martes, 28 de septiembre de 2021

La locura

Después de tener un día tan malo (a ratos bueno) como fue el domingo (tal vez lo explique en la siguiente entrada del blog), me ha ido de maravilla vivir una jornada como la de hoy.

Tras varias semanas quejándonos de que la migración ya no es lo que era, ya que no estábamos viendo tantas aves como otro años en el Pla de l'Espinal, nuestro punto habitual de observación de migración postnupcial a caballo entre el Maresme y el Vallès Oriental, resulta que hoy de manera totalmente inesperada la "cosa ha explotado".

Y es que, cuando esta mañana conducía hasta allí, no imaginaba yo lo que iba a pasar. Y digo esta mañana porque, cosa rara, escribo esto el mismo día en que se han producido las observaciones, el martes 28 de septiembre. Y he subido a l'Espinal en martes porque estoy de vacaciones.

Puesto que tan solo me acompañaba Nina, mi perra ornitóloga, y ningún humano compartía aquellos momentos iniciales de la jornada, decidí caminar un poco por los campos, muertos por el calor hace menos de un mes, revividos tras las últimas lluvias y mostrando cierto verdor.

Detecté algunas collalbas grises, totovías, mosquiteros musicales, tarabillas comunes y norteñas, etc. Visto que al parecer por fin se había animado algo más la migración, en mi afán de encontrar algunas especies más o de completar el conteo de las ya detectadas, decidí bordear algunos campos e incluso cruzarlos por donde jamás había pasado en más de diez años de observaciones en el lugar.

A las diez de la mañana atravesé los rastrojos bajo un sol que anunciaba calor para el resto de la jornada, y tras salvar un desnivel de un par de metros he mirado a la izquierda sin ver nada. A la derecha con mismo resultado. Y de nuevo a la izquierda para comprobar que una rapaz ascendía desde el suelo a unos diez metros de mí. No la había visto la primera vez.

Durante una décima de segundo pensé que era un ave muy blanca y pensé en un Buteo, pero rápidamente mi cerebro me sacó del error: aquello no era un ratonero. Temblando, alcé la cámara de fotos mientras comprendía que se trataba de una lechuza campestre (crecí con ese nombre, actualmente se denomina búho campestre).

Tan nervioso estaba que los resultados de mis primeros intentos de fotografiar al ave fueron, literalmente, espantosos. A las pruebas me remito.

Pero resulta que las aves me quieren, me tienen cariño. Los animales en general, diría yo. Y este búho se apiadó de mí y decidió que iba a dar unas pocas vueltas por el cielo para permitirme que lo retratara. No fui consciente de que había conseguido alguna imagen decente hasta que las revisé más tarde.

La lechuza campestre decidió que era suficiente. Si yo tenía foto, maravilloso. Si no la tenía, pues ajo y agua. Se precipitó hacia unos pinos y desapareció. Yo pensé que tal vez iba a pasar todo el día allí, escondida a la sombra de alguna espesa copa de una conífera.

Resultó que sí tenía alguna foto decente.

Me alejé de aquel punto para tranquilizar al ave, que probablemente me estuviera observando desde alguna rama. Y decidí también que ya tenía suficiente conteo de paseriformes como para sentarme un rato y dedicarme a escrutar el cielo en busca de rapaces. En realidad ya tenía suficiente porque la estrígida ya había desbordado el vaso de mi felicidad. Un orgasmo ornitólogico en toda regla. No tenía uno desde que vi el águila real desde casa, en Ripollet, la primavera pasada.

Exultante, comencé a enviar mensajes por el móvil a amigos y conocidos, y el primero en aparecer fue Miquel Bonet. Al cabo de unas horas apareció mi gran amigo Joan Grajera, apenas para saludarnos unos minutos y desaparecer de nuevo. Los quehaceres son los queahaceres.

No volvió a aparecer el búho, pero pudimos disfrutar de una gran jornada de migración con los siguientes totales:

Asio flammeus: 1

Falco tinnunculus: 79

Falco peregrinus: 1

Falco subbuteo: 6

Pernis apivorus: 1

Buteo buteo: 2

Aquila pennata: 2

Circus aeruginosus: 1

Accipiter nisus: 3

Accipiter gentilis: 3

Oenanthe oenanthe: 4

Lullula arborea: 4

Saxicola rubetra: 3

Saxicola rubicola: 2

Anthus trivialis: 1

Phylloscopus trochilus: 3

Loxia curvirostra: 1

Upupa epops: 1

Y otras muchas especies de aves más, hasta sobrepasar la cuarentena.

