martes, 19 de septiembre de 2017

¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?

Esto es un desastre. Hace tanto tiempo que realicé esta salida que apenas recuerdo los detalles. Y en estos momentos no encuentro una libreta, la libreta, en la cual tenía mis apuntes. Pero es normal que no la encuentre. El almacén de mi tienda es una leonera: tengo aquí las cosas de mis padres y las mías, además de todos los trastos que ya habitaban antes estas cuatro paredes.

No me queda más remedio que llamar a Alba y preguntarle qué recuerda de aquel día. Porque a lo mejor la libretita acaba apareciendo... pero a lo mejor no.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza", pienso mientras marco su número de teléfono.

Con la poca información que tengo continúo el trabajo.

Mi amiga Alba lleva años aficionándose a la ornitología. Poquito a poquito, lentamente, se engancha más y más, como de hecho también hacemos los que llevamos más tiempo metidos en el ajo, que con el paso de los años (debido a ello en realidad) nos enganchamos cada vez más.

Una de las aves que ha buscado con más ansia ha sido la avutarda (Otis tarda). Me acompañó en el 2014 hasta cierto lugar en Aragón, pero no tuvimos suerte. Volvimos a intentarlo en el 2015 en la misma localidad. El resultado fue un único ejemplar volando muy lejano durante un instante, una pequeña mancha blanca apenas visible con prismáticos que se desvaneció tan rápido como apareció.

El 12 de febrero del 2016 hicimos un tercer intento.

Cargados de prismáticos, cámaras de fotos, telescopio, bocadillos, agua, dos teckels y mucha ilusión partimos temprano de Barcelona para recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Éste va a permanecer en secreto por razones de seguridad. La avutarda es un ave delicada a pesar de su gran tamaño, y necesita tranquilidad e intimidad. En las llanuras, su hábitat habitual, con tanta visibilidad, es fácil que se sientan molestadas por desaprensivos.

Tan solo confesaré que de nuevo la intentona fue en Aragón. A medio caminos paramos y tomamos un café. Y aunque nuestro objetivo fuera pajarear en las estepas, la jornada de un ornitosectario comienza siempre en... todos los sitios a cualquier hora. Siempre hay pájaros que ver. En la gasolinera donde paramos había grajillas. Siempre hay algo que mirar... siempre.

Gralla - grajilla - Corvus monedula




Nos despedimos de las grajillas y fuimos en busca de las avutardas, aún lejanas. Uma y Pina, las dos perritas teckels que nos acompañaban, nos tenían entretenidos durante el viaje. Aunque le dijimos a Uma en más de una ocasión que debía permanecer en el asiento trasero del coche ella estaba empecinada en que las vistas serían mejores desde la parte delantera del vehículo. Y puesto que tenía un cuerpo largo y estirado y unas patas muy cortas, usando la experiencia heredada genéticamente de sus antepasados decidió que los bajos del asiento del copiloto eran lo suficientemente estrechos y oscuros como para recibir la catalogación de hura.

Apareció la cabeza de Uma entre los pies de Alba. Ésta la tomó en brazos y la pasó de nuevo al asiento posterior del vehículo. A Uma le gustó el nuevo juego y decidió repetirlo unas cuantas veces. Saltaba al suelo, pasaba por debajo del asiento derecho y aparecía bajo la guantera con cara de satisfacción. Alba la devolvía al asiento trasero y todo volvía a comenzar. Pina contemplaba la escena con sumo interés, quizá haciendo apuestas internas sobre quién ganaría la batalla.

- Creo que ahora la normativa obliga a llevar los perros en la parte de atrás -apunté-, habría que sujetarlas de alguna manera.

Una vez llegados a nuestro destino todo parecía prometer un día maravilloso. Nos dieron la bienvenida calandrias y cogujadas. En las ruinas cercanas se posaban grajillas y chovas y nos sobrevolaba algún cernícalo. Un precioso arco-iris tuvo la gentileza de aparecer para adornar el paisaje y empaparnos de belleza.



Tras unos primeros minutos de deleite decidimos ponernos manos a la obra. ¡Íbamos a buscar avutardas! Montamos de nuevo en el coche y regresamos a la carretera. La atravesamos y nos internamos en una pista cercana que a mí me parecía más adecuada para nuestros orníticos propósitos.

