domingo, 13 de diciembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 11): Varanger. De Vardo a Hamningberg.

Resuelto pues el tema del alojamiento cogimos el coche y cruzamos de nuevo el túnel submarino que separa la isla de Vardo de la península de Varanger, esta vez en dirección contraria, para tomar la carretera que lleva al punto más norteño que debíamos alcanzar durante nuestro viaje: Hamningberg.

Aquella carretera estaba flanqueada por el paisaje más desolador de todos cuantos visitamos durante aquellos días. Rocas enormes, negras y afiladas se alzaban como colmillos del suelo desprovisto de vegetación. Parecía que estuviéramos en otro planeta. Siempre que recuerdo aquellas vistas pienso en un paisaje lunar, y no sé por qué, ya que estoy convencido de que la luna no debe tener ese aspecto.

Antes de que cambiara el paisaje, en los prados verdes pastaban tranquilos los omnipresentes renos.
En la foto, algunos nativos del lugar.
El mar al este, y algunas colinas y acantilados al oeste fueron nuestros compañeros de viaje durante los kilómetros que recorrimos al aproximarnos cada vez más y más a nuestro destino.

Hicimos varias paradas, especialmente para estudiar a los bandos de aves que descansaban en la orilla de las playas. Estos se componían básicamente de éideres comunes (Somateria mollissima), haveldas (Clangula hyemalis), negrones comunes (Melanitta nigra) y algún que otro pigargo (Haliaaetus albicilla).

Pigargo adulto (Haliaaetus albicilla).

En una de estas paradas conocimos a un ornitólogo francés que nos dio la pista definitiva para observar a una de las aves reina de Varanger: el halcón gerifalte (Falco rusticolus). Nos indicó una casa en cuya puerta se leía "Rolling Stones". Tras ella se cernían unos acantilados negros como el resto de la tierra que los circundaba.

No nos defraudó el lugar. Efectivamente, el halcón se hallaba posado en un saliente y nos permitió contemplarlo durante un buen rato. El incesante viento hizo todo lo posible por aguarnos la observación, pero a esas alturas ya estábamos acostumbrados a él.



Halcón gerifalte (Falco rusticolus).

Observando al halcón gerifalte. Por la derecha entra Cristina Prieto. Mirando por el telescopio, Jordi Sala. La tercera persona no es Dani. Es un simpático francés que además de mostrarnos dónde ver al halcón nos dio también información sobre Kuusamo ("double U!") en Finlandia.


Continuamos camino hacia el norte y alcanzamos por fin Hamningberg. Este pequeño pueblo es conocido como el punto final de Europa hacia el norte. Y la sensación que tuvimos realmente mientras estábamos allí era la de que nos hallábamos en el fin del mundo. Tanto había costado llegar hasta aquel lugar, tanto habíamos tenido que recorrer que no podía imaginar soledad más placentera en el mundo que ser parte de aquel paisaje antiguo y despiadado. Era un orgullo y un privilegio enorme haber podido vivir aquella experiencia. Era una gran satisfacción haber alcanzado nuestro objetivo más lejano.

Porque a ninguno de nosotros se nos escapaba que en Hamningberg comenzaba también el regreso de nuestro viaje. Ya no íbamos a avanzar más, y la vuelta prometía ser tan impresionante como la ida.

Pero antes de regresar debíamos contemplar y disfrutar.

Justo antes de entrar en el poblado pudimos observar un ratonero calzado (Buteo lagopus) del cual esta vez sí conseguimos algunas imágenes. Todo un regalo de bienvenida a la altura de la magia de aquel 7 de julio infinito e inolvidable.

Ratonero calzado (Buteo lagopus).

Recorrimos Hamningberg admirando sus construcciones de madera recubiertas de musgos, plantas y líquenes. El suelo aquí era algo más verde, pero en cuanto alejabas un poco la mirada rápidamente topabas con los acantilados negros que parapetaban aquellas tierra por el norte y por el oeste.

