domingo, 26 de noviembre de 2017

Brasil 2017, segunda parte: São Miguel das Missões

Yo aún seguía excitado por la visión del sabiá laranjeira cuando bajé a desayunar a la planta baja del hotel Ibis de Porto Alegre, donde nos alojábamos. Allí ya me esperaban Sílvia, Pili, Óscar y Henrique.

El buffet que nos ofrecía el hotel era toda una declaración de intenciones de los desayunos de aquellas latitudes: básicamente muchas frutas (¡qué papaya hay en Brasil!) y zumos. Henrique era brasileño pero hablaba un español muy correcto. Le pregunté por un curioso zumo de color verde. Me sugirió que lo probara. Dijo que era natural y bastante nutritivo.

- La gente lo toma aquí como bebida para tener energía -apuntó con su acento portugués.

Recordé el rodizio de carnes de la noche anterior, en el restaurante gaucho. Al entrar en él (una enorme nave de madera con un gigantesco comedor) no sabía lo que me esperaba. Nos sentamos a una mesa, de madera también, y un amable joven apareció y clavó en ella y frente a mi cara una enorme espada que llevaba ensartados varios pedazos de carne. Miré bizco las suculentas viandas.

- Has de escoger un trozo y pincharlo con el tenedor; te lo cortarán con un cuchillo y te lo llevas al plato -me había dicho Óscar.

Tras muchas espadas repletas de todo tipo de manjares que habrían convertido en un infierno la vida de cualquier vegetariano mi barriga se negó a admitir nada más. O casi nada más. Siempre había un pequeño espacio para un último pedazo. E incluso un penúltimo.

Mi mente regresó a la mañana del día 12 de agosto. Miré a través de la gran cristalera que daba a la calle. Me había sacado de mi ensimismamiento un grupo de aves que se habían posado en un cable frente al hotel. Quizá hubiera algún tipo de zenaida, pero aún había poca luz y yo había dejado los prismáticos en la habitación (estuve a punto de cogerlos pero no quería hacerme pesado de buenas a primeras); algunas parecían palomas bravías domésticas. Intenté mirarlas mejor y descubrí que no me engañaba: en Porto Alegre había nuestra vulgar y común paloma de ciudad omnipresente en Barcelona.

Era hora de ponerse en movimiento.

Recogimos el equipaje y subimos al coche. Emprendíamos por fin la marcha en dirección oeste. El primer objetivo era São Miguel das Missões, un municipio situado a unos 500 km de distancia y que contenía unas ruinas famosas.

Estuve más atento de las aves que veía por la ventanilla que de la ruta que seguíamos. Así fue como llegó el tercer bimbo. En las mismas afueras de Porto Alegre la autopista iba flanqueada por campos y las marismas del río Yacuí. Multitud de aves se daban cita en las aguas, en los herbazales, en los cables y en las vallas, pero la velocidad del vehículo no me permitía distinguir las cosas pequeñas. Ya habría tiempo para ellas.

Sílvia me avisó de la presencia de una enorme garza posada a nuestra derecha. Pasamos rápido junto a ella, pero la garza mora (Ardea cocoi en latín y garça moura en portugués) es inconfundible. Recuerda mucho a nuestro bernat pescaire de Catalunya aunque con un dibujo facial algo diferente.

Junto a nosotros desfilaron también varios paseriformes y alguna que otra garceta blanca que no supe hasta más adelante que se trataba de Egretta thula, ya que no sé por qué errónea razón pensé que había dos garcetas blancas en Brasil, y que era imposible distinguir los detalles desde el coche.

La autopista se convirtió en carretera. Algo más adelante hicimos una parada para repostar combustible. Junto a la gasolinera vi a un pequeño pájaro negro descansando en unos barrotes de hierro. Saqué los prismáticos y la cámara. No lo identifiqué pero en cambio sí pude contemplar a placer a un clásico de América: el zopilote negro (Coragyps atratus en latín, urubu preto en portugués) y también golondrinas barranqueras (Pygochelidon cyanoleuca en latín, andorinha pequena en portugués). También comprobé que había gorriones comunes, nuestros gorriones europeos.

Golondrina barranquera, andorinha pequena, Pygochelidon cyanoleuca.



Proseguimos nuestro camino. La carretera ascendió hasta unos altiplanos y siempre en marcha y a través de las ventanillas vi algunos ejemplares de caracara chimachima (Milvago chimachima, en portugués carrapateiro).

Hicimos una nueva parada, en esta ocasión para comer y descansar un poco. Antes de entrar con mis cuatro compañeros decidí, para variar, retrasarme y hacerles esperar unos segundos (bueno, tampoco me esperaron, entraron en el restaurante sin mí). El motivo: bimbar el canário da terra, nada más ni nada menos que el ¡saffron finch! El nombre en inglés (cuya traducción sería algo así como "pinzón de azafrán") me encanta. Su nombre en español es chirigüe azafranado.

Chirigüe azafranado, canário da terra verdadeiro, Sicalis flaveola.