Estábamos pletóricos de energía y de alegría. La Otis se sentía, se palpaba. El día era perfecto: aún muchas horas por delante, visibilidad inmejorable y magnífica temperatura. Yo estaba convencido de que iba a ser una gran jornada y de que íbamos a cumplir nuestros objetivos. Alba compartía mi optimismo. Parecíamos personajes de Disney a punto de entonar una canción.

Las primeras notas de un absurdo canturreo se estaban formando ya en mi cerebro cuando el arcoiris desapareció y las ruedas del coche se hundieron y éste se detuvo.

- ¡Merda! -gruñí en mi catalán barcelonés.

Vaya, vaya... resultó que no estábamos en una película de Disney, si no en un espagueti western. Maldije, pero el desierto me escuchó con absoluta indiferencia.

Era un problema inesperado. Unas lluvias de días anteriores habían humedecido el suelo y habían convertido lo que parecía un camino liso y duro en un terreno con una consistencia blanda y pegajosa. Porque aunque visualmente no lo parecía en realidad todo era barro. Mucho barro. Barro por todas partes. Avutardas, ni una, pero barro...

Aceleré un poco y el coche se movió unos metros. Pero se fue frenando cada vez más y más hasta detenerse mientras emitía unos extraños rugidos bajo el maletero. Alba bajó y evaluó la situación. Decidió empujar y pudimos avanzar un poco más. Se puso al volante ella, empujé yo... Aún nos movimos unos centímetros, pero era inútil seguir así.

Había que pensar y no usar la fuerza bruta. De nada serviría destrozarnos la espalda cuando estábamos a cientos de metros de la carretera asfaltada. Había que estudiar la situación: el coche no se movía pero apenas estaba hundido en el camino. ¿Qué estaba pasando?

Me agaché junto al vehículo y descubrí el problema: el barro se había pegado a las ruedas aumentando el grosor de éstas, como la típica pelota de nieve que cae por una ladera y se hace más y más grande (al menos en los dibujos animados, porque siempre que he intentado hacer algo así en la vida real el resultado ha sido siempre bastante decepcionante). Tanto aumentaron de tamaño convirtiéndose en "ruedas de barro" que llegaron a tocar la carrocería del coche hasta formar un muro compacto que no dejaba ni un ápice de aire entre el caucho y el metal y que había reducido la movilidad de los cuatro neumáticos a cero.

Tocaba cavar.

Al principio con palos y al final con las manos conseguimos extraer varias decenas de kilos de un cemento compuesto de barro, piedras, hierbas secas y ramas. Terminamos exhaustos tras una hora de vaciar lo suficiente el pegajoso amasijo para permitir que las ruedas pudieran moverse un poco.

Uma y Pina nos miraban ofendidas desde el asiento posterior. Se habían ensuciado los pies y en el caso de Pina unos gruesos zapatos de pesado barro le impedían incluso caminar.

Sentado de nuevo al volante hice una primera intentona. Alba empujó y conseguí subir el coche al campo adyacente que estaba elevado unos centímetros con respecto al camino. Los hierbajos secos habían impedido que en el campo el barro fuera tan agresivo.

Arranqué de nuevo y puse la primera mientras Alba esperaba fuera para que el coche pesara un poco menos. ¡Funcionó! Avancé unos metros muy lentamente para permitir que ella me alcanzara. Tras una corta carrera subió al vehículo y se puso el cinturón. Recorrimos unos cien metros y le aconsejé que se agarrara. Íbamos a dar un saltito. Sin frenar, salimos de nuevo al camino en un punto más pedregoso, mientras pedazos de barro salían disparados de las ruedas y de los bajos. Yo notaba la resistencia al avance y el sufrimiento del coche, pero al final conseguimos llegar de nuevo a la carretera asfaltada.








Así quedó el interior



Olvidadas las avutardas tomé la decisión de hacer algunos kilómetros para facilitar el desprendimiento de lo que quedara adherido por allí abajo. Nos detuvimos finalmente en el arcén y me arrodillé de nuevo junto a las ruedas. Comprobé que aún quedaba mucho barro por extraer, también entre los muelles de los amortiguadores, invisibles ahora y convertidos en meros cilindros lisos rellenos como canelones gigantes.

