domingo, 9 de diciembre de 2012

Salamanca 2002: un curioso viaje por España (2ª parte). Odisea 1: buscando avutardas.

Una entrada nueva en el blog. Una "página" en blanco por rellenar. Es difícil cuando debo rebuscar en mi memoria hechos de diez años atrás y solo algunos apuntes y unas pocos fotos me ayudan.

Pero si guardo tan buen recuerdo de aquel viaje por algo será. Así que tras mucho esforzarme, al final consigo retomar el hilo para intentar construir una crónica aceptable, para intentar aproximarme, aunque sea de manera tosca, a aquellas indescriptibles experiencias que nos marcaron tan profundamente.

Porque todos los que amamos la naturaleza y hemos tenido el privilegio y la suerte de contemplar cosas maravillosas con nuestros propios ojos sabemos que es imposible igualar la belleza de los actos que ocurren en nuestras tierras mediante el uso de simples palabras de un idioma. Pero hay que intentarlo.

Así pues, amaneció.

El día 14 iba a traernos avutardas. La avutarda Otis tarda es el ave voladora más pesada del mundo. Creo recordar que algunos machos llegaban a pesar 16 kilos, y si me equivoco no será de mucho. Pero nos las prometíamos muy felices. Pensábamos que simplemente visitando los enormes campos de secano que se extienden durante kilómetros y kilómetros por toda la provincia ya toparíamos con ellas con facilidad. No es que creyéramos que levantando una piedra encontraríamos puñados de estos enormes animales. Pero a primera hora de la mañana no éramos conscientes de lo que íbamos a sudar.

El plan estaba claro: primero visitar el Azud de Riolobos, y a partir de allí dejarnos llevar por las carreteras. No puedo decir que madrugáramos (ni que no lo hiciéramos) porque no lo recuerdo. Sin embargo mis apuntes me dicen que a las diez de la mañana ya estábamos disfrutando de las aves acuáticas.

El Azud estaba hermoso a esa hora. Zampullines cuellinegros, cormoranes, garcetas comunes, anátidas varias poblaban sus aguas. Un vistazo más profundo nos deparó muchas interesantes especies, algunas de las cuales fueron las siguientes:

- Espátula Platalea leucorodia: 1
- Tarro canelo Tadorna ferruginea: 1
- Zampullín cuellinegro Podiceps nigricollis
- Cigüeñuela Himantopus himantopus
- Chorlitejo chico Charadrius dubius
- Correlimos zarapitín Calidris ferruginea
- Fumarel común Chlidonias niger
- Calandria Melanocorypha calandra
- etc.

Pero sin duda la estrella fue la malvasía Oxyura leucocephala, ya que este pato supuso mi segundo bimbo del viaje. Los pronósticos seguían cumpliéndose y Carlos veía un poco más cerca su cena: como ya dije en la anterior entrada, si alcanzaba la cifra de cinco bimbos le invitaría gustoso a una cena de celebración.

Las malvasías estaban algo lejanas, pero el telescopio hizo su trabajo y nos las aproximó un poco. Y debo añadir que se produjo aquí una anécdota de esas de las que hablé cuando inicié la narración de este viaje. Y es que, si las aves estaban un poco lejos era en parte porque el Azud no contenía tanta agua como en el pasado, y la orilla estaba a bastante distancia de los carteles situados en la periferia que marcaban el límite hasta el cual un observador podía aproximarse.

Riguroso como soy con la conservación de la naturaleza y el respeto a los seres que la habitan, no traspasamos aquella línea imaginaria y, como decía, dejamos actuar al telescopio. Pero días después, cuando ya habíamos regresado a Barcelona hablé con un ornitólogo del lugar que se sorprendió de que yo viera a las aves desde tanta distancia.

- ¿Y por qué no te acercaste?
- Pues porque había unos carteles que lo prohibían.
- ¡Ah, bueno! Pero hombre, aquellos carteles se pusieron cuando la orilla llegaba hasta allí. Ahora que el Azud es más pequeño esas prohibiciones ya no tienen sentido, todos nos acercamos mucho más para ver las malvasías.

Que puedo decir... Nosotros también las vimos. Pequeñitas, pero eran malvasías. Lástima no haber podido disfrutarlas a menos distancia, teniendo en cuenta que a la postre (puedo decirlo diez años después) es la única vez en mi vida que las he visto. Pero al menos estoy tranquilo por haber actuado como mi conciencia me lo pedía. Y algo no se perdió: seguro, seguro, seguro, que a tantos metros ni molestamos ni lo más mínimo a las aves.