Cabe destacar el gran paso de cernícalos, con 79 ejemplares, 66 de los cuales pasaron entre las 14:15 y las 15:23, a una media aproximada de un ave por minuto.

La observación de esta lechuza campestre ha compensado los doce días de mediocridad que llevaba desde que inicié mis vacaciones en lo que a observación de aves se refiere. Tampoco es que hayan sido tan malos (¡el domingo vi unos cincuenta paíños comunes!), pero siendo la época que es, esperaba alguna buena sorpresa durante estos días. Finalmente ha llegado hoy, pasando de la ranciedad que reinaba en septiembre a la locura más absoluta con una cita tan inesperada como espectacular.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Vacaciones en Roses

Agosto del 2021.

Estoy pasando unos días de vacaciones en Roses, un municipio situado en la Costa Brava, en el noreste de Catalunya.

Es un lugar bastante tranquilo (sobre todo de lunes a viernes, el fin de semana llegan más turistas). Desde la misma casa en la que me alojo ya se ve algo interesante. Fuera, en la azotea, los blancos muros se cuecen bajo el sol. Si me aventuro a echar un vistazo desde ahí (por la mañana o al atardecer, las horas centrales del día aquello se convierte en un horno) puedo contemplar la bahía y parte del pueblo. Las gaviotas patiamarillas se enseñorean de los tejados. Me sobrevuelan decenas de vencejos pálidos, que crían en los agujeros de las fachadas de los edificios.

Son unos días de relajación junto a Mari y Sara (Edisa se ha quedado en Ripollet porque trabaja). Para mí el verano es época de lecturas: este año ha tocado los Relatos del piloto Pirx, de Stanislaw Lem, La isla misteriosa de Julio Verne y la relectura de La Torre Oscura de Stephen King. Además salimos a tomar algo, bañarnos en la playa, comer bien y, por supuesto, también dedico algún tiempo a la observación de aves.

Sara en la bahía.

Pasé una mañana en el Matà, unos antiguos arrozales abandonados situados en el Parc Natural dels Aiguamolls de l'Empordà, y fueron unas horas bastante productivas, pero quiero escribir sobre un ambiente mucho más seco.

Chorlitejo patinegro, Charadrius alexandrinus, en el Matà.

Jabalí en la Massona, junto a los arrozales.

A menos de diez minutos en coche, la carretera que lleva a Cala Montjoi me ofrece algunas paradas muy interesantes. Este año no se puede acceder en vehículo al Pla de Gates por el peligro presente de incendios, así que he aparcado en la misma carretera y he ascendido a pie.

El paisaje es espectacular, pero hay que llevar protector solar, gafas de sol para no quedar deslumbrado (especialmente si miras mucho al cielo buscando rapaces). Un buen sombrero no está de más. Yo llevo uno de paja. Las vistas de la bahía de Roses y el ambiente muy seco, rocoso, arbustivo y con muy poco arbolado no dejan indiferentes.

Las especies más interesantes son el alcaudón común, el bisbita campestre, la golondrina dáurica, la collalba rubia, el águila culebrera y, aunque este año me ha fallado, la curruca tomillera.

Adulto y pollo de alcaudón común, Lanius senator.

Otro jovenzuelo de alcaudón.

Collalba rubia, Oenanthe hispanica.

Mi fiel perra y compañera Nina, la perra ornitóloga, vino conmigo todos estos días. Nos hicimos algunas fotos.

Pose de malotes. Nina está en estado de relajación y felicidad absolutas.


A veces no se quedaba quieta. Tuve que hacer trampas.

En unos veinte minutos se puede ascender a pie hasta el Pla de Gates. Una buena idea es sentarse bajo alguno de los pocos árboles aislados que hay y esperar. Los lentos paseos entre la vegetación nos levantarán algunas aves, como los bisbitas o las collalbas, pero si el sol está muy alto puede ser un suplicio caminar.

Una de las tardes el cielo se nubló. Nina corre junto a las viñas.

De regreso a casa recibes agradables sorpresas. La señora María y el señor José han preparado una maravillosa paella.