Tras otro buffet libre, comunes en toda la geografía del estado, reemprendimos la marcha. Las observaciones de aves empezaban a sucederse una tras otra, pero la mayoría eran visiones fugaces desde el interior del coche. Así llegaron también el cuclillo canela (Coccyzus melacoryphus), el cardenal (Paroaria coronata) y el pirincho (Guira guira). Un Caracara sobrevoló la carretera frente a nosotros, a baja altura. Bimbo.

Cómo describir el momento en que vi ñandús... ¿alegría? ¿desesperación? Pasamos con el coche raudos a su lado y grité "¡ñandús!", pero aunque todos asintieron e incluso se levantaron de sus asientos, el vehículo no se detuvo ni redujo la velocidad. La necesidad de llegar puntuales a nuestro destino marcaba las preferencias a la hora de detenerse: comer, descansar... pero ver ñandús no era prioritario.

Ajá... así que a esto se referían cuando decían que no era un viaje ornitológico. Así que eso era lo que se sentía cuando eras el único ornitólogo en un grupo de cinco personas...

El ave de mayor tamaño que he visto en mi vida, en la que iba a ser su primera y única aparición durante nuestra odisea por el sur de Brasil (y seguramente la única observación de esta especie que haré en toda mi vida) tuvo que conformarse con ser inmortalizada con una foto tomada a través de las ventanillas del vehículo. Bimbo agridulce, ave maravillosa, tesoro de América.

Ñandú, ema, Rhea americana.



No puedo reprocharles nada a Óscar y Henrique por no parar. Se turnaron al volante durante los 4000 km que recorrimos en aquellos quince días, cambiaron sus vacaciones de verano por unas de invierno para poder estar con nosotros, nos habían preparado una ruta de ensueño, se habían ocupado de gestiones burocráticas y de reservar hoteles... Solo puedo estarles agradecido ya solo por el hecho de que ellos, su familia y amigos y tanta gente maravillosa nos acogieran con toda la hospitalidad posible allí donde fuéramos.

Poco antes de llegar a São Miguel das Missões vi junto a la carretera, paradas en una rama en la penumbra, dos jacuguaçu, las pavas oscuras (Penelope obscura), y también varios rálidos que no pude identificar porque se escondían rápidamente a nuestro paso.

Frustrado, vi que nos deteníamos: por fin llegábamos. Y fue pisar tierra firme y pasear con prismáticos y se me pasaron todos los males. Hice por primera vez amistad con los horneros, ave bastante desconocida para mí hasta ese momento. ¿Qué era aquello? ¡Qué pajarillo, como correteaba frente a nosotros! Apenas se asustaba. Se limitaba a separarse unos pocos metros de nuestro andar. Parecía tener la cola rojiza.

Hornero común, joão de barro, Furnarius rufus.



São Miguel das Missões acoge las ruinas de la misión de San Miguel Arcángel, que datan de la primera mitad del siglo XVIII. Allí se rodó parte de la película La Misión en los años ochenta. Hoy día esas ruinas tienen ya casi 300 años y forman  parte del Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco.

Cerca de la entrada un grupo de indios guaraníes ofrecían sus productos, recuerdos que vendían para subsistir. Pero ensimismado como estaba con los pájaros no me enteré de ello hasta que ya estuvimos de vuelta en el coche.

São Miguel das Missões.



Iré por orden. Tras aparcar vi algunos tipos de palomas, pero debía seguir a mi grupo de "no-ornitólogos", que ya se alejaba algunos metros, y me limité a tomar algunas fotos para identificarlas más tarde. Al momento comprendí que éste iba a ser el modus operandi: fotografiar para identificar en otro momento.

Sin embargo por razones prácticas voy a nombrar las especies en el momento de su aparición (y no cuando las identifiqué horas más tarde, sentado a una mesa con las guías de aves delante). No tendría ningún sentido hacerlo de otra manera.

Así puedo decir que las palomas eran zenaidas torcazas, muy comunes, como pude comprobar con el paso de los días. Frente a nosotros correteaba el ya mencionado hornero, y en las ruinas había posados algunos zopilotes negros. Otra ave común pero no por ello menos maravillosa era el bem-te-vi. Uno de ellos gritaba en un tejadillo cercano, y el parón de unos segundos que necesité para fotografiarlo me retrasó aún unos metros más respecto al grupo. Vi también alguna avefría tero (o como la llaman en Brasil, quero quero), zorzales chalchaleros y cotorras grises argentinas.

Zenaida torcaza, pomba de bando, Zenaida auriculata.


Bienteveo común, bem-te-vi, Pitangus sulphuratus.


Avefría tero, quero quero, Vanellus chilensis.


Zorzal chalchalero, sabiá poca, Turdus amaurochalinus.


Les alcancé y penetramos en las ruinas, entre las cuales paseaban apenas un par de visitantes. La verdad es que el sitio era sobrecogedor. Los siglos reposados en aquellas rocas teñían de silencio el ambiente. Pero ante tanto misticismo... yo seguía a lo mío.

