domingo, 30 de diciembre de 2012

The Big Year 2013

Tras el estreno de la película El Gran Año que tan buena acogida tuvo entre nuestro colectivo a todos los ornitólogos nos cogieron ganas de participar en algo así.



Y nuestras ansias van a ser correspondidas: este año 2013 que está a punto de comenzar va a ser el primer año del Big Year España.



Por supuesto, me he apuntado. Solo me queda desearle suerte a todos los participantes. Seguro que va a ser un año emocionante lleno de maravillosas observaciones.

Cuando dentro de un día se termine este 2012, no brindaré con un "Feliz Año Nuevo", si no con un "¡Feliz Big Year! ".

domingo, 9 de diciembre de 2012

Salamanca 2002: un curioso viaje por España (2ª parte). Odisea 1: buscando avutardas.

Una entrada nueva en el blog. Una "página" en blanco por rellenar. Es difícil cuando debo rebuscar en mi memoria hechos de diez años atrás y solo algunos apuntes y unas pocos fotos me ayudan.

Pero si guardo tan buen recuerdo de aquel viaje por algo será. Así que tras mucho esforzarme, al final consigo retomar el hilo para intentar construir una crónica aceptable, para intentar aproximarme, aunque sea de manera tosca, a aquellas indescriptibles experiencias que nos marcaron tan profundamente.

Porque todos los que amamos la naturaleza y hemos tenido el privilegio y la suerte de contemplar cosas maravillosas con nuestros propios ojos sabemos que es imposible igualar la belleza de los actos que ocurren en nuestras tierras mediante el uso de simples palabras de un idioma. Pero hay que intentarlo.

Así pues, amaneció.

El día 14 iba a traernos avutardas. La avutarda Otis tarda es el ave voladora más pesada del mundo. Creo recordar que algunos machos llegaban a pesar 16 kilos, y si me equivoco no será de mucho. Pero nos las prometíamos muy felices. Pensábamos que simplemente visitando los enormes campos de secano que se extienden durante kilómetros y kilómetros por toda la provincia ya toparíamos con ellas con facilidad. No es que creyéramos que levantando una piedra encontraríamos puñados de estos enormes animales. Pero a primera hora de la mañana no éramos conscientes de lo que íbamos a sudar.

El plan estaba claro: primero visitar el Azud de Riolobos, y a partir de allí dejarnos llevar por las carreteras. No puedo decir que madrugáramos (ni que no lo hiciéramos) porque no lo recuerdo. Sin embargo mis apuntes me dicen que a las diez de la mañana ya estábamos disfrutando de las aves acuáticas.

El Azud estaba hermoso a esa hora. Zampullines cuellinegros, cormoranes, garcetas comunes, anátidas varias poblaban sus aguas. Un vistazo más profundo nos deparó muchas interesantes especies, algunas de las cuales fueron las siguientes:

- Espátula Platalea leucorodia: 1
- Tarro canelo Tadorna ferruginea: 1
- Zampullín cuellinegro Podiceps nigricollis
- Cigüeñuela Himantopus himantopus
- Chorlitejo chico Charadrius dubius
- Correlimos zarapitín Calidris ferruginea
- Fumarel común Chlidonias niger
- Calandria Melanocorypha calandra
- etc.

Pero sin duda la estrella fue la malvasía Oxyura leucocephala, ya que este pato supuso mi segundo bimbo del viaje. Los pronósticos seguían cumpliéndose y Carlos veía un poco más cerca su cena: como ya dije en la anterior entrada, si alcanzaba la cifra de cinco bimbos le invitaría gustoso a una cena de celebración.

Las malvasías estaban algo lejanas, pero el telescopio hizo su trabajo y nos las aproximó un poco. Y debo añadir que se produjo aquí una anécdota de esas de las que hablé cuando inicié la narración de este viaje. Y es que, si las aves estaban un poco lejos era en parte porque el Azud no contenía tanta agua como en el pasado, y la orilla estaba a bastante distancia de los carteles situados en la periferia que marcaban el límite hasta el cual un observador podía aproximarse.

Riguroso como soy con la conservación de la naturaleza y el respeto a los seres que la habitan, no traspasamos aquella línea imaginaria y, como decía, dejamos actuar al telescopio. Pero días después, cuando ya habíamos regresado a Barcelona hablé con un ornitólogo del lugar que se sorprendió de que yo viera a las aves desde tanta distancia.

- ¿Y por qué no te acercaste?
- Pues porque había unos carteles que lo prohibían.
- ¡Ah, bueno! Pero hombre, aquellos carteles se pusieron cuando la orilla llegaba hasta allí. Ahora que el Azud es más pequeño esas prohibiciones ya no tienen sentido, todos nos acercamos mucho más para ver las malvasías.

Que puedo decir... Nosotros también las vimos. Pequeñitas, pero eran malvasías. Lástima no haber podido disfrutarlas a menos distancia, teniendo en cuenta que a la postre (puedo decirlo diez años después) es la única vez en mi vida que las he visto. Pero al menos estoy tranquilo por haber actuado como mi conciencia me lo pedía. Y algo no se perdió: seguro, seguro, seguro, que a tantos metros ni molestamos ni lo más mínimo a las aves.

¿Pero seríamos capaces de conseguir el tercer bimbo, la avutarda, en la misma jornada? Que lo íbamos a intentar de todas las maneras posibles no nos quedaba duda. Con mi coche, un Daewoo de cuatro puertas que sufrió el destino de pertenecer a un ornitólogo, nos pusimos en camino para buscar al legendario animal. Se iniciaba aquí un auténtico tour por las provincias de Salamanca, Ávila y Zamora.

