde pasó un último grupo de once abejeros.

Al poco llegó Dani, pero por desgracia lo mejor ya había pasado. Pudo disfrutar todavía de algunas últimas aves, y de una collalba gris (Oenanthe oenanthe) que al igual que otras especies de aquel día observaba yo por primera vez en Barcelona. Mi amigo tomó el relevo y yo aproveché para bajar a mi casa y beber agua. También oriné. Comí cuatro restos que hallé en la cocina y cogí algunas cosas para picar (pistachos y unos bombones que me habían regalado), una segunda silla plegable y llené la cantimplora de agua.

Subí de nuevo a la azotea. No había novedades. Estuvimos un rato celebrando la jornada con los bombones y los pistachos. Pasaron cinco cormoranes, algunos cernícalos y un alcotán. Los halcones peregrinos residentes sobrevolaban su territorio indignados ante tanta intrusión.

Una solitaria garza real que se dirigía hacia la puesta de sol echó el telón de cierre de aquel fantástico día. Dani se marchó con algunos avistamientos en la saca. Eran las siete de la tarde, y decidí que aún podría abrir la tienda hasta las ocho y media, y lo hice. Con ello alivié un poco mi sentimiento de culpabilidad.

Estos son los números de aquel inolvidable 23 de septiembre:

- Cormorán grande - corb marí gros (Phalacrocorax carbo): 5
- Cigüeña negra - cigonya negra (Ciconia nigra): 1
- Cigüeña blanca - cigonya blanca (Ciconia ciconia): 1
- Abejero europeo - aligot vesper (Pernis apivorus): 249
- Culebrera europea - àguila marcenca (Circaetus gallicus): 3
- Aguilucho lagunero - arpella (Circus aeruginosus): 13
- Aguilucho no identificado (Circus sp.): 1
- Águila pescadora - àguila pescadora (Pandion haliaetus): 1
- Halcones no identificados (Falco sp.): 16
- Cernícalo vulgar - xoriguer comú (Falco tinnunculus): 39
- Alcotán - falcó mostatxut (Falco subbuteo): 4
- Halcón de Eleonora - falcó de la reina (Falco eleonorae): 4
- Halcón peregrino - falcó peregrí (Falco peregrinus): 9, quizá repetidos, reales quizá 4-5
- Vencejo real - ballester (Apus melba): unos 50
- Golondrina común - oreneta vulgar (Hirundo rustica): 19
- Collalba gris - còlit gris (Oenanthe oenanthe): 1

Además de otras aves residentes y habituales.

El día siguiente, el 24, como ya he dicho más arriba, era festivo. Volví a probar suerte y, aunque lejos de los números de la jornada anterior, todavía pude disfrutar de algunas decenas de abejeros más, junto con águilas pescadoras y otras especies. Me acompañaron durante un rato mis amigos David, Mertxe y Carlos.

Es bastante difícil que pueda repetir algo igual, pero al menos ya lo he vivido. Me pregunto dónde se hallarán en estos momentos todas esas aves. Muy posiblemente estén la mayoría ya en África. Los recuerdos se diluyen, pero de todos aquellos ejemplares que pasaron sobre mí hay uno que sigue mostrándose con intensidad, uno que sigo viendo con claridad. Es aquel bello animal de plumas negras, aquella rosa del cielo, a pesar de que nunca supe su nombre.