Ruinas de San Miguel Arcangel, São Miguel Arcanjo.


Tras fotografiar al Bem-te-vi descubro que Henrique, Óscar, Pili y Sílvia se hayan lejos de mí.


Henrique, Óscar y Pili.


Sílvia.


¡Hostia! ¡Un ornitólogo! Ah, soy yo. La foto es de Sílvia. En la imagen estoy intentando retratar a los zopiletos negros.


Óscar y Henrique pasean entre las ruinas. Yo a lo mío, sigo intentado conseguir una buena imagen de los zopilotes.


¡Por fin! Zopilote negro, urubu preto, Coragyps atratus.


Otra pomba do bando, Zenaida auriculata.



Un pico captó mi atención. Lo fotografié y detecté un segundo ejemplar unos pocos metros más allá. Resultaron ser dos especies distintas. Me di cuenta entonces de que los bimbos estaban empezando a caer y de que podía disfrutarlos aunque fuera unos segundos. Respiré. Estaba en Brasil, con prismáticos y con aves increíbles frente a mí. Mi vida era maravillos y nada podía salir mal.

- Ten cuidado si pisas entre las raíces que en Brasil hay serpientes peligrosas -me advirtió Óscar.
- Vaya por Dios...

Los picos eran bastante confiados pero el día nublado me impedía conseguir buenas imágenes. Tras perseverar un poco conseguí algo decente.

Carpintero manchado, picapauzinho verde carijó, Veniliornis spilogaster.



Carpintero real norteño, pica pau do campo, Colaptes melanochloros.


Historia y naturaleza se fusionaban de una manera muy bella. Fotos de Sílvia.






Picabuey, suiriri cavaleiro, Machetornis rixosa, ya fuera de las ruinas.



Regresamos al vehículo sin que nos picara ninguna serpiente y nos pusimos en camino hacia Crissiumal, donde íbamos a pernoctar. Aún estábamos algo lejos y tardamos bastante en llegar. Cuando lo hicimos una impresionante tormenta nos dio la bienvenida. Rayos y truenos cubrían el mundo, y vi que allí cuando llovía lo hacía con ganas. Pero aquello no desanimaba a los afables brasileños: ¡era la hora de la cena y tocaba rodizio de pizzas!

En la pizzería del pueblo los camareros traían viaje tras viaje porciones y porciones de las pizzas más variadas e inimaginables, desde las saladas hasta las más dulces.

Con el estómago bien lleno y bajo la oscuridad de la noche Óscar y Henrique nos hicieron un curioso tour nocturno con el coche por Crissiumal.

- Éste es el centro médico, ésta es la escuela, éste es el ayuntamiento, ésta es la funeraria de Talbani,  ésta...

Henrique no cesaba de enumerar lo que parecían todas y cada una de las casitas del pueblo, junto a las cuales pasaba raudo nuestro vehículo.

Por fin llegamos a su casa. Me tocó dormir en el sofá, que era comodísimo. Ya tumbado y a oscuras maquiné mi plan para la mañana siguiente.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Brasil 2017: el viaje ornitológico que no era ornitológico.

Enero de 2017. Sílvia y yo nos habíamos reunido con Pili en su casa. Estábamos a punto de pagar los billetes para volar a Brasil. Tras mucho mirar y remirar la pantalla del ordenador llegamos a la conclusión de que todo parecía estar en orden.

- Y... ¡aceptar! -dijo Pili mientras pulsaba el ratón.

Sílvia y ella se pusieron a bailar en la medida que les permitía el pequeño tamaño de la habitación.

- ¡Nos vamos a Brasil! ¡!Nos vamos a Brasil! -cantaban.

Le llegó un correo electrónico a Pili. Seguramente era la confirmación de la reserva del vuelo.

- ¡Cómo que el pago de mi tarjeta no ha sido aceptado! ¿Por qué? -exclamó incrédula e indignada.

Aunque aún tardamos unos días en solucionar el tema, al final todo quedó en un pequeño susto: efectivamente, íbamos a ir a Brasil.

Un vuelo largo...


Habíamos comprado los billetes con antelación porque nos salía más barato. Ahora comenzaba una pequeña planificación del viaje, que incluía vacunas y algunos papeleos. Íbamos a visitar a Óscar y Henrique. Residían en Crissiumal, un hermoso pueblo cercano a la frontera con Uruguay. Las fechas escogidas fueron las de la segunda quincena de agosto, coincidiendo con el invierno en el hemisferio sur.

- Recuerda que no es un viaje ornitológico -me avisó Sílvia de camino a casa.
- Ya lo sé, ya. Pero, bueno, algo veremos. Me llevaré los prismáticos y la cámara de fotos pero dejaré el telescopio.
- ...

Un par de meses antes de partir fuimos a vacunarnos contra la fiebre amarilla, el tifus, la hepatitis y el tétanos, todo por recomendación del médico. En mi caso no tuve problemas. Me atendió un muchacho muy amable. Sílvia y Pili tuvieron menos suerte.

