sábado, 1 de septiembre de 2018

Brasil, 2017: las cataratas del Iguaçu

17 de agosto de 2017.

Los bentevís me dieron los buenos días en el mismo hotel. Les agradecí mentalmente el detalle: yo sabía que, en efecto, iba a ser un buen día. ¡Íbamos a visitar las cataratas del Iguazú!

Cogimos el coche y nos desplazamos hasta el parque nacional. Fuimos bastante pronto para evitarnos las colas de acceso. Así y todo, a pesar de la hora ya había bastante gente esperando para comprar las entradas que daban acceso a la reserva. Mientras aguardábamos nuestro turno contemplé el cielo. Estábamos apenas a unos metros de la masa forestal, y por lo tanto tenía la esperanza de que algún ave cruzara el aire volando sobre nosotros.

En el plano paisaje la vista se perdía en la lejanía. En el lado contrario al parque, flanqueando con éste el gran espacio vacío que era el punto de encuentro de los humanos, se alzaba un bosquecillo que parecía mirar con nostalgia a la gran maraña de árboles de la que les había separado el asfalto.

Apareció algo. Dos aves verdosas surcaban la brillante bóveda azul celeste a buena velocidad. Se trataba de algún tipo de loro, de eso no cabía duda, pero me era imposible identificarlos ni con prismáticos, debido a mi gran desconocimiento de las aves de Sudamérica. Tal vez con una fotografía conseguiría algo.
"¡Venga, sí!"
Pero luego pensé que no, que se hallaban demasiado lejos y que no serviría de mucho alzar la cámara. Aunque por intentarlo tampoco iba a perder nada. Las dos aves seguían avanzando a través del cielo.
"Mmm, no..."
Dentro del parque habría con certeza muchas especies que podría observar a placer, y loros también, seguro... Pero me repetí de nuevo que igualmente no perdía nada con fotografiarlos...
De acuerdo, pensé.
"Mierda. Demasiado tarde."

Desaparecieron sobre el horizonte de la selva. Pero me consolé retratando un cormorán que nos sobrevoló mucho más cercano. Grabé también en mi mente el aspecto que tenían los loros: eran verdes con una media luna también verde (pero de otro tono) en las alas, al estilo de nuestras palomas torcaces. Pensé que con esta información quizá podría identificarlos. Pero hasta la fecha no ha sido así, y dudo que llegue jamás a ninguna conclusión.

Compramos las entradas y subimos a un autobús que nos iba a llevar hasta las cataratas. El vehículo, abierto y sin cristales,  era barrido por el aire helado de primera hora de la mañana. La temperatura no tenía nada que ver con el calor de las horas centrales del día y pasamos bastante frío durante todo el trayecto.

Por el camino pude ver un Caracara plancus precioso que se hallaba parado junto a la carretera y que apenas se inmutó a nuestro paso. La pista discurría flanqueada por una enmarañada e impenetrable red de ramas y troncos delgaditos y no muy altos.

Llegamos a un espacio abierto plagado de jardines y coronado por un gran hotel que a pesar de estar desubicado debo reconocer que tenía belleza y encanto. Nos hicieron bajar y nos abandonaron a nuestro aire, no sin antes advertirnos de que no se debía dar comida a los coatíes. ¿Y por dónde empezar? Seguimos a la corriente de personas que ya se encaminaban hacia lo que parecía un mirador.

Resultó que sí lo era: una especie de balcón permitía dar un primer vistazo a lo que había de convertirse en el más bello de los paisajes que habrían de contemplar jamás mis ojos. En el fondo de un inmenso valle flanqueado por extensas selvas las aguas corrían turbulentas bajo un manto azul vibrante que coronaba el mundo. Cientos de rapaces planeaban con pereza en aquellas alturas, y algunas incluso más abajo, allá donde cientos y cientos de cascadas vertían sus aguas al río.

Una de las cosas que más me sorprendió fue el arcoiris. La descomposición de los rayos del sol creaba aquellos puentes multicolores en todos los rincones del río, poniendo la suprema nota de la perfección en un paisaje totalmente onírico. Comprendí la tristeza que debieron sentir los indios guaraníes, impotentes ante la destrucción de tanta belleza durante los últimos siglos.









Zopilote negro (Coragyps atratus), urubu de cabeça preta en portugués.







Quedé maravillado. No, esa palabra se quedaba corta. Quedé embelesado y al borde del éxtasis divino. Pero para mi desesperación de nuevo el tiempo empezó a correr demasiado rápido. Junto al mirador se iniciaba un itinerario, un caminillo que bajaba hacia la izquierda paralelo al valle. Por ahí desaparecían ya Óscar y Henrique y comprendí que esa era la ruta a seguir.

