miércoles, 21 de octubre de 2020

Subidón y bajón

12 de octubre del 2020

Le prometí a Mari, mi pareja, que hoy no iría a ver pájaros. Tenemos que hacer cosas en casa (como limpiar; también he de estudiar, he de entregar una práctica de la universidad el próximo jueves y ni siquiera he empezado a hacerla).

Se lo prometí porque ayer me pasé todo el día pajareando. Comencé muy bien el día en el Pla de Reixac con terrera común, alondra, bisbita arbóreo... luego visité la laguna de Mas Duran, muy cercana, con nada destacable. De allí me fui a la Llagosta, a buscar (sin éxito) un mosquitero bilistado que había sido visto aquella misma mañana en la confluencia de la riera de Caldes con el Besòs. No vi el mosquitero pero sí un torcecuello y un zorro bicolor (rojo/gris) que me compensaron. Terminé la jornada en mi querido Espinal, y el esfuerzo fue premiado con una hembra adulta de aguilucho pálido. Todos estos lugares están en la provincia de Barcelona.

Después del gran día de ayer, como decía, prometí que hoy no saldría al campo. Pero...


Son las 9:32 de la mañana.

Mientras me tomo el café matutino me llega la noticia por Whatsapp. Xavi Escobar sabe crear suspense, y va dejando pistas sobre lo que alguien acaba de encontrar en Can Dunyó (una laguna a unos veinte minutos de mi casa), mientras nos anima a ir calentando los prismáticos y a poner las llaves en el coche. Finalmente lo suelta: Alfons Hernández ha fotografiado un herrerillo azul (Cyanistes cyanus).

Al principio no lo entiendo del todo. He leído un herrerillo azul (aunque a mí me gusta más llamarlo herrerillo ciáneo), pero mi cerebro no procesa la información. ¿Es una broma? Xavi ya ha dicho el lugar, pero a través del móvil repito preguntas. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Hoy? Mis neuronas arden, pero acaban encajando las piezas: herrerillo ciáneo-Can Dunyó-ahora.

Todos mis planes se van al traste. No voy a poder estudiar ni limpiar, hay que ver qué mala suerte que tengo.

Mari duerme todavía. Ha pasado mala noche. A las cuatro de la madrugada, tras varios intentos desesperados por conciliar el sueño, había decidido levantarse y ponerse a trabajar con el ordenador. Yo me había despertado a las ocho y nos habíamos cruzado por el pasillo. Se había metido en la cama para hundirse por fin en un profundo sueño.

¡Qué dilema! Quiero ir a ver al herrerillo pero pienso que quedaría muy feo marcharme sin avisarla. Puedo dejarle una simple nota, pero me doy cuenta de que tal vez ella no comprenda mi necesidad de romper la promesa de aspirar el suelo y pasar la fregona. La emoción y los nervios no me dejan pensar con claridad. Decido que lo mejor será despertarla para explicárselo directamente. Me parece que es una gran idea.

Resulta que no lo era. Me suelta unas cuantas palabras que no comprendo, algo sobre nosequé de despertarla. Me disculpo varias veces mientras huyo de la habitación sin entender exactamente todo lo que me dice, mi cerebro solo piensa en el herrerillo.

De manera atolondrada preparo el equipo. Lo mejor es no perder tiempo en hacer bocadillos. Agua sí cojo, pero puedo aguantar horas sin comer (y de hecho sin beber también, pero el agua la cojo, tampoco hay que ser tan extremista). Nina, mi perra, me acompañará. Pero mientras preparo los prismáticos, la cámara, el telescopio, el trípode, papel, bolígrafo... sus ojos suplicantes contemplan escandalizados que no pongo nada de comida en la mochila. Decido que al menos ella sí tiene derecho a comer, la pobre. Al final me cojo una mandarina para mí también. En un arranque de genialidad robo unas galletas recubiertas de chocolate que sin duda soportarán muy bien el paseo bajo el sol y el fuerte calor que hace hoy, a pesar de estar ya entrado el otoño.