- ¿A Brasil? ¡Eso es muy peligroso! -gritaba el doctor.
- Bueno, nosotras vamos al sur, allí todo es muy diferente -contraatacó Pili.
- Les recomiendo que tengan mucha precaución. Podrían morir por la cosa más tonta. ¡Ni se les ocurra meterse en el agua!
- No nos bañaremos en ríos, vamos a casa de amigos y familiares.
- No duerman al raso -continuó el doctor, ignorando el comentario de Pili-, los insectos son muy peligrosos. ¡Y beban solo agua embotellada¡ ¡Podrían sufrir diarreas espantosas!
- Como le decía, vamos a casa de amigos y familiares y allí no hay peligro de...
- Deberán dormir con mosquitera. Y el tráfico... Ufff, tengan mucho cuidado con el tráfico. La primera causa de mortalidad entre los turistas son los accidentes automovilísticos.

Milagrosamente todos sobrevivimos al viaje y hoy en día puedo escribir esta crónica.

Vacunados, bien equipados y burocráticamente legalizados pudimos por fin emprender el vuelo el día señalado.

- Ya sabes que no es un viaje ornitológico, vamos a visitar a Óscar y Henrique -me recordaba de vez en cuando Sílvia.
- Ya lo sé, ya lo sé. Pero bueno, por si acaso me he comprado un par de guías de aves de Brasil.
- ...





Visitar Brasil...

Era para mí un sueño. Esto implicaba muchas cosas. Bueno, tres al menos:

1 - Por primera vez en mi vida iba a cruzar el ecuador terrestre. Cuando esto ocurre es tradición entre los marinos realizar una pequeña ceremonia. Yo lo crucé en avión y no hubo ningún tipo de celebración. Sin embargo mentalmente me reservé la posibilidad de realizarla yo mismo en el futuro. Ya se me ocurriría algo.
2 - Por primera vez en mi vida cruzaría un océano.
3 - Por primera vez en mi vida iba a poner pie en un continente distinto al mío (las Canarias no cuentan, pues aunque geográficamente estén en África, son islas, no el continente).

Esas tres cosas ocurrieron el 11 de agosto de este año 2017.

Partimos la madrugada de ese día hacia el aeropuerto. Los tres íbamos a vivir las más exóticas aventuras durante quince días junto a Óscar y Henrique, quienes nos habían preparado un inmenso tour de 4000 kilómetros por parte de los tres estados más sureños del país. Todos teníamos unas ganas enormes de iniciar el viaje, Pili y Sílvia con sus ansias familiares y turísticas, y yo con mi oscuro y malvado plan de... ver pájaros.

El itinerario se iniciaría y finalizaría en Porto Alegre.


Pili conducía. Partió de Santa Coloma de Gramanet y nos recogió a Sílvia y a mí en Badalona. Los tres recorrimos la ronda litoral de Barcelona. Aún era de noche. Pasamos junto al McDonalds dormido, con luces apagadas y con su logo verde casi invisible en la oscuridad.

Ni la huelga de los empleados de seguridad en el aeropuerto (que nos obligó a hacer una larga cola), ni la bochornosa actuación de unos pasajeros, que habían leído mal su ubicación en el avión y querían echar de manera equivocada a unos turistas que se habían sentado correctamente, ni tampoco la larga espera de un último pasajero despistado evitaron nuestra marcha. Alzamos el vuelo.

Hicimos escala en Lisboa sin tiempo para visitar la ciudad. Cambiamos de avión y nos dispusimos a sobrevolar el océano. El sol ya había salido ¡Podría contemplar el paisaje a través de los cristales! No, no pude. Tras un interesante almuerzo apagaron las luces y como por arte de magia, como por un extraño conjuro, se cerraron todas las ventanillas. Tocaba una larga siesta a la que todo el mundo pareció apuntarse sin miramientos. Yo intenté hacer lo mismo. El sueño solo se vio importunado por el intenso frío que pasamos durante todo el vuelo. Seguíamos con los trucos de magia: aparecieron de la nada mantas, chaquetas, gorros, impermeables... algunos afortunados se pusieron guantes.

Pili parecía el muñeco de michelín bajo capas y capas de ropa que no la calentaban en absoluto. Tras la segunda comida del día, temblando en nuestros asientos, vimos en el mapa de las pantallas que llegábamos a América. Algunas ventanillas se descubrieron tímidamente.

Yo contemplaba aquel mapa. ¿Uberaba? ¿Curitiba? ¿Florianópolis? ¿Pero qué extraño lugar estábamos a punto de visitar? Al final Porto Alegre apareció bajo nuestros pies y tomamos tierra. Y recuerdo muy bien el aterrizaje porque ocurrió algo: hice un bimbo. Mientras nuestro avión rodaba por la pista miré por la ventanilla y un ave de mediano tamaño alzó el vuelo entre los campos aledaños. Unas alas con grandes manchas blancas batían para alejarse del avión. Era un quero quero, la Vanellus chilensis, la primera ave nueva que veía, aún sin detenerse el aparato, y aquel pájaro me llenó de grandes expectativas. ¿Tan fácil iba a ser bimbar? ¿Pájaros nuevos por todas partes? Prudencia amigo ornitólogo. Todo llegaría. O quizá no.

