domingo, 23 de octubre de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 6

La noche fue muy larga. Dani agonizaba en su litera. Yo intenté acostarme. Resistí un rato y finalmente me levanté para vomitar. Decidí pasar de pie en cubierta todo el tiempo que pudiera aguantar. Así que salí a la noche atlántica y gocé de las espectaculares estrellas fugaces, convirtiéndome así en vigía.
Tras horas de paseo nocturno vislumbré en la lejanía el faro de Salvajes. Di el aviso a Arturo, el patrón, y éste lo confirmó. Tiempo después, con noche aún cerrada, el barco anclaba en las cercanías de Salvaje Grande y yo me estiraba en mi litera para intentar descansar un rato. Con las máquinas detenidas, la mansedumbre del camarote fue una bendición para mi cuerpo agotado tras días de desgaste.

Dani yacía en la litera de arriba. Estaba preocupado por él. No se movía ni producía ningún tipo de ruido. Pensé que no debía alarmarme, pero lo hice... un poco. Hasta que al cabo de un rato le oí gruñir por la nariz. Yo también respiré. Y por supuesto, me dormí.

El día amaneció con el paisaje esperado: una isla se alzaba muy cerca de nosotros, a unas pocas decenas de metros. Aproveché los primeros minutos de la jornada para disfrutar de las pardelas cenicientas atlánticas.

Salida del sol en Salvaje Grande



Una vez desayunados solicitamos permiso para desembarcar, pero aún tuvimos que esperar un rato para que se nos concediera ese privilegio, y cuando llegó el momento lo hicimos de manera escalonada. Dani recuperado fue primero en la Zodiac, junto con Cris y Juanjo. En el Mojo Picón nos quedamos César, Marga, Arturo y yo.



El rato que nos tocó esperar lo matamos bebiendo y comiendo, charlando, César -excelente nadador y buceador- bañándose, y pasándolo todos muy bien en general. Tanto que no nos percatábamos de que desde la isla nos hacían señas: al parecer la radio no funcionaba, el ancla se había soltado, y nos aproximábamos algo peligrosamente hacia unas rocas.

Tras un par de órdenes dadas por Arturo la situación se enderezó rápidamente y la cosa quedó en una bonita anécdota para ser explicada.

Pero finalmente llegó nuestro  turno, el esperado momento: desembarcamos en Salvaje Grande y nos reunimos todos de nuevo, excepto Arturo, que se quedó en el Mojo Picón. Una vez en tierra firme no quisimos desaprovechar la oportunidad de darnos un buen chapuzón. ¡No iba a marcharme del Atlántico sin haberme sumergido al menos una vez en él!

No es un náufrago, soy yo.


El Mojo Picón fondeado frente a Salvaje Grande.



En el centro de recepción conocimos a las únicas personas a las que se le permite vivir en la isla: científicos y guardas, quienes nos guiarían en nuestras visita. Varios bisbitas camineros (Anthus berthelotii) y lagartijas de Madeira (Teira dugessi) escuchaban desinteresadamente nuestras charlas en curiosa comunión mientras comían de una sandía abierta en el suelo y bebían de un plato con agua. Aquí los animales no temen al hombre.








Lagartija de Madeira (Teira dugessi)



Las Selvagems son hermosas. La simple visión de sus aguas -calificadas por Cousteau como "las más transparentes que había visitado jamás"- alimentan el espíritu del aventurero, así como su fauna y flora colman las ansias del naturalista.









La empresa de turismo ornitológico BIRDING CANARIAS, la organizadora del viaje, nos había brindado la posibilidad de poner pie en uno de los pocos paraísos vírgenes que nos quedan. La Ornitosecta había aprovechado la oportunidad, y a pesar de la poca suerte que tuvimos con los paíños pechialbos (Pelagodroma marina) -los miles de parejas nidificantes en la isla ya habían emigrado, tan solo alguien pudo ver un ejemplar en el mar la madrugada anterior, iluminado por una linterna- sí pudimos contemplar los nidos de las pardelas cenicientas y de los petreles de Bulwer (Bulweria bulwerii), cuyos pacíficos pollos posaban impasibles ante nuestras cámaras. Los prismáticos no son necesarios cuando tienes a las aves a menos de un metro de distancia.

Pollo de pardela cenicienta (Calonectris diomedea borealis)


Cualquier sitio es bueno para poner los huevos.


Repito, ¡cualquier sitio!


 Adulto de pardela cenicienta (Calonectris diomedea borealis)
 

¡Cualquiera!
 

 Pollo de petrel de Bulwer (Bulweria bulwerii)





Pudimos dar una vuelta completa a la isla, y en nuestro paseo nos topamos con mosquiteros musicales (Phylloscopus trochilus), garcetas comunes (Egretta garzetta), garzas reales (Ardea cinerea) y la sorpresa del día, un chorlito carambolo (Charadrius morinellus), además de las omnipresentes pardelas cenicientas. Quiero destacar que el chorlito carambolo era "bimbo" particular para mí. Jamás pensé que lo vería por primera vez en un lugar como éste, en una isla en el Atlántico, tratándose como es de un ave regular -aunque rara- en tierras catalanas.


