sábado, 26 de diciembre de 2015

Fantasmas en la noche

Es la noche del 27 al 28 de junio de este año 2015. Quique Carballal y yo hemos planeado una salida nocturna por las estepas de Lleida. El objetivo, observar una de las aves más extrañas de nuestra fauna: el chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis).

Existen dos especies de chotacabras en nuestro país, el pardo y el gris. Son aves nocturnas, de ojos y boca enormes, con cantos extraños: un zumbido interminable el del gris, unas explosiones rítmicas el del pardo, que suenan como "Potoc-potoc-potoc" o como "siboc-siboc-siboc", honomatopeya que da origen a su nombre en catalán: siboc.

Ambas especies son muy miméticas: una vez posadas en suelo es muy difícil descubrirlas si hay hojarasca alrededor. Tanto confían en su camuflaje que si una persona se aproxima son capaces de permanecer sin moverse hasta tenerla a una distancia realmente alarmante.

Quique y yo hemos pasado la tarde en el Estany d'Ivars, una zona húmeda de importancia internacional situada en la comarca del Pla d'Urgell, en Lleida. Buscábamos aves mientras esperábamos a que anocheciera y pudiéramos dedicarnos a la búsqueda del chotacabras.

Garza imperial - Agró roig  - Ardea purpurea


Es cierto que hemos visto allí numerosas aves acuáticas. Y no es menos cierto que al día siguiente recorreremos buena parte de las planicies lleidatanes para engordar una hermosa lista de las más variopintas especies. Pero en realidad esta jornada va a estar marcada por los fantasmas. Es la noche de los fantasmas en Lleida.

La sensación de desenvolverse en la oscuridad, de sentirse al tiempo un intruso pero también partícipe, de observar seres que se mueven al amparo de la noche, la oportunidad de escuchar al viento en su más pura expresión, sin motores ni ruidos de origen humano que lo contaminen... El regalo tremendo que es para el espíritu la contemplación de cosas maravillosas como son los planetas lejanos... Todo ello solo puede ocurrir en un mundo mágico poblado por fantasmas.

Por eso me salto la narración sobre las aves de Ivars. Teletransportémonos hasta unos terrenos de cultivo sumidos en el más absoluto silencio. Luces lejanas indican que hay más humanos en el mundo, pero al menos no por los alrededores. La búsqueda del chotacabras pardo es todo un éxito: este misterioso animal se muestra ante nosotros, tanto en vuelo como posado, en varias ocasiones a lo largo de la noche. Tiene un aspecto casi de otro mundo: una boca enorme, oculta bajo una gran cabeza, parece robada de algún animal distinto. Pero no es así, pertenece al chotacabras.

¿Dije que un absoluto silencio nos envolvía? Falso. Se oían grillos y alcaravanes. El alcaraván es un ave que recuerda un poco al correcaminos de los dibujos animados. Sus grandes ojos delatan sus costumbres nocturnas. Su canto es un sonido irremediablemente ligado a la noche de los secanos. Por doquier se escuchan sus estridentes gritos, y de vez en cuando aparece de la nada algún ejemplar, ora correteando frente a los focos del coche, ora deteniéndose y quedándose inmóvil, no se sabe si para observarnos y estudiarnos o si para pasar desapercibido. Puede que ambas cosas.

Sus movimientos, su velocidad, y sobre todo la falta de luz hacen casi imposible conseguir una foto nocturna decente de este animal. Pero Quique sí consiguió filmarlo.

Alcaraván - Torlit - Burhinus oedicnemus


Pero volvamos al chotacabras. Tumbado en el camino cual piedra abandonada, lo descubrimos con el coche muchos metros antes de llegar hasta él gracias al rojo reflejo de sus ojos. En efecto, antes de contemplar al ave puede apreciarse a distancia un rubí brillante destellando en la oscuridad. Es el momento de parar el coche y de iniciar la aproximación con lentitud.

No hay gran peligro de que el ave se vaya. Como he dicho antes, confía a ciegas en su mimetismo. Cree que no le hemos visto. Va a quedarse quieta por mucho que nos aproximemos... hasta que decida que quizá sí somos una amenaza.

Quique y yo descendemos del vehículo. Sin mediar palabra pero cruzando miradas nos apostamos cada uno a un lado del camino. El siboc está frente a nosotros, a unos veinte metros de distancia. El alcaraván aún grita a lo lejos. Algún mochuelo maúlla en campos aledaños. Se adivinan en el horizonte luces de una extraña civilización que aparece muy lejana en nuestros pensamientos. Como dos abnegados penitentes nos arrodillamos en el suelo y avanzamos lentamente así en dirección a nuestro objetivo.

Chotacabras pardo - Siboc - Caprimulgus ruficollis


Nos lastimamos las piernas con las piedras del suelo, pero así y todo no nos quejamos. Es difícil arrastrarse con una cámara fotográfica en la mano: intentas a un tiempo evitar hacer ruido y que la óptica no se golpee ni se ensucie. El chotacabras sigue allí. Quince metros, catorce... Diez metros. Ya no estamos a cuatro patas: nos tumbamos en el suelo y avanzamos arrastrándonos, como un felino aproximándose a su presa.