El encuentro con Óscar y Henrique en el aeropuerto fue emocionante. Nos acompañaron hasta su coche, estacionado en el aparcamiento, y juntos emprendimos el camino hacia la primera parada: el hotel en el mismo Porto Alegre. Había anochecido ya.

- Voy a coger un atajo que nos irá bien -anunció Óscar. Henrique lo miraba con poca convicción.

Creo que pocas veces he pasado tanto miedo. Atravesamos tan solo un par de calles durante aquel atajo... ¡pero qué calles! Personajes de otro mundo se deslizaban lentamente entre las sombras de aquella parte tan pobre de la ciudad. La mala iluminación y la ausencia de tráfico acrecentaban la imagen de miseria. Mentalmente rogué para que no pincháramos una rueda o sufriéramos alguna avería. Miré hacia la izquierda. En un estrecho portal abierto una luz mortecina iluminaba a un joven apoyado en una pared. Se balanceaba un poco y un largo y mugriento cabello me impedía ver su rostro. Era la cara triste de un Brasil que también existía.

Finalmente nos instalamos en el hotel. Y comencé a descubrir Rio Grande do Sul, tierra de gauchos. Nos llevaron a cenar a un restaurante en el que nos sirvieron un rodizio de carnes amenizado con un espectáculo imperdible. Las boleadoras golpearon una lata de refresco estratégicamente situada sobre la cabeza de Óscar y los bailes y taconeos resonaron en la madera.

Con el estómago lleno (muy lleno) regresamos al hotel para descansar. Lo necesitábamos. Tras once de horas de vuelo estábamos agotados.

La mañana se presentó con una agradable sorpresa para mí. Con las primeras luces vislumbré desde la ventana de nuestra habitación un pajarillo en un edificio cercano. No era una gran foto, pero era la primera que tomaba de un ave en Brasil, y el segundo bimbo que hacía en Sudamérica: el zorzal colorado, sabiá laranjeira en portugués, pero que quedó rebautizado por todos como el Rufus para el resto del viaje.

Sabiá laranjeira - zorzal colorado - Turdus rufiventris.


Tras desayunar nos pusimos en marcha. Comenzaba lo bueno.

sábado, 21 de octubre de 2017

Un conte de màgia

El 14 de novembre del 2015 vaig pujar al meu estimat Espinal per censar ocells migratoris. Però quan vaig arribar el lloc no existia. Havia desaparegut sota un mantell de màgia. Vaig caminar uns metres, però més enllà només semblava haver-hi un abisme.









El món que jo coneixia no hi era. El vaig buscar sense gaire ganes de trobar-lo mentre petits follets es vanaven de la seva invisibilitat i cantaven entre les branques. On sou? Mostreu-vos!




El bosc ja no era bosc, si no un exèrcit de terribles éssers que lluny d'espantar-me m'acolliren i donaren protecció. Dins les ombres relluïen pedres precioses.






El cel es va obrir. Allà estava el món! De sobte els corbs marins em van saludar des de dalt.




Vaig mirar cal al sol, el mag suprem, el faedor de vida, però aquell dia estava malalt; patia de xarampió.




sábado, 14 de octubre de 2017

Bausen: zorros y aves

Es ya una tradición que cada 24 de septiembre, festividad de la Mercè en Barcelona, salga al campo a ver aves.

En el año 2015 decidí dedicar el día al que a la postre iba a ser mi último intento de ver urogallo en Bausen (Vall d'Aran). Había hecho intentonas otros años, siempre con resultados negativos. Y no voy a jugar con el misterio. En esta ocasión tampoco hubo suerte, aunque el día no defraudó.

Tras dormir unas pocas horas partí de Barcelona muy pronto, hacia las 3 de la madrugada, lejos aún el alba. Y tardé casi cuatro horas en llegar porque los últimos cincuenta kilómetros hasta Vielha los recorrí con bastante lentitud para intentar evitar atropellos de los abundantes mamíferos de la zona: zorros básicamente, pero me robó el corazón un tejón que decidió cruzar ante los faros de mi coche caminando torpemente y con aire bonachón. Pude frenar y esquivar al animal, que se llevaría un susto de muerte, al igual que yo. Sin reducir (ni aumentar) el paso siguió trotando a la misma velocidad pero realizando un lento giro de 180 grados arrastrando dulcemente su panza bajo él. Su hermosa cara pintada desapareció por el mismo punto por el que había aparecido.

Llegué sin embargo a Bausen antes de la salida del sol. La espectacular e inmensa vía láctea resplandecía en lo alto, en un cielo repleto de purpurina, propiciado por la lejanía de las grandes urbes y por la protección de las grandes montañas que rodeaban el valle.