Y es que recorrimos muchos kilómetros y pasamos por muchos lugares sin conseguir nuestro preciado premio. Desde el Azud de Riolobos pusimos rumbo a Cantalpino. Se halla este pueblo cerca del Pedroso de la Armuña, lugar de nacimiento de mi gran amigo e ilustre ornitosectario Daniel González, ausente en aquel viaje. Aunque tenía curiosidad por visitar su pueblo natal no me fue posible porque simplemente no lo encontré, aunque sabía que estaba cerca.

Sin embargo tengo una cierta idea de como debe ser. Tras ir de Cantalpino hasta la provincia de Zamora para internarnos en ella algunos kilómetros, para luego volver hacia atrás hasta Peñaranda de Bracamonte, de ahí llegarnos a Fontíveros, luego a San Cristóbal de Trabancos y después a Madrigal de las Altas Torres... tras todas esas vueltas comenzamos a captar un patrón: allí había cereales.

Creo que fueron un centenar de kilómetros en total de paisajes idénticos. Campos llanos interminables, bellísimos por su vastedad, gigantescos. Tan pequeños podemos sentirnos ante el enorme océano como entre las olas de las espigas azotadas por el viento que se pierden en el horizonte.

Y por supuesto tampoco faltaron aves: milanos negros y aguiluchos cenizos, un solitario milano real, perdices, abejarucos, y el triste hallazgo de una lechuza común atropellada nos mantuvieron ocupados.

Pero no había ni rastro de avutardas. Nos movimos por carreteras. Buscamos cambios de rasante para intentar sorprenderlas. Parábamos en el arcén y escudriñábamos el paisaje con prismáticos y telescopio. Nos perdimos por caminos agrícolas, intentando no meternos en líos, no fuéramos a acabar en alguna propiedad privada o estropeando el suelo con el coche. En una de aquellas excursiones el camino comenzó a desaparecer bajo nuestras ruedas mientras ascendíamos hacia una suave colina y nos encontramos rodeados de kilómetros de nada.

Debo confesar cuál era el principal objetivo del viaje. No había recorrido media España para buscar buitres negros y malvasías. Puede que alguien no ornitólogo no lo entienda del todo, pero mis amigos "pajareros" sí lo harán. No puedo menospreciar el momento en que vi por primera vez en mi vida al buitre negro. El momento en que lo bimbé. Eso queda marcado para siempre (vale, las malvasías también... pero estaban lejos). Tengo marcada en mi retina la tremenda silueta del negro gigante aéreo sobrevolando la gasolinera de aquella carretera secundaria desde la cual la jornada anterior se produjo el avistamiento.

Pero lo cierto es que yo quería ver ante todo avutardas. Y cuando digo que mis amigos ornitólogos me entenderán, sabrán de qué hablo. No solo hay aves y aves (pobre gorrión... pero no es lo mismo un gorrión que un "quebranta"). Además está también una cosa mucho más íntima y privada. Nadie podrá explicar por qué, pero algunos nos sentimos más atraídos por alguna especie concreta que por otra. Y para mí ver avutardas era un hito en mi vida. Como lo fue en su momento el quebrantahuesos, o el búho real (o la espátula, ave con la que había llegado a tener sueños en los cuales la bimbaba, hasta que eso ocurrió en el mundo real).

Siempre suelo tener mucha suerte en la vida, y eso incluye mis salidas ornitológicas. Pero me gusta pensar (y lo creo así) que tengo buena parte de culpa como causante de esa suerte. Ya sea por insistencia, o por paciencia, o por planificar bien las cosas... o por usar bien el cerebro de la manera que sea. El caso es que siempre intento que las cosas lleguen a buen fin.

Llegamos hasta otro pueblo más, San Esteban de Zapardiel. Detuvimos el vehículo junto a las primeras casas, entre frustrados y divertidos por lo increíble de la situación. Y miramos a nuestra izquierda.

Por supuesto miramos hacia todos los lados, al menos inicialmente, pero un calambre tremendo (inexistente) nos impidió girar la cabeza en ninguna otra dirección una vez nuestros ojos vieron un rebaño de aves pastando tranquilamente junto a las casas. Las avutardas nos habían esquivado toda la jornada para dejarse bimbar en la mejor de las situaciones: grupo numeroso, machos y hembras, buena luz, poca distancia. Ya estaba. Lo habíamos logrado.

Plantamos el telescopio y gracias a la cámara digital que llevaba Carlos (por increíble que parezca tan solo diez años después, un aparato tecnológico de reciente aparición en el 2002) tomé una de las primera imágenes de "digiscoping" de mi vida: apoyamos a pulso la cámara en mi querido Kowa TSN-1 y enfocamos. El resultado es el siguiente, y en él está congelado uno de las avistamientos más emocionantes que he tenido nunca. Como gustamos decir los ornitosectarios, fue un orgasmo ornitológico. Creo que un día debería escribir sobre los orgasmos ornitológicos.

 



El tour se completó conduciendo hasta Moraleja de Matacabras, de allí hasta Madrigal de las Altas Torres, para regresar a Salamanca y al cámping pasando de nuevo por el Azud de Riolobos. Pero antes de eso celebramos el tercer bimbo yendo a un bar situado en uno de aquellos pueblos. No voy a decir cual es porque no lo recuerdo, pero sí diré que el bar no era más que un caserón en el que se reunían los hombres del pueblo. Nos sentamos en la "terraza" (una mesa de plástico situada en la esquina del edificio) tras pedir en el interior un refresco para el abstemio Carlos y una jarra de cerveza para mí. Al poco un hombre me sirvió una jarra enorme, de las que se usan para servir el agua a la hora de la comida, llena hasta arriba de cerveza. Ya decía yo que me miraban raro cuando la pedí...

Me la bebí.

De vuelta hacia Salamanca aún tuvimos tiempo de recibir otro regalo de aquellas tierras: mientras atravesábamos unos campos algo más elevados en la comarca que los circundantes, disfrutamos de una tormenta lejana, que oscureció el horizonte mientras lanzaba espadas eléctricas que tocaban el suelo y llenaban el cielo de destellos brillantes. La lejana cortina de agua puso una pincelada discordante en la monotonía de los campos salmantinos. Frente a nosotros, más avutardas alzaban el vuelo y se recortaban contra el cielo ennegrecido. Al final resultó que sí levantabas una piedra y aparecían avutardas.