Me pierdo tres veces con el coche.

Resulta que nunca he estado en Can Dunyó y pido ayuda por Whatsapp. Me mandan una ubicación equivocada. Lo descubro tras hacer marcha atrás para no meterme en un camino privado y tras dar un rodeo acabando en un camino de cabras que no tiene mucha pinta de laguna. Un amable corredor (perdón, un runner) me dice que por ahí mejor que no me meta. Me pregunta si me he perdido. Le digo que sí pero que ya está solucionado, gracias.

En efecto, un segundo Whatsapp me da la información correcta. Conduzco arriba y abajo y tras unos cuantos kilómetros ya huelo a herrerillo ciáneo. Pero antes de saborearlo debo deshacer el camino que me indicaba el GPS y que me sugería atravesar con el coche un riachuelo de lo más majo (y de lo más intransitable). La amable voz de la mujer del navegador insiste y me anima a meter el coche en el agua. Pero yo hago oídos sordos a su espíritu aventurero y vuelvo a la carretera tras esquivar a unos caballos. ¡Yeeeehaaaaaa!

Llego a Can Dunyó. Aparco junto a otros coches de ornitólogos: ya hay unos cuantos buscando al pajarillo. Reconozco a algunos y charlo con ellos. El asunto está difícil: cuando lo vieron por la mañana a primera hora el ave voló hacia un bosque cercano. Hacia allí se dirigen las miradas.

Tras una hora de paseos infructuosos decido acercarme a la laguna que es el principal atractivo del lugar. Un pequeño observatorio de madera sirve de punto de encuentro para varios conocidos que circulan por el lugar: Dani Roca, Sergi Arís, Josep Crusafont, Xavi Escobar, Sergi Torné (alias "ornitoloco") y muchos otros desfilan por aquel punto con un único tema de conversación: el herrerillo azul.

Decido rodear la laguna y alejarme unos metros del observatorio. El ave podría estar en cualquier lugar. Pero cuando estoy a unos cien metros de distancia recibo el aviso en el móvil. Acaban de verlo justo en el punto que yo acababa de abandonar. Corro hacia allí, y por supuesto ya es demasiado tarde. Pero soy tenaz y no tiro la toalla.

Resulta que el herrerillo también es tenaz en su intento de esconderse de mí. Hasta en cuatro ocasiones vuelve a aparecer siguiendo la misma pauta: me muevo unos metros para buscarlo y él decide aparecer dónde yo estaba antes. Asi, poco a poco, vamos rodeando la laguna. Uno tras otro, todos los ornitólogos presentes, unas quince personas, aprovechan esas fugaces apariciones para bimbarlo. Al final parece ser que solo quedo yo por verlo.


Foto cedida por Carme Martínez


Desesperado, comienzo a pensar que es una prueba muy dura y que quizá no aguantaré mucho más: llevamos casi cuatro horas bajo el sol, sin sombra, y hace mucho calor. Me he olvidado mi sombrero de paja en el maletero del coche (de hecho no he pensando en él en toda la mañana). Estoy cansado y acalorado. Le mando un Whatsapp a Mari para decirle que ya regreso a casa. Y ella me anima a quedarme buscando al pájaro, a seguir intentándolo, porque sabe que para mí es muy importante. Si es que en el fondo es una buenaza.

Tampoco he comido nada. Al final devoro la mandarina. Las galletas han decidido derretirse formando una amalgama marrón y negra bastante pegajosa y decido no tocarlas. Nina se come su pienso con resignación al comprobar que no hay nada más. Ha dejado de olisquear a los demás en busca de bocadillos.

Y al final. cuando ya me voy a rendir, cuando pienso que he perdido horas que podría haber aprovechado para hacer muchas otras cosas, cuando decido que hay que saber decir basta, cuando creo que ahora sí, pero que ahora sí que sí, que de verdad voy a marcharme (no como todas las anteriores veces que también había decidido irme)... al final  aparece el herrerillo azul. Se deja ver muy bien y muy cerca, y podemos fotografiarlo entre los "ohhh" y los "ahhh" del público presente.



