sábado, 14 de octubre de 2017

Bausen: zorros y aves

Es ya una tradición que cada 24 de septiembre, festividad de la Mercè en Barcelona, salga al campo a ver aves.

En el año 2015 decidí dedicar el día al que a la postre iba a ser mi último intento de ver urogallo en Bausen (Vall d'Aran). Había hecho intentonas otros años, siempre con resultados negativos. Y no voy a jugar con el misterio. En esta ocasión tampoco hubo suerte, aunque el día no defraudó.

Tras dormir unas pocas horas partí de Barcelona muy pronto, hacia las 3 de la madrugada, lejos aún el alba. Y tardé casi cuatro horas en llegar porque los últimos cincuenta kilómetros hasta Vielha los recorrí con bastante lentitud para intentar evitar atropellos de los abundantes mamíferos de la zona: zorros básicamente, pero me robó el corazón un tejón que decidió cruzar ante los faros de mi coche caminando torpemente y con aire bonachón. Pude frenar y esquivar al animal, que se llevaría un susto de muerte, al igual que yo. Sin reducir (ni aumentar) el paso siguió trotando a la misma velocidad pero realizando un lento giro de 180 grados arrastrando dulcemente su panza bajo él. Su hermosa cara pintada desapareció por el mismo punto por el que había aparecido.

Llegué sin embargo a Bausen antes de la salida del sol. La espectacular e inmensa vía láctea resplandecía en lo alto, en un cielo repleto de purpurina, propiciado por la lejanía de las grandes urbes y por la protección de las grandes montañas que rodeaban el valle.

Como decía, no hubo urogallos, pero sí una gran variedad de fauna que hizo mis delicias. Como si un karma divino quisiera premiar mi exitoso intento de no atropellar mamíferos, la providencia me permitió sorprender nada más y nada menos que a un raposo en pleno descanso matinal. Esto no ocurre todos los días. Sus agudos sentidos le permiten al zorro detectar a los enemigos en el silencio del bosque a suficiente distancia como para no ser descubierto.

Pero en esta ocasión se cambiaron las tornas. El zorro descansaba y no advirtió mi presencia. Le observé y disfruté del momento con la emoción del niño que descubre a un ser mitológico. Y me alegré mucho de haber sido yo quién topó con él, y no alguien armado con escopeta.

Alzó la cabeza en algún momento, husmeó el aire, tiesas las orejas, atento a quizá algún ruidito que yo podía haber emitido. Pero mi total inmovilidad me hicieron invisible a sus ojos. Puesto que no percibió ningún olor que lo alarmara, prosiguió su descanso.

Guineu - zorro - Vulpes vulpes



Tras hacerle compañía unos minutos me retiré con cuidado. Conseguí no asustarlo y me alejé montaña arriba.

En los bosques más elevados me topé con agateadores norteños y ya en los prados alpinos los habituales bisbitas me dieron la bienvenida. Milanos reales, buitres leonados, collalbas grises... las aves se movían por el suelo o por el cielo, en un hábitat que siempre es garantía de dureza pero también de espectacularidad.

Milà reial - milano real - Milvus milvus


Voltor comú - buitre leonado - Gyps fulvus


Bosques subalpinos trepan por las abruptas pendientes


Bausen desde lo alto



En las partes bajas del valle, en las cercanías del pueblo, son frecuentes los picos medianos y los carboneros palustres. Matas de muérdago parasitan los árboles, y los paseos entre los hayedos invitan a sentirse en paz con nuestro planeta y con la naturaleza que lo habita.

Mallerenga d'aigua - carbonero palustre - Poecile palustris


Vesc - muérdago - Viscum album


Cercanías de Bausen


martes, 19 de septiembre de 2017

¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?

Esto es un desastre. Hace tanto tiempo que realicé esta salida que apenas recuerdo los detalles. Y en estos momentos no encuentro una libreta, la libreta, en la cual tenía mis apuntes. Pero es normal que no la encuentre. El almacén de mi tienda es una leonera: tengo aquí las cosas de mis padres y las mías, además de todos los trastos que ya habitaban antes estas cuatro paredes.

No me queda más remedio que llamar a Alba y preguntarle qué recuerda de aquel día. Porque a lo mejor la libretita acaba apareciendo... pero a lo mejor no.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza", pienso mientras marco su número de teléfono.

Con la poca información que tengo continúo el trabajo.

Mi amiga Alba lleva años aficionándose a la ornitología. Poquito a poquito, lentamente, se engancha más y más, como de hecho también hacemos los que llevamos más tiempo metidos en el ajo, que con el paso de los años (debido a ello en realidad) nos enganchamos cada vez más.

Una de las aves que ha buscado con más ansia ha sido la avutarda (Otis tarda). Me acompañó en el 2014 hasta cierto lugar en Aragón, pero no tuvimos suerte. Volvimos a intentarlo en el 2015 en la misma localidad. El resultado fue un único ejemplar volando muy lejano durante un instante, una pequeña mancha blanca apenas visible con prismáticos que se desvaneció tan rápido como apareció.

El 12 de febrero del 2016 hicimos un tercer intento.

