domingo, 13 de diciembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 11): Varanger. De Vardo a Hamningberg.

Resuelto pues el tema del alojamiento cogimos el coche y cruzamos de nuevo el túnel submarino que separa la isla de Vardo de la península de Varanger, esta vez en dirección contraria, para tomar la carretera que lleva al punto más norteño que debíamos alcanzar durante nuestro viaje: Hamningberg.

Aquella carretera estaba flanqueada por el paisaje más desolador de todos cuantos visitamos durante aquellos días. Rocas enormes, negras y afiladas se alzaban como colmillos del suelo desprovisto de vegetación. Parecía que estuviéramos en otro planeta. Siempre que recuerdo aquellas vistas pienso en un paisaje lunar, y no sé por qué, ya que estoy convencido de que la luna no debe tener ese aspecto.

Antes de que cambiara el paisaje, en los prados verdes pastaban tranquilos los omnipresentes renos.
En la foto, algunos nativos del lugar.
El mar al este, y algunas colinas y acantilados al oeste fueron nuestros compañeros de viaje durante los kilómetros que recorrimos al aproximarnos cada vez más y más a nuestro destino.

Hicimos varias paradas, especialmente para estudiar a los bandos de aves que descansaban en la orilla de las playas. Estos se componían básicamente de éideres comunes (Somateria mollissima), haveldas (Clangula hyemalis), negrones comunes (Melanitta nigra) y algún que otro pigargo (Haliaaetus albicilla).

Pigargo adulto (Haliaaetus albicilla).

En una de estas paradas conocimos a un ornitólogo francés que nos dio la pista definitiva para observar a una de las aves reina de Varanger: el halcón gerifalte (Falco rusticolus). Nos indicó una casa en cuya puerta se leía "Rolling Stones". Tras ella se cernían unos acantilados negros como el resto de la tierra que los circundaba.

No nos defraudó el lugar. Efectivamente, el halcón se hallaba posado en un saliente y nos permitió contemplarlo durante un buen rato. El incesante viento hizo todo lo posible por aguarnos la observación, pero a esas alturas ya estábamos acostumbrados a él.



Halcón gerifalte (Falco rusticolus).

Observando al halcón gerifalte. Por la derecha entra Cristina Prieto. Mirando por el telescopio, Jordi Sala. La tercera persona no es Dani. Es un simpático francés que además de mostrarnos dónde ver al halcón nos dio también información sobre Kuusamo ("double U!") en Finlandia.


Continuamos camino hacia el norte y alcanzamos por fin Hamningberg. Este pequeño pueblo es conocido como el punto final de Europa hacia el norte. Y la sensación que tuvimos realmente mientras estábamos allí era la de que nos hallábamos en el fin del mundo. Tanto había costado llegar hasta aquel lugar, tanto habíamos tenido que recorrer que no podía imaginar soledad más placentera en el mundo que ser parte de aquel paisaje antiguo y despiadado. Era un orgullo y un privilegio enorme haber podido vivir aquella experiencia. Era una gran satisfacción haber alcanzado nuestro objetivo más lejano.

Porque a ninguno de nosotros se nos escapaba que en Hamningberg comenzaba también el regreso de nuestro viaje. Ya no íbamos a avanzar más, y la vuelta prometía ser tan impresionante como la ida.

Pero antes de regresar debíamos contemplar y disfrutar.

Justo antes de entrar en el poblado pudimos observar un ratonero calzado (Buteo lagopus) del cual esta vez sí conseguimos algunas imágenes. Todo un regalo de bienvenida a la altura de la magia de aquel 7 de julio infinito e inolvidable.

Ratonero calzado (Buteo lagopus).

Recorrimos Hamningberg admirando sus construcciones de madera recubiertas de musgos, plantas y líquenes. El suelo aquí era algo más verde, pero en cuanto alejabas un poco la mirada rápidamente topabas con los acantilados negros que parapetaban aquellas tierra por el norte y por el oeste.