Cuando regresábamos al cámping nos detuvimos en el Azud para echar una última mirada. Pero no solo fueron aves lo que encontramos. También había perros. Una granja cercana los tenía sueltos, como ya habíamos visto el día anterior. Lo que no esperábamos es que uno de ellos se lanzara a toda velocidad hacia nuestro coche. Entre ladridos escandalosos recorrió la distancia entre la granja y el vehículo en pocos segundos. Venía por mi lado, el del conductor, pero yo sabía que no había peligro mientras no bajáramos del coche porque el animal no saltaría para entrar por mi ventanilla.

¿O sí?

Cuando pensé en la posibilidad de que el perro estuviera medio loco accioné el botón de subida del cristal, pero con ello se puso en evidencia una particularidad de mi coche: las ventanas del conductor y del acompañante se suben o bajan mediante sendos botones, pero asciende más rápida la que primero se active. Me explico: cuando vi al can aproximarse pulsé mi botón. Pero el diabólico animal pareció percatarse y sin titubeo alguno hizo algo sorprenderte. Cambió el rumbo y pasó como una exhalación por delante del vehículo para buscar la ventana del acompañante. Ni siquiera redujo la velocidad. Carlos por su parte ya había presionado su botón pero lo hizo tarde: el mío había sido pulsado primero. Su cristal ascendía a una velocidad asombrosamente lenta. Mi amigo me dedicaba bonitas palabras y se cagaba en algunas personas mientras me pedía que por mis muertos soltara mi botón para poder cerrar su ventanilla.

¿Quién dijo que observar aves no es divertido?

Por supuesto no pasó nada, ni el perro saltó, ni corrió la sangre, pero nos marchamos de allí como si nos persiguiera el diablo. Y aunque ahora nos reímos cuando recordamos la escena, es probable que en aquel momento a Carlos no le pareciera una graciosa anécdota que recordar.

No hay mucho más que explicar de aquel 14 de agosto del año 2002 en el que vimos avutardas. Solo añadiré que nos fuimos a descansar porque estábamos molidos y porque al día siguiente teníamos un objetivo aún más ambicioso: partiríamos hacia Monfragüe, en Extremadura, para buscar los dos bimbos que buscaba para completar mi extraño repóker de cinco aves: el águila imperial y el elanio azul.

domingo, 21 de octubre de 2012

Salamanca 2002: un curioso viaje por España

Voy a relatar uno de los viajes más curiosos, entretenidos, imprevisibles y satisfactorios que recuerdo.

En esta crónica explicaré algunas anécdotas que implican a gente de varias provincias, y espero que nadie se sienta ofendido porque no es esa la intención. Hay que tomarse estas líneas con humor, ya que no es mi deseo destacar lo negativo de los personas, si no simplemente contar las cosas divertidas que nos pasaron tal como fueron, y que podrían haber ocurrido en cualquier otro lugar de nuestra bonita geografía ibérica.

Hace justo una década, cuando la gasolina era más barata y la economía iba mejor, decidí iniciar una aventura arriesgada: irme a ver aves con un amigo no ornitólogo. El plan: ir en coche desde Barcelona a Salamanca, de Salamanca ir a Monfragüe, y luego regresar a Barcelona. Muchos kilómetros y pocos días por delante. ¿Soportaría Carlos (ése es su nombre) tantas horas de observación de aves? ¿Se hartaría después de recorrer campos y más campos de secano para ver avutardas? Le apetecía ver tierras nuevas y nueva gente, y probar algo diferente como era la observación de aves.

Carlos es uno de mis mejores amigos, y en el fondo ambos sabíamos que la cuestión "aves" era lo de menos. Nos lo íbamos a pasar en grande pasara lo que pasara, pues las amistades auténticas se miden por muchos baremos, y uno de ellos es la facilidad para disfrutar durante horas y horas con la compañía de alguien sabiendo que no habrá roces, que no habrá discusiones, porque ambos saben que el mundo existe para ser disfrutado.

Aunque normalmente narro en este blog mis vivencias ornitológicas más recientes, veo adecuado retroceder algo más en el tiempo y dejar constancia en este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que nos acontecieron durante aquellos días. No se trata de un gran viaje a lugares exóticos, ni tampoco el número de aves alcanzó cantidades históricas, pero en aquella expedición vi por primera vez en mi vida algunas de las especies más emblemáticas de la fauna española. Aquellas observaciones y las divertidas anécdotas que nos sucedieron bien se merecen una crónica en el blog de la Ornitosecta.

Y todo se inició el 13 de agosto del año 2002, cuando partimos muy pronto desde Barcelona con destino Madrid. Viajar en coche puede resultar muy ameno si la conversación es inagotable (los ornitosectarios somos expertos en el arte de recorrer España en coche sin callar, incluso desde Tarifa hasta tierras catalanas). Llegamos a Aragón en lo que nos pareció un abrir y cerrar de ojos. En tierras mañas disfrutamos del vuelo de dos ortegas (Pterocles orientalis) sobrevolando la carretera. Bellísima y destacable ave, pero a la postre el triste balance ornitológico hasta nuestra llegada a Madrid (tampoco el breve paso por Castilla nos deparó nada nuevo).

¿Qué puedo decir de la capital de España? Nunca antes había estado en Madrid, y de hecho nuestra intención era que todo siguiera así:  la consigna era clara, debíamos evitar entrar en la ciudad para eludir atascos de tráfico. Simplemente queríamos acercarnos para aprovechar la red de carreteras y autopistas y dirigirnos entonces hacia Salamanca. Lo teníamos claro: no debíamos entrar. Así que nada más llegar tomamos una de las rondas designadas con una "M" que rodean la urbe.