El faro de Hamninberg.

Cristina y yo nos acercamos al agua del mar de Barents y la tocamos. Nuestra mano estaba en contacto con el líquido elemento, un nexo con el polo norte, que se hallaba fuera de nuestra vista. Como en un rito mágico y ancestral acaricié al océano ártico con respeto, sabiendo que esa misma agua bañaba bloques de hielo, osos polares, focas y ballenas. Al mismo tiempo lamenté que todo aquello pudiera perderse por el egoísmo del ser humano.

Cristina y Jordi se dirigen a tocar el agua.
El océano glacial ártico.

Regresamos junto a Dani, que nos esperaba unos metros más allá. Caminamos hasta el extremo de un espigón cercano y desde allí contemplamos una de las aves más esperadas de todo nuestro viaje: nuestro primer frailecillo (Fratercula arctica). Todavía no sabíamos que al día siguiente quedaríamos saciados con la contemplación de cientos de ellos. Pero no nos avancemos. Aquella ave hizo nuestras delicias. Usando nuestro argot, sentíamos un orgasmo ornitológico tras otro.

Aunque el siguiente no fue ornitológico. Creo que fue Dani el primero que gritó:

- ¡Una foca!

Tras unos segundos de angustia por la posibilidad de que alguno se quedara sin verla, ya que no reaparecía, se colmaron nuestras espectativas. El pinnípedo surgió de las aguas justo en el campo visual de mis prismáticos. Yo miraba la superficie gris del mar y al segundo siguiente una cabeza enorme me miraba fíjamente.

Aunque en aquel momento la dimos como foca gris (Halichoerus grypus) lo cierto es que en estos momentos tengo mis dudas. Pero no importa, era la primera vez en mi vida que veía una foca y creo que los tres nos sentimos un poco especiales. Un mamífero de una especie distinta a la nuestra pero también de gran inteligencia nos miraba con curiosidad. Era casi como contemplar a un ser mítico, algo surgido de otro mundo. Y era así en realidad. Venía de ese otro mundo que conocemos pero que olvidamos continuamente: son todos aquellos mundos en los que el ser humano es el extraño, el invitado.

Hamningberg.


La vegetación crece en los tejados.

¡La ornitosecta al completo! Por orden de izquierda a derecha, Daniel González, Jordi Sala y Cristina Prieto.

Pero el reloj corría, y ahora sí, por fin, se aproximaba el fin de aquel 7 de julio mágico.

Dedicimos regresar a la isla de Vardo, donde nos aguardaba un bien merecido descando. Antes de marcharnos de Hamningberg sin embargo nos hicimos algunas fotos y nos acercamos con el coche a unas colinas próximas, en cuya base pudimos tocar la nieve, dura y eterna; perdura allí durante todo el año. No se hallaba más que en forma de unas cuantas placas dispersas aquí y allá, pero a partir de aquel momento ya pudimos presumir de haberla tocado en pleno verano.

Esto es lo que se ve desde Hamningberg si miras hacia el oeste. La carretera tuerce al sur al fondo y se dirige a Vardo.
Vista más cercana de las placas de nieve.Cristina junto a la nieve.
Deshicimos el camino de vuelta a Vardo. Pasamos de nuevo junto a la casa de los Rolling Stones, y divisamos de nuevo el paisaje lunar.

Poco antes de llegar al desvío que llevaba al túnel submarino pudimos filmar una liebre variable (Lepus timidus). Habíamos observado alguna más durante el viaje, pero esta fue la primera que se dejó filmar, y la que pudimos contemplar con más tranquilidad. Todo un lujo para terminar aquel día tan maravilloso, el mejor que habíamos tenido hasta el momento.



Eran las once de la noche polar cuando finalmente llegamos a Vardo y recorrimos la isla hasta alcanzar nuestra vivienda, en la cual recuperamos fuerzas comiendo algo y donde caímos abatidos en profundos sueños hasta la mañana siguiente.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 10): Varanger. Ekkeroy y llegada a Vardo.