Increíblemente, a pesar de nuestra torpeza por intentar movernos con los codos (la cámara sigue en alto) no se asusta el fantasma. Llegamos hasta él. ¿Dónde está el límite? Lo fotografiamos y contemplamos su raro aspecto, lleno de belleza. Han pasado muchos minutos y estamos muy fatigados. Metros atrás el coche permanece con las puertas abiertas, la llave puesta y los focos encendidos para facilitarnos el trabajo. Por la cabeza trabajaría terriblemente la imaginación trayéndonos el miedo a los hombres, si no fuera porque nuestra concentración es absoluta: el chotacabras nos tiene hipnotizados.


Nos damos un descanso: decidimos sentarnos. Sigue allí. Nos convertimos en un curioso trío: tres seres, dos de una especie y el tercero de otra, sentados en círculo, debatiendo en silencio. Aunque el ave no conoce el tema de conversación: es él.

Pienso en una reunión nocturna de los indios de norteamérica alrededor de una hoguera, en comunión con la naturaleza de la que forman parte. No sé si fue así o si quizá he visto demasiadas películas. Nosotros no tenemos hoguera, pero sin duda Quique y yo nos sentimos privilegiados. Acabamos de establecer un enlace con la naturaleza. La magia de la noche lo ha permitido y ese ser mitológico que nos acompaña se convierte en nuestro tótem. Sin embargo, el chotacabras sigue sin conocer la admiración que sentimos por él.

Quique y el chotacabras.


Finalmente nuestro amigo se cansa de nosotros. Alza el vuelo y se pierde en la oscuridad. Miramos al suelo y es como si nunca hubiera estado allí. Pero la magia sigue. Los fantasmas existen, y aún tendremos oportunidad de contemplar unos cuantos más en nuestro periplo.




También hay lechuzas. Sus blancas y silenciosas alas son el terror de los ratones y topillos. Su espeluznante voz nos habría puesto la piel de gallina si fuéramos unos ignorantes y desconociéramos su procedencia. Quien ha oído gritar a la lechuza sabe de qué hablo. Sus gemidos y chirridos producen espanto a los profanos. Les recuerdan a almas perdidas, a muerte, a gritos de condenados. Pero no son nada de eso. Son solo la voz de una esplendida rapaz nocturna. El mito y la persecución ha acompañado a la lechuza común durante siglos. Injustamente se la acusaba, por ejemplo, de beberse el aceite de las iglesias. También se la ha ligado a supersticiones varias, incluida la brujería. Pero de todo ello este animal no tiene ninguna culpa.

Podemos acusarla de ser bella. Sus plumas especiales, como la de todas las rapaces nocturnas, permiten un vuelo silencioso. Los batidos insonoros de sus alas nos animan a sentir por ella la devoción que sentimos también por el chotacabras.

En las estepas de Lleida es aún relativamente sencillo observar lechuzas, pero han desaparecido de muchos lugares.

Tan bien acompañados como estamos, indico a Quique aún un nuevo invitado en la fiesta. Está muy lejos, pero para él las distancias no significan nada. Es el planeta Saturno. Danza en el cielo con su anillo para nosotros, a través de nuestros telescopios. Quique está tan agradecido como sorprendido. Se trata de un bimbo cósmico para él.

Puesto que he hablado de cosas tales como la teletransportación, el espacio, espíritus, tótems... me permitirá el lector que haga uso ahora del salto en el tiempo. En la tarde del día siguiente nos topamos con el rey de los fantasmas, pero éste descansa horas antes del atardecer. Así y todo, su magnificencia es patente incluso a plena luz del día.

Hace mucho calor. Nada que ver con la agradable temperatura de la noche anterior. Sudando, cansados, con fuerzas mermadas, detenemos el coche. Buscámos collalbas, pero cuando me giro prismáticos en mano lo que veo son unos enormes círculos naranjas. Pertenecen a la faz del búho real.

Búho real - Duc - Bubo bubo


Este superdepredador es el búho más grande que existe, y es el rey absoluto de la noche. Su voz potente, sus garras afiladas, aquellos enormes ojos color fuego, su ceño de enfado, su enorme porte, lo convierten en una de las joyas más preciadas de nuestra fauna. Decir que el búho real consigue que la jornada más insípida cobre sentido para cualquier naturalista de campo es quedarse corto. Es algo más. Es una de las especies más míticas para los ornitólogos. Nunca uno puede cansarse de contemplar a esta maravilla de la evolución.

Macho y hembra de búho real, fotos de Quique Carballal




Frente a la mirilla de nuestros telescopios el búho real se dedica a sus quehaceres: acicalándose las plumas, moviendo el buche, se prepara poco a poco para las horas frescas del día, las suyas, las de la noche. Cuando la luz caiga se alzará el terror entre los habitantes de los páramos. Él manda en la noche, y por eso es el rey de los fantasmas.


No puedo terminar esta entrada sin dejar de recomendar una vez más el blog de Quique. Él es un maestro, en muchos sentidos, incluido el literal. Y tanto divulga el amor a la naturaleza a sus alumnos en los colegios como a los adultos a través de internet:
http://ausalbarcelons.blogspot.com.es/

La culebrera (Circaetus gallicus) es otra de las aves de las que pudimos disfrutar aquel domingo.


domingo, 22 de noviembre de 2015

Alcaudón Isabel en Solsona

El sábado 14 de noviembre Lluís Mir, un ornitólogo de Solsona, tuvo una grata sorpresa al descubrir un alcaudón Isabel (Lanius isabellinus) en las afueras de la población.