Yo no soy mucho de verano (prefiero el otoño y el invierno), pero reconozco que tiene sus momentos.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Habia rubica: bimbo brasileño de despacho

Bimbo de despacho: aunque creo que la definición "oficial" (si es que existe algo así) correcta  de bimbo de despacho haría referencia a las aves "esplitadas" tras nuevos estudios taxonómicos y que por tanto podemos añadir a nuestras listas, en mi caso denomino así a aquel bimbo que se consigue tiempo después de la observación del ave (inicialmente sin identificar) tras revisar fotos, vídeos o cualquier otra información de la que se disponga.

En este caso, revisando un vídeo que tenía de un ave vista el 21 de agosto del 2017 en Joinville (estado de Santa Catarina, Brasil), me di cuenta de que no tenía identificada la especie y de que podía rascar algo.

Dicho y hecho, pedí ayuda en birdforum (www.birdforum.net) y recibí unas rápidas respuestas. Resultó ser un ejemplar de habia coronirroja (Habia rubica).

Aquí el vídeo y una captura:


jueves, 22 de julio de 2021

Mecánica cuántica y aves

Voy a internarme un poquito en el mundo de la física para hablar del famoso experimento de la doble rendija, inicialmente diseñado por Thomas Young en 1801.

Consiste en recortar dos rendijas en una superficie adecuada, por ejemplo una pared. Estas rendijas no han de estar muy separadas la una de la otra, tan solo unos pocos centímetros. Si miramos por ellas lo que vemos es la pared del fondo de la habitación contigua, que lógicamente suponemos que está a más distancia que la que separa ambas rendijas, por ejemplo a unos cuantos metros de distancia. A esta segunda pared vamos a llamarle "pantalla".

Si disparamos piedrecitas o canicas (o lentejas) a través de los agujeros éstas irán dejando marcas en la pantalla. Algo así como:


Imaginemos un estanque de agua. Si lanzamos una piedra, se crean ondas, como todos sabemos. Supongamos ahora que inundamos de agua las habitaciones y lanzamos una piedra en la primera. Se originarán ondas, como en el estanque. Éstas atravesarán las dos rendijas y llegarán a la pantalla del fondo más o menos de la siguiente manera:


Supongamos que estas ondas pudieran dibujar un patrón en la pantalla de nuestro experimento. Acabará apareciendo lo que se denomina un patrón de interferencia:


El experimento es el siguiente: en lugar de lanzar lentejas vamos a lanzar electrones, uno  por uno, para ver cómo se comportan.

Si lanzamos un electrón veremos que nos deja un puntito en la pantalla, como ocurría con nuestra lenteja voladora (ocurriría lo mismo con un garbanzo, pero con una sandía obtendríamos un resultado imprevisible). Esto nos indicaría que los electrones se comportan como partículas.

Vamos a ir lanzando unos cuantos más, sin apuntar mucho a una rendija o a la otra, simplemente los vamos tirando. Algunos entrarán por una, otros por la otra, y otros rebotarán en la primera pared. Los que lleguen a la pantalla del fondo irán dejando puntitos y más puntitos.

Cada puntito que queda marcado en la pantalla nos indica que el electrón se ha comportado como una partícula que ha chocado. Podemos suponer que ha pasado por alguna de las dos rendijas. Sin embargo, curiosamente, el patrón que dibujarán los miles de electrones que hemos lanzado se asemejará cada vez más al que dejarían unas ondas y no unas partículas: un patrón de interferencia. Esto nos llevaría a pensar que en realidad se están comportando como ondas y no como partículas, y que por lo tanto han pasado por las dos rendijas a la vez.

Aquí viene lo bueno: si echamos un vistazo para comprobar si eso es cierto lo que veremos será un electrón comportándose como una partícula, es decir, pasando sólo por uno de los agujeros. Pero mientras no "miremos" el electrón estará en todas partes. En resumen, que la aparición del "observador" tergiversa la realidad y nos impide conocer con exactitud qué está ocurriendo. La partícula que estaba en todas partes ya no pasa por las dos rendijas, sólo por una de ellas.

Esto, por supuesto, no es exactamente así, se trata de una forma muy simplista de explicar un experimento famoso, pero nos va a servir para explicar otro gran misterio del universo, o como mínimo para encauzarlo y descubrir por dónde van los tiros.