Abandonamos la isla de Vadsoya para encaminarnos hacia nuestro siguiente destino: Ekkeroy, una pequeñísima península situada al este de Vadso.

Puesto que estaba muy cerca, llegamos enseguida. En Ekkeroy pudimos ampliar nuestra lista de especies observadas: a la entrada del pueblo unos charranes descansaban y a veces revoloteaban entre las rocas de la orilla. Resultaron ser charranes árticos (Sterna paradisaea). Ninguno de los tres los habíamos visto nunca antes, y fue un auténtico lujo poder identificarlos primero y observarlos, fotografiarlos y filmarlos a placer después.


Charrán artico (Sterna paradisaea).


En las cercanías unos acantilados nos depararon la primera de las dos colonias de aves marinas que veríamos a lo largo de todo nuestro viaje. Cientos de gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla) armaban un gran barullo a lo largo y ancho de las paredes. En mi caso era la primera vez que contemplaba un espectáculo semejante y quedé muy impresionado. La imagen de las gaviotas gritando incesantemente en sus nidos a poca distancia de nosotros nos mantuvo anonadados durante bastante rato, pero al final tuvimos suficiente y nos marchamos de aquel lugar.


Antes de irnos sin embargo pudimos contemplar aún otra ave nueva en nuestra lista: un arao aliblanco (Cepphus grylle) se dejó ver en el mar, no muy lejos de la orilla. Al ser un ave tan inconfundible la identificación fue instantánea, y la alegría enorme.



Pero el tiempo transcurría rápido. Seguía siendo 7 de julio pero no iba a durar eternamente, así que nos pusimos de nuevo en marcha para intentar alcanzar Vardo, una isla situada más al este, y uno de los lugares más interesantes que pudimos visitar.

Aún debíamos encontrar un lugar para pasar la siguiente noche, y en esta ocasión íbamos a permitirnos el lujo de dormir bajo un techo. En la isla de Vardo íbamos a intentar encontrar un hotel barato, o en su defecto una habitación en la que descansar.

La carretera por la que conducíamos se extendía paralela a la costa sur de la península de Varanger. Pero para llegar a Vardo debíamos abandonar la península. Al llegar al final de la carretera detuvimos el vehículo. La isla de Vardo se alzaba en el mar frente a nosotros. Pero no se llegaba a ella a través de un ferry ni nada parecido. Se llegaba a la isla a través de un túnel que pasaba bajo el mar. En efecto, no nos hallábamos realmente en el punto final de la carretera. Ésta se inclinaba suavemente hasta descender bajo las aguas.

Desde nuestro coche mirábamos fijamente la boca del túnel que se abría ante nosotros. Tras él la orilla del mar y agua. Al otro lado nuestro destino.


Es una sensación extraña. Podemos movernos en un coche durante horas, incluso volar en avión, comer productos que no tienen aspecto natural o beber líquidos que no vemos en la naturaleza. Sin embargo nada de eso nos parece ni siquiera curioso puesto que estamos acostumbrados a ello. ¿Pero cuántas veces en nuestras vidas pasamos bajo el mar conduciendo nuestro coche?

La idea de avanzar por un túnel sabiendo que sobre ti hay millones de litros de agua es bastante impresionante. No es que sintiéramos pánico, ni mucho menos, pero sí un gran respeto. Si se hundía el túnel estábamos perdidos. Lo mismo ocurriría en un túnel de montaña, y sin embargo parece algo menos importante supongo que porque lo hacemos más a menudo.


Pero al final surgimos al otro lado del túnel, a la superficie, ya en la isla de Vardo. La experiencia era digna de ser explicada. Era como si hubiéramos probado la atracción estrella de algún parque de atracciones.