Cementerio de caracoles. Decenas de miles de cascarones vacíos salpican el suelo.


Sombra del faro de Salvaje Grande.



Hallamos también otra joya de Selvagems, la salamanquesa Tarentola boettgeri bischoffi, especie endémica que pudimos observar a placer.

Tarentola boettgeri bischoffi



 Foto de grupo, cortesía de BIRDING CANARIAS.


Tras despedirnos del personal de tierra subimos de nuevo a bordo del Mojo Picón para pasar la noche. El día siguiente era 11 de septiembre, diada nacional de Catalunya, y los catalanes de la Ornitosecta pondríamos pie en la Salvaje Pequeña.

Puesta de sol y fin de jornada.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 5


Cuando un servidor navegó por primera vez flipó en colores. Yo había hecho varias salidas de algunas horas para ver aves marinas partiendo desde el puerto de Roses, en Catalunya, pero nada comparado a lo que me tocó vivir en compañía de mis amigos de travesía: Juanjo Ramos, el organizador del viaje, Marga Riera, naturalista y atleta, César Javier Palacios, periodista medioambiental, mis compañeros ornitosectarios Dani y Cristina, y Arturo, el patrón de nuestro barco y todo un personaje.
Zarpamos el 9 de septiembre. Dani había aterrizado en Tenerife el día anterior. Horas después nos reuníamos todos los integrantes de la expedición. La noche la pasamos ya a bordo, repartidos como pudimos en camarotes (parece mentira la cantidad de posibilidades que ofrece un pequeño velero).

Esa primera noche, aún anclados en puerto, fue la más tranquila que tendríamos a partir de entonces hasta nuestro regreso. Dormimos a pierna suelta, e hicimos bien, pues muchos no íbamos a poder descansar con placidez en los días posteriores.

Cristina y Dani en El Mojo Picón

 
 

El interior del Mojo Picón era muy acogedor
 


Compartí camarote con Dani. Los armarios disponían de un dispositivo para evitar que se abrieran solos. Las ventanillas (que aquí recibían otro nombre) debían permanecer cerradas en alta mar.

En el lavabo, para "tirar de la cadena" se debía accionar una bomba de agua que debía permanecer siempre cerrada fuera del uso.





Tras un pequeño repaso a las normas que rigen la vida a bordo, totalmente nuevas para mí, fuimos a repostar combustible. Y una vez lleno el depósito nos hicimos a la mar. Bordeamos los exteriores del puerto de Santa Cruz de Tenerife en dirección al este de la isla, para poder virar hacia el norte y encarar así el aún lejano archipiélago de Salvajes.

Fue "doblar la esquina" y empezar los problemas. Nuestro barco disponía de la posibilidad de navegar a vela o a motor. Los vientos alisios soplaban muy fuertes desde el norte, y tuvimos que tirar de motor en nuestro viaje de ida para afrontarlos. Eso implicó botar continuamente sobre olas que balanceaban nuestra embarcación sin ningún tipo de contemplaciones.

César y Arturo


Dejamos atrás Tenerife. Noventa millas nos separaban de Salvajes.


Tuve el honor de ser el primero en vomitar. Ni biodraminas ni leches. Aguanté hasta poco después de dejar atrás Tenerife. Bajé un momento al lavabo para tomarme la segunda pastilla del día y ese fue mi error. El olor a productos químicos del pequeño habitáculo remató el centrifugado que venía fraguándose en mi estómago. Ascendí los escalones que llevaban a cubierta apartando amablemente en mi camino a Juanjo, y me incliné por babor. Allí iba el alimento para los peces.

Seguramente yo hacía mala cara, porque miré a Dani y su expresión no denotaba nada bueno. Pero resulta que me equivoqué. Su mirada seria no iba dirigida a mí... si no a sí mismo. Se inclinó también por babor y aportó su grano de arena a la situación más tópica que les toca vivir a los no marinos.

No entraré a detallar lo bien que lo pasamos todos alimentando a los animales marinos, si no que pasaré a relatar cosas más agradables. Las primeras aves no tardaron en aparecer. Principalmente se trataba de pardelas cenicientas atlánticas (Calonectris diomedea borealis) -la cual según creo puede que consiga el status de especie, pasando a ser Calonectris borealis-, pero al poco fueron apareciendo también pardelas capirotadas (Puffinus gravis), pichonetas (Puffinus puffinus) y petreles de Bulwer (Bulweria bulwerii).

Juanjo vigila el cielo por si pasa algo interesante.


