sábado, 9 de septiembre de 2017

Papa

Como siempre, me ha costado un poco trepar pero ya estoy arriba. Mis piernas y brazos aún algo cortos no son muy útiles para llegar a las ramas más lejanas, pero mi ligero peso y la agilidad de mi cuerpo son ideales para encaramarse a lo más alto del castaño. Se trata de un árbol fuerte cercano a la casa de la bruja, en lo alto de la montaña de los castaños.

Los niños no debemos acercarnos a la casa de la bruja, nos recuerdan de vez en cuando los mayores. Es peligrosa. Vivió una bruja allí y tal vez aún lo haga. Quién sabe lo que podría hacerle a los niños que traspasan los muros de su vivienda. Sin embargo ningún mayor dijo nada de no trepar a los árboles cercanos.

Desde allí contemplo un paisaje familiar: el bosque... mi bosque. Mis árboles favoritos. Mi amiga la naturaleza. Ese mundo maravilloso que se abre ante mí y que aún debo descubrir casi por completo. Me intrigan los secretos de aquel paraje alejado de los hombres. El silencio me envuelve. Pero no es total, la brisa mece las brillantes hojas y las risueñas aves cantan por ahí cerca.

Me acomodo en el árbol, seco y áspero. El sol del verano tardío calienta mi rostro. Estoy a gusto. Siempre lo estoy cuando vago solo por el bosque. Abrazo la rama y contemplo el paisaje... por el rabillo del ojo percibo algo. Un pajarillo se ha posado cerca de mí y me mira. O más bien me estudia. Yo quedo fascinado. Tiene el pecho amarillo y las plumas de su espalda son azuladas. Una cara blanca aparece surcada por lo que parece un pequeño antifaz negro. Que combinación de colores más bonita.

Yo, por supuesto, no lo sé todavía, pero acabo de vivir un momento mágico en mi vida que se me va a quedar grabado en la mente para siempre. Seguro que los años han distorsionado algo el recuerdo, pero no lo suficiente.

Tiempo después, tal vez años (lo que le pareció a mi yo de la infancia), tal vez meses (lo que seguramente fue), hojeando un libro de ciencias naturales en casa descubro algo impresionante.

- ¡Herrerillo común!

Ahí está. Mirándome otra vez, ahora desde las páginas de un libro. No hay duda. Aquel dibujo hacía honor al ave que me miraba desde la ramita de un castaño. "Vaya herrerillo grande hay aquí posado", pensaría el párido cuando topó conmigo. El que yo veía ahora en las páginas del libro parecía pensar lo mismo. La distribución de colores era justo la de aquel duendecillo que vi en el bosque, aquel pícaro animalito que me miraba con sus ojitos relucientes, brillantes como perlas negras, y tuve una revelación. Una auténtica revelación. ¡Era posible identificar a los animales gracias a los libros! Para mi total gozo, ¡alguien se había tomado la molestia de estudiarlos y plasmarlos en sus páginas!

Mi vida cambió. Más adelante descubrí que había libros aún más especializados. E incluso algunos que recomendaban como estudiar a los animales en su entorno: parecía adecuado hacerse con unos prismáticos y tomar notas. Se empezó a forjar el naturalista de campo que quizá todos los niños lleven dentro.

Pasó el tiempo y allí mismo, en las montañas de la Serra del Corredor, a unos kilómetros del pueblo de Vallgorguina, descubrí al garrulo arrendajo, al escandaloso pito real, al asustadizo mirlo y a muchos otros más habitantes de la floresta.

Pasábamos los fines de semana y el verano en una masía situada en medio del bosque. Al principio fue Can Saleras, desde mi nacimiento en 1972 hasta que cumplí tal vez cuatro o cinco años. No teníamos luz eléctrica (usábamos quinqués de aceite y linternas), ni gas (se cocinaba con leña o con bombonas de butano) ni teléfono. El agua procedía directamente de una mina cercana.

A esa corta edad me trasladaron a Can Burget, la casa vecina situada unos cien metros más abajo, y allí terminé de pasar mi infancia siguiendo la misma fórmula: fines de semana y el verano. No estoy seguro de hasta qué época estuve allí, pero probablemente cumplí allí los once o doce años.