Nos centramos finalmente en la búsqueda de un alojamiento. En Noruega el euro no es válido, pero sí las tarjetas de crédito. La moneda es la corona, que equivale aproximadamente a la décima parte de un euro (al menos en julio del 2007). Estábamos avisados de que los hoteles de Vardo eran caros, pero así y todo preguntamos en uno de ellos. La noche costaba unas 2.000 coronas, es decir, unos 200 euros.

Descartamos la posibilidad de pernoctar en un hotel ya que se salía de nuestro presupuesto. Pero siguiendo las indicaciones de unos bonitos mapas que habían llegado a nuestras manos en un centro de información nos dispusimos a explorar Vardo en busca de otros alojamientos. Aquel centro de información se hallaba junto al puerto. Y en sus aguas nadaban plácidamente dos araos aliblancos (Cepphus grylle). Se hallaban cerca y pudimos observarlos y fotografiarlos a placer. Parecía mentira que fuera tan fácil contemplar a esta especie. Estábamos asombrados.

Arao aliblanco (Cepphus grylle).

Vardo.
Gracias al mapa que teníamos en nuestras manos localizamos una bonita casa de unos lugareños que alquilaban habitaciones. El lugar era precioso. La casa era grande, estaba exquisitamente decorada y tenía jardín, y a nosotros todo esto nos pareció un lujo después de tantas noches durmiendo en el suelo o en el coche.

Apremiamos a la señora que nos mostraba su hogar a que nos dijera el precio, porque no queríamos perder más tiempo. Sabíamos que iba a ser caro y debíamos dedicar las horas que quedaban a buscar otra alternativa.

Yo pensaba que aquella amable mujer quería mostrarnos las exquisiteces de su hogar para ponernos la miel en los labios y que luego, pidiera lo que pidiera, quisiéramos a toda costa quedarnos en aquel lugar.

Pero entonces nos pidió 500 coronas en total por una habitación para tres personas: dos camas y un plegatín. Mis cálculos mentales me jugaron una mala pasada y creí que en el hotel nos habían pedido 200 coronas y era caro, y que aquella mujer nos pedía más del doble. Por eso me sorprendí cuando oí a Cristina y Dani aceptar la oferta.

Rápidamente mi mente se percató del error: 500 coronas era la cuarta parte de lo que pedía el hotel. En total unos 50 euros. A pagar entre tres. Una auténtica ganga. Me avergoncé un poco de mis recelos hacia aquella afable y simpática lugareña y me enamoré por enésima vez de la gente de aquellas tierras.

No sólo era barato. Teníamos libertad para usar la cocina y el baño de la planta de abajo, donde se ubicaba nuestra habitación. Y por si fuera poco la señora nos anunció que ella y su marido se marchaban unos días a su casa de veraneo, así que nos dejaban las llaves para que entráramos y saliéramos a nuestro aire. Solo nos pidió que al marcharnos dejáramos las llaves en el buzón.

Vista trasera de la casa.

Si le hubiera dado un beso tal vez nos habrían echado de aquella casa, así que no lo hice. Pero aquella mujer no sé si era consciente de lo que significaba para nosotros. Teníamos poco dinero y aquella noche cenaríamos en una mesa, dormiríamos en camas y podríamos lavarnos adecuadamente. Puesto que además estábamos rodeados de una fauna mítica y de unos paisajes árticos inigualables lo mínimo que podíamos creer era que nos hallábamos en el paraíso.

Resuelto por fin el problema del alojamiento decidimos continuar con nuestra exploración de Varanger. Aún quedaban varias horas hasta el "anochecer" de aquel lugar donde el sol no se ponía y no íbamos a malgastarlas.

martes, 13 de octubre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 9): Varanger

Despertamos la mañana del día de San Fermín, acompañados de nuestros amigos los renos, que pastaban tranquilos bajo la eterna luz diurna. Como ya dije en la entrada anterior, habíamos acampado en un lugar paradisíaco. Y aunque ya mostré entonces algunas fotografías de aquellos prados no he podido evitar añadir algunas más tomadas al comienzo de la nueva jornada.