- Qué desastre -dijo Alba.
- Quizá habría que plantearse la posibilidad de volver -apunté yo-, no está el terreno para circular y podemos quedarnos enganchados de nuevo. Eh... hum, creo que hoy deberíamos olvidarnos definitivamente de las aves y... allí se mueve algo.

Monté el telescopio dejando olvidado al pobre coche. Un grupo de ortegas se arrastraba por el suelo a unos cientos de metros de nuestra posición. Nos acercamos a ellas hasta una distancia prudencial.

- No las veo muy bien -confesó Alba.
- ¿No? ¿cómo es eso?
- No acabo de acostumbrarme mucho al telescopio, si me muevo veo por el ocular como la imagen desaparece bajo un velo negro. Lo veo negro. Negro cómo nuestro futuro...

Rió ruidosamente. Sus palabras eran pesimistas pero su mirada y su risa parecían decir otra cosa. Aunque no estoy seguro de si en el fondo se lo estaba pasando bien o si eran las carcajadas demenciales de una psicópata. Por mi bien esperaba encontrar avutardas pronto. Por si acaso.

Nuevo intento. Regresamos al punto caliente, conduciendo con lentitud y esta vez sin meternos en pistas de tierra. Algo llamó mi atención por el rabillo del ojo. No me lo podía creer. ¡El coche acababa de espantar a una avutarda! En efecto, unas grandes alas con mucho blanco se alejaban del flanco izquierdo del vehículo, justo el que no ocupaba Alba. El avistamiento apenas duró unos segundos y el ave desapareció. Alba se sintió frustrada y ambos nos lamentamos por haber asustado sin pretenderlo al animal, que al parecer se hallaba inusualmente cerca de la carretera asfaltada.

Me puse a pensar. Seguí con la mente la dirección que había tomado el ave. Di vuelta al coche y éste, aún dolorido, entre botes y desagradables vibraciones nos llevó por donde habíamos venido. Tomé una segunda carretera y me dirigí hacia donde tal vez estaría la avutarda.

Detuve el coche en el arcén y bajé. Enfoqué los prismáticos... Mmm... Algo se movía... ¡Bingo! No me atreví a gritar, así que hice gestos con las brazos para avisar a Alba, que permanecía en su asiento. Pero ella se estaba mirando los pies, o tal vez el móvil y no me veía. Tuve que golpear el parabrisas para que alzara la mirada. Comprendió enseguida mis gestos y se apeó.

Allí estaban. Dos avutardas caminaban tranquilas buscando alimento, a cierta distancia, ajenas a nosotros. A través del telescopio Alba pudo por fin cumplir su sueño. Apoyando el móvil en el telescopio conseguimos algunas imágenes testimoniales de este animal mítico, al cual decidimos dejar de importunar marchándonos a otro lado.

Pioc salvatge - avutarda - Otis tarda


¿Y qué conclusión sacamos de toda esta parrafada? Pues ninguna. O puede que un par: que para triunfar hay que sufrir, o tal vez que una mala experiencia puede ser el preludio de algo bueno... pero como a mí no me pagan por filosofar (de hecho no me pagan nada en absoluto) y esto no es más que un triste blog personal dejaré entonces que cada uno deduzca la moraleja.

Como habían pasado ya muchas horas y el objetivo estaba cumplido consideramos prudente iniciar el regreso. Los muchos kilómetros dan para algún pájaro a través de las ventanillas, pero sobre todo dan para mucha charla (y para jugar con Uma al delante-detrás).

- Puede que haya menos cultura que hace años -comentaba Alba.
- Tengo entendido que uno de los libros más vendidos es el de la tía esa de la tele, la Belén Rueda.
- ¿Belén Rueda? No, hombre no... Tú dices la Belén Esteban.
- Ah, eso.

Miles de estorninos nos ofrecieron un espectáculo sin igual en las cercanías de Candasnos. Cerca de allí, en la laguna, cientos y cientos de trigueros habían decidido montar un dormidero. Atardecía y el cielo se incendió.

Estornell vulgar - estornino pinto - Sturnus vulgaris




Su primo el estornino negro (estornell negre, Sturnus unicolor)


Atardecer en Candasnos






El título de esta entrada del blog es ¿Qué tienen en común Stephen Hawking y Belén Rueda?. En realidad no tienen nada en común (que yo sepa), excepto que ambos fueron mencionados a lo largo del día en nuestras largas y surrealistas charlas en el coche. Pero aunque sé que hubo una anécdota graciosa relacionada con el señor Hawking no consigo recordar de qué trataba. Y por eso llamé a Alba en busca de ayuda.