Cargados de prismáticos, cámaras de fotos, telescopio, bocadillos, agua, dos teckels y mucha ilusión partimos temprano de Barcelona para recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Éste va a permanecer en secreto por razones de seguridad. La avutarda es un ave delicada a pesar de su gran tamaño, y necesita tranquilidad e intimidad. En las llanuras, su hábitat habitual, con tanta visibilidad, es fácil que se sientan molestadas por desaprensivos.

Tan solo confesaré que de nuevo la intentona fue en Aragón. A medio caminos paramos y tomamos un café. Y aunque nuestro objetivo fuera pajarear en las estepas, la jornada de un ornitosectario comienza siempre en... todos los sitios a cualquier hora. Siempre hay pájaros que ver. En la gasolinera donde paramos había grajillas. Siempre hay algo que mirar... siempre.

Gralla - grajilla - Corvus monedula




Nos despedimos de las grajillas y fuimos en busca de las avutardas, aún lejanas. Uma y Pina, las dos perritas teckels que nos acompañaban, nos tenían entretenidos durante el viaje. Aunque le dijimos a Uma en más de una ocasión que debía permanecer en el asiento trasero del coche ella estaba empecinada en que las vistas serían mejores desde la parte delantera del vehículo. Y puesto que tenía un cuerpo largo y estirado y unas patas muy cortas, usando la experiencia heredada genéticamente de sus antepasados decidió que los bajos del asiento del copiloto eran lo suficientemente estrechos y oscuros como para recibir la catalogación de hura.

Apareció la cabeza de Uma entre los pies de Alba. Ésta la tomó en brazos y la pasó de nuevo al asiento posterior del vehículo. A Uma le gustó el nuevo juego y decidió repetirlo unas cuantas veces. Saltaba al suelo, pasaba por debajo del asiento derecho y aparecía bajo la guantera con cara de satisfacción. Alba la devolvía al asiento trasero y todo volvía a comenzar. Pina contemplaba la escena con sumo interés, quizá haciendo apuestas internas sobre quién ganaría la batalla.

- Creo que ahora la normativa obliga a llevar los perros en la parte de atrás -apunté-, habría que sujetarlas de alguna manera.

Una vez llegados a nuestro destino todo parecía prometer un día maravilloso. Nos dieron la bienvenida calandrias y cogujadas. En las ruinas cercanas se posaban grajillas y chovas y nos sobrevolaba algún cernícalo. Un precioso arco-iris tuvo la gentileza de aparecer para adornar el paisaje y empaparnos de belleza.



Tras unos primeros minutos de deleite decidimos ponernos manos a la obra. ¡Íbamos a buscar avutardas! Montamos de nuevo en el coche y regresamos a la carretera. La atravesamos y nos internamos en una pista cercana que a mí me parecía más adecuada para nuestros orníticos propósitos.

Estábamos pletóricos de energía y de alegría. La Otis se sentía, se palpaba. El día era perfecto: aún muchas horas por delante, visibilidad inmejorable y magnífica temperatura. Yo estaba convencido de que iba a ser una gran jornada y de que íbamos a cumplir nuestros objetivos. Alba compartía mi optimismo. Parecíamos personajes de Disney a punto de entonar una canción.

Las primeras notas de un absurdo canturreo se estaban formando ya en mi cerebro cuando el arcoiris desapareció y las ruedas del coche se hundieron y éste se detuvo.

- ¡Merda! -gruñí en mi catalán barcelonés.

Vaya, vaya... resultó que no estábamos en una película de Disney, si no en un espagueti western. Maldije, pero el desierto me escuchó con absoluta indiferencia.

Era un problema inesperado. Unas lluvias de días anteriores habían humedecido el suelo y habían convertido lo que parecía un camino liso y duro en un terreno con una consistencia blanda y pegajosa. Porque aunque visualmente no lo parecía en realidad todo era barro. Mucho barro. Barro por todas partes. Avutardas, ni una, pero barro...

Aceleré un poco y el coche se movió unos metros. Pero se fue frenando cada vez más y más hasta detenerse mientras emitía unos extraños rugidos bajo el maletero. Alba bajó y evaluó la situación. Decidió empujar y pudimos avanzar un poco más. Se puso al volante ella, empujé yo... Aún nos movimos unos centímetros, pero era inútil seguir así.

Había que pensar y no usar la fuerza bruta. De nada serviría destrozarnos la espalda cuando estábamos a cientos de metros de la carretera asfaltada. Había que estudiar la situación: el coche no se movía pero apenas estaba hundido en el camino. ¿Qué estaba pasando?

Me agaché junto al vehículo y descubrí el problema: el barro se había pegado a las ruedas aumentando el grosor de éstas, como la típica pelota de nieve que cae por una ladera y se hace más y más grande (al menos en los dibujos animados, porque siempre que he intentado hacer algo así en la vida real el resultado ha sido siempre bastante decepcionante). Tanto aumentaron de tamaño convirtiéndose en "ruedas de barro" que llegaron a tocar la carrocería del coche hasta formar un muro compacto que no dejaba ni un ápice de aire entre el caucho y el metal y que había reducido la movilidad de los cuatro neumáticos a cero.

Tocaba cavar.

Al principio con palos y al final con las manos conseguimos extraer varias decenas de kilos de un cemento compuesto de barro, piedras, hierbas secas y ramas. Terminamos exhaustos tras una hora de vaciar lo suficiente el pegajoso amasijo para permitir que las ruedas pudieran moverse un poco.

