lunes, 18 de abril de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 3.

Nos despertamos antes de que amaneciera, tal era el ansia que teníamos de ver aves. Así que dedicamos un buen rato al desayuno, hasta que la luz nos permitió continuar nuestro viaje.

Estábamos ya en la corona forestal del Teide y el día no pudo comenzar mejor. En uno de los miradores que se hallan en el ascenso por la carretera hicimos una parada para buscar al famoso pinzón azul (Fringilla teydea). Ni siquiera hubo la emoción de la espera: allí estaba, frente a nosotros, muy cerquita, ajeno a nuestros prismáticos y cámaras. Machos y hembras deambulaban por el suelo buscando su alimento. El pico picapinos (Dendrocopos major canariensis) trepaba en las coníferas cercanas. Herrerillos, mosquiteros... pajarillos de toda índole revoloteaban aquí y allá, salpicados por nuestras abundantes babas.






Primera observaciones del Teide.

De izquierda a derecha: un volcán, la física y ornitóloga Cristina Prieto, y servidor, el heavy-informático-ornitólogo Jordi Sala. Caras de felicidad tras bimbar pinzón azul. No podía empezar mejor la jornada.
Nuestra jornada me iba a recordar a uno de aquellos concursos televisivos en los que unos concursantes corrían contrarreloj para superar unas pruebas. Nuestros enemigos y amigos eran a un tiempo los propios pájaros, y la geología de la isla, y los reptiles, la flora, el paisaje... Todo era tan interesante y tan maravilloso que no podíamos renunciar a nada. Lo cual nos retrasaba. Pero era preferible así: tomarse el tiempo necesario es la mejor manera que conozco de disfrutar con aquello que veo.

Continuamos con nuestro periplo hacia el Teide. El trayecto nos ofrecía vistas cada vez más espectaculares del gran volcán. Nos aproximábamos kilómetro tras kilómetro y de manera inesperada nos topamos con los telescopios astrónomicos.


Decidimos dar un paseo a pie para contemplar de cerca a esos amados útiles de la ciencia. En los aledaños pudimos contemplar algunos ejemplares de curruca tomillera (Sylvia conspicillata), bisbita caminero (Anthus berthelotii) y alcaudón meridional (Lanius meridionalis). Sin embargo no sé qué me emocionó más, si bimbar al bisbita o el tener frente a mí a aquellos gigantes blancos.

Fue un momento mágico, una gran experiencia, el poder contemplar los telescopios astronómicos con mis propios ojos.


Gracias al milagro de internet pude ponerles nombre y apellidos a algunos de ellos, como el telescopio solar Themis o el VTT (Vacuum Tower Telescope, Telescopio de Torre al Vacío).
De nuevo en marcha, de nuevo las horas pasaban a velocidad inusitada. Llegamos al Centro de Información del Portillo, donde nos detuvimos para observar canarios y lagartos, muchos, muchos lagartos. El comportamiento de estos reptiles nos sorprendió: eran bastante confiados. Sesteaban al sol y permitían que cayera sobre ellos toda una batería de clics fotográficos. Su prehistórica belleza me cautivó, pero esto no es noticia, ya que todo lo que veía allí dónde mirara me dejaba alelado.

Lagartos tizones (Gallotia galloti)

Canario (Serinus canaria)
Entornamos el timón de nuestra nave de cuatro ruedas y pusimos rumbo al sur. Hacia la parte más fea de la isla en cuanto a naturaleza se refiere: la más degradada, la más humanizada, la más visitada por los turistas. Aunque por el trayecto pudimos gozar de más vistas impresionantes de los volcanes, de la lava solidificada y de los áridos paisajes situados por encima de la corona forestal.

Lengua de lava solidificada.

Un extraño visitante se paseaba por los paisajes de Montaña Cortada y Montaña Mostaza.
Dejamos atrás los paisajes lunares y descendimos hacia la civilización. El GPS del coche nos jugó una mala pasada, causándonos uno de los sustos más grandes que he sufrido estando al mando de un volante.

Íbamos atravesando pequeñas poblaciones, carreteras, campos de cultivo... cada vez había más vehículos, más gente, más carteles. Me metí por una pista asfaltada que al parecer nos llevaba hacia nuestro destino. Giré una curva... y me quedé sin respiración. Ante mí apareció una de las visiones más grotescas que puedo recordar: centenares de turistas de piel rosada ataviados con bermudas, gorras, sandalias con calcetines, camisetas chillonas y enormes barrigas hacían cola sentados en muretes, en el suelo, o de pie, mientras al parecer esperaban que se abrieran las puertas de un Loro Park o algo así, o tal vez que un pequeño trenecito turístico les llevara a pasear entre papagayos, delfines, músicas estridentes, animadores y chiringuitos varios.