Tan cerca está y tan buenas fotos podemos sacarle que conseguimos la prueba que nos despierta de nuestro ensueño. Alguien dice en voz alta:

- Tiene anilla.

Esas palabras caen como un mazazo. El pajarillo lleva una anilla de plástico negro, y eso solo significa una cosa: no es salvaje. Es de origen doméstico. Escapado de alguna jaula.

Subidón y bajón. En un instante, por culpa de una buena foto se revela la verdad y todos pasamos de gozar del bimbo del año a tener que viajar a Rusia para marcar esta especie en nuestras listas.



No todo es malo. El ave sigue siendo preciosa y es un disfrute verla en directo. Y al llegar a casa recuerdo que tengo una familia que me quiere y que desean pasar la tarde conmigo jugando a las cartas y riendo, y así lo hacemos.

La limpieza de la casa se deja para otro día, y los estudios también. Seguro que no es el mejor ejemplo a seguir, pero recordad amigos míos que vida solo hay una y que hay que hacer las cosas que nos gustan, porque son las que nos hacen realmente felices. Y siempre me quedarán el café y las noches para acabar la práctica antes del jueves.

sábado, 3 de octubre de 2020

El cometa Neowise

Vaig tard, com gairebé sempre. Estic tan ocupat que em costa treure temps per gaudir de totes les meves ocupacions, però a poc a poc aconsegueixo posar-me al dia amb el meu pla per aquesta vida.

Com dic de tant en tant, no tot és veure ocells. Quan tens inquietud per algun tema científic, com  l'ornitologia, és difícil que no en tinguis per d'altres: astronomia, química, geologia, física, botànica, etc.

Això és degut, crec jo, a la curiositat, que és el denominador comú a tots els científics. I quant tens curiositat, ho vols saber tot.

Aquest estiu vaig poder gaudir, com molta gent, del pas del cometa Neowise per sobre de Catalunya. El dia 11 de juliol vaig matinar per aconseguir les imatges que acompanyen aquest text. Des de la finestra de la cuina de casa, a Ripollet, contemplava el cometa, mentre ell apuntava cap al Montseny, com si volgués ser un visitant més d'aquest conegut parc natural.

El meu entusiasme no va ser compartir del tot per la meva família, a la que vaig despertar perquè es llevessin. Volia compartir el moment. Així i tot vaig aconseguir un dos de tres amb càmera i prismàtics: la meva parella, la Mari, i la petita, la Sara. L'Edisa, la gran, va decidir seguir dormint. La Sara, amb els seus nou anys va ser la que li va posar més ganes. Ara ja pot dir que ha vist un cometa. Entre badalls, totes dues van tornar als llits. Jo vaig decidir no treure els ulls de sobre a aquella meravella celestial.

Per desgràcia vaig descobrir dies després de l'observació (de nou, massa tard) com variar la sensibilitat ISO de la meva càmera de fotos, cosa que m'hauria permès aconseguir imatges de més qualitat. Però ara ja ho sé de cara al proper cometa...

Conversa amb mi mateix:

- El proper cometa... però això potser és d'aquí molt de temps!

- Quin és el problema? Penso viure més de cent anys!

- I que jo ho vegi.

- Idiota, som la mateixa persona.

martes, 22 de septiembre de 2020

Brasil 2017: Jaraguá do Sul (continuación)

Iba a titular esta entrada: "Brasil 2017, undécima parte: Jaraguá do Sul", pero esto no son partes, son capítulos de lo que ya parece una novela. Además estoy tardando tanto (¡tres años de retraso ya!) que esta crónica no tendría sentido si no fuera porque la escribo más como un recordatorio para mí mismo, como un diario personal que pueda revisar en el futuro, que no tanto como un relato dirigido al público.