Como decía, no hubo urogallos, pero sí una gran variedad de fauna que hizo mis delicias. Como si un karma divino quisiera premiar mi exitoso intento de no atropellar mamíferos, la providencia me permitió sorprender nada más y nada menos que a un raposo en pleno descanso matinal. Esto no ocurre todos los días. Sus agudos sentidos le permiten al zorro detectar a los enemigos en el silencio del bosque a suficiente distancia como para no ser descubierto.

Pero en esta ocasión se cambiaron las tornas. El zorro descansaba y no advirtió mi presencia. Le observé y disfruté del momento con la emoción del niño que descubre a un ser mitológico. Y me alegré mucho de haber sido yo quién topó con él, y no alguien armado con escopeta.

Alzó la cabeza en algún momento, husmeó el aire, tiesas las orejas, atento a quizá algún ruidito que yo podía haber emitido. Pero mi total inmovilidad me hicieron invisible a sus ojos. Puesto que no percibió ningún olor que lo alarmara, prosiguió su descanso.

Guineu - zorro - Vulpes vulpes



Tras hacerle compañía unos minutos me retiré con cuidado. Conseguí no asustarlo y me alejé montaña arriba.

En los bosques más elevados me topé con agateadores norteños y ya en los prados alpinos los habituales bisbitas me dieron la bienvenida. Milanos reales, buitres leonados, collalbas grises... las aves se movían por el suelo o por el cielo, en un hábitat que siempre es garantía de dureza pero también de espectacularidad.

Milà reial - milano real - Milvus milvus


Voltor comú - buitre leonado - Gyps fulvus


Bosques subalpinos trepan por las abruptas pendientes


Bausen desde lo alto



En las partes bajas del valle, en las cercanías del pueblo, son frecuentes los picos medianos y los carboneros palustres. Matas de muérdago parasitan los árboles, y los paseos entre los hayedos invitan a sentirse en paz con nuestro planeta y con la naturaleza que lo habita.

Mallerenga d'aigua - carbonero palustre - Poecile palustris


Vesc - muérdago - Viscum album


Cercanías de Bausen


martes, 19 de septiembre de 2017

¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?

Esto es un desastre. Hace tanto tiempo que realicé esta salida que apenas recuerdo los detalles. Y en estos momentos no encuentro una libreta, la libreta, en la cual tenía mis apuntes. Pero es normal que no la encuentre. El almacén de mi tienda es una leonera: tengo aquí las cosas de mis padres y las mías, además de todos los trastos que ya habitaban antes estas cuatro paredes.

No me queda más remedio que llamar a Alba y preguntarle qué recuerda de aquel día. Porque a lo mejor la libretita acaba apareciendo... pero a lo mejor no.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza", pienso mientras marco su número de teléfono.

Con la poca información que tengo continúo el trabajo.

Mi amiga Alba lleva años aficionándose a la ornitología. Poquito a poquito, lentamente, se engancha más y más, como de hecho también hacemos los que llevamos más tiempo metidos en el ajo, que con el paso de los años (debido a ello en realidad) nos enganchamos cada vez más.

Una de las aves que ha buscado con más ansia ha sido la avutarda (Otis tarda). Me acompañó en el 2014 hasta cierto lugar en Aragón, pero no tuvimos suerte. Volvimos a intentarlo en el 2015 en la misma localidad. El resultado fue un único ejemplar volando muy lejano durante un instante, una pequeña mancha blanca apenas visible con prismáticos que se desvaneció tan rápido como apareció.

El 12 de febrero del 2016 hicimos un tercer intento.

Cargados de prismáticos, cámaras de fotos, telescopio, bocadillos, agua, dos teckels y mucha ilusión partimos temprano de Barcelona para recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Éste va a permanecer en secreto por razones de seguridad. La avutarda es un ave delicada a pesar de su gran tamaño, y necesita tranquilidad e intimidad. En las llanuras, su hábitat habitual, con tanta visibilidad, es fácil que se sientan molestadas por desaprensivos.

Tan solo confesaré que de nuevo la intentona fue en Aragón. A medio caminos paramos y tomamos un café. Y aunque nuestro objetivo fuera pajarear en las estepas, la jornada de un ornitosectario comienza siempre en... todos los sitios a cualquier hora. Siempre hay pájaros que ver. En la gasolinera donde paramos había grajillas. Siempre hay algo que mirar... siempre.

Gralla - grajilla - Corvus monedula




Nos despedimos de las grajillas y fuimos en busca de las avutardas, aún lejanas. Uma y Pina, las dos perritas teckels que nos acompañaban, nos tenían entretenidos durante el viaje. Aunque le dijimos a Uma en más de una ocasión que debía permanecer en el asiento trasero del coche ella estaba empecinada en que las vistas serían mejores desde la parte delantera del vehículo. Y puesto que tenía un cuerpo largo y estirado y unas patas muy cortas, usando la experiencia heredada genéticamente de sus antepasados decidió que los bajos del asiento del copiloto eran lo suficientemente estrechos y oscuros como para recibir la catalogación de hura.