No tengo ni idea de como lo hicimos. Tal vez fuera por la falta de nombres en los carteles indicadores (para M-tal, siga por aquí... para M-cual, siga por allá... ¿pero hacia dónde llevaban esas emes? ¡Nosotros queríamos ir hacia Soria!) o tal vez fuera por intervención divina... pero el caso es que terminamos ni más ni menos que el centro más céntrico de todo el centro madrileño. Ya no recuerdo ni lo que llegamos a ver. ¿Eran aquello las torreas Kia?

- ¿Esto es el Escorial?
- Mmmm...
- ¿Aquello es el congreso de los diputados?
- El Santiago Bernabéu... me suena de algo...

La visita a la capital fue corta pero fructífera, accidente incluido: un coche blanco nos golpeó por detrás en un semáforo. No pude menos que sonreír. Un coche conducido por un culé había sido golpeado por atrás por un coche blanco en Madrid.

- Ehh, que no te he hecho naaa, que no te he hecho naaa...

Aquel amable conductor tenía algo de razón. Quizá hubiera alguna pequeña raya más a añadir a la bonita colección que lucía mi parachoques trasero, pero en cualquier caso no se trataba de nada que mereciera un parte para la compañía de seguros. Así que aprovechamos la constructiva charla para apartar el vehículo de la vía y preguntar en un bar cercano como podíamos salir de la ciudad.

No tengo duda de que en Madrid deben vivir cientos de miles de personas muy agradables, pero tal vez no frecuenten aquel bar. A pesar de todo, entre miradas hostiles dignas del más duro Saloon del Far West conseguí la información que necesitaba y pusimos rumbo a Soria. No sin antes realizar la anotación mental de intentar no entrar en Madrid en nuestro regreso a Barcelona.

¿He dicho que pusimos rumbo a Soria? España es grande. Castilla también. Anchos sus campos... y sus carreteras nos parecieron todas iguales. Pero por fin tras muchos kilómetros sin saber dónde estábamos comprendimos que en cierto cruce cercano debíamos dirigirnos hacia el norte si queríamos llegar algún día a Salamanca: habíamos tomado la carretera hacia Talavera, y una desviación hacia el norte ponía rumbo a Ávila mediante la carretera 403.

Encauzado por fin nuestro viaje, en el kilómetro 45 de esa carretera una parada obligada me reportó el primer bimbo del viaje: por primera vez en mi vida observé al enorme buitre negro (Aegypius monachus), en un lugar tan hermoso como era una gasolinera perdida en una carretera secundaria. Un par de ejemplares compartían cielo con algunos buitres leonados.

Buite negro (Aegypius monachus)


Antes de comenzar el viaje le hablé a Carlos de los posibles bimbos que podría realizar en aquellas tierras, y le hice una promesa: si llegaba a cinco, me pagaba una cena. Y comenzábamos pronto a rellenar casillas. Cuatro más en el saco y gustosamente sacaría el talonario para celebrar la hazaña.

Pero aquel viaje parecía destinado a intercalar grandes observaciones con muchas horas de tedio pajaril. En adelante no vimos más que asfalto y más asfalto. Pero la perspectiva de llegar a nuestro destino tras muchos cientos de kilómetros era suficiente aliciente para no caer en el desánimo.

Obviaré muchos detalles. A veces casi olvido que estoy escribiendo en un blog. Explicar bien un viaje implicaría escribir mucho más de lo que me permite hacerlo este formato. En una crónica como ésta me veo obligado a resumir una travesía por buena parte de España en muy pocas líneas. Pero veo compensando el esfuerzo de no escribir más por las enormes ventajas divulgativas que ofrece un medio como internet. Salvemos, pues, la distancia que nos separa de Salamanca con un toque mágico de escritura.

Finalmente apareció ante nosotros. Podría dar una descripción romántica sobre la ciudad. Podría describir mis impresiones, mis sensaciones al hallarme por las calles por las cuales alguna vez Fray Luis de León caminó... pero mentiría si contara que sentí algo con mi primer vistazo: las ganas de bajar del coche eran más fuertes. Fuimos directos a buscar el cámping Don Quijote. Alejado del casco urbano, y cercano a la carretera que nos llevaría al Azud de Riolobos, estaba perfectamente situado para nuestros propósitos. Llegamos a él, descansamos un poco y plantamos la tienda de campaña.

El Azud de Riolobos era una zona húmeda de gran interés en aquella época pero desgraciadamente venida a menos en la actualidad por la falta de aportes de agua. Sin embargo hace diez años bullía de vida.

A pesar de que era tarde, aún tuvimos tiempo aquel mismo primer día de viaje de acercarnos hasta allí, sobre todo para calcular distancias y tiempos de desplazamiento, e intentar hacernos una primera idea de su aspecto y tamaño. Ya dedicaríamos más horas al día siguiente para explorarlo con detenimiento.

Azud de Riolobos



La primera jornada terminó sin embargo con algunas especies interesantes: 6 cigüeñas y un halcón peregrino en Salamanca, un águila calzada de fase clara sobrevolando el cámping, grajillas, perdices y una liebre en el Azud. No había sido más que un primer contacto con la provincia. Ése había sido el objetivo de la primera jornada: llegar, conocer el terreno que debíamos explorar y descansar adecuadamente, para poder así intensificar nuestros esfuerzos al día siguiente.

Descansar adecuadamente implicaba sentarnos en la terraza de un bar a tomarnos una cerveza (un refresco en el caso de Carlos, quien no bebe alcohol) y comer algo. La amable encargada del bar debió notar en algo nuestra procedencia, pues con una enorme sonrisa nos preguntó si queríamos pan con tomate para el bocadillo que le habíamos pedido. "Paamtomaca" (pa amb tomaquet), la comida celestial de cualquier catalán que se precie.