Sea como sea, empiezo a estar un poco harto de esta historia interminable, y eso es peligroso. La única manera de evitar este problema es revitalizándola. Me comprometo a darle más continuidad, sobre todo teniendo en cuenta que se acercan capítulos que considero interesantes y entretenidos.

20 de agosto del 2017.

Permanecimos un día más con Karen y Kelley en Jaraguá do Sul. Por la mañana me levanté antes que los demás para ir a ver pájaros. Pensaba darme un paseo por las calles cercanas, con la esperanza de observar algo nuevo. Pero comprobé que llovía bastante. Dudé si salir o no, y una vez más recordé la máxima de mi viaje: aprovecha todas y cada una de las oportunidades que tengas para ver pájaros, no dejes pasar ni una sola, por mínima que sea, no le des la espalda a cualquier paseo por poco prometedor que parezca, ¡no dudes!

Salí al exterior con los prismáticos y la cámara y me encaminé hacia mi objetivo principal: el cercano río Itapocu y el puente que lo cruzaba. Las aguas, flanqueadas por exuberante vegetación, ofrecían un espectáculo sin igual, de los que llenaban el corazón y el espíritu. Así valía la pena empezar un día. Si además aparecían aves...

Río Itapocu




No voy a alargar el suspense: me mojé mucho con la lluvia, y también vi cosas maravillosas. Sin embargo comencé con una especie común en Europa, el martinete (Nycticorax nycticorax). Un ejemplar descansaba en una rama a cierta altura sobre el agua. Era un poco frustrante pasear por Brasil y toparme con aves que ya había visto en mi tierra. Esto incluía también, por supuesto, a los gorriones comunes (Passer domesticus).

En el río había también algunos cormoranes (Phalacrocorax brasilianus). Era una mejora respecto al martinete, pero tampoco era nada nuevo. Crucé el puente y pasé a las calles del pueblo que se hallaban al otro lado del río. Alguien había colocado un comedero en el jardincito de una casa, y a él acudían las hermosísimas columbina coloradas (Columbina talpacoti).

La lluvia arreció y me planteé regresar, o al menos buscar aves por puntos más cercanos al edificio en el que me esperaban mis amigos. Bajo el diluvio pude aún disfrutar de un rascón negruzco (Pardirallus nigricans), que al igual que yo, era reticente a buscar refugio.

Tangara sayaca (Thraupis sayaca)


Golondrina barranquera (Pygochelidon cyanoleuca)




No sabía yo que lo mejor estaba por llegar. Finalmente la lluvia amainó y pude explorar un poco más el terreno. Las aves parecieron animarse y empezaron a mostrarse: golondrina barranquera (Pygochelidon cyanoleuca), tangara sayaca (Thraupis sayaca), eufonia golipúrpura (Euphonia chlorotica)... y para subir ya un poco el nivel, chachalaca escamosa (Ortalis squamata), el ave que había bimbado el día anterior.

Algunos ejemplares de vencejo ceniciento (Chaetura cinereiventris) aparecieron en el cielo. Se trata de una especie presente todo el año en Jaraguá do Sul, a diferencia del vencejo de tormenta (Chaetura meridionalis), que emigra en invierno.

Chachalaca escamosa (Ortalis squamata)


Mais pássaros.

Disfruté también de tangaras adornadas (Thraupis ornata), pero lo mejor de todo llegó casi al final, uno de los bimbazos del viaje, uno de mis objetivos principales, el grandioso colibrí golondrina (Eupetomena macroura), ave preciosa, azul y verde y con cola larguísima. Por desgracia estaba nublado y la falta de sol me impidió contemplarla en todo su esplendor. ¡Pero al menos lo había visto y fotografiado! Dadas las circunstancias, no podía pedir más. Comprobé que el ave tenía malas pulgas: echó a otro colibrí, más pequeño que él, del cable donde descansaban ambos sin que yo pudiera llegar a identificar aquella segunda especie.