En Catalunya conviven habitualmente cuatro especies de alcaudones: el meridional, el común, el dorsirrojo y el chico, este último muy escaso y amenazado. Son aves depredadoras de insectos y pequeños vertebrados. Pueden almacenar sus presas para consumirlas más tarde ensartándolas en espinas de arbustos, usándolos como despensa.

Los alcaudones común, dorsirrojo y chico son especies estivales, mientras que el meridional nos acompaña todo el año. El alcaudón Isabel sin embargo es una especie de origen asiático con muy pocas citas en la península ibérica.

La relativa poca distancia que hay de mi casa a Solsona (unos 100km) me impulsó a intentar el avistamiento. El lunes día 16 salí pronto por la mañana y a las 8:30 aparqué en el punto que indicaban las coordenadas que otros ornitólogos habían publicado en internet.

No hizo falta ni bajar del coche. A través del parabrisas vi un avecilla parada frente a mí en una rama, a algunos metros de distancia. Enfoqué los prismáticos y confirmé el "bimbo". Con el trabajo de búsqueda ya realizado, pude de manera relajada montar el telescopio y sacar algunas fotos.

El lugar desde el cual bimbé


Un señor se me acercó y me preguntó qué hacía. Parecía sentir auténtica curiosidad, sobre todo tras ver la multitud que se había congregado el día anterior, el domingo. Intenté explicarle lo mejor que pude lo que ocurría, y el señor no solo lo entendió si no que además pareció visiblemente sensibilizado con todos los temas relacionados con el medio ambiente y la fauna salvaje.

Me despedí de aquel caballero y atendí a una mujer. Me hizo la misma pregunta, y amablemente le di la misma respuesta. Sin embargo tal como oyó la palabra ocell (pájaro) la señora perdió todo interés y desapareció con celeridad en cuanto vio que yo empezaba a enrollarme. Maldita sea, ¡ni siquiera me dejó explicarle que el ave era un paseriforme perteneciente a la familia Laniidae!

Sin contar a los curiosos, yo estaba solo. Me extrañaba que no hubiera más gente gozando de una rareza como ésta. Pero al poco tuve compañía. De un coche que acababa de detenerse junto al mío bajó Juan Bécares, gran ornitólogo, excelente fotógrafo y mejor persona (topicazo, pero es que es verdad).

A Juan le sobra el arrojo que me falta a mí cuando se trata de fotografiar aves. Él fue quién me animó a que buscáramos una posición más cercana y con mejor iluminación. A él le debo que yo pasara de esta foto:

Un "pájaru".



a esta otra:

Un alcaudón Isabel (Lanius isabellinus) de primer invierno.



Tan confiado era el animal que pudimos montar a placer trípodes y cámaras a tan solo tres metros de distancia.

Algunas aves (sobre todo colirrojos tizones) azuzaban al alcaudón, y eso me permitió también disfrutar de otra de mis especies favoritas. Personalmente encuentro preciosos a los Phoenicurus.

Alcaudón Isabel y colirrojo tizón. Se pueden comparar los tamaños.


Pero mira que es bonita la cotxa fumada...



Tras realizar unas ciento cuarenta fotos en una hora y algunos vídeos decidí, ya casi por aburrimiento y cansancio (y también porque tenía que ir a trabajar a Barcelona), dar por acabada la sesión de ornitología en Solsona.


Juan y el alcaudón



Voy a terminar el año habiendo observado seis especies de Lanius: común, dorsirrojo, meridional, chico, Isabel, y un alcaudón pardo (Lanius cristatus), una especie aún más rara que ésta, y que pude observar en el Delta de l'Ebre a primeros de año, como ya dejé constancia en este blog.

Le gustan las avispas.







Acabaré con un vídeo realizado sin vibración gracias a que usé el trípode, ya que pude plantarlo gracias al hecho de que el ave no se asustaba con nuestra presencia, cosa que descubrí gracias a la decisión de Juan. Y después de dar tantas gracias, voy a seguir haciéndolo: gracias a Lluís Mir por descubrirnos a todos este bicho tan precioso.




lunes, 12 de octubre de 2015

Un tórrido romance

¿Nunca os ha dado por cambiar el nombre a las cosas?

Ésta es la curiosa historia de un animal que fue rebautizado.

El día 11 de enero de este año 2014 decidí realizar un nuevo intento de ver a una pequeña ave costera que responde al nombre de correlimos oscuro. Resulta que unas semanas antes Manolo Sánchez, otro ornitólogo, había descubierto un individuo en el hermoso entorno costero del pueblo de l'Ampolla, justo en el extremo norte del delta de l'Ebre.

El correlimos oscuro, territ fosc en catalán, es un limícola un tanto atípico ya que prefiere las rocas costeras a las marismas y terrenos inundados, a diferencia de los otros integrantes de este extenso grupo de aves. Cría en Islandia y en Escandinavia, y pasa el invierno algo más al sur, en las costas atlánticas europeas. De forma mucho más rara algún ejemplar aparece en el Mediterráneo, y cuando esto ocurre los ornitólogos nos movilizamos para observarlo: nunca se sabe cuando volverá a aparecer uno por estas tierras.

Parecía que aquel ejemplar en concreto había tomado la decisión de quedarse a pasar el invierno en l'Ampolla, y durante diciembre y los primeros días de enero numerosas personas se acercaron hasta allí para disfrutar del avistamiento, algunos con más suerte que otros. Yo fui de los que no tuvieron suerte. Hasta que aquel día 11 mi novia decidió ejercer de talismán y acompañarme en su busca.