Disfrutamos aquel primer día de la ciudad de Salamanca: un estómago complacido, una sed saciada, una bonita ciudad con mucha piedra y hermosa iluminación natural hacen una buena combinación. Con las necesidades básicas cubiertas, sí pude complacerme por fin en la medieval hermosura del lugar.

El día 13 terminó y nosotros dormimos como lirones para afrontar con fuerzas la jornada siguiente, que se presumía agotadora.

viernes, 19 de octubre de 2012

A Guide to the Birds of East Africa.

El título engaña. No estoy hablando de una guía ornitológica, si no de una de las novelas más hermosas que he leído últimamente.

Podría decir que se trata de un libro imprescindible para todos los amantes de las aves, pero mentiría: creo que es un libro imprescindible para todos los amantes de las buenas lecturas. Puesto que el autor no usa una historia como excusa para hablarnos de ornitología, si no que usa la ornitología para exponernos un hermoso relato.

"A Guide to the Birds of East Africa", por Nicholas Drayson. El título se tradujo correctamente al catalán como Guia dels ocells de l'Àfrica Oriental y desastrosamente al castellano como Un baile en Nairobi, perdiéndose totalmente el primer guiño de la historia: los ornitólogos sabemos que casi todas las guías de identificación de aves se titulan "Guía de las Aves de (añada aquí el país o región que le apetezca)". Éste no es un libro de identificación de aves, (aunque sí un libro que permite conocer a muchas de ellas desde el punto de vista de sus personajes), por lo tanto el título me parece un acierto más.

Parece increíble que en estas doscientas y pocas páginas Nicholas Drayson haya sido capaz de tocar con sutileza, exquisitez, humor y ternura temas tan variados como la política y la corrupción, la problemática del SIDA, la inocencia de los niños (y de muchos adultos), la herencia inglesa, e incluso los transportes públicos. Y por supuesto, el amor. Ya que ante todo ésta es una historia de amor. Amor hacia otras personas, hacia las aves, hacia la tierra, pero sobre todo amor a la vida y a las cosas insignificantes que en realidad son enormes.

Como ya dije en la entrada dedicada a Jack London, esto no es un blog de literatura, pero sí está dedicado a las aves, y no podía pasar la oportunidad de comentar y recomendar este título, que me ha llegado hasta el corazón como hacía tiempo que nada lo hacía.

Más información (¡y spoilers!), en gallego:

http://blocs.lescorts.cc/leilem/2010/11/unha-guia-de-paxaros-de-africa-moi-particular/

(sí, sí, en galego!)



lunes, 15 de octubre de 2012

Entrada al blog Natura Urbana

Des de fa un parell de mesos m'encarrego d'una estació "Pernis" a la ciutat de Barcelona. He escrit pel blog Natura Urbana un article sobre el tema (en un futur també aquí parlaré del programa "Pernis", al blog de l'Ornitosecta). Us convido a llegir-lo, no només el meu article, si no el blog sencer que és molt interessant i dona una visió molt ample del que ens podem trobar a les nostres ciutats.

Gràcies Jan per la idea i per animar-me a fer-ho, i felicitats pel blog!!

Desde hace un par de meses me encargo de una estación "Pernis" en la ciudad de Barcelona. He escrito para el blog Natura Urbana un artículo sobre el tema (en un futuro también hablaré aquí sobre esto, en el blog de la Ornitosecta). Os invito a leerlo, no solo mi artículo, si no también el blog entero, que es muy interesante y da una amplia visión de lo que nos podemos encontrar en nuestras ciudades.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Tarifa 2011, segunda parte.

En la anterior entrada hablé de aquella mañana maravillosa en Tarifa. Descubrimos que el punto en el cual habíamos estado era el Observatorio de Cazalla, desde el cual observamos catorce especies diferentes de rapaces (incluido el buitre de Ruppell) y las dos cigüeñas (la blanca y la negra) en tan solo cuatro horas y media (desde las 9.30 hasta las 14.00 horas). Era normal que nuestras espectativas fueran enormes a partir de ese momento.

Sin embargo, al final resultó que habíamos vivido algo un poco excepcional: no todos los días eran así en Tarifa, pero nosotros habíamos tenido la suerte de estrenarnos en uno de ellos. Esto era llegar y besar el santo.

También en la entrada anterior comenté que en Tarifa Joan y yo vimos la "auténtica" migración, ya que a pesar de llevar años controlando el paso de rapaces en Catalunya, nunca habíamos observado aquellas brutales cantidades. Pero decir esto no es del todo justo, pues es innegable el gran atractivo que supone observar e identificar aves rapaces en los puntos del Maresme en los que nos colocamos habitualmente. Hay muchos alicientes:

- Gran variedad de especies.
- Mayor presencia de falcónidos.
- A menudo peores condiciones de observación y distancia que en Tarifa, lo cual evidentemente tiene un carácter negativo (menor disfrute de la observación), pero ello convierte el Maresme en una excelente escuela para aprender a identificar rapaces en vuelo.
- El añadido de una muy rica avifauna local que distrae constantemente cuando el paso decae.

En cualquier caso, ya sea concentrados en un "embudo" (estrecho de Gibraltar) o desperdigados por un territorio más amplio... todos esos movimientos de las aves forman parte de la migración y deben ser igualmente estudiados. Pero el fenómeno del paso de las rapaces por la comarca del Maresme será tema de una futura entrada de este blog. Ahora toca seguir escribiendo sobre Tarifa.

El asentamiento urbano es también un lugar interesante: a la belleza de su casco antiguo y a la riqueza de su sabrosa gastronomía hay que añadirle unos valores ornitológicos nada desdeñables. Nuestros paseos por sus calles nos dejaron observaciones de cernícalo primilla (Falco naumanni), vencejo pálido (Apus pallidus) y gorrión moruno (Passer hispaniolensis) entre otras especies.