Pero no importaba: un Eupetomena macroura compensaba cualquier pájaro perdido, cualquier chaparrón y cualquier mal momento que hubiera tenido anteriormente. ¿Quién no quiere ver un colibrí gigante?




Yo no he viajado mucho por el mundo para ver aves, básicamente por falta de dinero. En el 2007 estuve diez días en Finlandia y Noruega. Diez años después llegó el viaje a Brasil del cual estoy hablando en estas crónicas. Por en medio solo merece el título de viaje ornitológico unas vacaciones pasadas en Tenerife que incluyeron una visita en velero a las Islas Salvajes portuguesas. Teniendo en cuenta el gran esfuerzo económico que me supone viajar, era doloroso pensar en el hecho de que podía dejar Brasil sin haber visto más que unas pocas especies de aves. De ahí que me pusiera tan contento al comprobar que mis amigos emplumados se emperraban en cruzarse frente a mis ojos. Y lo mismo pensé de aquel colibrí, y se lo agradecí.

El paseo se complementó con una Egretta thula que se dejó ver en el río. Exultante, volví a casa para celebrarlo con un buen desayuno en la mejor de las compañías.




Les expliqué a mis compañeros de aventuras que allí cerca había un río, y sobre él un puente muy pintoresco, y ante mi sorpresa decidieron acompañarme a dar un nuevo paseo para que les mostrara aquellas maravillas.

Así se mostraba el día. Foto de Sílvia.

Los llevé a algunos de los puntos por los cuales había pasado yo aquella mañana, y aproveché para seguir observando aves: platanero (Coereba flaveola), tangara sayaca (Thraupis sayaca), zorzal colorado (Turdus rufiventris), bienteveo (Pitangus sulphuratus), columbinas y zenaidas, tangara adornada (Thraupis ornata),  chirigüe azafranado (Sicalis flaveola), chachalaca escamosa (Ortalis squamata), un maravilloso busardo caminero (Rupornis magnirostris) posado en un árbol, tordo renegrido (Molothrus bonariensis)...  y por supuesto la avefría tero (Vanellus chilensis). Todas iban desfilando ante nuestros ojos si sabías dónde mirar.

Paseo con mis acompañantes.


Tangara adornada (Thraupis ornata)


Busardo caminero (Rupornis magnirostris)


Tordo renegrido (Molothrus bonariensis)


Regresamos de nuevo al apartamento. Descubrí que se había convertido en un observatorio improvisado: desde el gran ventanal se contemplaban los tejados de las casas cercanas, más bajas. La lluvia había dejado bastante agua acumulada en algunos de ellos y las tangaras palmeras (Thraupis palmarum) los usaban como piscinas para bañarse. ¡Bimbo inesperado desde casa!

Tangara palmera (Thraupis palmarum)




La mañana terminaba. Cogimos el coche y nos fuimos al enorme parque Malwee, una gran extensión verde dentro del mismo Jaraguá do Sul, con mucha vegetación y árboles, y en comunicación directa con las enormes extensiones de bosques más allá del casco urbano. En el centro del parque había un gran lago y algunos estanques con vegetación acuática. Allí podíamos cumplir dos objetivos: comer y dar un buen paseo después. En efecto, en la entrada del parque se halla el Restaurante Típico General Küster, un restaurante alemán que a pesar de lo que pueda parecer no desentona con los habitantes de aquellas tierras. Lo de típico no es gratuito. En el sur de Brasil hay una colonia alemana bastante arraigada desde hace mucho tiempo.

Parque Malwee




Sílvia me hizo esta foto.


Haré un inciso para hablar de la gastronomía del sur de Brasil y de sus gentes, ya que no estoy seguro de haberlo hecho anteriormente en este blog. Pero seré breve. Debo decir en primer lugar que en el estado de Rio Grande do Sul se come muy bien. Podría decirse que la dieta básica se compone de frutas maravillosas y carnes exquisitas, no en vano son gauchos. Los rodizios de carne y de pizzas son obligatorios para cualquiera que visite aquellas tierras. Para beber se prodigan mucho los chopp (jarras de cerveza).