Estas imágenes no solo dan fe de cuanto escribo, si no que además muestran la orografía del terreno y el hábitat en el que nos encontrábamos viviendo.

Renos (Rangifer tarandus)
Vista del lugar en el que habíamos pasado las horas de sueño.

Una vista más amplia. Se ve la tienda de campaña, a Cristina Prieto un poco más a la izquierda, sobre ella en la lejanía la iglesia de Nesseby, y a la derecha de la imagen un grupo de renos.

Debo indicar aquí que escribir la crónica de este viaje dos años después de haberlo realizado se ha convertido en ocasiones en una auténtica labor de investigación. Pero la existencia de internet y el hecho de tener fotos del viaje y varios documentos guardados (billetes de avión, tíckets de tiendas, mapas, apuntes, etc.) me ha permitido obtener información de la que carecía. En esta ocasión he podido recuperar el nombre del primer lugar al que fuimos tras despertarnos y recoger el campamento: el pueblo de Annijoki. Porque sinceramente, no tenía ni idea de cómo se llamaba. En este caso concreto no había anotaciones, tan solo fotos. Pero internet es una herramienta maravillosa.

Aclarado esto, añadiré que fuimos a Annijoki por equivocación. Malinterpretamos unas indicaciones que debían llevarnos a Vadso y a la isla de Vadsoya. Pero este tipo de errores nunca son problemáticos: siempre hay algo que contemplar, vayas donde vayas.

En el precioso puerto de Annijoki fotografiamos un gran bando de gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla) que reposaba sobre el espigón. Pero personalmente me enamoró más el lugar en sí que las gaviotas. Aunque quizá en Varanger todo tiene encanto mágico para alguien procedente de tierras mediterráneas.

Gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla)
Dani y Cristina observando las gaviotas.
Indudablemente, es un puerto pesquero.
Secaderos para el pescado.
Nos dirigimos a continuación, esta vez sí, a Vadso, donde hay que cruzar un puente para llegar hasta la cercanísima isla de Vadsoya, lugar en el que aparcamos el vehículo para dar un paseo y observar algunas de las especies más interesantes de todo nuestro viaje.

Ni siquiera hizo falta empezar a caminar: desde el mismo aparcamiento se veía un grupo de 12 ejemplares de éider de Steller (Polysticta stelleri) que hizo nuestras delicias. Aquello prometía. Y la isla no decepcionó, ni siquiera en lo que respecta al durísimo clima ártico: una ventolera terrible no permitía ni por un segundo que olvidáramos dónde nos encontrábamos.

Ya que hoy estoy en plan revelador, haré un nuevo inciso. Escribir la crónica de esta expedición tiene muchos alicientes. Por un lado se revive el viaje mientras se escribe. Por otro se realiza una necesaria y agradecida labor de compendio y ordenación de las notas, fotografías, documentos y mapas (se le pone nombre y apellidos a información que flotaba en el limbo). Pero quizá una de las cosas más agradables que suceden sea el redescubrimiento de todas aquellas especies animales observadas por aquel entonces. No había quedado en el olvido su avistamiento, pero en ocasiones sí lo había hecho el lugar en el que se hallaron ciertas especies, o el momento del día, o el número de ejemplares vistos. Algo así ocurrió con el éider de Steller. Recordaba que vimos un grupo en Vadsoya pero... ¿existían fotos? Creía que sí. ¿Filmaciones? No estaba seguro. ¿Eran muchas aves o solo unas pocas? Todo esto tiene importancia para nosotros puesto que en el caso concreto del éider de Steller esa fue la primera y la última vez que lo pudimos observar no solo en Varanger, si no en toda nuestra vida. Al menos de momento.

Todas esas preguntas obtienen siempre respuesta cuando recopilo información para escribir esta crónica. Y por cierto, sí disponíamos de fotografías y de una filmación, corta pero intensa.

Éider de Steller (Polysticta stelleri), una de las estrellas indiscutibles de nuestro viaje.