Llevábamos poco más de un mes saliendo, y yo estaba poniendo toda la carne en el asador: Sílvia estaba descubriendo poco a poco lo que significaba salir con un ornitólogo. En cualquier caso, le prometí que no me pasaría horas amorrado al telescopio escudriñando las piedras. Aunque interiormente yo cruzaba los dedos deseoso de que el correlimos apareciera pronto, para poder así ser fiel a mi promesa. ¿Que habría pasado si el ave se hubiera hecho esperar? Por fortuna nunca lo averiguaré, ya que tras un par de recorridos arriba y abajo del pequeño tramo con presencia de rocas situado frente al mismo casco urbano de l'Ampolla el pequeño plumífero se mostró. Buscaba alimento con toda tranquilidad bajo la mira de mis prismáticos, como siempre hubiera estado allí delante de mis narices... aunque yo juraría y rejuraría que aquel animalillo no se hallaba en aquellas rocas minutos antes.

- Com has dit que es diu? "Tórrido"?

Quien preguntaba era Sílvia, mi chica.

- No... territ. Territ fosc.
- Ho sento, però lo del territ no se'm queda. Per a mi serà el "tórrido".

Y tórrido se quedó.

Correlimos oscuro - territ fosc - Calidris maritima








Debo añadir que era bimbo para mí, y que por lo tanto podía por fin quitarme la espina de no haberlo visto años antes en la península de Varanger, en Noruega, lugar en el que esta ave supuestamente abunda.

Quedaron satisfechas mis ansias ornitológicas; a continuación lo hicieron mis ansias estomacales. Comimos de manera estupenda en el restaurant "L'Estel de les Tapes", situado a un tiro de piedra (o a un vistazo de prismáticos) del correlimos, y nos quedó tiempo para pasear un poco más y para conseguir, de manera mucho más relajada, algunas bellas fotografías del delta, sus aves y su entorno.



Garceta común - Martinet blanc - Egretta garzetta


Colirrojo tizón - Cotxa fumada - Phoenicurus ochruros


Os dejo con un vídeo del tórrido:

domingo, 13 de septiembre de 2015

Matrix

Voy a relatar una de las observaciones más raras de todas las que he realizado a lo largo de mi vida, tanto por la importancia de la cita como por las circunstancias en que se produjo.

El 19 de mayo de este año 2015 decidí acercarme a Can Dimoni, una zona protegida en el delta del Llobregat, con la esperanza de ver algunos cernícalos patirrojos que llevaban pululando por allí desde hacía unos días.

Tuve éxito. Llegué, vi algunas hembras y conseguí fotografiarlas, aunque estaban un poco lejos.

Pero no era esa la observación tan extraordinaria a la que hacía referencia antes. Ya llegaré.

Exploré un poco más la zona de Can Dimoni y descubrí dos cosas. La primera, que mi telescopio, que llevaba más de un año estropeado, se había arreglado solo. Hasta aquel momento un atasco en el giro del ocular me impedía ir más allá de los veinte aumentos. Sin embargo, mientras observaba un andarríos bastardo descubrí que la imagen era más grande de lo habitual. En efecto, sin saber cómo en aquel momento conseguí llegar hasta los sesenta sin problemas... aunque ahora tenía un atasco que me impedía bajar de los treinta. Pero eso era un mal menor (sigue siéndolo, ahí sigo, con mi ocular que actualmente se mueve entre treinta y sesenta).

Lo segundo que descubrí fue que no me encontraba bien. Me vino un malestar general y unas ganas de vomitar terribles. Me planteé seriamente volverme a casa... pero respiré, me tranquilicé... Me llevó un buen rato pero poco a poco fui encontrándome mejor. A pesar de estar un poco preocupado por mi repentino e inesperado mal estado, al final decidí quedarme y continuar con el recorrido que tenía en mente.

¿Cuál era el siguiente paso? Volví al coche y recorrí los diez o quince kilómetros que me separaban de la Reserva Natural de Cal Tet, adyacente a la desembocadura del río. Se trata de uno de los lugares que visito con más asiduidad, pero la presencia de los cernícalos patirrojos me había hecho decantarme por iniciar la jornada en Can Dimoni.

Ya en Cal Tet opté por empezar echando un vistazo al río Llobregat a su paso por la reserva. Excelente decisión. Hacia el norte se veía un grupo de gaviotas descansando en aguas someras. Enfoqué mi milagrosamente recién autoreparado telescopio hacia ellas y las contemplé por encima de los treinta aumentos de mi ocular, gozando como si estuviera estrenando uno nuevo. Los observadores de aves que lean esto me comprenderán: observar gaviotas con un ocular de veinte no es lo mismo que con uno de treinta o de cuarenta.

Algo me llamó la atención. Todo me era familiar, excepto un ave. Y entonces saltó la alarma de "las cosas que no encajan". El cartel de neón que se esconde dentro de mi cabeza con la leyenda "¡ATENCIÓN, ATENCIÓN, COSA CON PLUMAS NO IDENTIFICADA!" se puso a brillar con intensidad. Los sentidos se dispararon y mi respiración se detuvo.

Una gaviota algo más pequeña que las abundantes patiamarillas que la rodeaban deambulaba como si no supiera muy bien qué hacer o con quién hablar. Era prácticamente blanca y con pico bicolor. No soy para nada un "gaviotólogo", un experto en gaviotas, pero el caso es que me dije...

- Yo diría que eso es una polar...