"Ayúdanos, Alba Wan Kenobi, eres nuestra última esperanza"

Pero ella tampoco la recuerda.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Papa

Como siempre, me ha costado un poco trepar pero ya estoy arriba. Mis piernas y brazos aún algo cortos no son muy útiles para llegar a las ramas más lejanas, pero mi ligero peso y la agilidad de mi cuerpo son ideales para encaramarse a lo más alto del castaño. Se trata de un árbol fuerte cercano a la casa de la bruja, en lo alto de la montaña de los castaños.

Los niños no debemos acercarnos a la casa de la bruja, nos recuerdan de vez en cuando los mayores. Es peligrosa. Vivió una bruja allí y tal vez aún lo haga. Quién sabe lo que podría hacerle a los niños que traspasan los muros de su vivienda. Sin embargo ningún mayor dijo nada de no trepar a los árboles cercanos.

Desde allí contemplo un paisaje familiar: el bosque... mi bosque. Mis árboles favoritos. Mi amiga la naturaleza. Ese mundo maravilloso que se abre ante mí y que aún debo descubrir casi por completo. Me intrigan los secretos de aquel paraje alejado de los hombres. El silencio me envuelve. Pero no es total, la brisa mece las brillantes hojas y las risueñas aves cantan por ahí cerca.

Me acomodo en el árbol, seco y áspero. El sol del verano tardío calienta mi rostro. Estoy a gusto. Siempre lo estoy cuando vago solo por el bosque. Abrazo la rama y contemplo el paisaje... por el rabillo del ojo percibo algo. Un pajarillo se ha posado cerca de mí y me mira. O más bien me estudia. Yo quedo fascinado. Tiene el pecho amarillo y las plumas de su espalda son azuladas. Una cara blanca aparece surcada por lo que parece un pequeño antifaz negro. Que combinación de colores más bonita.

Yo, por supuesto, no lo sé todavía, pero acabo de vivir un momento mágico en mi vida que se me va a quedar grabado en la mente para siempre. Seguro que los años han distorsionado algo el recuerdo, pero no lo suficiente.

Tiempo después, tal vez años (lo que le pareció a mi yo de la infancia), tal vez meses (lo que seguramente fue), hojeando un libro de ciencias naturales en casa descubro algo impresionante.

- ¡Herrerillo común!

Ahí está. Mirándome otra vez, ahora desde las páginas de un libro. No hay duda. Aquel dibujo hacía honor al ave que me miraba desde la ramita de un castaño. "Vaya herrerillo grande hay aquí posado", pensaría el párido cuando topó conmigo. El que yo veía ahora en las páginas del libro parecía pensar lo mismo. La distribución de colores era justo la de aquel duendecillo que vi en el bosque, aquel pícaro animalito que me miraba con sus ojitos relucientes, brillantes como perlas negras, y tuve una revelación. Una auténtica revelación. ¡Era posible identificar a los animales gracias a los libros! Para mi total gozo, ¡alguien se había tomado la molestia de estudiarlos y plasmarlos en sus páginas!

Mi vida cambió. Más adelante descubrí que había libros aún más especializados. E incluso algunos que recomendaban como estudiar a los animales en su entorno: parecía adecuado hacerse con unos prismáticos y tomar notas. Se empezó a forjar el naturalista de campo que quizá todos los niños lleven dentro.

Pasó el tiempo y allí mismo, en las montañas de la Serra del Corredor, a unos kilómetros del pueblo de Vallgorguina, descubrí al garrulo arrendajo, al escandaloso pito real, al asustadizo mirlo y a muchos otros más habitantes de la floresta.

Pasábamos los fines de semana y el verano en una masía situada en medio del bosque. Al principio fue Can Saleras, desde mi nacimiento en 1972 hasta que cumplí tal vez cuatro o cinco años. No teníamos luz eléctrica (usábamos quinqués de aceite y linternas), ni gas (se cocinaba con leña o con bombonas de butano) ni teléfono. El agua procedía directamente de una mina cercana.