El paseo por la isla deparó entre otras especies algunos individuos de bisbita gorgirrojo (Anthus cervinus) así como los inevitables falaropos picofinos (Phalaropus lobatus) que nadaban en la pequeña laguna redonda que es destino imprescindible para cualquier ornitólogo que visite Varanger. Y digo inevitables porque al parecer su avistamiento está garantizado en esa lagunilla. Junto a ellos nadaba un buen bando de porrones moñudos (Aythya fuligula).

Falaropo picofino (Phalaropus lobatus)
Porrones moñudos (Aythya fuligula)
Un pequeño refugio de madera en la isla. Sabía a gloria protegerse del incesante y durísimo viento aunque fuera durante solo unos segundos.
Era 7 de julio, la jornada no había hecho más que comenzar y pensábamos aprovecharla todo lo que pudiéramos. Para nuestro regocijo, el nuevo y larguísimo día prometía más maravillosas sorpresas en el extremo norte de Europa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 8): de Rovaniemi a la península de Varanger (cuarta parte). Éxtasis en Varanger.

Escribo aquí la cuarta y última entrada correspondiente al tramo de viaje que nos llevó desde Rovaniemi, en Finlandia, hasta el principio de la península de Varanger, en el extremo norte de Noruega.

Posteriores entradas relatarán qué vimos, qué hicimos, cómo vivimos las maravillosas jornadas que pasamos en Varanger, aquel bellísimo lugar. Pero primero quiero contar como fue nuestra llegada, cómo fueron las últimas horas de aquel viernes 6 de julio del año 2007, y las primeras horas del día siguiente.

Como dije en la entrada anterior, nos alejábamos de la frontera en nuestro coche alquilado. Algunos árboles flanqueaban la carretera, pero no muchos. De hecho, cada vez se veían menos, y a medida que se acercaban las horas nocturnas y llegábamos más y más al norte el paisaje se aclaraba de manera ostensible.

Estábamos en la tundra.

Apareció junto a nosotros el río Tana. No podíamos avanzar sin dejar de mirar por las ventanillas hacia el agua, que quedaba a un nivel bastante más inferior que el de la carretera. En un momento dado nos pareció ver una foca, pero resultó ser un simple submarinista. Sin embargo este avistamiento no podemos considerarlo una auténtica anécdota, ya que en ningún momento llegamos a estar convencidos de que aquello fuera un pinípedo... o tal vez sí. Tal vez Cristina gritara en algún momento: "¡es una foca!".

Al cabo de varios kilómetros un puente atravesaba el río Tana, río que desemboca en el fiordo de Tana, que da al mar de Barents, en el océano glacial ártico. Pasado el puente unos pescadores preparaban unos aparejos en la fría orilla. Por la presencia de unas pancartas y de unos pocos vehículos parados en aquel lugar dedujimos que había tenido lugar algún tipo de fiesta local, e incluso parecía que aún continuaba en cierta manera. Nos detuvimos unos minutos para poder contemplar de cerca un adulto de gaviota argéntea (Larus argentatus) que se hallaba posada muy tranquila a pocos metros de nosotros.

Río Tana
Gaviota argéntea (Larus argentatus)
Continuamos la marcha y al poco la carretera se apartó definitivamente del río, tomando rumbo al este, hacia el fiordo de Varanger.

En el tramo que nos llevó del río hasta el fiordo pudimos contemplar un paisaje algo tétrico. Los campos oscuros, con apenas algún que otro arbolito de ramas secas, se sucedían uno tras otro sin gran variación. Volvieron las voces bajas y el silencio al interior del vehículo. La experiencia de visitar un paisaje nuevo, un hábitat, un ecosistema que no habíamos conocido hasta aquel momento ninguno de los tres integrantes de la expedición nos llenaba de respeto y admiración. Y más cuando la imagen que pasaba rauda junto a nuestras ventanillas era tan lúgubre y mortecina como aparentemente carente de vida.


