martes, 15 de octubre de 2019

Brasil 2017, décima parte: Jaraguá do Sul y Curitiba

19 de agosto del 2017

Despertamos en Jaraguá do Sul. Lo cierto es que tenía mis dudas en cuanto a las posibilidades ornitológicas que me podía ofrecer lo que quedaba de viaje. Así de deprimido estaba tras la jornada anterior. Sin embargo, aquel día empezó a cambiar mi suerte. Aquella mañana, poco después de levantarnos apareció ya una nueva ave, sin hacerme esperar mucho, como si supiera que yo estaba necesitado y viniera a saciar mi sed de pájaros. Y además esta especie sí pude por fin observarla a placer e incluso fotografiarla de una manera más o menos decente (asunto éste no poco importante, ya que de ello dependía la correcta identificación). Como he dicho, fue poco después de despertarnos.

La casa de Karin y kelley era preciosa. Dormí aquella primera noche en un dormitorio bonito y cómodo. Tenían también un salón amplio y maravillosamente bien iluminado. Y aquella excepcional luz era debida al gran ventanal que ocupaba una pared y a la situación del piso, en una planta elevada de un edificio de buen tamaño. Desde aquel ventanal se divisaban las azoteas de otras viviendas más bajas, y algunos jardines y un bosquecillo de ribera cercano.



Yo miraba hacia fuera, pensando que aquel lugar tenía posibilidades. Mientras contemplaba meditabundo el exterior, buscando pequeños movimientos casi imperceptibles, del tipo que hacen las aves, ése al que nos tienen acostumbrados, a nosotros, los ornitólogos... una ligera inclinación de la cabeza sin que el cuerpo se mueve un ápice, o un lento andar que parece que nunca va a llevar a ningún lado... un paso, inmovilidad, otro paso, inmovilidad; mientras buscaba algo así, decía, algo llamó mi atención. Como si de un gato paseándose sobre una valla se tratara, un pájaro oscuro que me recordaba a algún tipo de pavo caminaba con la anteriormente descrita parsimonia por un jardín situado a media distancia. Puse el zoom de la cámara al máximo y lo retraté. Y así fue como descubrí a la Ortalis squamata. Una pasada de bimbo. ¡Qué manera de comenzar el día! Mis ánimos ascendieron a un nivel de, digamos, siete sobre diez.

Ortalis squamata, chachalaca escamosa en español y aracuã-escamoso en portugués.


También un Turdus amaurochalinus se dejó observar a placer. Un viejo amigo ya a aquellas alturas del viaje.



Lástima del bajón que vino después. Cogimos el coche en dirección a Curitiba, a más de 100 km de distancia. Íbamos a pasar el día allí con intención de regresar a Jaraguá do Sul para dormir. Poco después de partir atravesamos una zona con muchos arrozales, repletos de aves. El coche no se detuvo ni una sola vez. Bimbé con el vehículo en marcha la cigüeñuela del sureste de Brasil, Himantopus melanurus, pero sin poder observarla bien ni disfrutarla. Tampoco pude identificar a las decenas de aves que pululaban en aquellos campos. La tortura duró varios kilómetros.

Arrozales.


Cerca ya de Curitiba nos detuvimos a repostar combustible. Aproveché la parada para intentar desquitarme un poco. Cogí los prismáticos y la cámara y dediqué aquel par de minutos a inspeccionar una pequeña extensión de cesped que había tras la gasolinera: nada nuevo bajo el sol, pero conseguí buenas observaciones de Sicalis flaveola, Pygochelidon cyanoleuca y de Molothrus bonariensis. Viejos conocidos ya también. Salvo la Ortalis, el día me traía solo aves ya observadas con anterioridad. Costaba que aparecieran los bimbos.

Golondrina barranquera, Pygochelidon cyanoleuca.


Chirigüe azafranado, Sicalis flaveola.


Tordo renegrido, Molothrus bonariensis.


Llegamos a Curitiba. Una de las grandes ciudades de Brasil. Óscar y Henrique nos llevaban al MOM, el Museu Oscar Niemeyer. Al apearnos del vehículo vi al pequeño pajarillo que se adivina en las siguientes fotos, pero no supe qué era. Ni lo sé ahora, ni creo que llegue a saberlo jamás. Una consecuencia más de las prisas generadas por mis compañeros, que ya me dejaban atrás. ¿Incomprensión? ¿O tal vez era yo el que perdía demasiado tiempo? Le dediqué al ave los segundos suficientes para conseguir estas dos imágenes.