A nivel de partículas la física se acoge a lo explicado anteriormente. A nivel macroscópico esto no se cumple. Excepto en el caso de las aves.

Espeluznante testimonio de la desaparición de un dodo:

Seguro que el ornitólogo experimentado estará familiarizado con esta situación: va paseando tranquilamente por el campo disfrutando del canto de las currucas y los zarceros, de las voces de alarma del mirlo, de los gritos del pito real y de los energúmenos. Muchos sonidos pero pocas observaciones. De repente algo aparece volando, no podemos ver muy bien qué es pero quizá intuimos la especie, tal vez un abejaruco. Alzamos los prismáticos satisfechos porque por fin vamos a poder observar algo. Pero tal como enfocamos el ave, que iba con buena velocidad, pasa por detrás del único árbol presente en todo el paisaje. Por supuesto, nosotros seguimos la trayectoria con los prismáticos sabedores de que aparecerá por el otro lado del árbol. Sin embargo, no es así.

¿Qué es aquello que va por el suelo? ¿Una perdiz? ¿Una polluela? ¿Un corredor sahariano? La visibilidad no es buena, pero apuntamos con los prismáticos y vemos como un cuerpecito va caminando y pasa tras la única piedra de tamaño aceptable del árido suelo. El ave queda oculta pero nos pareció que caminaba hacia algún punto situado más allá. Es decir, sabemos que aparecerá de nuevo cuando deje atrás la piedra... sin embargo, no es así.

En ambos casos, tras un tiempo prudencial durante el cual nos sentimos un poco estúpidos en la confianza de que el pajarillo aparecerá, nos acabamos acercando al árbol o a la piedra. Y lo rodeamos. Y por supuesto, descubrimos que ahí no hay nada.

Expongo como ejemplo un caso real. No hace mucho, paseando por el Pirineo me topé con lo que parecía ser un simpático ejemplar de dodo (Raphus cucullatus). Con los prismáticos no lo veía muy bien. Alcé mi cámara de fotos pero en cuanto enfoqué, el ave caminó y pasó por detrás de la piedra que se ve en las imágenes que acompañan a este texto. Pensé que saldría por el otro lado, pero no fue así. Esperé y esperé, y al final decidí acercarme ante el convencimiento de que se había ocultado tras ella.

Rodeé la piedra y... ¡oh, sorpresa! ¡Tras ella no había ningún dodo!

Este drama se repite continuamente en nuestras montañas, en nuestras marismas, en nuestras dehesas, incluso en nuestros mares, donde piedras flotantes parecen tragarse a pardelas y pingüinos.

Podemos concluir, compañeros ornitólogos, que las aves son las únicas criaturas formadas por partículas que extienden su dualidad onda-partícula al mundo macroscópico de una curiosa manera: mientras se dejan observar son visibles. Pero en cuanto se ocultan... ¡ah, amigo!

domingo, 4 de julio de 2021

Brasil 2017: budismo

23 de agosto del 2017

Me levanté un poco antes de que lo hicieran mis amigos. El apartamento en el que habíamos pasado la que fue nuestra única noche en Capão de Canoa tenía un ventanal enorme y maravilloso orientado hacia el océano Atlántico y a muy pocos metros de la playa, en primera línea de costa. Ese fue el motivo de que madrugara.

Armado de mis prismáticos y mi cámara de fotos disfruté de una espectacular salida de sol y además bimbé un ave totalmente inesperada para mí, un viejo olvidado de mis primeros tiempos hojeando la Peterson treinta años atrás: el archibebe patigualdo grande (Tringa melanoleuca). Otras especies que me despertaron mejor de lo que cualquier café habría hecho fueron la gaviota cocinera (Larus dominicanus), el ostrero pío americano (Haematopus palliatus) y la garceta nívea (Egretta thula), aunque ninguna de estas aves era bimbo porque a aquellas alturas yo ya era todo un megaexperto en avifauna brasileña. También vi cormoranes, zenaidas, bienteveos... ¡Ja! ¡De siete especies ya sólo una era nueva!