Pero por fin llegamos. Varanger nos daba la bienvenida. El ambiente era totalmente nórdico, tanto en lo referente al clima como al medio ambiente, y por supuesto también en lo referente a la fauna.

En efecto, pocos kilómetros después vivimos uno de los momentos más recordados de nuestro viaje, si no el que más. Una apoteosis ornitológica total, un éxtatis faunístico en toda regla, una revelación divina, un cúmulo de sensaciones que es lo que nosotros, los ornitosectarios, damos en llamar "orgasmo ornitológico".

Habíamos tomado la carretera que recorre la península por su vertiente sur, y poco antes de Nessebi nos detuvimos. Aparcamos el coche cerca de la orilla. Ya estábamos propiamente en Varanger, pisando su suelo. Era el comienzo de tres jornadas maravillosas en las que nuestras aspiraciones naturalísticas quedarían más que colmadas. Desde el primer minuto que estuvimos allí.

En aquel punto en el que nos habíamos detenido, entre la medianoche y la una de la madrugada del recién llegado día 7, con nuestros telescopios observamos un sinfín de aves que no habíamos podido detectar hasta entonces en nuestro viaje.

Mientras los mosquitos se nos comían vivos oímos cantar a nuestras espaldas a un zorzal alirrojo (Turdus iliacus), que se hallaba posado en la rama de un pequeño arbusto perteneciente a un jardín. Pero no le prestamos mucha atención a esta interesante ave, porque frente a nosotros, en el fiordo, bandos de gaviotas y anátidas nadaban, volaban, caminaban perezosamente en islotes o por las orillas. Las anátidas eran nada más y nada menos que haveldas (Clangula hyemalis), éiders (Somateria mollissima) y serretas grandes (Mergus merganser). Las gaviotas eran gaviones (Larus marinus) y argénteas. Y sobre ellas algunas lechuzas campestres (Asio flammeus) surcaban los aires, patrullando unes bosques situados en la orilla contraria del fiordo (que en este punto está bastante cerca de la orilla norte). A pocos metros de nuetra posición, los ostreros (Haematopus ostralegus) buscaban moluscos entre las guijarros.

Dani destapándose la cara para la foto a pesar de los mosquitos.
Era medianoche. Los mosquitos dificultaban enórmemente la observación. Se lanzaban a la cara por decenas. Gastamos mucho esprai repelente. El fiordo de Varanger.
Eiders comunes (Somateria mollissima) y serretas grandes (Mergus merganser).Otra vista del fiordo.

No se puede describir con palabras la sensación que tuvimos durantes aquellos minutos que duró la observación de aquella comunidad faunística tan distinta a la nuestra. Mientras miles de mosquitos hacían lo imposible por picarnos y por evitar que echáramos vistazos a través de los prismáticos o de los telescopios nosotros nos hallábamos casi en un estado de embriaguez motivado por el avistamiento de aquellas aves.

Sí, estábamos definitivamente en Varanger. La tierra de las mil maravillas árticas. El confín de Europa.

Sin embargo debíamos descansar. Llevábamos casi 20 horas de actividad naturalística prácticamente ininterrumpida. Tan sólo los desplazamientos en coche (e incluso en ocasiones ni siquiera eso) nos obligaban a guardar los prismáticos.

Finalmente tomamos la decisión de acampar. No muy lejos de allí encontramos un lugar adecuado para plantar la tienda de campaña, y nos dispusimos a dormir por fin, acolchados en la blanda vegetación de la tundra, arrullados por la suave brisa marina, y escoltados por los abundantes renos que pastaban a sus anchas a pocos metros de nosotros.

Parte del paisaje que veíamos desde nuestro campamento.
¡Dani, no lo hagas, no saltes! ¡La tienda de campaña está abajo!Otra vista desde el lugar en qué acampamos. El mejor suelo para dormir.Nuestra tienda.El acogedor interior. Luz suave, colchón mullido y naturalistas agotados: gran combinación.