A esa corta edad me trasladaron a Can Burget, la casa vecina situada unos cien metros más abajo, y allí terminé de pasar mi infancia siguiendo la misma fórmula: fines de semana y el verano. No estoy seguro de hasta qué época estuve allí, pero probablemente cumplí allí los once o doce años.



Descubrí en aquel bosque la diferencia entre sonidos agudos y graves. Un libro decía que el canto del cárabo era agudo, y yo andaba como loco por ver búhos del tipo que fuera. Había oído en muchas ocasiones unos gritos agudos en árboles, sin llegar nunca a identificar al emisor. Lo curioso es que siempre se oían de día. Una tarde me puse a trabajar en serio. Caminé de la manera más sigilosa posible para aproximarme a un ave que insistía con su canto en un árbol cercano. La oía casi delante de mí. Pero por mucho que miré no vi nada más que una paloma torcaz que alzó el vuelo. Tal vez asustada por mí, tal vez asustada por el cárabo, animal éste que se camufla muy bien entre las ramas de los árboles.

Esperé en silencio. El cárabo cantó algo más lejos. ¡Se había movido! Repetí la operación con toda la paciencia de la que un naturalista es capaz. El resultado fue que volví a espantar a una paloma torcaz. Algo se retorció en mi cerebro. El método científico no dejaba  muchos cabos sin atar. Al parecer, lo que yo tomaba por un cárabo era una paloma torcaz. Pero mi guía de aves decía que la torcaz tenía un canto grave no agudo. ¿Estaba, entonces, mi creencia de lo que era agudo y grave, trastocada? Así era. Gracias a unas grabaciones que adquirí años después (el Walkbird, dos cintas de cassete con los cantos de las aves de Europa) corroboré lo que ya sabía para entonces: el canto de la paloma torcaz es grave.

¿Cuántos naturalistas y ornitólogos compartimos infancias semejantes? Supongo que muchos.

Nunca agradeceré lo suficiente a mi padre, miembro de los Montañeros de Aragón, que me llevara de pequeño al paraíso, que me diera semejante oportunidad: la de crecer en lo que para mí era el mejor mundo que pude haber tenido para vivir mi infancia. Y que me diera libertad absoluta de movimientos, desde que desayunaba por la mañana hasta la cena por la noche. El bosque era mío, y las escurridizas lagartijas, que dejaban caer su cola cuando intentaba capturarlas... las espectaculares salamandras bicolores, el perezoso sapo que aparecía todas las noches bajo la ventana...

-¿Cómo se llamaba?-preguntaba mi padre.
Cipriano- decía yo a veces, -Mariano-, decía otras, e invariablemente mi padre contestaba siempre de manera afirmativa.
- Ah, sí, Mariano...

Agresivas mantis religiosas, esquivos saltamontes, que salían disparados como si una minúscula catapulta los hubiera usado como munición, hermosas mariquitas de color rojo sangre y punteadas con tinta negra, pacientes caracoles, cuya lentitud les impedía escapar a la mirada y al acoso de un niño impertinente... aquel ejército de seres, todos ellos y muchos más se convirtieron en mis confidentes y mis amigos.

Todo empezó gracias a él. Mi padre amó las montañas. Mi padre, que se emocionaba como un niño cuando respiraba el aire puro de las mañanas... que recogía leña, que presumía de lo buenas que estaban las tostadas hechas sobre las brasas de la hoguera. Que iba a buscar troncos a la leñera para alimentar aquel mismo fuego cuando anochecía y la oscuridad me aterrorizaba. Que me reñía por leer con una pequeña luz hasta tan tarde... Que se asustó y corrió mucho, muchísimo, cuando le dije que un niño había caído en la balsa y se podía ahogar... Mi padre, que era humano y cometía errores y aciertos. Al final resultó que tenía tantos miedos como yo. Y que no era inmortal.



Mi madre, la amante de los animales hizo el resto. No hay palabras suficientes para describir ni la influencia maravillosa que tuvieron ambos sobre mí ni lo agradecido que estoy a los dos por la vida que me han dado.

Buen hombre, has ido tras tu mujer. Se fue poco antes que tú y no has querido vivir sin ella.

Descansa en paz papa, descansa en paz caballero. Gracias por haberme convertido en lo que soy. Yo estoy orgulloso de ti. Te quiero. Os quiero.