Apareció la cabeza de Uma entre los pies de Alba. Ésta la tomó en brazos y la pasó de nuevo al asiento posterior del vehículo. A Uma le gustó el nuevo juego y decidió repetirlo unas cuantas veces. Saltaba al suelo, pasaba por debajo del asiento derecho y aparecía bajo la guantera con cara de satisfacción. Alba la devolvía al asiento trasero y todo volvía a comenzar. Pina contemplaba la escena con sumo interés, quizá haciendo apuestas internas sobre quién ganaría la batalla.

- Creo que ahora la normativa obliga a llevar los perros en la parte de atrás -apunté-, habría que sujetarlas de alguna manera.

Una vez llegados a nuestro destino todo parecía prometer un día maravilloso. Nos dieron la bienvenida calandrias y cogujadas. En las ruinas cercanas se posaban grajillas y chovas y nos sobrevolaba algún cernícalo. Un precioso arco-iris tuvo la gentileza de aparecer para adornar el paisaje y empaparnos de belleza.



Tras unos primeros minutos de deleite decidimos ponernos manos a la obra. ¡Íbamos a buscar avutardas! Montamos de nuevo en el coche y regresamos a la carretera. La atravesamos y nos internamos en una pista cercana que a mí me parecía más adecuada para nuestros orníticos propósitos.

Estábamos pletóricos de energía y de alegría. La Otis se sentía, se palpaba. El día era perfecto: aún muchas horas por delante, visibilidad inmejorable y magnífica temperatura. Yo estaba convencido de que iba a ser una gran jornada y de que íbamos a cumplir nuestros objetivos. Alba compartía mi optimismo. Parecíamos personajes de Disney a punto de entonar una canción.

Las primeras notas de un absurdo canturreo se estaban formando ya en mi cerebro cuando el arcoiris desapareció y las ruedas del coche se hundieron y éste se detuvo.

- ¡Merda! -gruñí en mi catalán barcelonés.

Vaya, vaya... resultó que no estábamos en una película de Disney, si no en un espagueti western. Maldije, pero el desierto me escuchó con absoluta indiferencia.

Era un problema inesperado. Unas lluvias de días anteriores habían humedecido el suelo y habían convertido lo que parecía un camino liso y duro en un terreno con una consistencia blanda y pegajosa. Porque aunque visualmente no lo parecía en realidad todo era barro. Mucho barro. Barro por todas partes. Avutardas, ni una, pero barro...

Aceleré un poco y el coche se movió unos metros. Pero se fue frenando cada vez más y más hasta detenerse mientras emitía unos extraños rugidos bajo el maletero. Alba bajó y evaluó la situación. Decidió empujar y pudimos avanzar un poco más. Se puso al volante ella, empujé yo... Aún nos movimos unos centímetros, pero era inútil seguir así.

Había que pensar y no usar la fuerza bruta. De nada serviría destrozarnos la espalda cuando estábamos a cientos de metros de la carretera asfaltada. Había que estudiar la situación: el coche no se movía pero apenas estaba hundido en el camino. ¿Qué estaba pasando?

Me agaché junto al vehículo y descubrí el problema: el barro se había pegado a las ruedas aumentando el grosor de éstas, como la típica pelota de nieve que cae por una ladera y se hace más y más grande (al menos en los dibujos animados, porque siempre que he intentado hacer algo así en la vida real el resultado ha sido siempre bastante decepcionante). Tanto aumentaron de tamaño convirtiéndose en "ruedas de barro" que llegaron a tocar la carrocería del coche hasta formar un muro compacto que no dejaba ni un ápice de aire entre el caucho y el metal y que había reducido la movilidad de los cuatro neumáticos a cero.

Tocaba cavar.

Al principio con palos y al final con las manos conseguimos extraer varias decenas de kilos de un cemento compuesto de barro, piedras, hierbas secas y ramas. Terminamos exhaustos tras una hora de vaciar lo suficiente el pegajoso amasijo para permitir que las ruedas pudieran moverse un poco.

Uma y Pina nos miraban ofendidas desde el asiento posterior. Se habían ensuciado los pies y en el caso de Pina unos gruesos zapatos de pesado barro le impedían incluso caminar.

Sentado de nuevo al volante hice una primera intentona. Alba empujó y conseguí subir el coche al campo adyacente que estaba elevado unos centímetros con respecto al camino. Los hierbajos secos habían impedido que en el campo el barro fuera tan agresivo.

Arranqué de nuevo y puse la primera mientras Alba esperaba fuera para que el coche pesara un poco menos. ¡Funcionó! Avancé unos metros muy lentamente para permitir que ella me alcanzara. Tras una corta carrera subió al vehículo y se puso el cinturón. Recorrimos unos cien metros y le aconsejé que se agarrara. Íbamos a dar un saltito. Sin frenar, salimos de nuevo al camino en un punto más pedregoso, mientras pedazos de barro salían disparados de las ruedas y de los bajos. Yo notaba la resistencia al avance y el sufrimiento del coche, pero al final conseguimos llegar de nuevo a la carretera asfaltada.