Descubrí en aquel bosque la diferencia entre sonidos agudos y graves. Un libro decía que el canto del cárabo era agudo, y yo andaba como loco por ver búhos del tipo que fuera. Había oído en muchas ocasiones unos gritos agudos en árboles, sin llegar nunca a identificar al emisor. Lo curioso es que siempre se oían de día. Una tarde me puse a trabajar en serio. Caminé de la manera más sigilosa posible para aproximarme a un ave que insistía con su canto en un árbol cercano. La oía casi delante de mí. Pero por mucho que miré no vi nada más que una paloma torcaz que alzó el vuelo. Tal vez asustada por mí, tal vez asustada por el cárabo, animal éste que se camufla muy bien entre las ramas de los árboles.

Esperé en silencio. El cárabo cantó algo más lejos. ¡Se había movido! Repetí la operación con toda la paciencia de la que un naturalista es capaz. El resultado fue que volví a espantar a una paloma torcaz. Algo se retorció en mi cerebro. El método científico no dejaba  muchos cabos sin atar. Al parecer, lo que yo tomaba por un cárabo era una paloma torcaz. Pero mi guía de aves decía que la torcaz tenía un canto grave no agudo. ¿Estaba, entonces, mi creencia de lo que era agudo y grave, trastocada? Así era. Gracias a unas grabaciones que adquirí años después (el Walkbird, dos cintas de cassete con los cantos de las aves de Europa) corroboré lo que ya sabía para entonces: el canto de la paloma torcaz es grave.

¿Cuántos naturalistas y ornitólogos compartimos infancias semejantes? Supongo que muchos.

Nunca agradeceré lo suficiente a mi padre, miembro de los Montañeros de Aragón, que me llevara de pequeño al paraíso, que me diera semejante oportunidad: la de crecer en lo que para mí era el mejor mundo que pude haber tenido para vivir mi infancia. Y que me diera libertad absoluta de movimientos, desde que desayunaba por la mañana hasta la cena por la noche. El bosque era mío, y las escurridizas lagartijas, que dejaban caer su cola cuando intentaba capturarlas... las espectaculares salamandras bicolores, el perezoso sapo que aparecía todas las noches bajo la ventana...

-¿Cómo se llamaba?-preguntaba mi padre.
Cipriano- decía yo a veces, -Mariano-, decía otras, e invariablemente mi padre contestaba siempre de manera afirmativa.
- Ah, sí, Mariano...

Agresivas mantis religiosas, esquivos saltamontes, que salían disparados como si una minúscula catapulta los hubiera usado como munición, hermosas mariquitas de color rojo sangre y punteadas con tinta negra, pacientes caracoles, cuya lentitud les impedía escapar a la mirada y al acoso de un niño impertinente... aquel ejército de seres, todos ellos y muchos más se convirtieron en mis confidentes y mis amigos.

Todo empezó gracias a él. Mi padre amó las montañas. Mi padre, que se emocionaba como un niño cuando respiraba el aire puro de las mañanas... que recogía leña, que presumía de lo buenas que estaban las tostadas hechas sobre las brasas de la hoguera. Que iba a buscar troncos a la leñera para alimentar aquel mismo fuego cuando anochecía y la oscuridad me aterrorizaba. Que me reñía por leer con una pequeña luz hasta tan tarde... Que se asustó y corrió mucho, muchísimo, cuando le dije que un niño había caído en la balsa y se podía ahogar... Mi padre, que era humano y cometía errores y aciertos. Al final resultó que tenía tantos miedos como yo. Y que no era inmortal.



Mi madre, la amante de los animales hizo el resto. No hay palabras suficientes para describir ni la influencia maravillosa que tuvieron ambos sobre mí ni lo agradecido que estoy a los dos por la vida que me han dado.

Buen hombre, has ido tras tu mujer. Se fue poco antes que tú y no has querido vivir sin ella.

Descansa en paz papa, descansa en paz caballero. Gracias por haberme convertido en lo que soy. Yo estoy orgulloso de ti. Te quiero. Os quiero.

1 comentario:

  1. Cómo siempre, impresionantemente precioso hermanito, me quito el sombrero <3

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