Se nos quedaron mirando bajo el ardiente sol de la tarde. Cristina y yo tragamos saliva. Con los ojos como platos, huimos como alma que lleva el diablo con nuestro humilde cochecito, alejándonos de aquella horrible visión, tan distinta de la hermosa observación de los delicados movimientos de las aves libres que nosotros buscábamos.

¿Pero por qué marchábamos más al sur? ¿Qué motivo podíamos tener para abandonar la sobrecogedora majestuosidad del volcán para adentrarnos en los tristes dominios del hombre? Pues ni más ni menos que la posibilidad de bimbar una de las aves que más ilusión nos hacía ver: el camachuelo trompetero (Bucanetes githagineus). Con buenas poblaciones en otras islas, es sin embargo escaso en Tenerife, y nuestras búsquedas no dieron fruto, ni en Guaza ni en ningún otro lugar. Al menos en lo que al camachuelo se refiere, porque durante nuestra pequeña excursión por unos terrenos situados entre la población de Las Galletas y el cabo de la Punta de la Rasca (adonde no pudimos llegar) sí pudimos gozar al menos de la presencia de nuevo de nuestro amigo el halcón de Tagarote (Falco pelegrinoides) y de otras aves interesantes como bisbitas camineros y alcaudones meridionales (¡gracias plumas por venir, aún nos duraba el susto del "Loro Park"!). Sin embargo el paisaje era bastante deprimente.

Atardecía y decidimos ponernos en marcha en lo que iba a ser nuestro último paseo del día. Giramos timón y fuimos al norte, hasta Erjos, adonde llegamos con noche cerrada, pero no así con la jornada ornitológica finalizada: un búho chico (Asio otus) cantaba con insistencia desde un árbol del pueblo. No pude observarlo, pero sí escucharlo durante un buen rato... hasta que la lluvia me lo impidió.

No, no entró en erupción. Simplemente una hermosa puesta de sol tiñó de rojo al volcán.

Tras tres jornadas intensas las fuerzas habían mermado un poco, pero no mucho. El día siguiente iba a ser el último antes de embarcarnos en la gran aventura: la expedición a Salvajes. En el barco podríamos descansar. O al menos eso creíamos nosotros.

jueves, 7 de abril de 2011

Sigo siendo amigo de un verdecillo.

Hace unos meses escribí que me había hecho amigo de un verdecillo:

http://ornitosecta.blogspot.com/2010/08/la-amistad-de-un-verdecillo.html

Aquella entrada decía básicamente que en marzo del año pasado cayó una gran nevada en Barcelona, y que a última hora de la tarde, ya de noche, hallé un verdecillo (Serinus serinus) que estaba a punto de dar con sus huesos en la tumba. Le llegaba el fin a sus días en la Tierra. Pero pude recogerlo y ponerlo a salvo, y liberarlo la mañana siguiente, cuando el sol ya brillaba en un cielo azul premonitorio de la primavera que se aproximaba.

Esto era al mediodía. Horas después hallé al ave.
Al día siguiente: algunos restos de nieve, pero nada que ver con la jornada anterior.
También escribí entonces que el 23 de julio un pequeño pájaro se posó cerca de mí en el mismo balcón en el que yo había liberado a aquella ave tres meses y medio antes. Era un verdecillo. Yo ni siquiera sé leer los labios de los seres humanos, pero sin embargo diría que pude sentir el agradecimiento en la mirada del animal.

Quién me iba a decir a mí que la decisión de recoger a aquel pequeño pajarillo el día de la nevada me iba a reportar algunos de los momentos más maravillosos y reconfortantes de mi vida.

Hace aproximadamente una hora estaba yo leyendo La isla del tesoro de R. L. Stevenson en la tumbona que tengo en el balcón. Es ya primavera y el cielo es tan azul y hermoso como lo fue el año pasado. Unos silbidos cercanos pero apenas audibles me han llamado la atención, alejándome del peligro de los piratas que me rodeaban en aquella isla perdida en los océanos.

Ahí estaba mi amigo. El macho de verdecillo piaba débilmente a dos metros escasos de mí, posado en el tendedero. Durante un cuarto de hora me ha mirado, ha vigilado mis movimientos, mi brazo extendido (del cual ha hecho caso omiso), ha escuchado mis chasqueos con los labios y ha disfrutado de mi bobalicona sonrisa, sin dejar de piar. Hasta que ha alzado el vuelo al tiempo que iniciaba una explosión de cantos.

Tengo motivos para creer que se trata del mismo pájaro. Me parece increíble que un año después me recuerde, pero no tengo duda de que así es.

Iba a publicar hoy la siguiente parte de la crónica del viaje a Tenerife e Islas Salvajes, pero no me ha quedado más remedio que cambiar los planes. Tenía que anunciar a bombo y platillo que me siento un privilegiado por seguir siendo amigo de un verdecillo.

PD: dedico esta entrada a Marga por su cumpleaños, ya que tanto le gustó el primer relato. Besos guapa.