Más emocionante si cabe fue el avistamiento de los delfines listados (Stenella coeruleoalba) y moteados (Stenella frontalis). Algunos grupos se acercaron hasta nosotros y nos acompañaron a ratos, dejándose observar desde muy cerca, haciendo nuestras delicias y consiguiendo que olvidáramos al instante cualquier malestar que pudiera quedar todavía en nuestros cuerpos (a nivel personal debo decir que el paso de las horas me sentó bien, mi cuerpo se fue acostumbrando al balanceo y no tuve más problemas mientras permanecí en cubierta... otro cantar era bajar a los camarotes).

Hablaba de los delfines. En anteriores ocasiones a lo largo de mi vida había visto algunos ejemplares, a veces desde la costa, lejos, con telescopio, y a veces en las salidas que hacíamos para ver aves marinas, pero nunca hasta aquel momento los había visto tan de cerca, acompañándonos en nuestro trayecto. La sensación es indescriptible. Contemplar aquellas aguas transparentes atravesadas por unos seres tan espectaculares, tan bellos, tan adaptados a su medio era algo que superaba con creces mis espectativas. Imaginaba lo que sería ver delfines... pero solo lo imaginaba, no sabía lo que iba a sentir hasta que los vi. Los miré, saltando, nadando, buceando. El choque del velero con las olas que venían del norte provocaba salpicaduras que se elevaban por los aires. Iluminadas por los rayos del sol de la tarde se descomponían y creaban un arcoiris a estribor. Los delfines jugaban con nosotros. Sentí envidia. Porque aquellos seres eran totalmente libres, y nosotros no.





 

 Delfines y pardela cenicienta

Sin embargo, cualquier sentimiento que apareciera de nostalgia hacia un pasado salvaje, o de rebeldía hacia una civilización que se rige por unas normas, fue rápidamente engullido por el goce del momento. La contemplación de los delfines solo se puede definir como uno de los actos más alegres a los que puede aspirar cualquier naturalista de campo.

Creo que no es necesario que aclare que fue sin duda uno de los mejores recuerdos que guardo de aquel viaje.

Servidor con puesta de sol

domingo, 12 de junio de 2011

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 4

Día 7 de septiembre del 2010.

Habíamos dormido en Erjos. Desde allí partía una pista forestal que nos adentró en la laurisilva del oeste de la isla. Tras andar unos kilómetros llegamos al punto que buscábamos, un lugar recomendado por una guía que habíamos consultado. En ella se decía que había un buen mirador para la observación de las palomas turqué (Columba bollii) y rabiche (C. junoniae). Y en efecto pudimos disfrutar de ellas, pero también de ratoneros comunes (Buteo buteo insularum), de vencejos unicolores (Apus unicolor) y sobre todo de un magnífico paisaje, la visión de un profundo valle verde sobrevolado por las aves.


Como el tiempo apremiaba tuvimos que regresar al coche para reanudar la exploración de la isla: nos quedaba por visitar la Punta de Teno, en el extremo occidental. Se llegaba allí por una carretera costera que atravesaba plantaciones de plátano, pasaba junto a algún que otro cráter volcánico y terminaba serpenteando a buena altura por unos imponentes acantilados. Las señales de tráfico alertaban del peligro extremo de desprendimientos en múltiples idiomas. Quién se adentraba en aquel lugar lo hacía bajo su propia responsabilidad.

El lugar era hermoso, tanto por su propia belleza como por su salvajismo latente. La vegetación, árida, desértica, ponía ese punto exótico y cálido que no dejaba de captar mi interés cada vez que topaba con él. Las rocas volcánicas, negras y retorcidas, se esparcían por doquier. Una floja brisa atlántica azotaba suavemente nuestros rostros y mecía nuestros cabellos.

Por supuesto, las aves se hallaban presentes también. En el mar pudimos ver pardelas cenicientas atlánticas (Calonectris diomedea borealis) y gaviotas patiamarillas (Larus michahellis). En los acantilados vimos por primera vez cuervos canarios (Corvus corax canariensis), especie en grave declive debido al uso de venenos. No hubo suerte esta vez con los halcones.

Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus canariensis)
Tras deambular aquí y allá durante un rato volvimos al coche, e iniciamos nuestro regreso al Este de la isla. Al día siguiente debíamos recoger a Dani en el aeropuerto y queríamos estar cerca cuando llegara.

Dedicamos la tarde a visitar la costa y campos de Tegueste con resultados bastante decepcionantes. Finalmente acabamos la jornada en las montañas cercanas al mirador de Jardina, un lugar que ya se había convertido en un punto mítico para nosotros: de fácil acceso y con gran riqueza ornitológica. No en vano había realizado yo allí los primeros ocho bimbos de este viaje.

Paloma turqué (Columba bollii)

miércoles, 11 de mayo de 2011

Identificación: ¿Lanius senator badius?


El pasado día 1 de mayo, en el curso de la maratón ornitológica de S.E.O./Birdlife (www.seo.org) nos topamos con este pequeñín en el delta del Llobregat (Barcelona).

A mí me parece la subespecie balear del alcaudón común (Lanius senator badius), y así lo creen también otras personas, pero no están de más nuevas opiniones. Se agradece cualquier tipo de aportación.