Aquella zona del sur de Brasil es bastante curiosa: toman mucho mate, no vimos café, y tampoco vimos fumadores ni colillas en el suelo, ni siquiera en Porto Alegre. No hay estancos, y según nos dijeron, tampoco hay juego (ni casinos, ni máquinas tragaperras... nada) ni licorerías: apenas beben alcohol (chopp sí). La caza está prohibida. Sus vicios son el mate y abrazarse. La mayoría son buena gente, cariñosos y agradables, y muy hospitalarios.

Aunque Jaraguá do Sul estaba más al norte (ya en Santa Catarina) no apreciamos grandes diferencias con el estado de Rio Grande.

Tras comer dimos una vuelta por los alrededores, paseo que yo exprimí y alargué todo lo que pude, llegando en algunos momentos a separarme de mis camaradas. Gracias a eso obtuve mi premio: otro de los objetivos del viaje, la jacana (Jacana jacana). Me puse contentísimo, ya que además era una de las pocas especies sudamericanas que conocía desde pequeño. Estaba siendo un buen día.

Jacana (Jacana jacana)



Me llevé también otras observaciones interesantes, como por ejemplo garcita azulada (Butorides striata) o gallineta americana (Gallinula galeata). Tuve intento fallido de conseguir fotos buenas de martín pescador amazónico (Chloroceryle amazona), un macho y una hembra que de vez en cuando sobrevolaban el lago.

Gallineta americana (Gallinula galeata)

Garcita azulada (Butorides striata)

Martín pescador amazónico (Chloroceryle amazona)

Un chingolo común (Zonotrichia capensis) huía de mí a saltitos y no me permitió sacarle ni una sola foto buena.



Pero para mi regocijo aún cayeron dos bimbos más que me dieron bastante trabajo de identificación. Ésta fue solo posible tras el estudio detenido de las fotografías y de los sonidos cuando los había. Seguía arrastrando el problema de mi desconocimiento casi absoluto de la avifauna del país. Pero finalmente di con las aves en la guía: reinita coronidorada (Basileuterus culicivorus) y un tipo de periquito, la catita tirica (Brotogeris tirica). Fueron los únicos avistamientos de estas dos especies durante el viaje.

Reinita coronidorada  (Basileuterus culicivorus)

Catita tirica (Brotogeris tirica)



También disfruté mucho la observación junto a mis compañeros de los capibaras, que se reunían en las isletas del lago, buscando el aislamiento y tranquilidad que éstas les proporcionaban.

Capibaras (Hydrochoerus hydrochaeris)




Y el día no dio para más. Regresamos a casa con Karen y Kelley (que nos habían acompañado) para descansar y esperar a la siguiente jornada.

jueves, 28 de mayo de 2020

Primera cita de gavina corsa al Vallès Occidental

El confinament pel virus dels últims mesos no m'ha impedit veure ocells, en part perquè sempre hi ha ocells que veure. Vagis on vagis. Al meu cas, ja sigui des del terrat de casa, o aprofitant els passejos de la meva gossa, la Nina, he tingut força oportunitats d'aconseguir bones observacions. El fet de viure a Ripollet ajuda, ja que tot i ser una zona força humanitzada encara resta una mica de natura. I després que el govern anunciés que es podia sortir a passejar entre les 6 i les del 10 del matí fins a un km de distància de casa me les vaig prometre molt felices.

El dissabte 2 de maig vaig sortir de casa una mica després de les 7. Volia estar-me amb la Nina un parell d'hores pel riu Ripoll. Com que estàvem en plena migració, el dia prometia.

El resultat final: trenta-nou espècies! És a dir, un fracàs absolut. Sí, sí, fracàs. Pot semblar un bon número, però quan t'adones que sobretot has trobat gafarrons, estornells, garses, polles d'aigua i un munt d'espècies comunes acabes pensant que el matí ha sigut decebedor. De fet, a mitja passejada ja havia llençat la tovallola.