Sin embargo aún arañé unos segundos más para contemplar casi de manera consecutiva la segunda maravilla del día. ¡Monos! Con su larga cola algo caída y su espeso pelaje negro, de pequeño tamaño y con caras enmarcadas por unas diademas blanquecinas, treparon por los árboles y posaron frente a mí, como si se alegraran de que por fin alguien les prestara atención. Y es que incomprensiblemente apenas parecían despertar un mínimo interés en los turistas, a pesar de que estaban muy cerca, justo en un árbol adyacente al sendero que no dejaba de engullir personas. Se trataban de unos pocos ejemplares de capuchino negro (Sapajus nigritus), que se desplazaron lenta y perezosamente por las ramas. Algunos se ocultaron pero uno de ellos se dejó tomar algunas fotografías. Parecía tener cara de resignación, como si dijera "tranquilo hijo, ya me he acostumbrado a que me ignoren".

Capuchino negro (Sapajus nigritus)




Era el primer primate (no humano) que veía en libertad en mi vida. Para mí fue un momento especial, un momento de contacto con un grupo muy especial de animales. Me parecía increíble que la horda de visitantes no se detuviera largo rato a contemplar aquellos regalos de la naturaleza: el onírico paisaje, las bellas y majestuosas aves, los gráciles monos. Pero al parecer un simple vistazo era suficiente. Total, ya tenían sus móviles para retratarlo todo y disfrutarlo tranquilamente en casa. Eso sí, en una pantalla mucho más pequeña, sin sonidos ni imágenes reales, sin olores, sin el aire de la selva en sus pulmones y sin continuidad. Un disfraz, un engaño de contemplación, en lugar de intentar alargar al máximo la experiencia única de estar allí.

En el mismo árbol, un poco más arriba, apareció un espectacular dacnis azul (Dacnis cayana), una preciosidad cuyo colorido se fundía con el del cielo. Perdí unos segundos más con él pero finalmente no me quedó más remedio que salir disparado tras mis compañeros.

Dacnis azul (Dacnis cayana)


Los alcancé rápidamente: se entretenían observando a los coatíes, que como pequeños duendes aparecían de la nada entre el follaje, ora descendiendo por un tronquito, ora serpenteando entre los pies de las personas, las cuales nunca descubrían por dónde habían surgido.

Tuve que acelerar mis movimientos. Mientras contemplaban los coatíes yo aprovechaba para ver aves. Pero también quería disfrutar de aquellos graciosos mamíferos y del paisaje. Intentar fotografiar todo y gozar de la observación se antojaba difícil, pero bajé los biorritmos de mi cuerpo y paré el tiempo. La calma se transmitió de ser en ser y mi proyección surtió su efecto su efecto en Pili, que me señaló con flema inglesa la presencia de una gran gallinácea sobre nuestras cabezas. Como si tuviera un bombín en la cabeza, mi amiga señaló hacia lo alto con la boquilla de su pipa imaginaria.

- Mira Jordi. Hay un pájaro aquí arriba.

Seguí sus indicaciones y alcé la vista. Un esplendido animal descansaba en una rama ajeno a mis dos ojos que lo taladraban con una mirada brillante. Especie desconocida para mí. Inesperada, bella, situada muy cerca. Y por supuesto, bimbazo. ¡Gracias Pili! ¡A las cinco de la tarde tomaré un té contigo!

Yacutinga (Pipile jacutinga)




La yacutinga se revolvió un poco como quien duerme incómodo en un mal lecho, pero no hizo acto de alejarse de nosotros. Más bien parecíamos importarle bien poco. Apenas nos lanzó alguna mirada furtiva y siguió con su admiración del paisaje. Nosotros decidimos hacer lo propio y avanzamos algunos metros más, rodeados de coatíes que suplicaban comida.

Coatí (Nasua nasua)



¡Atención al cartel!




El sendero moría en unas pasarelas situadas al pie de las enormes cataratas del Iguazú (Iguaçu en portugués). Miles de vencejos canosos (nuevo bimbo) giraban en el aire en un gigantesco tornado de aves. De vez en cuando algunos atravesaban las cortinas de aguas y se aferraban a las paredes de roca. En el cielo los urubus y los Buteo contemplaban con parsimonia el perezoso avance de la vida de la selva. La vida bullía. Las atronadoras cataratas hendían el mundo como manos de gigantes, y el agua salpicada por los aires nos obligaba a protegernos con los chubasqueros.