Archibebe patigualdo grande - Tringa melanoleuca


No podía deprimirme por los pocas aves que veía. Me chiflaba el archibebe y me chiflaba el Atlántico. La apariencia era la misma que la del mar Mediterráneo, pero no era un mar, era un gran océano visualizado desde el hemisferio sur. El sol se paseaba por el cielo por una latitud norteña en lugar de por una latitud sureña, como ocurre en Europa. El mundo había cambiado y sin embargo estos pequeños detalles parecían escapárseles a los humanos.

Todos con Marta.

Tras un estupendo desayuno que nos ofreció Marta nos despedimos de ella y reempredimos la marcha en dirección sur. Poco a poco nos íbamos aproximando al destino final de nuestro viaje, Porto Alegre, allí donde empezó todo. Se cerraba, literalmente, el círculo, pero antes de llegar hasta allí íbamos a dar un pequeño rodeo para disfrutar de una jornada muy especial.

La carretera se alejó de la costa. Atravesó marismas y grandes planicies rotas por bosquecillos. Desde el coche, a toda velocidad, vi un ave que buscaba con ansia, y aunque el avistamiento fue muy breve, la calidad del mismo me permitió identificar la especie: una monjita blanca (Xolmis irupero) se hallaba parada de espaldas en una valla de alambre junto a la carretera y nos prestó una mínima atención cuando pasamos junto a ella. Se repetían mis sentimientos bipolares: alegre por bimbar, triste por no disfrutar de la observación.

Nos adentramos unos cien kilómetros hacia el interior, sin salir del estado de Rio Grande do Sul -no olvidemos que Brasil es un país gigantesco- para visitar el templo budista Chagdud Gonpa Khadro Ling, en Três Coroas.

La entrada era un pórtico al modo de Jurassic Park pero con interfono incluido. Henrique, que iba al volante, bajó la ventanilla del conductor y pulsó el botón. Una voz muy seria preguntó nuestras intenciones. Al descubrir que queríamos visitar el poblado nos permitieron el acceso con dos condiciones: en primer lugar debíamos ver un vídeo informativo en la casita que hacía de recepción; por otro lado nos pidieron que respetáramos las normas del lugar: no gritar, no acceder a los espacios prohibidos, etc.

Chagdud Gonpa es un lugar impresionante. Situado en lo alto de una montaña, muestra en una superficie no muy extensa unos edificios llenos de colorido y unos jardines preciosos. Algunas aves se mueven a sus anchas sin ser perturbadas, al igual que los canes que pululan sueltos. Cariñosos y confiados, se nota que sólo reciben amor.

Mientras contemplaba aquel lugar no pude más que sentir admiración y un sumo respeto ante aquellas personas que habían decidido dedicar su vida a causas tan nobles y pacíficas.

No podía faltar el tero-tero del día..

Me pueden. Es ver un perro y...

Dacnis cayana

Zonotrichia capensis

Abandonamos el templo y decidimos ir a comer. No había mejor sitio que el  Espaço Tibet, el primer restaurante tibetano que se creó en Brasil. Se trata de un lugar maravilloso, con un comedor espléndidamente decorado y con unos hermosos jardines por los que dar un breve paseo. Allí me entretuve un poco, buscando pájaros entre las araucarias.

Mientras me hallaba ahí fuera, de pie, esperando algún movimiento entre las ramas, alguien me saludó. Un señor de aspecto oriental quería saber si estaba contemplando los árboles. Le contesté que no, que buscaba aves.

Resultó que aquél hombre era Ogyen Shak, el fundador del restaurante. Su historia, plasmada en algunos carteles del jardín, era bastante impresionante: huyó de la ocupación del Tíbet por los chinos y cruzó el Pacífico para emprender aquella nueva aventura en Brasil.

Aquel amable tibetano me regaló como recuerdo una semilla de araucaria -una especie de gran piñón-, la cual conservo y, de hecho, tengo en estos momentos en mis manos mientras escribo estas líneas.

Me despedí de él y me uní a mis compañeros. Había hambre.

¿Qué decir de la comida? Una experiencia única. Estupendamente cocinados y armoniosamente presentados, uno tras otro iban apareciendo sobre nuestra mesa los platos que habíamos pedido.

Interior del restaurante.