El faro de Hamninberg.

Cristina y yo nos acercamos al agua del mar de Barents y la tocamos. Nuestra mano estaba en contacto con el líquido elemento, un nexo con el polo norte, que se hallaba fuera de nuestra vista. Como en un rito mágico y ancestral acaricié al océano ártico con respeto, sabiendo que esa misma agua bañaba bloques de hielo, osos polares, focas y ballenas. Al mismo tiempo lamenté que todo aquello pudiera perderse por el egoísmo del ser humano.

Cristina y Jordi se dirigen a tocar el agua.
El océano glacial ártico.

Regresamos junto a Dani, que nos esperaba unos metros más allá. Caminamos hasta el extremo de un espigón cercano y desde allí contemplamos una de las aves más esperadas de todo nuestro viaje: nuestro primer frailecillo (Fratercula arctica). Todavía no sabíamos que al día siguiente quedaríamos saciados con la contemplación de cientos de ellos. Pero no nos avancemos. Aquella ave hizo nuestras delicias. Usando nuestro argot, sentíamos un orgasmo ornitológico tras otro.

Aunque el siguiente no fue ornitológico. Creo que fue Dani el primero que gritó:

- ¡Una foca!

Tras unos segundos de angustia por la posibilidad de que alguno se quedara sin verla, ya que no reaparecía, se colmaron nuestras espectativas. El pinnípedo surgió de las aguas justo en el campo visual de mis prismáticos. Yo miraba la superficie gris del mar y al segundo siguiente una cabeza enorme me miraba fíjamente.

Aunque en aquel momento la dimos como foca gris (Halichoerus grypus) lo cierto es que en estos momentos tengo mis dudas. Pero no importa, era la primera vez en mi vida que veía una foca y creo que los tres nos sentimos un poco especiales. Un mamífero de una especie distinta a la nuestra pero también de gran inteligencia nos miraba con curiosidad. Era casi como contemplar a un ser mítico, algo surgido de otro mundo. Y era así en realidad. Venía de ese otro mundo que conocemos pero que olvidamos continuamente: son todos aquellos mundos en los que el ser humano es el extraño, el invitado.

Hamningberg.


La vegetación crece en los tejados.

¡La ornitosecta al completo! Por orden de izquierda a derecha, Daniel González, Jordi Sala y Cristina Prieto.

Pero el reloj corría, y ahora sí, por fin, se aproximaba el fin de aquel 7 de julio mágico.

Dedicimos regresar a la isla de Vardo, donde nos aguardaba un bien merecido descando. Antes de marcharnos de Hamningberg sin embargo nos hicimos algunas fotos y nos acercamos con el coche a unas colinas próximas, en cuya base pudimos tocar la nieve, dura y eterna; perdura allí durante todo el año. No se hallaba más que en forma de unas cuantas placas dispersas aquí y allá, pero a partir de aquel momento ya pudimos presumir de haberla tocado en pleno verano.

Esto es lo que se ve desde Hamningberg si miras hacia el oeste. La carretera tuerce al sur al fondo y se dirige a Vardo.
Vista más cercana de las placas de nieve.Cristina junto a la nieve.
Deshicimos el camino de vuelta a Vardo. Pasamos de nuevo junto a la casa de los Rolling Stones, y divisamos de nuevo el paisaje lunar.

Poco antes de llegar al desvío que llevaba al túnel submarino pudimos filmar una liebre variable (Lepus timidus). Habíamos observado alguna más durante el viaje, pero esta fue la primera que se dejó filmar, y la que pudimos contemplar con más tranquilidad. Todo un lujo para terminar aquel día tan maravilloso, el mejor que habíamos tenido hasta el momento.



Eran las once de la noche polar cuando finalmente llegamos a Vardo y recorrimos la isla hasta alcanzar nuestra vivienda, en la cual recuperamos fuerzas comiendo algo y donde caímos abatidos en profundos sueños hasta la mañana siguiente.

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