Uma y Pina nos miraban ofendidas desde el asiento posterior. Se habían ensuciado los pies y en el caso de Pina unos gruesos zapatos de pesado barro le impedían incluso caminar.

Sentado de nuevo al volante hice una primera intentona. Alba empujó y conseguí subir el coche al campo adyacente que estaba elevado unos centímetros con respecto al camino. Los hierbajos secos habían impedido que en el campo el barro fuera tan agresivo.

Arranqué de nuevo y puse la primera mientras Alba esperaba fuera para que el coche pesara un poco menos. ¡Funcionó! Avancé unos metros muy lentamente para permitir que ella me alcanzara. Tras una corta carrera subió al vehículo y se puso el cinturón. Recorrimos unos cien metros y le aconsejé que se agarrara. Íbamos a dar un saltito. Sin frenar, salimos de nuevo al camino en un punto más pedregoso, mientras pedazos de barro salían disparados de las ruedas y de los bajos. Yo notaba la resistencia al avance y el sufrimiento del coche, pero al final conseguimos llegar de nuevo a la carretera asfaltada.








Así quedó el interior



Olvidadas las avutardas tomé la decisión de hacer algunos kilómetros para facilitar el desprendimiento de lo que quedara adherido por allí abajo. Nos detuvimos finalmente en el arcén y me arrodillé de nuevo junto a las ruedas. Comprobé que aún quedaba mucho barro por extraer, también entre los muelles de los amortiguadores, invisibles ahora y convertidos en meros cilindros lisos rellenos como canelones gigantes.

- Qué desastre -dijo Alba.
- Quizá habría que plantearse la posibilidad de volver -apunté yo-, no está el terreno para circular y podemos quedarnos enganchados de nuevo. Eh... hum, creo que hoy deberíamos olvidarnos definitivamente de las aves y... allí se mueve algo.

Monté el telescopio dejando olvidado al pobre coche. Un grupo de ortegas se arrastraba por el suelo a unos cientos de metros de nuestra posición. Nos acercamos a ellas hasta una distancia prudencial.

- No las veo muy bien -confesó Alba.
- ¿No? ¿cómo es eso?
- No acabo de acostumbrarme mucho al telescopio, si me muevo veo por el ocular como la imagen desaparece bajo un velo negro. Lo veo negro. Negro cómo nuestro futuro...

Rió ruidosamente. Sus palabras eran pesimistas pero su mirada y su risa parecían decir otra cosa. Aunque no estoy seguro de si en el fondo se lo estaba pasando bien o si eran las carcajadas demenciales de una psicópata. Por mi bien esperaba encontrar avutardas pronto. Por si acaso.

Nuevo intento. Regresamos al punto caliente, conduciendo con lentitud y esta vez sin meternos en pistas de tierra. Algo llamó mi atención por el rabillo del ojo. No me lo podía creer. ¡El coche acababa de espantar a una avutarda! En efecto, unas grandes alas con mucho blanco se alejaban del flanco izquierdo del vehículo, justo el que no ocupaba Alba. El avistamiento apenas duró unos segundos y el ave desapareció. Alba se sintió frustrada y ambos nos lamentamos por haber asustado sin pretenderlo al animal, que al parecer se hallaba inusualmente cerca de la carretera asfaltada.

Me puse a pensar. Seguí con la mente la dirección que había tomado el ave. Di vuelta al coche y éste, aún dolorido, entre botes y desagradables vibraciones nos llevó por donde habíamos venido. Tomé una segunda carretera y me dirigí hacia donde tal vez estaría la avutarda.

Detuve el coche en el arcén y bajé. Enfoqué los prismáticos... Mmm... Algo se movía... ¡Bingo! No me atreví a gritar, así que hice gestos con las brazos para avisar a Alba, que permanecía en su asiento. Pero ella se estaba mirando los pies, o tal vez el móvil y no me veía. Tuve que golpear el parabrisas para que alzara la mirada. Comprendió enseguida mis gestos y se apeó.

Allí estaban. Dos avutardas caminaban tranquilas buscando alimento, a cierta distancia, ajenas a nosotros. A través del telescopio Alba pudo por fin cumplir su sueño. Apoyando el móvil en el telescopio conseguimos algunas imágenes testimoniales de este animal mítico, al cual decidimos dejar de importunar marchándonos a otro lado.

Pioc salvatge - avutarda - Otis tarda


¿Y qué conclusión sacamos de toda esta parrafada? Pues ninguna. O puede que un par: que para triunfar hay que sufrir, o tal vez que una mala experiencia puede ser el preludio de algo bueno... pero como a mí no me pagan por filosofar (de hecho no me pagan nada en absoluto) y esto no es más que un triste blog personal dejaré entonces que cada uno deduzca la moraleja.

Como habían pasado ya muchas horas y el objetivo estaba cumplido consideramos prudente iniciar el regreso. Los muchos kilómetros dan para algún pájaro a través de las ventanillas, pero sobre todo dan para mucha charla (y para jugar con Uma al delante-detrás).

- Puede que haya menos cultura que hace años -comentaba Alba.
- Tengo entendido que uno de los libros más vendidos es el de la tía esa de la tele, la Belén Rueda.
- ¿Belén Rueda? No, hombre no... Tú dices la Belén Esteban.
- Ah, eso.

