domingo, 6 de diciembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 10): Varanger. Ekkeroy y llegada a Vardo.

Abandonamos la isla de Vadsoya para encaminarnos hacia nuestro siguiente destino: Ekkeroy, una pequeñísima península situada al este de Vadso.

Puesto que estaba muy cerca, llegamos enseguida. En Ekkeroy pudimos ampliar nuestra lista de especies observadas: a la entrada del pueblo unos charranes descansaban y a veces revoloteaban entre las rocas de la orilla. Resultaron ser charranes árticos (Sterna paradisaea). Ninguno de los tres los habíamos visto nunca antes, y fue un auténtico lujo poder identificarlos primero y observarlos, fotografiarlos y filmarlos a placer después.


Charrán artico (Sterna paradisaea).


En las cercanías unos acantilados nos depararon la primera de las dos colonias de aves marinas que veríamos a lo largo de todo nuestro viaje. Cientos de gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla) armaban un gran barullo a lo largo y ancho de las paredes. En mi caso era la primera vez que contemplaba un espectáculo semejante y quedé muy impresionado. La imagen de las gaviotas gritando incesantemente en sus nidos a poca distancia de nosotros nos mantuvo anonadados durante bastante rato, pero al final tuvimos suficiente y nos marchamos de aquel lugar.


Antes de irnos sin embargo pudimos contemplar aún otra ave nueva en nuestra lista: un arao aliblanco (Cepphus grylle) se dejó ver en el mar, no muy lejos de la orilla. Al ser un ave tan inconfundible la identificación fue instantánea, y la alegría enorme.



Pero el tiempo transcurría rápido. Seguía siendo 7 de julio pero no iba a durar eternamente, así que nos pusimos de nuevo en marcha para intentar alcanzar Vardo, una isla situada más al este, y uno de los lugares más interesantes que pudimos visitar.

Aún debíamos encontrar un lugar para pasar la siguiente noche, y en esta ocasión íbamos a permitirnos el lujo de dormir bajo un techo. En la isla de Vardo íbamos a intentar encontrar un hotel barato, o en su defecto una habitación en la que descansar.

La carretera por la que conducíamos se extendía paralela a la costa sur de la península de Varanger. Pero para llegar a Vardo debíamos abandonar la península. Al llegar al final de la carretera detuvimos el vehículo. La isla de Vardo se alzaba en el mar frente a nosotros. Pero no se llegaba a ella a través de un ferry ni nada parecido. Se llegaba a la isla a través de un túnel que pasaba bajo el mar. En efecto, no nos hallábamos realmente en el punto final de la carretera. Ésta se inclinaba suavemente hasta descender bajo las aguas.

Desde nuestro coche mirábamos fijamente la boca del túnel que se abría ante nosotros. Tras él la orilla del mar y agua. Al otro lado nuestro destino.


Es una sensación extraña. Podemos movernos en un coche durante horas, incluso volar en avión, comer productos que no tienen aspecto natural o beber líquidos que no vemos en la naturaleza. Sin embargo nada de eso nos parece ni siquiera curioso puesto que estamos acostumbrados a ello. ¿Pero cuántas veces en nuestras vidas pasamos bajo el mar conduciendo nuestro coche?

La idea de avanzar por un túnel sabiendo que sobre ti hay millones de litros de agua es bastante impresionante. No es que sintiéramos pánico, ni mucho menos, pero sí un gran respeto. Si se hundía el túnel estábamos perdidos. Lo mismo ocurriría en un túnel de montaña, y sin embargo parece algo menos importante supongo que porque lo hacemos más a menudo.


Pero al final surgimos al otro lado del túnel, a la superficie, ya en la isla de Vardo. La experiencia era digna de ser explicada. Era como si hubiéramos probado la atracción estrella de algún parque de atracciones.

Nos centramos finalmente en la búsqueda de un alojamiento. En Noruega el euro no es válido, pero sí las tarjetas de crédito. La moneda es la corona, que equivale aproximadamente a la décima parte de un euro (al menos en julio del 2007). Estábamos avisados de que los hoteles de Vardo eran caros, pero así y todo preguntamos en uno de ellos. La noche costaba unas 2.000 coronas, es decir, unos 200 euros.

Descartamos la posibilidad de pernoctar en un hotel ya que se salía de nuestro presupuesto. Pero siguiendo las indicaciones de unos bonitos mapas que habían llegado a nuestras manos en un centro de información nos dispusimos a explorar Vardo en busca de otros alojamientos. Aquel centro de información se hallaba junto al puerto. Y en sus aguas nadaban plácidamente dos araos aliblancos (Cepphus grylle). Se hallaban cerca y pudimos observarlos y fotografiarlos a placer. Parecía mentira que fuera tan fácil contemplar a esta especie. Estábamos asombrados.

Arao aliblanco (Cepphus grylle).

Vardo.
Gracias al mapa que teníamos en nuestras manos localizamos una bonita casa de unos lugareños que alquilaban habitaciones. El lugar era precioso. La casa era grande, estaba exquisitamente decorada y tenía jardín, y a nosotros todo esto nos pareció un lujo después de tantas noches durmiendo en el suelo o en el coche.

Apremiamos a la señora que nos mostraba su hogar a que nos dijera el precio, porque no queríamos perder más tiempo. Sabíamos que iba a ser caro y debíamos dedicar las horas que quedaban a buscar otra alternativa.

Yo pensaba que aquella amable mujer quería mostrarnos las exquisiteces de su hogar para ponernos la miel en los labios y que luego, pidiera lo que pidiera, quisiéramos a toda costa quedarnos en aquel lugar.

Pero entonces nos pidió 500 coronas en total por una habitación para tres personas: dos camas y un plegatín. Mis cálculos mentales me jugaron una mala pasada y creí que en el hotel nos habían pedido 200 coronas y era caro, y que aquella mujer nos pedía más del doble. Por eso me sorprendí cuando oí a Cristina y Dani aceptar la oferta.

Rápidamente mi mente se percató del error: 500 coronas era la cuarta parte de lo que pedía el hotel. En total unos 50 euros. A pagar entre tres. Una auténtica ganga. Me avergoncé un poco de mis recelos hacia aquella afable y simpática lugareña y me enamoré por enésima vez de la gente de aquellas tierras.

No sólo era barato. Teníamos libertad para usar la cocina y el baño de la planta de abajo, donde se ubicaba nuestra habitación. Y por si fuera poco la señora nos anunció que ella y su marido se marchaban unos días a su casa de veraneo, así que nos dejaban las llaves para que entráramos y saliéramos a nuestro aire. Solo nos pidió que al marcharnos dejáramos las llaves en el buzón.

Vista trasera de la casa.

Si le hubiera dado un beso tal vez nos habrían echado de aquella casa, así que no lo hice. Pero aquella mujer no sé si era consciente de lo que significaba para nosotros. Teníamos poco dinero y aquella noche cenaríamos en una mesa, dormiríamos en camas y podríamos lavarnos adecuadamente. Puesto que además estábamos rodeados de una fauna mítica y de unos paisajes árticos inigualables lo mínimo que podíamos creer era que nos hallábamos en el paraíso.

Resuelto por fin el problema del alojamiento decidimos continuar con nuestra exploración de Varanger. Aún quedaban varias horas hasta el "anochecer" de aquel lugar donde el sol no se ponía y no íbamos a malgastarlas.

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