Cernícalos primillas (Falco naumanni)
 
 

Pero el motivo de nuestro viaje no fue solo disfrutar de la observación de las aves. También queríamos ampliar conocimientos asistiendo al curso de identificación avanzada que el finlandés Dick Forsman iba a impartir en el lugar por aquellas fechas, y en el cual teníamos plaza reservada.

Dick Forsman es una eminencia en la identificación de las rapaces. Mundialmente conocido en nuestro ámbito, gran ornitólogo y divulgador, es autor de la excelente obra "The Raptors of Europe and the Middle East". Con sus charlas pudimos comprobar también que era un gran orador. Amable y cercano en todo momento, accedió además sin reparos a dedicarnos su libro.

Joan contempla la fachada de la iglesia. No hay aves posadas.



Aquel 16 de septiembre por la tarde se inauguró el curso con una conferencia de Alex Onrubia, de Fundación Migres, que nos introdujo al mundo de la migración de las aves en el estrecho de Gibraltar. Tras la charla Joan y yo fuimos a recoger a Dani al aeropuerto de Jerez de la Frontera y cenamos los tres juntos, por fin reunidos.

El día 17 por la mañana Dick Forsman tomó el relevo de Alex Onrubia e impartió sus primeras y extensas explicaciones, tras lo cual nos dirigimos de nuevo al campo para ver aves en directo, que es al fin y al cabo lo que nos gusta a los ornitólogos. El punto escogido fue el observatorio de Punta Carmona. ¿Tendríamos tanta suerte como la jornada anterior? Lo cierto es que no lo fue del todo. Volvió a ser una gran día de observación de aves, pero los números fueron inferiores. No apareció el buitre de Ruppell, pero sí lo hicieron las siguientes especies:

- Culebrera europea (Circaetus gallicus)
- Águila calzada (Aquila pennata)
- Alimoche (Neophron pernocpterus)
- Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus)
- Gavilán (Accipiter nisus)
- Aguilucho cenizo (Circus pygargus)
- Aguilucho lagunero (Circus aeruginosus)
- Águila pescadora (Pandion halieaetus)
- Cigüeña negra (Ciconia nigra)
- Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)
- Golondrina dáurica (Hirundo daurica)

Legión de observadores en el observatorio de Punta Carmona.


No faltaron las cigüeñas blancas...


...ni las negras.


Águila calzada (Aquila pennata).


Joan en primer plano, aguantando el sol como un buen ornitosectario.



A última hora de la tarde, tras una nueva charla del señor Forsman visitamos la famosa laguna de La Janda, para cambiar de registro y ampliar la lista de aves observadas. Es éste un hermoso lugar, una zona húmeda que nos deparó sorpresas tran agradables como los elanios azules (Elanus caeruleus), de los cuales pudimos ver hasta tres ejemplares distintos. De aquí nos llevamos otros regalos para la vista como fueron un dormidero de aguiluchos laguneros y otro de garcillas bueyeras, y una espectacular puesta de sol.



Moritos (Plegadis falcinellus).


- Els "Elanus" són per allà!
- Que no, fes-me cas, són per aquí...


Regresamos a Tarifa para cenar algo y recobrar fuerzas. Deambulábamos por las calles buscando algún lugar adecuado para comer algo. Pero no fue el precio, ni la extensa carta, ni el agradable lugar lo que nos empujó a escoger un restaurante situado junto a las murallas. Pasábamos junto a él cuando escuchamos el tétrico gemir de una lechuza (Tyto alba). Eso y no otra cosa fue lo que nos hizo decidir.

Cenamos estupendamente mientras contemplábamos en lo alto de la muralla a  nuestra amiga estrigiforme, que asomaba la cabeza tímidamente desde un agujero entre las piedras. Otro día escribiré sobre las "leyes de Murphy" de la ornitología. Una de ellas dice que cualquier objeto inanimado puede convertirse en un ave viva en cualquier momento. Así mismo, también puede darse el proceso contrario: cualquier amigo alado puede pasar a ser una simple rama o roca. La mañana siguiente pasamos frente a la muralla en la que se aposentaba nuestra lechuza. El ave no era tal. Nos habíamos pasado toda la cena contemplando un adoquín blanquecino situado en el centro de un agujero.

No hay duda de que la lechuza estuvo muy cerca, pues la habíamos oído. En cualquier caso no fueron horas perdidas: los pescaditos, calamares, entrecots y el vino con que regamos todo aquello sí existieron.

El día 18 era el último que íbamos a dedicar a Tarifa. Iniciamos la jornada ornitológica (el adoquín-lechuza no contaba) en el observatorio de El Algarrobo. De nuevo un buen número de rapaces amenizaron la mañana, especialmente los buitres leonados (Gyps fulvus) y una falsa alarma de buitre de Ruppell (Gyps rueppellii) que puso en tensión a toda la comitiva. Las aves observadas fueron:

- Culebrera europea (Circaetus gallicus)
- Águila calzada (Aquila pennata)
- Alimoche (Neophron pernocpterus)
- Gavilán (Accipiter nisus)
- Milano negro (Milvus migrans)
- Abejero europeo (Pernis apivorus)
- Cigüeña negra (Ciconia nigra)
- Golondrina dáurica (Hirundo daurica)

Dani, Joan y más observadores, algunos mejor preparados que otros.


Por la tarde Dick Forsman impartió una última y magistral charla, pero por supuesto no es mi intención entrar en los detalles de sus explicaciones. Baste indicar que todo salió a pedir de boca, y que nos consideramos unos privilegiados por haber podido ser partícipes del curso organizado por Fundacion Migres.


De izquierda a derecha, Daniel González, Dick Forsman, Joan Grajera y Jordi Sala.