Miles de estorninos nos ofrecieron un espectáculo sin igual en las cercanías de Candasnos. Cerca de allí, en la laguna, cientos y cientos de trigueros habían decidido montar un dormidero. Atardecía y el cielo se incendió.

Estornell vulgar - estornino pinto - Sturnus vulgaris




Su primo el estornino negro (estornell negre, Sturnus unicolor)


Atardecer en Candasnos






El título de esta entrada del blog es ¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?. En realidad no tienen nada en común (que yo sepa), excepto que ambos fueron mencionados a lo largo del día en nuestras largas y surrealistas charlas en el coche. Pero aunque sé que hubo una anécdota graciosa relacionada con el señor Hawking no consigo recordar de qué trataba. Y por eso llamé a Alba en busca de ayuda.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza"

Pero ella tampoco la recuerda.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Papa

Como siempre, me ha costado un poco trepar pero ya estoy arriba. Mis piernas y brazos aún algo cortos no son muy útiles para llegar a las ramas más lejanas, pero mi ligero peso y la agilidad de mi cuerpo son ideales para encaramarse a lo más alto del castaño. Se trata de un árbol fuerte cercano a la casa de la bruja, en lo alto de la montaña de los castaños.

Los niños no debemos acercarnos a la casa de la bruja, nos recuerdan de vez en cuando los mayores. Es peligrosa. Vivió una bruja allí y tal vez aún lo haga. Quién sabe lo que podría hacerle a los niños que traspasan los muros de su vivienda. Sin embargo ningún mayor dijo nada de no trepar a los árboles cercanos.

Desde allí contemplo un paisaje familiar: el bosque... mi bosque. Mis árboles favoritos. Mi amiga la naturaleza. Ese mundo maravilloso que se abre ante mí y que aún debo descubrir casi por completo. Me intrigan los secretos de aquel paraje alejado de los hombres. El silencio me envuelve. Pero no es total, la brisa mece las brillantes hojas y las risueñas aves cantan por ahí cerca.

Me acomodo en el árbol, seco y áspero. El sol del verano tardío calienta mi rostro. Estoy a gusto. Siempre lo estoy cuando vago solo por el bosque. Abrazo la rama y contemplo el paisaje... por el rabillo del ojo percibo algo. Un pajarillo se ha posado cerca de mí y me mira. O más bien me estudia. Yo quedo fascinado. Tiene el pecho amarillo y las plumas de su espalda son azuladas. Una cara blanca aparece surcada por lo que parece un pequeño antifaz negro. Que combinación de colores más bonita.

Yo, por supuesto, no lo sé todavía, pero acabo de vivir un momento mágico en mi vida que se me va a quedar grabado en la mente para siempre. Seguro que los años han distorsionado algo el recuerdo, pero no lo suficiente.

Tiempo después, tal vez años (lo que le pareció a mi yo de la infancia), tal vez meses (lo que seguramente fue), hojeando un libro de ciencias naturales en casa descubro algo impresionante.

- ¡Herrerillo común!

Ahí está. Mirándome otra vez, ahora desde las páginas de un libro. No hay duda. Aquel dibujo hacía honor al ave que me miraba desde la ramita de un castaño. "Vaya herrerillo grande hay aquí posado", pensaría el párido cuando topó conmigo. El que yo veía ahora en las páginas del libro parecía pensar lo mismo. La distribución de colores era justo la de aquel duendecillo que vi en el bosque, aquel pícaro animalito que me miraba con sus ojitos relucientes, brillantes como perlas negras, y tuve una revelación. Una auténtica revelación. ¡Era posible identificar a los animales gracias a los libros! Para mi total gozo, ¡alguien se había tomado la molestia de estudiarlos y plasmarlos en sus páginas!

Mi vida cambió. Más adelante descubrí que había libros aún más especializados. E incluso algunos que recomendaban como estudiar a los animales en su entorno: parecía adecuado hacerse con unos prismáticos y tomar notas. Se empezó a forjar el naturalista de campo que quizá todos los niños lleven dentro.

Pasó el tiempo y allí mismo, en las montañas de la Serra del Corredor, a unos kilómetros del pueblo de Vallgorguina, descubrí al garrulo arrendajo, al escandaloso pito real, al asustadizo mirlo y a muchos otros más habitantes de la floresta.

Pasábamos los fines de semana y el verano en una masía situada en medio del bosque. Al principio fue Can Saleras, desde mi nacimiento en 1972 hasta que cumplí tal vez cuatro o cinco años. No teníamos luz eléctrica (usábamos quinqués de aceite y linternas), ni gas (se cocinaba con leña o con bombonas de butano) ni teléfono. El agua procedía directamente de una mina cercana.

A esa corta edad me trasladaron a Can Burget, la casa vecina situada unos cien metros más abajo, y allí terminé de pasar mi infancia siguiendo la misma fórmula: fines de semana y el verano. No estoy seguro de hasta qué época estuve allí, pero probablemente cumplí allí los once o doce años.