Así quedó el interior



Olvidadas las avutardas tomé la decisión de hacer algunos kilómetros para facilitar el desprendimiento de lo que quedara adherido por allí abajo. Nos detuvimos finalmente en el arcén y me arrodillé de nuevo junto a las ruedas. Comprobé que aún quedaba mucho barro por extraer, también entre los muelles de los amortiguadores, invisibles ahora y convertidos en meros cilindros lisos rellenos como canelones gigantes.

- Qué desastre -dijo Alba.
- Quizá habría que plantearse la posibilidad de volver -apunté yo-, no está el terreno para circular y podemos quedarnos enganchados de nuevo. Eh... hum, creo que hoy deberíamos olvidarnos definitivamente de las aves y... allí se mueve algo.

Monté el telescopio dejando olvidado al pobre coche. Un grupo de ortegas se arrastraba por el suelo a unos cientos de metros de nuestra posición. Nos acercamos a ellas hasta una distancia prudencial.

- No las veo muy bien -confesó Alba.
- ¿No? ¿cómo es eso?
- No acabo de acostumbrarme mucho al telescopio, si me muevo veo por el ocular como la imagen desaparece bajo un velo negro. Lo veo negro. Negro cómo nuestro futuro...

Rió ruidosamente. Sus palabras eran pesimistas pero su mirada y su risa parecían decir otra cosa. Aunque no estoy seguro de si en el fondo se lo estaba pasando bien o si eran las carcajadas demenciales de una psicópata. Por mi bien esperaba encontrar avutardas pronto. Por si acaso.

Nuevo intento. Regresamos al punto caliente, conduciendo con lentitud y esta vez sin meternos en pistas de tierra. Algo llamó mi atención por el rabillo del ojo. No me lo podía creer. ¡El coche acababa de espantar a una avutarda! En efecto, unas grandes alas con mucho blanco se alejaban del flanco izquierdo del vehículo, justo el que no ocupaba Alba. El avistamiento apenas duró unos segundos y el ave desapareció. Alba se sintió frustrada y ambos nos lamentamos por haber asustado sin pretenderlo al animal, que al parecer se hallaba inusualmente cerca de la carretera asfaltada.

Me puse a pensar. Seguí con la mente la dirección que había tomado el ave. Di vuelta al coche y éste, aún dolorido, entre botes y desagradables vibraciones nos llevó por donde habíamos venido. Tomé una segunda carretera y me dirigí hacia donde tal vez estaría la avutarda.

Detuve el coche en el arcén y bajé. Enfoqué los prismáticos... Mmm... Algo se movía... ¡Bingo! No me atreví a gritar, así que hice gestos con las brazos para avisar a Alba, que permanecía en su asiento. Pero ella se estaba mirando los pies, o tal vez el móvil y no me veía. Tuve que golpear el parabrisas para que alzara la mirada. Comprendió enseguida mis gestos y se apeó.

Allí estaban. Dos avutardas caminaban tranquilas buscando alimento, a cierta distancia, ajenas a nosotros. A través del telescopio Alba pudo por fin cumplir su sueño. Apoyando el móvil en el telescopio conseguimos algunas imágenes testimoniales de este animal mítico, al cual decidimos dejar de importunar marchándonos a otro lado.

Pioc salvatge - avutarda - Otis tarda


¿Y qué conclusión sacamos de toda esta parrafada? Pues ninguna. O puede que un par: que para triunfar hay que sufrir, o tal vez que una mala experiencia puede ser el preludio de algo bueno... pero como a mí no me pagan por filosofar (de hecho no me pagan nada en absoluto) y esto no es más que un triste blog personal dejaré entonces que cada uno deduzca la moraleja.

Como habían pasado ya muchas horas y el objetivo estaba cumplido consideramos prudente iniciar el regreso. Los muchos kilómetros dan para algún pájaro a través de las ventanillas, pero sobre todo dan para mucha charla (y para jugar con Uma al delante-detrás).

- Puede que haya menos cultura que hace años -comentaba Alba.
- Tengo entendido que uno de los libros más vendidos es el de la tía esa de la tele, la Belén Rueda.
- ¿Belén Rueda? No, hombre no... Tú dices la Belén Esteban.
- Ah, eso.

Miles de estorninos nos ofrecieron un espectáculo sin igual en las cercanías de Candasnos. Cerca de allí, en la laguna, cientos y cientos de trigueros habían decidido montar un dormidero. Atardecía y el cielo se incendió.

Estornell vulgar - estornino pinto - Sturnus vulgaris




Su primo el estornino negro (estornell negre, Sturnus unicolor)


Atardecer en Candasnos






El título de esta entrada del blog es ¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?. En realidad no tienen nada en común (que yo sepa), excepto que ambos fueron mencionados a lo largo del día en nuestras largas y surrealistas charlas en el coche. Pero aunque sé que hubo una anécdota graciosa relacionada con el señor Hawking no consigo recordar de qué trataba. Y por eso llamé a Alba en busca de ayuda.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza"

Pero ella tampoco la recuerda.