No desperdiciamos las últimas horas del día. Pusimos rumbo a los pueblos de Azahara y Barbate para buscar al ya mítico ibis eremita (Geronticus eremita), ave que se encuentra en gravísimo peligro de extinción, y que está siendo objeto de un proyecto de reintroducción y cría en la zona. ¿He mencionado ya que suelo tener suerte cuando salgo a ver aves? Nos costó encontrarlos, pero finalmente vimos los ibis (un bando de unos cuarenta ejemplares). Bimbo para todos. En la playa cercana descansaba un ejemplar cojo de gaviota de Audouin (Larus audouinii), dos correlimos tridáctilos (Calidris alba) y tres chorlitejos patinegros (Charadrius alexandrinus).

Buscando al ibis eremita. En la cuneta no estaba.


Ibis eremita (Geronticus eremita)


Puesta de sol en el oceano Atlántico. No hubo rayo verde esta vez.



El día siguiente (19 de septiembre) regresamos en coche a tierras catalanas. Atravesamos toda la península con algunas paradas aquí y allá para descansar y sacar un poco los prismáticos. En Barrax (Albacete) conseguimos nuestro premio final: un joven de águila real (Aquila chrysaetos) se remontaba majestuoso sobre sus dominios. Fue un inmejorable colofón para unos días inolvidables observando rapaces. La reina de las aves desapareció en las alturas, como señalándonos el punto final de nuestras observaciones en aquel viaje. Pero al igual que aquel joven ejemplar, que tanta vida tenía aún por delante, ansiaba ver todo lo que el mundo extendido bajo sus alas podía ofrecerle, así nosotros también deseábamos seguir viendo aves durante muchos años más. A ser posible durante el resto de nuestras vidas.

Porque como dice Dani, tío, ver aves es lo mejor.






Águila real (Aquila chrysaetos)



sábado, 14 de julio de 2012

Tarifa 2011, primera parte.

En septiembre del año 2011 se cumplió por triplicado uno de nuestros sueños. Y digo por triplicado porque éramos tres, Daniel González, Joan Grajera y el que escribe estas líneas, los que viajamos a Tarifa para extasiarnos con uno de los más impresionantes espectáculos que la naturaleza nos puede brindar: la migración masiva de las aves a través del estrecho de Gibraltar.

Un servidor escribe estas palabras encerrado en una habitación de un edificio de la ciudad de Barcelona, pero el espíritu de este humilde cronista se halla en estos momentos en aquel lugar, reviviendo los inolvidables días que pasamos bajo un cielo poblado de cientos de águilas culebreras, alimoches, halcones abejeros, cigüeñas negras y blancas, y otros muchos dioses del cielo.

Nos desplazamos en primer lugar Joan y yo el 15 de septiembre, con coche desde Barcelona hasta nuestro destino, tardando casi un día entero, por supuesto con algunas paradas incluidas para disfrutar del tapeo andaluz, o del vuelo de algún que otro buitre leonado. Por motivos laborales, Dani llegaría en avión veinticuatro horas después.

Pero antes de llegar al punto en que nos reunimos los tres, debo relatar primero como nos fue a Joan y a mí ese primer día por aquellas tierras sureñas.

Como decía, tras atravesar la península ibérica por levante llegamos de noche a nuestro albergue. Una frugal cena y un merecido descanso fue el preludio a una titánica jornada cuyos resultados iban a ser tan impresionantes como inesperados para nosotros.

Nuestro alojamiento estaba a unos pocos kilómetros de Tarifa. Hacía allí fuimos por la mañana (ya 16 de septiembre) con nuestro coche, pero no llegamos al destino: poco antes ya tuvimos que detenernos porque el cielo había sido tomado por las aves.

  Halcón abejero / Abejero europeo (Pernis apivorus) con un ala dañada.


 Halcón abejero / Abejero europeo (Pernis apivorus)



Paramos a un lado de la carretera para poder echar un vistazo. Halcones abejeros y águilas calzadas (lo siento, me niego a llamarla aguililla) nos sobrevolaban y sorteaban peligrosamente los enormes molinos de viento. Plantamos los telescopios. Iba a mirar a través del mío cuando le dije a Joan:

- A ver cuál es la primera especie que se me cruza por el telescopio. ¡Así, al azar, sin buscar!

Bueno, bueno, bueno... ¿Cómo describir la sensación de incredulidad que se le quedó a uno cuando arrimó la pupila a la lente y vio cruzar frente a él a un bando de cigüeñas negras? En efecto, esa fue la primera especie que vi a través de mi catalejo.

Cigüeñas negras (Ciconia nigra)



Cigüeñas negras (Ciconia nigra)



Estupefacto todavía, disfruté junto a Joan de la exhibición y nos deleitamos con el desfile de las aves: sorprendimos a un grupo de milanos negros descansando en unas rocas, vimos a buitres leonados ascendiendo lentamente entre las corrientes térmicas, a gran cantidad de águilas culebreras, alimoches, cigüeñas blancas...

Descubrimos que podíamos mejorar nuestra perspectiva cruzando la carretera: en efecto, al otro lado había una gran congregación de ornitólogos unos metros más elevados que nosotros. Decidimos unirnos a ellos. Desde aquella nueva ubicación el espectáculo fue aún mayor, puesto que se observaba también la costa a nuestras espaldas (las miradas se dirigían hacia el norte, lugar de procedencia de la mayoría de las aves).

Águila culebrera (Circaetus gallicus), ejemplar extremadamente blanco.


Águila culebrera (Circaetus gallicus)



Águila culebrera (Circaetus gallicus)



¿Era aquello normal? En Catalunya nosotros contemplábamos también todos los años el fenómeno de la migración de las aves, pero nuestros números no eran equiparables a estos en absoluto. ¿Cómo imaginar la sensación de toparse con un tornado viviente, un embudo gigante, de lento giro, compuesto por cientos y cientos de cigüeñas? Con qué humildad afrontamos Joan y yo la cruda realidad: nuestras observaciones en Catalunya eran irrisorias ante la magnitud del fenómeno del cual éramos privilegiados testigos. Esto era realmente la migración. Esto era lo que esperábamos ver año tras año y nunca acontecía. Esto era Tarifa.