Descubrí en aquel bosque la diferencia entre sonidos agudos y graves. Un libro decía que el canto del cárabo era agudo, y yo andaba como loco por ver búhos del tipo que fuera. Había oído en muchas ocasiones unos gritos agudos en árboles, sin llegar nunca a identificar al emisor. Lo curioso es que siempre se oían de día. Una tarde me puse a trabajar en serio. Caminé de la manera más sigilosa posible para aproximarme a un ave que insistía con su canto en un árbol cercano. La oía casi delante de mí. Pero por mucho que miré no vi nada más que una paloma torcaz que alzó el vuelo. Tal vez asustada por mí, tal vez asustada por el cárabo, animal éste que se camufla muy bien entre las ramas de los árboles.

Esperé en silencio. El cárabo cantó algo más lejos. ¡Se había movido! Repetí la operación con toda la paciencia de la que un naturalista es capaz. El resultado fue que volví a espantar a una paloma torcaz. Algo se retorció en mi cerebro. El método científico no dejaba  muchos cabos sin atar. Al parecer, lo que yo tomaba por un cárabo era una paloma torcaz. Pero mi guía de aves decía que la torcaz tenía un canto grave no agudo. ¿Estaba, entonces, mi creencia de lo que era agudo y grave, trastocada? Así era. Gracias a unas grabaciones que adquirí años después (el Walkbird, dos cintas de cassete con los cantos de las aves de Europa) corroboré lo que ya sabía para entonces: el canto de la paloma torcaz es grave.

¿Cuántos naturalistas y ornitólogos compartimos infancias semejantes? Supongo que muchos.

Nunca agradeceré lo suficiente a mi padre, miembro de los Montañeros de Aragón, que me llevara de pequeño al paraíso, que me diera semejante oportunidad: la de crecer en lo que para mí era el mejor mundo que pude haber tenido para vivir mi infancia. Y que me diera libertad absoluta de movimientos, desde que desayunaba por la mañana hasta la cena por la noche. El bosque era mío, y las escurridizas lagartijas, que dejaban caer su cola cuando intentaba capturarlas... las espectaculares salamandras bicolores, el perezoso sapo que aparecía todas las noches bajo la ventana...

-¿Cómo se llamaba?-preguntaba mi padre.
Cipriano- decía yo a veces, -Mariano-, decía otras, e invariablemente mi padre contestaba siempre de manera afirmativa.
- Ah, sí, Mariano...

Agresivas mantis religiosas, esquivos saltamontes, que salían disparados como si una minúscula catapulta los hubiera usado como munición, hermosas mariquitas de color rojo sangre y punteadas con tinta negra, pacientes caracoles, cuya lentitud les impedía escapar a la mirada y al acoso de un niño impertinente... aquel ejército de seres, todos ellos y muchos más se convirtieron en mis confidentes y mis amigos.

Todo empezó gracias a él. Mi padre amó las montañas. Mi padre, que se emocionaba como un niño cuando respiraba el aire puro de las mañanas... que recogía leña, que presumía de lo buenas que estaban las tostadas hechas sobre las brasas de la hoguera. Que iba a buscar troncos a la leñera para alimentar aquel mismo fuego cuando anochecía y la oscuridad me aterrorizaba. Que me reñía por leer con una pequeña luz hasta tan tarde... Que se asustó y corrió mucho, muchísimo, cuando le dije que un niño había caído en la balsa y se podía ahogar... Mi padre, que era humano y cometía errores y aciertos. Al final resultó que tenía tantos miedos como yo. Y que no era inmortal.



Mi madre, la amante de los animales hizo el resto. No hay palabras suficientes para describir ni la influencia maravillosa que tuvieron ambos sobre mí ni lo agradecido que estoy a los dos por la vida que me han dado.

Buen hombre, has ido tras tu mujer. Se fue poco antes que tú y no has querido vivir sin ella.

Descansa en paz papa, descansa en paz caballero. Gracias por haberme convertido en lo que soy. Yo estoy orgulloso de ti. Te quiero. Os quiero.

lunes, 15 de mayo de 2017

Un pequeño estudio de la migración post-nupcial en la ciudad de Barcelona

Como se ha visto en entradas anteriores durante septiembre, octubre y noviembre del 2016 dediqué varias jornadas a la observación de las aves que sobrevuelan Barcelona en su viaje hacia el sur durante la migración otoñal, viaje que les ha de llevar hasta zonas más meridionales de la península ibérica y en la mayoría de los casos hasta África.

En años anteriores también realicé este seguimiento pero el esfuerzo fue bastante inferior, aunque con resultados interesantes también.

Esto es una recopilación de todas esas observaciones, prestando especial atención al pasado año 2016, en el que el esfuerzo fue más serio (no mucho más... pero al menos lo intenté). Dediqué un total de 47,5 horas al conteo de las aves, repartidas de la siguiente manera:

Septiembre: 31 horas
Octubre: 5 horas
Noviembre:  11,5 horas

Debido a esta mala distribución del tiempo no se pueden sacar grandes conclusiones sobre la migración de las rapaces en Barcelona. Tampoco ayuda la distinta distribución de los horarios, con diferentes franjas que variaron entre las 7.30 (la hora de inicio más temprana) y las 17.50 (la hora de finalización más tardía). Pero en cualquier caso no cabe duda de que existe, año tras año, un paso interesante sobre la ciudad.