¿Qué hacer? ¿A quién acudir? Tomé algunas fotos, observé bien al ave, la estudié, miré mi guía... no parecía haber dudas en absoluto, pero la rareza de la observación y mi falta de experiencia con aquella especie me hizo dudar. Me acerqué al centro de información de la Reserva, distante tan solo unos cien metros, y pregunté por Ferran López, el "ornitólogo del delta del Llobregat", pero estaba fuera.

Como no tenía su teléfono decidí enviarle un mensaje a su cuenta de Facebook desde mi móvil. Le dije que tenía una posible glaucoides pero que me gustaría tener una segunda opinión. Le mandé algunas fotos y le di la ubicación.

Ferran acudió veloz, pero no me encontró allí porque yo me había cansado (sí, me cansé...) de mirar la gaviota. Quería ver más cosas y alargar la lista de especies. Así que fui paseando tranquilamente, casi bailando, hasta la desembocadura del río. Disfruté de algunas garcillas cangrejeras y de algunas garzas imperiales. Subí al mirador de la playa y al cabo de un rato bajé para iniciar el camino de regreso. Entonces recibí el mensaje de Ferran confirmando la identificación, y de paso anunciándome que se trataba de la primera cita para el delta del Llobregat (y la segunda para Catalunya).


Gaviota polar - gavinot polar - Larus glaucoides





La voz corrió. Varios ornitólogos pasaron aquel día por allí, pero era un martes laboral, y eso impidió desplazamientos a muchas personas. Al día siguiente el ave ya no estaba.

¿Y qué hacía yo un martes por la mañana viendo pájaros? Los martes los dedico a hacer visitas a mis clientes, y a veces queda un rato libre para hacer una pequeña escapada.

Muchas cosas habían estado en mi contra aquella mañana: la salud, el telescopio, el trabajo... estuve a punto de no ir a Cal Tet, pero milagrosamente todos los problemas desaparecieron para concederme el descubrimiento de una gran rareza, algo con lo que soñamos muchos ornitólogos. No se trata de búsqueda de fama, si no de algo mucho más íntimo. Cuando llevas muchos años viendo aves cada vez quedan menos especies que bimbar. Muchas veces las que faltan por ver son, por supuesto, rarezas. La sensación de sorpresa cuando encuentras una tú mismo es inmensa, como si te hicieran un regalo maravilloso por tu cumpleaños cuando ni siquiera recordabas que era aquel día. Encontrar una rareza es algo muy reconfortante, pero encontrar una rareza que además es bimbo, que se deja fotografiar (y además primera cita para el lugar) roza lo sublime. Una vez más los ornitólogos me entenderán.

La historia termina con una anécdota bastante sorprendente. Aquella mañana no me crucé en ningún momento en persona con Ferran. Pero sí nos topamos casualmente una semana después, en el mismo lugar. Pude agradecerle en persona su ayuda con la confirmación de la cita. Aproveché para preguntarle si el delta del Llobregat era todavía el lugar con la mayor lista de especies de Catalunya (bastantes más de trescientas). Me contestó que no hacía mucho tiempo se hizo una muy rigurosa revisión de las citas, dejando fuera las dudosas, o aquellas con tan solo un observador y sin fotografías. Habían quedado fuera de la lista aves como por ejemplo un abejaruco persa (Merops persicus) observado en 1989 por Ricard Gutiérrez.

La gaviota polar era la especie número 339 observada en el delta del Llobregat (pocos días antes, el 14 de mayo, un ornitólogo llamado Stephen Christopher había encontrado un andarríos maculado en la desembocadura del Remolar, la especie número 338).

Nos deseamos buena suerte y nos despedimos.

La semana posterior a aquella charla con Ferran apareció un abejaruco persa (con fotos) en el delta del Llobregat, veintiséis años después del ejemplar que vio el bueno de Ricard. La especie volvía a estar "aceptada" y se convertía en la número 340.

Grandes casualidades... a veces tengo la sensación de que alguien juega con nosotros y de que realmente estamos viviendo en Matrix.

domingo, 19 de julio de 2015

¿Para qué sirven las aves?

Terminé de leer no hace mucho el libro titulado "¿Para qué sirven las aves?", de Antonio Sandoval, y teniendo en cuenta lo mucho que me gustó no podía dejar pasar la oportunidad de dedicarle unas líneas en este blog.

Tuve el honor de coincidir con Antonio en agosto del 2014 en Estaca de Bares. Quique Carballal, Jaume Castellà, Daniel González y un servidor habíamos decidido pasar unos días en Galicia (en mi caso era la primera vez que pisaba aquella tierra) y Estaca era un punto de visita ineludible. Nuestra intención por supuesto era conseguir importantes avistamientos de aves marinas, famosos en aquel lugar gracias a gente como Antonio Sandoval. Y a nuestra llegada allí estaba él, inclinado en el telescopio, como un elemento más del paisaje de aquellos acantilados.