¿Pero seríamos capaces de conseguir el tercer bimbo, la avutarda, en la misma jornada? Que lo íbamos a intentar de todas las maneras posibles no nos quedaba duda. Con mi coche, un Daewoo de cuatro puertas que sufrió el destino de pertenecer a un ornitólogo, nos pusimos en camino para buscar al legendario animal. Se iniciaba aquí un auténtico tour por las provincias de Salamanca, Ávila y Zamora.

Y es que recorrimos muchos kilómetros y pasamos por muchos lugares sin conseguir nuestro preciado premio. Desde el Azud de Riolobos pusimos rumbo a Cantalpino. Se halla este pueblo cerca del Pedroso de la Armuña, lugar de nacimiento de mi gran amigo e ilustre ornitosectario Daniel González, ausente en aquel viaje. Aunque tenía curiosidad por visitar su pueblo natal no me fue posible porque simplemente no lo encontré, aunque sabía que estaba cerca.

Sin embargo tengo una cierta idea de como debe ser. Tras ir de Cantalpino hasta la provincia de Zamora para internarnos en ella algunos kilómetros, para luego volver hacia atrás hasta Peñaranda de Bracamonte, de ahí llegarnos a Fontíveros, luego a San Cristóbal de Trabancos y después a Madrigal de las Altas Torres... tras todas esas vueltas comenzamos a captar un patrón: allí había cereales.

Creo que fueron un centenar de kilómetros en total de paisajes idénticos. Campos llanos interminables, bellísimos por su vastedad, gigantescos. Tan pequeños podemos sentirnos ante el enorme océano como entre las olas de las espigas azotadas por el viento que se pierden en el horizonte.

Y por supuesto tampoco faltaron aves: milanos negros y aguiluchos cenizos, un solitario milano real, perdices, abejarucos, y el triste hallazgo de una lechuza común atropellada nos mantuvieron ocupados.

Pero no había ni rastro de avutardas. Nos movimos por carreteras. Buscamos cambios de rasante para intentar sorprenderlas. Parábamos en el arcén y escudriñábamos el paisaje con prismáticos y telescopio. Nos perdimos por caminos agrícolas, intentando no meternos en líos, no fuéramos a acabar en alguna propiedad privada o estropeando el suelo con el coche. En una de aquellas excursiones el camino comenzó a desaparecer bajo nuestras ruedas mientras ascendíamos hacia una suave colina y nos encontramos rodeados de kilómetros de nada.

Debo confesar cuál era el principal objetivo del viaje. No había recorrido media España para buscar buitres negros y malvasías. Puede que alguien no ornitólogo no lo entienda del todo, pero mis amigos "pajareros" sí lo harán. No puedo menospreciar el momento en que vi por primera vez en mi vida al buitre negro. El momento en que lo bimbé. Eso queda marcado para siempre (vale, las malvasías también... pero estaban lejos). Tengo marcada en mi retina la tremenda silueta del negro gigante aéreo sobrevolando la gasolinera de aquella carretera secundaria desde la cual la jornada anterior se produjo el avistamiento.

Pero lo cierto es que yo quería ver ante todo avutardas. Y cuando digo que mis amigos ornitólogos me entenderán, sabrán de qué hablo. No solo hay aves y aves (pobre gorrión... pero no es lo mismo un gorrión que un "quebranta"). Además está también una cosa mucho más íntima y privada. Nadie podrá explicar por qué, pero algunos nos sentimos más atraídos por alguna especie concreta que por otra. Y para mí ver avutardas era un hito en mi vida. Como lo fue en su momento el quebrantahuesos, o el búho real (o la espátula, ave con la que había llegado a tener sueños en los cuales la bimbaba, hasta que eso ocurrió en el mundo real).

Siempre suelo tener mucha suerte en la vida, y eso incluye mis salidas ornitológicas. Pero me gusta pensar (y lo creo así) que tengo buena parte de culpa como causante de esa suerte. Ya sea por insistencia, o por paciencia, o por planificar bien las cosas... o por usar bien el cerebro de la manera que sea. El caso es que siempre intento que las cosas lleguen a buen fin.

Llegamos hasta otro pueblo más, San Esteban de Zapardiel. Detuvimos el vehículo junto a las primeras casas, entre frustrados y divertidos por lo increíble de la situación. Y miramos a nuestra izquierda.

Por supuesto miramos hacia todos los lados, al menos inicialmente, pero un calambre tremendo (inexistente) nos impidió girar la cabeza en ninguna otra dirección una vez nuestros ojos vieron un rebaño de aves pastando tranquilamente junto a las casas. Las avutardas nos habían esquivado toda la jornada para dejarse bimbar en la mejor de las situaciones: grupo numeroso, machos y hembras, buena luz, poca distancia. Ya estaba. Lo habíamos logrado.