Pernis apivorus - aligot vesper - abejero europeo, rodeado de vencejos reales (Apus melba)




NÚMEROS TOTALES DE RAPACES EN MIGRACIÓN (SEPTIEMBRE-OCTUBRE-NOVIEMBRE DEL 2016):

Pernis apivorus: 64
Circus aeruginosus: 12
Falco tinnunculus: 11
Aquila pennata: 7
Accipiter nisus: 5
Pandion haliaetus: 3
Buteo buteo: 1
Circaetus gallicus: 1
Falco eleonorae: 1
Falco columbarius: 1
Accipiter gentilis: 1
Rapaz sin identificar: 2

Total: 109

A pesar de no ser un número excesivamente elevado, no debemos olvidar el reducido número de horas dedicadas a la observación y las pocas fechas en octubre y noviembre. Ello no ha impedido sin embargo registrar 11 especies diferentes de aves rapaces sobrevolando una gran urbe como es la ciudad de Barcelona (se puede agregar una duodécima especie, pero fuera del listado de la migración: los halcones peregrinos locales, presentes en muchas de las jornadas).

Falco peregrinus - falcó peregrí - halcón peregrino




NÚMEROS TOTALES DE AVES NO RAPACES EN MIGRACIÓN (SEPTIEMBRE-OCTUBRE-NOVIEMBRE DEL 2016):

Hirundo rustica: >2078
Sturnus vulgaris: >1432
Phalacrocorax carbo: 94
Merops apiaster: 50
Turdus philomelos: 31
Ardea cinerea: 21
Delichon urbicum: >20
Carduelis spinus: 17
Riparia riparia: >12
Columba palumbus: 8
Anthus pratentis: 8
Motacilla cinerea: 6
Motacilla alba: 5
Fringilla coelebs: 5
Ficedula hypoleuca: 2
Upupa epops: 1
Alauda arvensis: 1
Carduelis carduelis: 1

Total: 3792


El punto rojo en el mapa mostrado a continuación indica el lugar de observación (fuente: Google Maps). Al noroeste queda la sierra de Collserola. Al sureste el puerto de Barcelona. La inmensa mayoría de aves (rapaces y no rapaces) entraron por el noreste y abandonaron la ciudad por el suroeste, siguiendo una ruta paralela a la costa central catalana.




A continuación comentaré cada especie por separado. He añadido un poco de información de años anteriores, pero el esfuerzo fue mínimo dentro del mismo periodo (septiembre a noviembre): unas pocas fechas en el 2015 y el 2014, y aún menos en el 2013 y el 2012 (apenas unas horas). Además la muestra queda algo desfigurada por lo ocurrido el 23 de septiembre del 2014, maravilloso día en el que hubo un paso espectacular y que dejó estos números en apenas unas horas:

Phalacrocorax carbo: 5
Ciconia nigra: 1
Ciconia ciconia: 1
Pernis apivorus: 249
Circaetus gallicus: 3
Circus aeruginosus 13
Circus sp.: 1
Pandion haliaetus: 1
Falco sp.: 16
Falco tinnunculus: 39
Falco subbuteo: 4
Falco eleonorae: 4
Falco peregrinus: 9

Sigue siendo hasta el momento la mejor jornada de migración que he tenido en este lugar.

Falco subbuteo - falcó mostatxut - alcotán




COMENTARIOS POR ESPECIES ORDENADAS POR NÚMERO DE EJEMPLARES (DE MÁS A MENOS):

Pernis apivorus - Aligot vesper - Abejero europeo:
La rapaz más abundante. Del total de 64 ejemplares, 63 fueron observados en septiembre (primeras 2 aves el día 17) y 1 en noviembre (el día 3). Pero su ausencia en octubre es debida con seguridad a las pocas horas dedicadas al censo. Lo mismo ocurre con otras especies. El día con más ejemplares fue el 22 de septiembre (25). Observados 35 en el 2015 y 302 en el 2014 (la mayoría aquel famoso 23 de septiembre mencionado más arriba).






Circus aeruginosus - arpella vulgar - aguilucho lagunero:
Un total de 12 ejemplares, todos observados en septiembre. Fue la primera rapaz observada durante la migración, el día 4, cuando pasaron 2 ejemplares. El último lagunero pasó el día 26. El máximo de ejemplares en una jornada fue de 4 (días 17 y 25). Se vieron 21 en el 2015 y 14 en el 2014.





Falco tinnunculus - xoriguer comú - cernícalo vulgar:
De los 11 ejemplares observados de esta especie 10 se vieron en septiembre (primera fecha el día 6, con 1 ave) y 1 en octubre (día 4). Esta es la única especie (junto con Falco peregrinus, que sin embargo no apareció en migración) nidificante en la zona, y por lo tanto susceptible de confusión entre ejemplares locales y ejemplares en paso. Se puso especial atención en la correcta separación de los dos grupos, y los 11 ejemplares censados son sin duda migrantes. En el 2015 se contabilizaron 10 ejemplares y 40 en el 2014.



Aquila pennata - àguila calçada - águila calzada:
Los 7 ejemplares de esta especie pasaron todos el mismo día, el 3 de octubre, con la particularidad de que todos realizaban migración inversa: se movían en dirección noreste, probablemente para bajar por Italia. La falta de más citas se debe con seguridad a las pocas horas dedicadas en ese mes. Además, el 3 de octubre solo pude subir a la azotea una hora y media, desde las 14:55 hasta las 16:25. Es muy probable que a lo largo de la jornada más calzadas cruzaran sobre la ciudad. Anteriormente, solo un ejemplar en el 2014.