No dudo de que el museo fuera muy interesante (que me perdonen los brasileños), ni de que la cultura aporte mucho al espíritu de las personas. Pero mi espíritu buscaba otro tipo de alimento visual y auditivo, uno que debe llenar igualmente de orgullo a las gentes del país. A regañadientes contemplaba de vez en cuando el interior de las instalaciones. Pero mi atención se centraba en las afueras: en el césped que lo rodeaba, en los árboles, en el lago adyacente. Cayó un buen chaparrón y las aves tenían un aspecto alejado del habitual. Con sus plumajes empapados desfilaron ante mí las especies ya conocidas: Turdus rufiventris, Vanellus chilensis, Molothrus bonariensis, Pitangus sulfuratus...

Seguíamos en la misma tónica. Amigos y más amigos, muchos viejos conocidos emplumados por todas partes. Ningún bimbo. Nada nuevo.

MOM.


Vanellus chilensis.


Pitangus sulphuratus.


Turdus rufiventris.


Molothrus bonariensis.


La lluvia amainó. Abandonamos la protección del museo y pusimos rumbo al bosque de Papa. Es éste un parque peculiar. De hecho sí había un bosque (al cual no entramos por las prisas), pero la parte interesante (si excluimos la ornitología) es el conjunto de casas antiguas bien conservadas que muestran el modo de vida de los antiguos inmigrantes polacos que llegaron a Curitiba. El parque fue creado en memoria del papa Juan Pablo II.

No pudimos pasear por el bosque porque la lluvió arreció hasta convertirse en un auténtico diluvio. Sin embargo, como solía ocurrir, alguna ave decidió pasearse frente a mí, y como solía ocurrir, no eran bimbos. Esta vez les tocó el turno al Pardirallus nigricans y de nuevo a otro Turdus rufiventris. Lejos quedaba aquel primer día de viaje en que lo bimbé y aluciné con este rojizo mirlo. Aquel primer día me ilusioné. Ahora comenzaba a decepcionarme cada vez que veía un túrdido y era esta especie o Turdus amaurochalinus.

Rascón negruzco, Pardirallus nigricans.


Seguía lloviendo con ganas. Nos guarecimos en una de las casitas que hacía a su vez de tienda de souvenirs (creo recordar). Cuando el aguacero amainó volvimos al coche. El siguiente destino era la ópera de Arame.

Es éste un lugar que vale la pena visitar, y no lo digo solo por los pájaros. Bueno, sí, a quién quiero engañar. No, en serio, no era solo por los pájaros. Me pareció que había una perfecta simbiosis entre la naturaleza y la mano humana que allí había obrado. La ópera se encuentra rodeada de un lago no muy grande pero sí muy hermoso. Para llegar a ella hay que atravesar un bonito puente de metal que sobrevuela las aguas. El lago aparece algo hundido entre profundas paredes de vegetación, con un aspecto muy salvaje.







Mientras cruzábamos el puente Óscar me señaló un ave que descansaba junto al agua. Aluciné. ¡Bimbo! ¡Ahora sí, por fin! Y qué bimbo: garcita verdosa, Butorides striata. Posó para mí hasta que me harté, de manera que pude identificarlo sin la más mínima duda. ¡Gracias Óscar! Parecía que mis compañeros estaban mucho más sensibles con el tema de las aves. Cuando veían algo me avisaban, y yo por supuesto les estaba más que agradecido.

Butorides striata.


Extasiado aún por la ardeida, me percaté de que había otra algo más allá. ¡Una Egretta thula! Ya la había bimbado días antes, pero ésta era una observación mucho más cercana y (sobre todo) mucho más pausada. ¡No íbamos en coche! Se lo hice saber a mi cámara de fotos.

Una de mis aves favoritas del viaje, Egretta thula.


Se sumó a la fiesta un ejemplar de cormorán biguá, Phalacrocorax brasilianus. También posó, y también se convertía en mi mejor observación hasta el momento de aquella especie.

Phalacrocorax brasilianus.






Unas anátidas cercanas llamaron mi atención. Parecían patos criollos pero, ¿eran puros? Sabía que había ejemplares de raza doméstica esparcidos por aquí y por allá. Un vistazo a la guía (a posteriori) me indicó que en efecto, eran domésticos, como los que ya había visto días antes en Crissiumal. Mala suerte amigo.







Paloma picazuró, Patagioenas picazuro.


Llovía otra vez. Seguí mi búsqueda de aves al tiempo que mis amigos admiraban el lugar. Contemplé el Butorides, la garceta, el cormorán, los patos... Pasaban los minutos y yo volvía a escrutar con los prismáticos. Las mismas especies: Butorides, garceta, cormorán... ajá... en efecto, patos también. Pasó el rato y mis amigos emplumados me dieron tan fiel y larga compañía que rivalizaron con mis compañeros humanos. Los primeros se mojaban entre la vegetación. Los segundos charlaban cerca de mí, contemplando la lluvia. Nada cambió hasta que nos fuimos. No hubo más aves. Un bimbo. No estaba mal. A aquellas alturas ya me conformaba con (casi) cualquier cosa.