Vencejo canoso (Cypseloides senex)









Aura gallipavo (Cathartes aura), urubu de cabeça vermelha en portugués.


Busardo colicorto (Buteo brachyurus)


Busardo caminero (Rupornis magnirostris)


Pero nuevamente tuve que darme prisa para no hacer esperar a los demás. El siguiente paso era subir en ascensor. Quizá sea bastante triste, pero a la vez, en cierto modo, comprensible, que se hayan tomado tantas molestias con los turistas en el interior del parque: una carretera asfaltada, un hotel en su corazón, pasarelas sobre las aguas, ascensores, restaurantes, incluso barcazas que te llevaban por los ríos para vivir aún más intensamente la potencia de las cataratas... el motivo de mi tristeza es evidente. Mi comprensión viene sin embargo por este pensamiento: a veces es bueno ceder un poco. Tienes a todos los turistas concentrados (y contentos) en una área de pequeña extensión y dejas a la vida natural tranquila en el resto del parque nacional. Además los visitantes dejan buenos ingresos que hacen que la explotación de la naturaleza sea beneficiosa también para los habitantes del país.







Un señor estropeando las fotos de las cataratas. Fotos de Sílvia.




El ascensor nos dejó algunos metros más arriba, en lo alto de las cataratas. Terminado nuestro remojo, nos dirigimos a los restaurantes situados junto al río. El paseo me permitió añadir algunas especies maravillosas más. La bellísima tangara arcoiris (Tangara seledon), azul y verde, cual joya preciosa que cualquier monarca quisiera tener entre sus tesoros, y tal vez el ave más bella de todas cuantas vi en Brasil. También una urraca distinta a la nuestra, pero igual de inquieta y oportunista. El curioso tordo gigante (Molothrus oryzivorus), con torpes andares, que rebuscaba migajas entre las mesas. Cormoranes brasileños en las aguas, y sobre ellos el caracolero (Rostrhamus sociabilis) que hizo mis delicias, planeando sobre las aguas, posándose en ramitas y elevándose una y otra vez.

Tangara arcoiris (Tangara seledon)


Esta foto es mala, pero es lo que hay.


Urraca de cresta alborotada o chara moñuda (Cyanocorax chrysops)






Caracolero común (Rostrhamus sociabilis)






Cormorán biguá (Phalacrocorax brasilianus)






Tordo gigante (Molothrus oryzivorus)




Casi todos los visitantes (con excepción de mis compañeros, los cuales demostraban cierto interés en mis observaciones) hacían caso omiso a tales bellezas. No me importaba, cada uno escogía su camino. Ellos el equivocado y yo el correcto, por supuesto.

Cacique lomirrojo (Cacicus haemorrhous)


Tras llenarnos los estómagos con la comida rápida que nos ofrecía el parque (en nuestro caso escogimos hamburguesas, creo recordar), escuché las palabras que no quería oír. Nos íbamos ya. Me hicieron subir a un autobús y éste nos llevó de regreso a la entrada del parque nacional. Triste por un lado y satisfecho por el otro, abandoné Iguazú.

Apenas habíamos subido a nuestro coche cuando Henrique sugirió que visitáramos el Parque das Aves, un centro para visitantes situado justo enfrente de la entrada del parque nacional, a apenas unos doscientos metros de distancia. En él mantenían cautivas a muchas especies de aves, algunas en proceso de recuperación tras haber sido heridas de alguna manera. Otras, irrecuperables, hacían la función de satisfacer (y de educar espero) la curiosidad del turista. Por mi parte pensé que sería una buena idea. No podía añadir a mi lista las especies cautivas, pero entre ellas siempre podía aparecer alguna que fuera una silvestre genuina, como ocurre en todos los parques del mundo.

- Yo creo que os gustará -dijo Óscar, quién ya conocía el lugar.
- Claaaro, allí hay muchas aves, ¡ta! -añadió Henrique, cuyas expresiones brasileñas yo no entendía siempre.

Tras algunos titubeos ambos decidieron esperar fuera. Así que entramos Sílvia, Pili y yo. Pero esa historia merece ser contada en una próxima entrada del blog.

miércoles, 25 de julio de 2018

Astronomia senzilla, observació de planetes.

No cal tenir un gran telescopi si volem fer unes poques però interessants observacions astronòmiques.

De dia, evidentment, ja tenim molt a prop el nostre estel, el Sol. De nit podem observar el nostre únic satèl·lit, la Lluna. Però, com de difícil és veure planetes? I galàxies? És complicat distingir constel·lacions?