Plantamos el telescopio y gracias a la cámara digital que llevaba Carlos (por increíble que parezca tan solo diez años después, un aparato tecnológico de reciente aparición en el 2002) tomé una de las primera imágenes de "digiscoping" de mi vida: apoyamos a pulso la cámara en mi querido Kowa TSN-1 y enfocamos. El resultado es el siguiente, y en él está congelado uno de las avistamientos más emocionantes que he tenido nunca. Como gustamos decir los ornitosectarios, fue un orgasmo ornitológico. Creo que un día debería escribir sobre los orgasmos ornitológicos.

 



El tour se completó conduciendo hasta Moraleja de Matacabras, de allí hasta Madrigal de las Altas Torres, para regresar a Salamanca y al cámping pasando de nuevo por el Azud de Riolobos. Pero antes de eso celebramos el tercer bimbo yendo a un bar situado en uno de aquellos pueblos. No voy a decir cual es porque no lo recuerdo, pero sí diré que el bar no era más que un caserón en el que se reunían los hombres del pueblo. Nos sentamos en la "terraza" (una mesa de plástico situada en la esquina del edificio) tras pedir en el interior un refresco para el abstemio Carlos y una jarra de cerveza para mí. Al poco un hombre me sirvió una jarra enorme, de las que se usan para servir el agua a la hora de la comida, llena hasta arriba de cerveza. Ya decía yo que me miraban raro cuando la pedí...

Me la bebí.

De vuelta hacia Salamanca aún tuvimos tiempo de recibir otro regalo de aquellas tierras: mientras atravesábamos unos campos algo más elevados en la comarca que los circundantes, disfrutamos de una tormenta lejana, que oscureció el horizonte mientras lanzaba espadas eléctricas que tocaban el suelo y llenaban el cielo de destellos brillantes. La lejana cortina de agua puso una pincelada discordante en la monotonía de los campos salmantinos. Frente a nosotros, más avutardas alzaban el vuelo y se recortaban contra el cielo ennegrecido. Al final resultó que sí levantabas una piedra y aparecían avutardas.


Cuando regresábamos al cámping nos detuvimos en el Azud para echar una última mirada. Pero no solo fueron aves lo que encontramos. También había perros. Una granja cercana los tenía sueltos, como ya habíamos visto el día anterior. Lo que no esperábamos es que uno de ellos se lanzara a toda velocidad hacia nuestro coche. Entre ladridos escandalosos recorrió la distancia entre la granja y el vehículo en pocos segundos. Venía por mi lado, el del conductor, pero yo sabía que no había peligro mientras no bajáramos del coche porque el animal no saltaría para entrar por mi ventanilla.

¿O sí?

Cuando pensé en la posibilidad de que el perro estuviera medio loco accioné el botón de subida del cristal, pero con ello se puso en evidencia una particularidad de mi coche: las ventanas del conductor y del acompañante se suben o bajan mediante sendos botones, pero asciende más rápida la que primero se active. Me explico: cuando vi al can aproximarse pulsé mi botón. Pero el diabólico animal pareció percatarse y sin titubeo alguno hizo algo sorprenderte. Cambió el rumbo y pasó como una exhalación por delante del vehículo para buscar la ventana del acompañante. Ni siquiera redujo la velocidad. Carlos por su parte ya había presionado su botón pero lo hizo tarde: el mío había sido pulsado primero. Su cristal ascendía a una velocidad asombrosamente lenta. Mi amigo me dedicaba bonitas palabras y se cagaba en algunas personas mientras me pedía que por mis muertos soltara mi botón para poder cerrar su ventanilla.

¿Quién dijo que observar aves no es divertido?

Por supuesto no pasó nada, ni el perro saltó, ni corrió la sangre, pero nos marchamos de allí como si nos persiguiera el diablo. Y aunque ahora nos reímos cuando recordamos la escena, es probable que en aquel momento a Carlos no le pareciera una graciosa anécdota que recordar.

No hay mucho más que explicar de aquel 14 de agosto del año 2002 en el que vimos avutardas. Solo añadiré que nos fuimos a descansar porque estábamos molidos y porque al día siguiente teníamos un objetivo aún más ambicioso: partiríamos hacia Monfragüe, en Extremadura, para buscar los dos bimbos que buscaba para completar mi extraño repóker de cinco aves: el águila imperial y el elanio azul.

3 comentarios:

  1. Gran día aquel, además de este recuerdo perfectamente todo lo que comentas, el Azud, nuestro primer avistamiento avutardil, Cujo el perro asesino, el increíble buitre sobre la carretera, tu jarra de cerveza y la botella de litro y medio de Cola que me dieron a mi, la cada vez más próxima cenita por tus 5 bimbos, etc.
    Un día genial y completito, vamos.

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  2. Me encanta Jordi! Eres un gran narrador! :-)

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  3. Gracias Mertxe. Carlos, no recordaba lo de que tu Coca cola de litro y medio. :)

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