A ratos divertido, a veces triste (estremecedor el relato del vertido del Prestige), siempre entretenido, el libro aprovecha un hipotético viaje por parte de la costa coruñesa para hablar de temas muy diversos. La pregunta del título es clave. Su contenido es extenso. ¿Para qué sirven las aves? Cuántas veces los no aficionados a la ornitología nos han hecho preguntas de ese estilo a los ornitólogos. Este libro es una gran respuesta a muchas de ellas. En sus páginas se tratan cuestiones tan importantes como el por qué debemos proteger las aves, qué nos aportan, por qué debemos dar prioridad a la protección de un espacio natural en lugar de destruirlo y urbanizarlo, por qué no cazarlas... ¿creemos o no los ornitólogos que las aves son más importantes que las personas? También hay momentos más distendidos: ¿por qué disfrutamos tanto con un pájaro raro? ¿Hacemos trampas los ornitólogos? ¿Tenemos especies favoritas? Hay también una curiosa lista de famosos unidos a esta afición: rockeros, actores de Hollywood, escritores... Pero no todo es diversión. Sus páginas nos descubren también muchos casos del nulo interés que les despierta a las administraciones y a los políticos el medio ambiente y su protección. Barbaridad tras barbaridad, asistimos a la triste destrucción del litoral coruñés a lo largo de las décadas, situación extrapolable a todo el territorio español.

Recomiendo este libro a todos los aficionados a las aves, por supuesto, pero también a todos aquellos que quieran simplemente pasar un (muy) buen rato.





Enlace a Tundra Ediciones:

Enlace al blog dedicado al libro:




martes, 16 de junio de 2015

Orgía vespertina y moscones

No penséis mal. A pesar del título no voy a hablar de sexo.

Aunque entre lo de "orgasmo ornitológico", expresión que uso a menudo, y ahora esto de las orgías, puedo imaginarme alguna broma que caerá por ahí.

El cernícalo patirrojo (Falco vespertinus) es un pequeño halcón que nos visita durante las migraciones (sobre todo en la primaveral). Este 2015 está siendo un muy buen año para esta especie. Con decenas y decenas de observaciones, se han batido todos los récords en la península ibérica. En el delta del Llobregat (Barcelona) también un grupo de ejemplares ha pasado por unos días de descanso y recuperación de fuerzas antes de seguir su viaje hacia el este de Europa.

El martes día 19 de mayo visité la zona de Can Dimoni y ya pude observar algunos patirrojos. Pero fue el 26, siete días después, cuando más pude disfrutar de ellos. En total conté siete machos (adultos y de primer verano) y cinco hembras, además de cinco carracas (Coracias garrulus), una de las especies más bonitas de la avifauna europea.

Cernícalo patirrojo - Falcó cama-roig - Red-footed falcon - Falco vespertinus (macho)


Macho de segundo año calendario (rectrices barradas)


Cernícalo patirrojo - Falcó cama-roig - Red-footed falcon - Falco vespertinus (hembra)


Carraca - Gaig blau - Coracias garrulus



Fue un goce total estar frente a todas estas maravillas aladas, a escasos metros de ellas, con buena visibilidad y excelente luz para disfrutar de toda su belleza. Al mismo tiempo, la cantidad y variedad de individuos me brindaron una oportunidad excepcional para estudiar y aprender en directo los plumajes que presentan machos y hembras en distintas edades. Para no alargarme resumiré diciendo que Falco vespertinus presenta plumaje juvenil desde su nacimiento hasta su primera muda a finales de año, cuando adquieren aspecto de macho adulto o de hembra adulta, pero reteniendo algunas plumas de aspecto juvenil. Estos ejemplares llegan así en primavera hasta la península ibérica (aves de segundo año calendario) junto con los adultos.

Macho de segundo año calendario, cuerpo mudado pero partes inferiores del ala de aspecto juvenil. Rectrices centrales mudadas.




Hembra de segundo año calendario.


Macho de segundo año calendario.


Hembra, posiblemente adulta.


Tras un breve paseo por la zona decidí pasar un par de horas por Cal Tet y las "maresmes" de Cal Nani, situadas a algunos kilómetros de distancia. En los árboles del canal de la Bunyola un pájaro moscón (Remiz pendulinus) me deleitó durante unos minutos con su presencia. Esta pequeña ave construye unos nidos espectaculares: teje unas bolsas colgantes, unas auténticas obras de arte, que le hacen buen merecedor de su nombre en catalán (teixidor, tejedor).

A pesar de ser fácil su detección debido a su lastimero reclamo, no siempre es sencillo observarlo ni fotografiarlo, pues a menudo se oculta entre el follaje. Este ejemplar se portó como un campeón ante mi cámara.

Pájaro moscón - Teixidor - Remiz pendulinus



sábado, 23 de mayo de 2015

Una de esas aves

En ocasiones cuando nos reunimos los ornitosectarios (Dani González, Jaume Castellà, Quique Carballal, Joan Grajera y yo) hablamos de aquellas especies que todavía  no hemos visto y que por un motivo u otro nos gustaría llegar a contemplar algún día.

Dani y yo por ejemplo recordamos los "tres nombres graciosos":
  • Chorlito carambolo (Charadrius morinellus)
  • Piquituerto lorito (Loxia pytiopsittacus)
  • Camachuelo trompetero (Bucanetes gigathineus)
De esos tres nos falta a ambos el camachuelo trompetero. Algún día caerá.

Sin embargo los ornitólogos tenemos aún más ganas de ver otras especies que despiertan en nosotros unas sensaciones especiales, distintas a las que provoca un nombre curioso. A veces es por el tamaño, o por los colores, o por el género al que pertenece, o por el hábitat que ocupa... En mi caso particular recuerdo que en mis primeros años de observador de aves a veces soñaba (literalmente, mientras dormía) con algunas especies. Me viene a la mente en concreto el caso de la espátula (Platalea leucorodia). Cuando finalmente la vi en carne y hueso dejé de soñar con ella.