La clau és mirar al cel. I tot i que sembla una ximpleria afirmar això, insistiré en dir-ho. S'ha de mirar al cel. Si ens familiaritzem a fer alguna ullada nocturna descobrirem que les constel·lacions són fàcilment identificables: són grans (ocupen bones extensions de cel) i algunes són prou brillants com per ser reconegudes a l'instant.

És evident que si ens allunyem de Barcelona les condicions seran millors, però això no vol dir que no us pugui veure res a una gran ciutat: jo hi visc, i des del terrat he pogut veure sense problemes les constel·lacions d'Orió, l'Osa major, l'Osa petita, Cassiopea, Taurus, el Cigne, i d'altres. També és fàcil trobar estrelles concretes com la polar (que assenyala el nord), Sirius (l'estrella més brillant del cel), Vega o Betelgeuse.

Lluna i algun tipus de falciot. No oblidem que això és un blog d'ornitologia.


Quin equip òptic faig servir per veure tot això? Cap! Només els meus ulls! I de la mateixa manera, a simple vista podem gaudir dels planetes Venus, Mart, Júpiter i Saturn (tot i que, evidentment, semblaran punts brillants al cel, de la mida d'estels, però amb una llum fixa que no fa pampallugues). A més, per sobre d'Orió i una mica a la dreta, no gaire lluny, podem descobrir una taca que brilla. És el cúmul d'estels anomenat les Plèiades.

No tots els planetes ni totes les constel·lacions es veuen tot l'any. Però a qualsevol mes trobarem sempre algo que valgui la pena. Eines senzilles per descobrir aquest interessant món i guiar-nos són Google Sky Maps (aplicació gratuita que podem instal·lar al mòbil) i el programa Stellarium (http://stellarium.org/), molt adequat si disposem d'un ordinador, i que està disponible en català i en espanyol.

Si volem aconseguir millors observacions ens podem fer amb uns prismàtics de 10 augments. La Lluna es veurà preciosa, però compte amb quedar literalment enlluernats. No cal dir que no s'ha de mirar mai directament al Sol: podem quedar totalment cecs. Amb els prismàtics podem donar forma per fi als planetes: veurem la rodona de Júpiter i alguns dels seus satèl·lits, que lluiran al seu voltant com petits estels que brillen. També Mart és veurà rodó i vermellós, mentre que Venus sovint apareixerà com una mitja lluna, ja que està més a prop del Sol que la Terra. Una mica més dificultós pot ser trobar Mercuri, com un petit punt brillant. Però la gran sorpresa la tindrem si busquem Saturn amb els prismàtics: veurem els anells! En efecte, no cal un telescopi per observar-los.

Júpiter i alguns satèl·lits visibles.


També amb aquesta senzilla òptica veurem millor les Plèiades, i si busquem per sobre de la constel·lació de Cassiopea veurem una taca blanquinosa que tendirà a desaparèixer si la mirem massa seguit: és la nostra galàxia veïna, Andròmeda, situada a 2,5 milions d'anys llum de la Via Làctia, i és l'objecte més llunyà que es pot observar a simple vista des de la Terra (ara sí, ben lluny de Barcelona, amb un cel molt net; a la gran ciutat sí necessitarem els prismàtics).

I si som ornitòlegs i tenim un telescopi per veure ocells? Meravellós! A què esperem? Veurem lo mateix que veuríem amb prismàtics però encara més ampliat. Ara sí podrem gaudir bé dels anells de Saturn, de Júpiter i els seus satèl·lits, i veurem Mercuri com una petita rodona: a més de tenir més augments, l'estabilitat que ens proporcionarà el trípode serà clau.

Saturn vist amb un telescopi Kowa amb un ocular 20-60x.


Aquesta pobre noia està a punt de ser abduïda per un raig de llum d'un OVNI i no ho sap.


Mercuri.


Per acabar faré un petit glossari:

Terra: el nostre planeta.
Lluna: el nostre satèl·lit.
Sol: el nostre estel, centre del sistema solar.
Júpiter, Venus, Saturn, Mart: planetes fàcilment detectables a simple vista. Júpiter és el planeta més gran del sistema solar, amb una mida equivalent a 1317 vegades la Terra.
Mercuri: el planeta més proper al Sol de tot el sistema solar. Altres planetes serien Urà i Neptú, situats més enllà de Saturn.
Via Làctia: galàxia a la que pertany el sistema solar. Conté entre 200.000 i 400.000 milions d'estrelles. El Sol simplement és una d'elles.
Any llum: la distància que recorre la llum en un any. La llum viatja a 300.000 km per segon, multipliqueu 300.000 km pels segons que té un any i tindreu la distància de la que parlem (és enorme!).
Galàxia d'Andròmeda: la nostra galàxia veïna, la més propera a la Via Làctia. Es troba "només" a 2,5 milions d'anys llum.