Porque, aunque habíamos leído sobre el estrecho, aunque habíamos oído hablar a grandes naturalistas sobre lo impresionante que era el paso de las aves de Europa a África en la migración otoñal, a pesar de haber visto documentales y ser conocedores de la riqueza ornitológica del lugar... ni en nuestros más espléndidos sueños ni Joan ni yo habíamos sido capaces de imaginar aquella maravilla sin igual.

Aguilucho cenizo (Circus pygargus)


Águila calzada (Aquila pennata)


Águila calzada (Aquila pennata)



El sol aplastaba nuestras cabezas. El calor era tremendo. Pero apenas nos percatamos de ello. Las horas pasaron a una velocidad sorprendente: la aceleración del tiempo se produjo de manera proporcional al aumento de la emoción ornitológica. Los números se dispararon: ya no llegaban muchas águilas culebreras, muchos halcones abejeros, muchos buitres leonados, muchos milanos... ahora llegaban literalmente cientos.

 Bando de águilas culebreras (Circaetus gallicus)

 
 Alimoche (Neophron percnopterus)






Cigüeñas blancas (Ciconia ciconia)





Mi cámara de fotos echaba humo, y no sabía a dónde dirigirla. Así que me dediqué a hacerlo todo al mismo tiempo, que de todas maneras, suele ser lo habitual: observar por los prismáticos, por el telescopio y fotografiar. Hasta que algo me llamó la atención de manera especial.

Lejos a nuestra izquierda, hacia el oeste, un ave sobrevolaba Tarifa. Era un buitre, y me pareció algo diferente a los leonados... quizá era más oscuro, o quizá no. Se movía con unas cigüeñas, y poco a poco se fue aproximando a nuestra posición. Fue complicado no perderlo de vista con un ojo mientras con el otro vigilaba el resto de aves, con la dificultad añadida de estar a punto de ahogarme en mis propias babas, pero al final conseguí no volverme estrábico. Tampoco me ahogué.

El grito de guerra fue inconfundible.

- ¡Ruppell! -gritó alguien.

Allí estaba, la que posiblemente era el ave estrella de Tarifa: el buitre de Ruppell (Gyps rueppellii). Se trata de un buitre africano, rareza todavía en la península ibérica, del que hasta hace muy pocos años se dudaba todavía de su presencia. Pero que por fin se ha vuelto regular en Tarifa, aunque con muy pocos ejemplares. De hecho, éste fue a la par el único ejemplar que íbamos a poder contemplar durante toda nuestra estancia.

Buitre de Ruppell (Gyps rueppellii)






Nos dieron las dos de la tarde. Dejo aquí de momento la crónica de aquel día. La continuaré en breve, y relataré entre otras cosas la sorpresa que nos llevamos cuando nos dijeron que habíamos vivido una de las mejores jornadas de la migración, algo un poco excepcional. Al final iba a resultar que Tarifa no era siempre así... y que simplemente habíamos tenido una suerte inmensa. Pero yo siempre tengo suerte cuando salgo a ver aves.

Lista de rapaces observadas hasta las 14.00h.:
Alimoche (Neophron percnopterus)
Buitre de Ruppell (Gyps rueppellii)
Buitre leonado (Gyps fulvus)
Águila culebrera (Circaetus gallicus)
Águila calzada (Aquila pennata)
Águila pescadora (Pandion haliaetus)
Gavilán (Accipiter nisus)
Halcón peregrino (Falco peregrinus)
Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus)
Aguilucho cenizo (Circus pygargus)
Aguilucho lagunero (Circus aeruginosus)
Halcón abejero (Pernis apivorus)
Milano negro (Milvus migrans)
Milano real (Milvus milvus)

Otras aves no rapaces:
Cigüeña negra (Ciconia nigra)
Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)
Golondrina daurica (Hirundo daurica)

domingo, 8 de julio de 2012

Curioso comportamiento de verdecillo

El 9 de junio de este año 2012 pude observar desde el balcón de mi casa (situada en Barcelona) a un verdecillo (Serinus serinus) actuando de manera curiosa.

Se posaba en el suelo y adoptaba posturas extrañas, dejando las alas entreabiertas mientras apoyaba su cuerpo directamente en el suelo. Se quedaba así algunos segundos y se marchaba. Regresaba al cabo de un rato y repetía la operación. Así estuvo durante unos pocos minutos.

La única explicación que  encuentro es la siguiente: posiblemente buscaba la ayuda de hormigas para librarse de algún tipo de parásito. Aunque no sé si hay hormigas o no en aquel lugar (un tejado en bastante mal estado).


Tumbado en el suelo.


Incorporándose.

En postura normal, ya erguido.

domingo, 1 de julio de 2012

Pito real durmiendo en extraño lugar

El 22 de mayo del año 2004, en las cercanías de Vallromanes (Vallés Oriental, Barcelona) sorprendí a un pito real (Picus viridis sharpei) durmiendo en un lugar bien insólito: un poste de cemento de los que se usan para soportar cableado (supongo que sería de la línea telefónica).

Estos postes tienen huecos a lo largo de toda su longitud, y el ave escogió uno de ellos para pasar las horas nocturnas. Se hallaba a unos cuatro metros del suelo. Ha sido la única vez que he visto algo semejante, y tampoco tengo noticias de que otras personas hayan observado el mismo comportamiento en otros lugares.

Pude observar a este ejemplar durante varios días, siempre entrada la noche, pero por diversos motivos no pude seguir la evolución de la historia, y no sé por tanto si pasó mucho tiempo más durmiendo en el poste o no.

Las siguientes fotos están iluminadas mediante software. Las fotos originales son muy oscuras, no quería interrumpir el descanso del ave con el fogonazo de un flash.