En un momento dado fui al baño. En el pasillo que conducía hasta allí vi que habían colocado una gran pizarra para que los visitantes pudieran dejar con tiza unas palabras en ella, tal vez sus impresiones sobre el restaurante, o quizá un saludo, o puede que simplemente una firma. No pude resistirme y opté por dejar un dibujo. Así que cogí la tiza y tracé una gran Ardea cocoi, básicamente por dos motivos: porque era una de las especies que había podido observar por primera vez en mi vida durante el viaje, y porque era rápida de dibujar.

Regresé a la mesa y mis amigos fuero a ver el resultado. Les gustó. Yo, como buen ornitólogo, le veía varios fallos (como el penacho de la cabeza, demasiado largo). Pero no importaba. La intención no era presentarlo a un concurso si no plasmar en la pizarra nuestro saludo particular, en parte como agradecimiento al buen trato recibido. Aunque, por supuesto, un dibujo no pagaba la cuenta.

La siguiente etapa de nuestro viaje era Gramado, un municipio situado en una sierra de no mucha altitud pero que a mí me recordaba por su aspecto a una especie de pequeña Suiza, aspecto que denotaba claramente el origen centroeuropeo de muchos de los habitantes del estado más sureño de Brasil.

Desde la ventanilla del coche pude fotografiar varias mundos: al parecer, uno de los intereses turísticos del lugar eran los miniparques temáticos.

El mundo medieval

El mundo a vapor

No nos detuvimos de inicio en Gramado. Lo dejamos atrás porque, para alegría mía, dábamos prioridad al parque Estatal del Caracol, situado en el cercano municipio de Canela.

Muñecos de nieve bajo el sol

Dinosaurios y titanes

El mundo helado

El gran atractivo del parque del Caracol era una gran cascada que aparecía de la nada por la mata atlántica y se precipitaba pared abajo para seguir su curso bajo los árboles.

Mientras contemplaba aquella maravilla Henrique me señaló dos aves que sobrevolaban el valle situado frente a la cascada. Le agradecí el aviso porque se trataba de otro bimbo, uno que me encantó: Cyanocorax caeruleus, chara cerúlea en español, una preciosa ave parecida a una urraca azulada. Por el cielo volaban vencejos acollarados, Streptoprocne zonaris, y en los árboles cercanos revoloteaban dos ejemplares de Stephanoxis loddigesii, colibrí copetón sureño, emitiendo un característico reclamo, algo así como un "prrrt", mientras buscaban alimento en unas flores que crecían en los troncos de los árboles.

Cascada del Caracol

Sílvia parece contenta.

Siguiendo un sendero descubrí el río que acababa desembocando en la cascada (perdí de vista a mis amigos pero los tenía más o menos localizados). En las aguas nadaban varios ejemplares de Anas flavirostris, cerceta barcina. Me aproximé sigiloso y conseguí algunas imágenes aceptables.

Encontré a mis amigos. Me despedí de Caracol con avistamientos de coatíes y de un viejo conocido, el Turdus rufiventris.

Visitamos, ahora sí, Gramado. Durante unos minutos (no muchos, tampoco nos pasemos) me relajé. Dejé de ser Jordi el ornitólogo y me convertí en un turista más. Dimos paseos, hicimos varias fotos, tomamos chocolate... En aquellas fechas en Gramado se celebraba un festival de cine y las calles estaban engalanadas. Como he dicho, aquello parecía una pequeña Suiza. Nos llamó la atención el hecho de que, a pesar del calor que hacía, mucha gente vestía de invierno. Las mujeres llevaban abrigos y botas, e incluso algunas llevaban guantes y gorro.

Iglesias que no falten...

Así son los habitantes de Gramado.

Más iglesias... lo normal en Brasil, sean del tipo que sean.

En un parque dentro del mismo Gramado vimos estas grandes hormigas...

...y conseguí una foto de un vencejo que no pude identificar.


Oscurecía. Emprendimos el camino a Porto Alegre, a donde llegamos ya de noche. Cenamos en un Burger King. La gran capital iba a ser nuestra última parada del viaje, la ciudad dónde había comenzado todo días atrás.

Habíamos recorrido unos 3.000 km entre los estados de Rio Grande do Sul y Santa Catarina, y nuestro periplo terminaba.

Ocupamos nuestras habitaciones en el hotel y nos dormimos. A medianoche sería mi cumpleaños.

La locura

Después de tener un día tan malo (a ratos bueno) como fue el domingo (tal vez lo explique en la siguiente entrada del blog), me ha ido de ma...