Accipiter nisus - esparver vulgar - gavilán común:
Tan solo 5 ejemplares. El primero apareció el 25 de septiembre. El 2 de noviembre apareció un ejemplar y dos al día siguiente. El último se observó el 14 de noviembre. Se vio uno en el 2015 y cinco en el 2014.



Pandion haliaetus - àguila pescadora - águila pescadora:
Se observaron tres ejemplares: uno el 4 de septiembre y dos el 17 del mismo mes. En el año 2015 pasó un ejemplar y cuatro en el 2014. Una de las aves más espectaculares y también más regulares, y por lo tanto muy esperada siempre.




Buteo buteo - aligot comú - busardo ratonero:
Un único ejemplar el 8 de noviembre contra los cinco que se observaron en el 2015. De haber dedicado más horas en noviembre tal vez hubiera aumentado el número de citas. Ese único ejemplar, tal como se aprecia en la foto, es un poco especial: plumaje adulto con ausencia de banda terminal en la cola... aún le estoy dando vueltas.



Circaetus gallicus - àguila marcenca - culebrera europea:
Un ejemplar el 3 de octubre. Uno también en el 2015 y cuatro en el 2014. Otra ave impresionante regular sobre la ciudad. En la foto, una culebrera siguiendo a un abejero.



Falco eleonorae - falcó de la reina - halcón de Eleonora:
Una de las sorpresas más agradable de la migración. Un ejemplar el 13 de septiembre. Ninguno en el 2015 y cuatro en el 2014.



Falco columbarius - esmerla - esmerejón:
Uno de los dos "estrenos" de la temporada. El ave observada el 2 de noviembre fue la primera de su especie desde la azotea. Ningún ejemplar en años anteriores. Han sido por tanto cuatro las especies de halcones observadas durante el 2016: cernícalo vulgar, halcón peregrino (éste como residente, no en migración), halcón de Eleonora y esmerejón. Ha fallado el alcotán, que sí se observó en el 2015 (un ejemplar) y en el 2014 (seis ejemplares).

Accipiter gentilis - astor - azor:
El otro "estreno". Un ave el 24 de noviembre, ningún ejemplar en años anteriores. Es ésta una especie totalmente inesperada: de por sí ya es un ave poco frecuente en migración. Teniendo en cuenta las pocas horas dedicadas a la observación en noviembre considero una auténtica suerte la cita.

lunes, 8 de mayo de 2017

Mama

El sol cae con dureza. Noto como se quema mi nuca, pero no me muevo.

Un vencejo, de luto, negro, sobrevuela los pinos cercanos, como un triste ángel anunciador. Pero en realidad no trae mensajes de dolor, si no de dulzura y placidez. Mensajes de alegría. El vencejo me dice que va a estar bien acompañada. Que él y los carboneros, los herrerillos, los pinzones, las golondrinas, los ruiseñores, entre los que se encuentra el primero que he oído este año, pocos minutos antes... el vencejo me dice que todos ellos la cuidarán. Pero yo sé que no va a ser así: ella va a cuidar de ellos. Siempre se ha ocupado de todos, incluso de un mundo que no se la merecía.

El sol calienta las rosas de las coronas. Reposan en el suelo junto a su lugar de descanso. Yo me doy la vuelta y contemplo el bosque. Está bien, es un lugar bonito y tranquilo.

Ya eres polvo de estrellas.



Un vencejo en el cielo
en el bosque un ruiseñor
una madre, una princesa
estrella de dulce velo
el vencejo anunciador.


Te quiero.

Descansa.

viernes, 21 de abril de 2017

¡Grullas en mi cama!

14 de agosto del 2016

Sílvia y yo estamos charlando sentados en casa. Me levanto para ir a la mesa, que está tras el sofá, y voy hablando mientras camino pero me interrumpo para lanzar un grito espantoso. He oído un 'crack' y he notado un dolor terrible en el pie.

Sílvia me mira con cara de asustada. Yo también estoy asustado, más que ella: miro hacia abajo y contemplo el dedo meñique de mi pie derecho. En lugar de lucir paralelo a sus cuatro hermanitos mira hacia Cuenca en un bonito ángulo de casi noventa grados. Las chancletas que llevo puestas no me han salvado en el choque contra la esquina del sofá.

El alarido habrá espantado a miles de aves en un radio de kilómetros. Alguna sería bimbo, seguro.

- Creo que me lo he roto... -le digo a Sílvia.

Ella mira por encima del sofá, asomada con sus bonitas manos apoyadas sobre él, como si estuviera en un balcón. Sus ojos incrédulos miran desorbitados mi pie.

Instintivamente, sin darme cuenta de lo que estoy haciendo mi mano desciende hasta el dedo roto y lo coloca en su sitio con un empujoncito.

"¡Clac!" -se oye.
-Ah, pues no, no estaba roto...

Tras decir esa tontería me desplomo en el sofá junto a Sílvia, pálido por el dolor.

Ella corre a buscar hielo y me mima mientras sigo diciendo idioteces sobre no se qué de un pie y de un dedo.

El dolor se pasa poco a poco, hasta el punto de que parece que todo vuelve a la normalidad.

Ocho días después, tras una semana de trabajo y un fin de semana viendo buitres, águilas perdiceras y alimoches en las montañas cercanas a Horta de Sant Joan decido ir al médico porque me duele el pie.