En tornar a casa em vaig estirar a la gandula del balcó amb un llibre, sense prismàtics. No volia saber res d'ocells durant la resta del dia. Bé, o almenys durant una estona. Tot i que al cap d'uns segons m'ho vaig repensar. Cabia la possibilitat que passés algun ocell volant pel cel, així que finalment vaig deixar els binocles a prop per si de cas. Però... i si passava alguna espècie realment interessant? D'acord. La càmera de fotos va fer companyia als prismàtics. Però res més.

Al cap de cinc minuts ja portava unes quantes observacions, i quan un grup d'abellerols creuà el cel vaig decidir que faria una nova llista completa d'aquestes que agraden tant a la gent de l'ICO. Amb els prismàtics, la càmera de fotos i ara a més amb el telescopi vaig pujar els esglaons que em separaven del terrat. I va ser en aquell moment que començà la segona gran festa ornitològica del dia: tórtores turques, garses, estornells, pardals...

El sol era bastant molest. Vaig seure a l'ombra, avorrit. Pensava que veuria alguna cosa més interessant però un cop més m'havia equivocat. La il·lusió desaparegué tal com havia arribat, en un no res. Quan mires ocells hi ha dies bons i dolents, aquest és el joc, i és el que fa que ens ho passem tan bé quan trobem coses rares.

I al final va resultar que aquell va ser un dia dels bons. Dos gavians sobrevolaven el riu Ripoll, en direcció Barberà del Vallès, i amb incredulitat vaig constatar que almenys un era sense dubte un adult de gavina corsa (Ichthyaetus audouinii) i l'altre un possible jove el qual, pobre, ni me'l vaig mirar. Però el sol era massa fort i la llum molt dolenta. Els ocells passaven de pressa. Encara sort que vaig aconseguir fotografiar l'adult, perquè entre els problemes que em donava la càmera últimament i la tremolor de les cames per l'emoció semblava gairebé un miracle que hagués aconseguit alguna imatge decent.











I jo necessitava aquella foto perquè no m'ho acabava de creure. Però era cert. Segons l'Ornitho, era la primera i única cita pel Vallès Occidental. Sembla que havia tingut més sort de la que em pensava. Finalment el dia merdós s'havia convertit en una gran jornada.

No era una glaucoides, però un cop més el mes de maig m'havia portat una gavina rara (com a Matrix).

viernes, 20 de marzo de 2020

Sobre la caza

Hace pocos días paseaba por el Pla de Reixac (Vallès occidental) intentando ver pájaros. Era difícil con tanta gente: ciclistas, corredores, paseantes con perros (me incluyo), parapentes, avionetas de aeromodelismo, drones, helicópteros de tamaño real...

...y cazadores.

De vez en cuando oía tiros, no muy lejanos. En cierto momento sonaron cuatro disparos detrás de mí, provenientes de lo alto de una colina situada a unos cincuenta metros. Al instante oí también un siseo rápido, un batir de alas que silbaba en el aire y que se detuvo a los pocos segundos.

Me giré y no vi nada. Escruté el paisaje. El sol iluminaba los campos y hacía resplandecer el verde de las hojas y el pardo de la tierra, bajo un cielo enorme y limpio, como un gran océano. Caminé unos metros y allí lo vi. Un faisán macho yacía en el suelo, aún vivo, mirándome con aspecto de no comprender qué había ocurrido.

Lo observé con mis prismáticos. Tal vez habían errado los disparos. Sin embargo el movimiento antinatural de un ala descartó aquella posibilidad. Había aterrizado en medio de un campo arado, una gran extensión sin cubierta vegetal. Si solo estuviera herido, pensé, si lo espantaba un poco quizá caminara hasta unos matorrales situados a unos diez metros de él, un lugar en el que podría ocultarse, si no del olfato de los perros, sí al menos de los ojos de los cazadores, que de momento seguían sin aparecer.

Contemplé con más detenimiento al ave: vi la sangre en el pecho.