Lluna creixent.

lunes, 23 de julio de 2018

Què fer si ens trobem un falciot a terra

Això que sobrevola la ciutat de Barcelona, aquests ocells negres que xisclen i creuen el cel blau des de la primavera i durant l'estiu... no són orenetes! Són falciots negres (Apus apus). També hi ha uns altres habitants, els ballesters (Apus melba), que no deixen de ser un altre tipus de falciot (però amb panxa blanca en comptes de negre).

Estic treballant a la botiga i una veïna entra per la porta: dur un ocell a les mans. Em demana disculpes per portar-me aquesta bestiola. La senyora sap que jo puc salvar l'ocell. Jo li dic que no cal que es disculpi en absolut, que estic encantat de que hagi vingut. 


Què ha passat? Se l'ha trobat a terra, dins un pati. I què hem de fer si ens trobem un falciot a terra? El primer pensament (temptador per molta gent) és no fer res amb l'esperança de que marxi sol. Els més innocents (però benintencionats) li posen aigua i una mica de pa (no saben que aquests ocells són insectívors i que mengen milers de mosquits que cacen mentre volen). En qualsevol cas el falciot no marxarà per si sol pel simple motiu de que és incapaç de aixecar el vol sense ajuda: té un cos idoni per dominar el cel, però és totalment inútil a terra.

Si l'ocell està físicament bé el que hem de fer és pujar al terrat més alt que puguem i llençar-lo verticalment cap a amunt amb totes les nostres forces sense cap tipus de por. La gravetat farà en un principi la seva feina, però a les poques dècimes de segon les ales del falciot s'imposaran i remuntarà el vol, i agraït, ens sobrevolarà mentre agafa cada cop més alçada i es reuneix amb els seus.

Èxit total: el falciot ja vola lliure.

domingo, 22 de julio de 2018

Nens i ciència

Actualment sembla que la ciència no està de moda. En un món dominat per les marques de roba, la televisió, la publicitat, la música comercial... En un món així se'm fa difícil tenir esperances de que a la ciència i la investigació se'ls hi posin les coses fàcils.

Per això m'agrada treure pit quan parlo del CosmoCaixa, el museu de la ciència de l'Obra Social de La Caixa. Me'n sento orgullós, i m'agrada presumir de que la nostra ciutat tingui aquest meravellós punt de trobada de tot el coneixement humà.



Aquí hi gaudeixen particularment dos tipus de persones: els nens i els científics. Però són realment dos tipus diferents de persones? Què defineix a un científic? La recerca, la curiositat, voler saber més i voler saber la veritat. Però això és precisament el que defineix també als nens. Els nens són científics. Potenciar i alimentar aquesta curiositat o limitar-la i reduir-la és l'elecció que han de fer els pares.



I un científic és també un nen? Dins el CosmoCaixa, sí, no hi ha dubtes. O al menys jo no tinc clar qui s'ho va passar millor, si la meva neboda Laia, que intentava comprovar, experimentar, entendre, asimilar pràcticament tot, o jo mateix, que em sentia com l'home perdut pel desert (la societat que dona l'esquena a la ciència) i troba un oasi (un museu sencer dedicat).

Un científic.


Un nen.


No hem d'oblidar mai els nostres origens.





No estàvem sols: Carmen Cisneros, gran fotògrafa, i l'arqueòloga Marina Sahuquillo, bones amigues, van fer d'aquell dia una jornada encara més especial. Dinosaures, ecosistemes amazònics, el pèndul de Foucault,  el planetari, el laboratori antàrtic del Dr. Antoni Ballester, la tecnologia, l'herència dels avantpassats, la química, la física més bàsica, l'astrofísica més avançada... tot això i molt més va permetre que durant unes hores ens sentíssim uns privilegiats, uns col·legues de les ments més brillants del món, i particularment del més gran de tots: Sir Isaac Newton.










"Baia, baia, unos 100tifikos". Quina millor companyia per fer-se una foto que un Tyrannosaurus rex?


Autoria de les fotos: Carmen Cisneros. Moltes gràcies per cedir-les pel blog!