Dejamos la ópera. A la salida un cartel me llamó la atención y no pude evitar fotografiarlo. ¡Al rico licor de merda!



Muchos cartelitos de colores por todas partes.


No llegamos a probar el delicioso néctar. En lugar de ello subimos al vehículo y nos marchamos. Había hambre y tocaba comer. Así que fuimos al... ¡restaurante más grande del mundo! O al menos eso se decía.

El restaurante Madalosso sirve 4500 comidas al día. ¿Dónde estaba el truco? En cuanto nos sentamos a la mesa lo descubrimos. Muchos salones enormes. Muchas mesas en cada salón. Y no había carta. Buffet libre pero sin levantarse. Trajeron a la mesa varios platos que no habíamos pedido y los dejaron frente a nosotros. Maravilloso. Me sentí en la gloria: con lo que me cuesta a mí decidirme cuando me traen la carta... allí no había nada qué pensar. Te ponían el plato delante y a comer. Si te gustaba, bien. Si no... ya comerías algo de otro plato.



Iban trayendo más y más comida. Iban retirando más y más platos vacíos. Antes de darnos cuenta ya estábamos en los postres. Dimos buena cuenta de ellos.

Tenía hambre.


Sílvia, mucho más entendida que yo en temas culinarios, comentaba la jugada. Dijo que primero nos habían traído los platos más baratos. Que eran precisamente los que la gente se comía porque llegaban con hambre. Más tarde (entre repetición y repetición de plato barato) aparecía algún plato caro, como las carnes. Pero los comensales ya comían bastante menos. La conclusión de Sílvia fue que la organización y la velocidad tenían un precio a pagar: la calidad.

Con el estómago lleno habría sido tentador echarse una siesta. Pero eso no pasaba por nuestra cabeza. Nosotros, pioneros, aventureros, queríamos ver más aves. Vale, de acuerdo. Solo yo. Pero por fortuna mis compañeros tenían ansias turísticas. Sin descanso fuimos a visitar el jardín botánico. ¡Esto prometía! Ingenuo de mí...

No hubo bimbo, no al menos en cuanto a las aves. Yo imaginaba un gran parque cargado de árboles y gran vegetación variada. Pero lo que encontré fue un jardín victoriano con florecillas y setos. También había un lago, y un invernadero central, no muy grande, y totalmente aislado de cualquier bosquecillo cercano. Los terraplenes (¡y las almácigas!) lo dominaban todo.

¡Prohibiciones!


¡Mis amigos se interesan por un pájaro!


Por suerte las prohibiciones no dicen nada de no fotografiar Vanellus chilensis.


La expedición al completo.


Sí, en efecto. Otra vez. Turdus rufiventris.








Vanellus chilensis, Turdus rufiventris, Ardea alba (ave no muy rara en Catalunya)... Por suerte se animó un poco el tema. En un árbol fotografié un Colaptes melanochloros y en el lago disfruté del ibis Phimosus infuscatus. No eran bimbos pero eran buenas observaciones. Además pudimos ver algunos mamíferos: cuis común, Cavia aperea, roedor emparentado con las cobayas, y agutí de Azara, Dasyprocta azarae.

El puntazo final fue la presencia de horneros, Furnarius rufus, haciendo honor a su nombre: construían un nido de barro.

Carpintero real norteño, Colaptes melanochloros.


Bienteveo común, Pitangus sulphuratus.


Agutí de Azara, Dasyprocta azarae.






Zorzal colordo, Turdus rufiventris.


Garceta grande, Ardea alba.


Ibis afeitado, Phimosus infuscatus.


Otro pato criollo de tipo doméstico. Seguía sin bimbarlo.


Cuis común, Cavia aperea.








Hornero común, Furnarius rufus, construyendo nido de barro.




Regresamos a Jaraguá do Sul. Tras la cena hubo un pequeño cambio en los dormitorios. Pili, que había dormido en una colchoneta en el suelo del salón, había dormido mal la noche anterior. La potente luz led de algún aparato no la había dejado pegar ojo. Así que decidimos que ella dormiría con Sílvia y que yo ocuparía su lugar en el salón. Eso servía de maravilla para mi oscuro y tétrico plan: por la mañana me levantaría muy temprano (puesto que dormiría solo no molestaría a nadie al despertarme y vestirme) y saldría a dar un paseo matutino con los prismáticos y la cámara. Tal vez tuviera suerte.

Expuse mi maligno plan a mis amigos. A todos les pareció bien. Pero debía estar de vuelta a la hora del desayuno.