Aquel faisán habría pasado la noche oculto bajo alguna mata perdida, sufriendo el tremendo frío de la llanura. Aquel faisán habría amanecido mojado por la humedad de la madrugada, las gotas como perlas posadas sobre sus coloridas plumas. Y esa habría sido su rutina durante todo el invierno. Aquella mañana también. Tras soportar las adversidades del clima, bien protegido por su plumaje, el faisán no había sabido que aquél había sido su último amanecer.

Tal vez habría pasado la mañana ocultándose de los cazadores. Quizá antes de los disparos algo lo asustó, los perros que lo perseguían o puede que los pasos de los hombres. Tuvo que alzar el vuelo y ya no tuvo escapatoria. Cayó al suelo y tan solo me vio a mí. Sin comprender.

Los cazadores no aparecían. Habían pasado un par de minutos. Volví a pensar de nuevo en la posibilidad de espantarlo, de aproximarme al ave para que ésta huyera de mí para ocultarse bajo la vegetación. Pero le eché otro vistazo y comprendí que ya era tarde. Cerró los ojos, ladeó la cabeza y la posó suavemente en el suelo.

Muchos seres vivos quitan vidas por necesidad. Un humano en el Pla de Reixac, no. La quita por diversión, por puro placer, no necesita cazar para alimentarse. Y matar con una escopeta es fácil. En cambio es imposible devolverle la vida a nada que hayamos matado. Nadie puede.

Me negué a fotografiar el ave muerta. Quería que al menos aquí permaneciera viva para siempre, en esta fotografía.



Creí adivinar cuál sería el último pensamiento del faisán antes de morir. Me pasó por la cabeza la idea de que nos habría odiado por haberle quitado la vida sin motivo, a él, a un inocente. Pero luego cambié de opinión: comprendí que me equivocaba, el ave no sabía lo que era el odio. Me quedó el consuelo de que los humanos no fuéramos su postrero recuerdo.

Vuela, querida ave, vuela libre allí dónde no llegan los cazadores. Vuela.

jueves, 23 de enero de 2020

Gavines de Polònia i d'Hongria hivernant a Cerdanyola del Vallès

Fa gairebé un any que faig vida a Cerdanyola del Vallès, i han sigut nombroses i molt agradables les sorpreses ornitològiques.

Una de les més inesperades ha sigut la possibilitat de llegir anelles.

Unes quantes desenes de gavines vulgars (Chroicocephalus ridibundus) hivernants es poden veure diàriament passant unes hores al riu Sec a Cerdanyola, on s'alimenten i descansen. Alguns d'aquests exemplars provenen de força lluny: Hongria i Polònia!

Aquesta informació l'he pogut obtenir gràcies a les anelles de color que llueixen a les potes aquestes preciositats.

Us presento a les hongareses:

ND86


Un detall del mapa que ens indica lectures de la seva anella (font http://www.marquesespecials.cat):


HLFJ


H3TT





Ara anem una mica més lluny, a Polònia:

T9TM




Mapa de l'exemplar anterior (font http://www.marquesespecials.cat):


TYTH


T1VT



Hi ha dues gavines més amb marca de PVC: van ser anellades a Catalunya però de moment no hi ha constància de que s'hagin observat aquests exemplars ni a Polònia ni a Hongria, països d'on podien procedir també. Són aquestes:

ND41


NE37



Aquestes anelles ens permeten de conèixer no només el seu origen, sinó també el seus moviments, les distàncies que han recorregut entre observació i observació, i la seva edat.

Aspecte del riu Sec. Que mai va sec.


Tot i l'aspecte urbà del riu Sec, té una riquesa ornítica molt apreciable, especialment en el tram que arriba a Ripollet i més enllà. Ànecs, ardeids, limícols, corbs marins, rapinyaires, passeriformes... desenes i desenes d'espècies d'ocells m'han fet agafar-li una estima molt especial a aquest indret.

De tant en tant es veu algun Larus michahellis, sense anelles de moment.