Realmente no sé por qué soñaba con la espátula y no con el búho real. Tal vez lo hice pero lo he olvidado. El búho real (Bubo bubo) es para mí una de esas especies mágicas. Lo he visto varias veces ya, pero lo vería un millón más si pudiera. Sus gigantescos ojos naranjas, asomados bajo unas cejas que parece que expresen cierto desprecio hacia ese pequeño ser inferior que es el hombre, me sobrecogen de tal manera que cuando los miro siento que no estoy frente a un integrante más de nuestra avifauna, si no ante un auténtico ser mitológico.

Otras especies que pueden despertar en mí sensaciones parecidas serían el urogallo, el búho nival y el cárabo lapón, las tres todavía en la lista de "pendientes".

De las cuatro últimas que he mencionado, tres son tipos de búhos. Me tiran mucho las nocturnas. Pero si bajo un poco (muy poco) el listón de la exigencia puedo abarcar ya bastantes más aves. Son en especial el grupo de las rapaces diurnas las que también me hacen acercarme a ese famoso orgasmo ornitológico del que ya he hablado tantas y tantas veces (ver un cárabo lapón o un urogallo sería algo más semejante a un éxtasis divino).

Entre las rapaces diurnas hay también preferencias. Algunas son muy agradables de ver, agradecidas en potencia por su abundancia y proximidad, como el cernícalo (Falco tinnunculus), por su espectacularidad y gran tamaño, como el quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), por su belleza, como el marmóreo y vermiculado azor (Accipiter gentilis)...

Hoy voy a hablar del fenomenal y curiosísimo encuentro que tuvimos con una de las rapaces que aúna un gran número de razones para mover a varios ornitosectarios tras su rastro. Se trata del aguilucho papialbo.

Originario del este de Europa, este ave de fina silueta y colores pálidos se hace cara de ver por nuestras tierras, aunque cada vez sus observaciones son más numerosas.

Para mis amigos y yo, sin embargo, se había convertido en algo así como un fantasma. Tras varios años controlando el paso migratorio postnupcial por la comarca del Maresme sin haber conseguido todavía ni un solo registro de macrourus, empezamos a pensar que el ave se nos negaba de una manera cansina, que en cualquier caso no podríamos tildar de frustrante porque se trataba al fin y al cabo de un animal muy escaso en Europa occidental.

Parecía claro que si queríamos verla habría que ir a buscarla. Y eso hicimos el 6 de abril del año 2014. Días antes Gerard Dalmau había descubierto un ejemplar en el pueblo de Cinclaus, en el Baix Empordà (Girona). Puesto que ya habían sido muchos los observadores que habían pasado por el lugar con resultados satisfactorios, decidimos también nosotros probar suerte. Fuimos Quique Carballal, Jaume Castellà y un servidor.

Jaume sentado a la mesa, Quique de pie detrás.


El restaurante Mas Concas.


Cinclaus no es un pueblo grande. De hecho, es minúsculo. Apenas has entrado en él, ya estás saliendo. Una calle principal lo atraviesa, y en su centro una plaza acoge al hermoso restaurante Mas Concas, situado en una antigua masía del siglo XVII, entre cuyas paredes vivieron Caterina Albert, escritora catalana (con el pseudónimo de Víctor Català) y Lluís Albert i Rivas, compositor de música y sobrino de la escritora.

Flanquean la plaza algunos muretes y unas pocas casas más. Quedan allí además construcciones medievales y románicas. A pesar de su pequeñez, se puede sentir en Cinclaus la sensación de estar en un gran lugar. Al menos uno bello. Rodeado de grandes y llanos campos de cultivo, carrizales y bosquetes, el pueblo ofrece la tranquilidad y placidez que hace feliz a los ornitólogos.

Iniciamos nuestra búsqueda en un pequeña colina cercana. Nuestros telescopios otearon el paisaje descubriendo muchas aves. Era temprano y el mundo rebosaba vida. Algunos alcaravanes correteaban por unos terrenos arados, tres zarapitos reales descansaban en unos prados inundados, los milanos negros surfeaban por el aire... No había ni rastro del aguilucho papialbo, pero ya suponíamos que tendríamos que tomárnoslo con calma. El área era vasta, y aunque nuestras miradas llegaban lejos, había mucho por explorar.

Culebrera europea / águila culebrera (Circaetus gallicus)



Estuvimos un buen rato en la colina. Caminamos un poco hacía aquí, luego un poco hacia allá... Empezamos a decidir qué haríamos a continuación. Posiblemente coger el coche para trasladarnos algunos kilómetros hacia el norte. Como animándonos a emprender la tarea, en la lejanía un ave sospechosa sobrevolaba los campos alejándose de nosotros. Era un aguilucho, no había duda, pero la distancia y la luz no ayudaban a discernir nada. Podría ser un cenizo o un lagunero. De esta última especie ya habíamos visto algunos ejemplares en el rato que estuvimos allí.

Perdimos al aguilucho de vista. Su desaparición nos puso en movimiento.

Tarabilla norteña (Saxicola rubetra)


Triguero (Emberiza calandra)


Aguilucho lagunero (Circus aeruginosus), macho.



Condujimos con calma hacia el punto en el que creíamos que habíamos visto al fugitivo mientras tomábamos nota de todo cuanto veíamos u oíamos. Disfrutamos de una tarabilla norteña y de innumerables trigueros. Recorrimos la comarca por espacio de un par de horas, pero todos los intentos fueron infructuosos y al final tiramos la toalla.