- Tiene usted un dedo roto -me dice un médico mientras contempla la radiografía de mi pequeñín. En efecto, la base del meñique se rompió cuando éste besó al sofá.

Lo que es la genética... tengo ascendentes maños y vascos. ¿Me va a impedir a mí una fractura pequeñita trabajar una semana y patear montañas? ¡Ahibalahostia pues!

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6 de noviembre del 2016

Han pasado tres meses y mi dedo está totalmente recuperado.

Nos hemos despertado hace poco, deben ser las ocho o las nueve de la mañana. Ambos remoloneamos en la cama. La pereza empieza a desvanecerse, aunque lo hace de manera, como... como... como si la pereza tuviera pereza.

Es un domingo que se promete agradable. Sílvia bosteza y se estira. Bromea conmigo. Alarga sus brazos sobre la cama y tira de la correa que cuelga junto a la ventana. La persiana sube y nos permite ver un día soleado en el mundo de al lado, el que existe más allá del dormitorio. Hablamos de la posibilidad de ver alguna grulla en migración hacia el sur. O más bien de que la vea ella, porque yo sin gafas no veo un pijo.

Llevo días hablándole de las grullas a Sílvia. Aún no he visto ni una este otoño. Ella sabe que podemos ver una en cualquier momento desde cualquier lugar. Con voz alegre (siempre se despierta de buen humor, como yo) me anuncia que un pajarillo está cruzando el cielo. Hay pocas esperanzas de que sea una grulla porque siempre vemos a las gaviotas patiamarillas sobrevolando Badalona.

Incluso sin lentes -las recupero, estaban sobre la mesilla de noche- he visto cierta lentitud en el desplazamiento de esa mancha borrosa que me pone en alerta. Podría ser desde un moscardón hasta un Airbus A380. Miro con mis gafas y me quedo helado. O más bien encendido como un volcán en erupción. ¡Parece una grulla!

Salgo corriendo... descalzo.

Voy a buscar los prismáticos que están en la sala de estar. Corro y corro, y vuelvo corriendo y corriendo. Miro por la ventana del dormitorio mientras a Sílvia casi se le sale el corazón por la boca pensando en mi dedo meñique. No ha abierto boca, me contempla en silencio mientras probablemente piensa si soy tonto, o inteligente y calculador y sabía dónde estaban exactamente todas las patas de la cama y los marcos de las puertas... y las patas del sofá en que descansaban los prismáticos, tan duramente despertados de su descanso nocturno.

O tal vez solo sintió alivio al verme sano y salvo gritando con alegría "¡es una grulla!", y con todos los dedos de los pies enteros.

Finalmente fue el único ejemplar que vimos en todo el otoño, pero se llevó el premio a una de las aves del año. ¿Cuántos ornitólogos pueden decir que han visto grullas desde su cama?

Sin embargo, hubo algo mejor que la grulla aquel día. Me giré y vi a Sílvia. Me sentí afortunado. Y feliz, muy feliz de compartir un momento mágico más con ella, como otros tantos. Feliz de que sus enormes ojos marrones contemplaran al loco de los prismáticos y de que aquella sonrisa que tanto me gusta estuviera pintada en su cara de niña traviesa.



viernes, 17 de marzo de 2017

Curioso acoso de gaviota patiamarilla a garza real

Anteayer 15 de marzo contemplé un comportamiento que no había visto nunca hasta ahora.

Me hallaba en el balcón de mi casa ejerciendo "mis labores". Como todo buen ornitólogo de vez en cuando alzaba la vista al cielo. En uno de esos vistazos vi pasar sobre mi cabeza una garza real (Ardea cinerea) perseguida por una gaviota patiamarilla (Larus michahellis) adulta.

No es que volasen en la misma dirección, realmente la gaviota perseguía a la garza. Ésta realizó un par de giros para intentar esquivar a su acosadora, y eso llevó a ambas a desaparecer tras un edificio cercano.

Tal vez la gaviota tenía únicamente intenciones hostiles por asuntos territoriales (quizá la garza se había detenido en algún tejado cercano, aunque no lo creo) o tal vez realmente intentaba cazar a la ardeida, cosa que encuentro harto insólita teniendo en cuenta el tamaño de ambas. Sí es frecuente en Barcelona, sin embargo, ver a las gaviotas en actitud depredadora activa hacia las palomas, a las que persiguen y dan caza derribándolas con el pico (puesto que no tienen garras como las rapaces). Una vez herida el ave, ya en el suelo, dan rienda suelta a sus ansias de saciar su voraz apetito.

Fuera un acto de depredación o un simple mosqueo de la "pati", en cualquier caso fue impresionante ver a aquellos dos titanes del cielo sobrevolar las azoteas de la ciudad de Barcelona en actitud cazador/presa.

No hay foto del momento puesto que la observación apenas duró unos segundos, tiempo insuficiente para ir en busca de la cámara. Sin embargo a continuación expongo un par de imágenes de ambas especies. La gaviota está fotografiada en una salida por mar. La garza la retraté este domingo pasado, día 12 de marzo, en el Parc Fluvial del Besòs.

Larus michahellis - gavià argentat - gaviota patiamarilla


Ardea cinerea - bernat pescaire - garza real