Demasiado espacio por recorrer, demasiados lugares en los que un ave podría moverse u ocultarse.

Decidimos que ya habíamos agotado el lugar. Nada más nos esperaba en Cinclaus. Dispusimos que iríamos hacia el norte, en dirección a la desembocadura del río Fluvià primero y a los Aiguamolls de l'Empordà después, dónde seguro podríamos ampliar la lista de aves observadas.

¿Cuántas aves puedes identificar? La respuesta al final de la crónica.


Pero antes de eso Jaume tuvo la genial idea de almorzar algo en el restaurante Mas Concas. Quique y yo estuvimos de acuerdo. No todo es ver pájaros en la vida del ornitólogo. Siempre se puede dedicar unos minutos a llenar el estómago de hamburguesas y cervezas.

Porque eso fue lo que pedimos: hamburguesas y cervezas. Aunque aún era media mañana decidimos que era mejor comer algo fuerte para aguantar así unas cuantas horas. Tomamos posesión de una de las mesas de la terraza. Estábamos solos y descargamos los bártulos: prismáticos, cámaras de fotos, móviles... y entonces grité:

- ¡MACROURUS!

La escena se congeló.

Yo estaba semisentado. Aún no había aposentado mi culo en la silla, y así me quedé, la vista fija en el cielo. El ave planeaba en círculos lentamente, a no mucha altura sobre la plaza. El camarero apareció por la puerta con las hamburguesas y las cervezas. Quique y Jaume miraban en la misma dirección que yo. Durante un segundo nadie dijo nada.

Pero al momento se desató la locura. Agarramos de nuevo los prismáticos y las cámaras de fotos. El camarero nos miró extrañado. No acierto a imaginar que le pasaría por la cabeza cuando vio a tres tipos raros saltando por la plaza en un domingo apacible como aquél. Miraban hacia el cielo y salían corriendo en el momento que les acercaba la comida. Le aclaramos (sin dejar de vigilar al aguilucho) que sí queríamos las hamburguesas (una cosa no quita la otra). Las dejó sobre la mesa como si aquello fuera lo más normal del mundo y volvió al interior de la masía.

Sin preocuparnos de que se enfriara la comida centramos nuestros esfuerzos en el deleite de observar al aguilucho papialbo. Pero quizá a éste no le gustaron nuestros correteos arriba y abajo por las calles del pueblo, buscando mejores posiciones para observarlo y fotografiarlo. Se desplazó unos metros y un muro nos privó de su visión.

Desesperamos... pero son ya muchas tablas. Adivinamos más o menos por donde podría aparecer de nuevo. Al fin y al cabo Cinclaus es pequeño... Miramos detrás del restaurante... ¡allí estaba!

Se nos unió a la fiesta Gerard Dalmau, el ilustre descubridor de aquel ejemplar, y que justo en aquel momento llegaba en busca de la rapaz. A pesar de que el ave comenzaba ahora a coger altura, pudimos por fin disfrutarlo largamente. Durante unos minutos largos ascendió y ascendió hasta que de puro cansancio decidimos volver a la mesa sobre la cual nos esperaban los manjares. Brindamos con cerveza, la cual supo mejor que nunca.

Aguilucho papialbo (Circus macrourus)







Bimbar un ave nueva siempre es un placer.

Bimbar aguilucho papialbo tiene un plus.

Bimbar aguilucho papialbo mientras te comes una hamburguesa y bebes cerveza, y te das cuenta de que el ejemplar es un macho precioso, y además consigues unas observaciones excelentes y fotos... eso es un orgasmo ornitológico en toda regla.

Era curioso pensar que nos habían dicho que había un macrourus en Cinclaus... ¡y realmente lo vimos en el mismísimo Cinclaus!

¿Qué decir de aquél día? Fue una sensación extraña. Tiras la toalla y al segundo siguiente triunfas. Y todo gracias a la gran sugerencia de Jaume, que fue quién propuso comer algo. Creo que nunca se lo agradeceremos lo suficiente.

Cómo bien explica Quique en su blog, el desayuno siempre es importante. No os perdáis esta lectura porque es una maravilla:
http://ausalbarcelons.blogspot.com.es/2014/04/la-importancia-desmorzar-sa.html

No variamos los planes del resto del día. Fuimos poco a poco avanzando hacia el norte hasta terminar en los Aiguamolls de l'Empordà. No entraré en detalles porque me alargaría demasiado, pero fue un día espectacular. En total identificamos 97 especies de aves diferentes, algunas tan interesantes como el gorrión chillón, la espátula, la cerceta carretona o las grullas.

Garza imperial (Ardea purpurea)


Cigüeñuela (Himantopus himantopus)


Zampullín chico (Tachybaptus ruficollis)


Lavanderas boyeras (Motacilla flava) siguiendo a las vacas


Pero sin duda el número uno fue el macrourus. Por fin pudimos tacharlo de nuestras listas. La rapaz fantasma dejó de serlo, al menos para algunos de nosotros.


NOTA: aves presentes en la foto de los Aiguamolls...

Ánade silbón (Anas penelope)
Ánade real (Anas platyrhynchos)
Cuchara común / pato cuchara (Anas clypeata)
Cerceta común (Anas crecca)
Garceta común (Egretta garzetta)
Morito (Plegadis falcinellus)
Abubilla (Upupa epops)