martes, 13 de octubre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 9): Varanger

Despertamos la mañana del día de San Fermín, acompañados de nuestros amigos los renos, que pastaban tranquilos bajo la eterna luz diurna. Como ya dije en la entrada anterior, habíamos acampado en un lugar paradisíaco. Y aunque ya mostré entonces algunas fotografías de aquellos prados no he podido evitar añadir algunas más tomadas al comienzo de la nueva jornada.

Estas imágenes no solo dan fe de cuanto escribo, si no que además muestran la orografía del terreno y el hábitat en el que nos encontrábamos viviendo.

Renos (Rangifer tarandus)
Vista del lugar en el que habíamos pasado las horas de sueño.

Una vista más amplia. Se ve la tienda de campaña, a Cristina Prieto un poco más a la izquierda, sobre ella en la lejanía la iglesia de Nesseby, y a la derecha de la imagen un grupo de renos.

Debo indicar aquí que escribir la crónica de este viaje dos años después de haberlo realizado se ha convertido en ocasiones en una auténtica labor de investigación. Pero la existencia de internet y el hecho de tener fotos del viaje y varios documentos guardados (billetes de avión, tíckets de tiendas, mapas, apuntes, etc.) me ha permitido obtener información de la que carecía. En esta ocasión he podido recuperar el nombre del primer lugar al que fuimos tras despertarnos y recoger el campamento: el pueblo de Annijoki. Porque sinceramente, no tenía ni idea de cómo se llamaba. En este caso concreto no había anotaciones, tan solo fotos. Pero internet es una herramienta maravillosa.

Aclarado esto, añadiré que fuimos a Annijoki por equivocación. Malinterpretamos unas indicaciones que debían llevarnos a Vadso y a la isla de Vadsoya. Pero este tipo de errores nunca son problemáticos: siempre hay algo que contemplar, vayas donde vayas.

En el precioso puerto de Annijoki fotografiamos un gran bando de gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla) que reposaba sobre el espigón. Pero personalmente me enamoró más el lugar en sí que las gaviotas. Aunque quizá en Varanger todo tiene encanto mágico para alguien procedente de tierras mediterráneas.

Gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla)
Dani y Cristina observando las gaviotas.
Indudablemente, es un puerto pesquero.
Secaderos para el pescado.
Nos dirigimos a continuación, esta vez sí, a Vadso, donde hay que cruzar un puente para llegar hasta la cercanísima isla de Vadsoya, lugar en el que aparcamos el vehículo para dar un paseo y observar algunas de las especies más interesantes de todo nuestro viaje.

Ni siquiera hizo falta empezar a caminar: desde el mismo aparcamiento se veía un grupo de 12 ejemplares de éider de Steller (Polysticta stelleri) que hizo nuestras delicias. Aquello prometía. Y la isla no decepcionó, ni siquiera en lo que respecta al durísimo clima ártico: una ventolera terrible no permitía ni por un segundo que olvidáramos dónde nos encontrábamos.

Ya que hoy estoy en plan revelador, haré un nuevo inciso. Escribir la crónica de esta expedición tiene muchos alicientes. Por un lado se revive el viaje mientras se escribe. Por otro se realiza una necesaria y agradecida labor de compendio y ordenación de las notas, fotografías, documentos y mapas (se le pone nombre y apellidos a información que flotaba en el limbo). Pero quizá una de las cosas más agradables que suceden sea el redescubrimiento de todas aquellas especies animales observadas por aquel entonces. No había quedado en el olvido su avistamiento, pero en ocasiones sí lo había hecho el lugar en el que se hallaron ciertas especies, o el momento del día, o el número de ejemplares vistos. Algo así ocurrió con el éider de Steller. Recordaba que vimos un grupo en Vadsoya pero... ¿existían fotos? Creía que sí. ¿Filmaciones? No estaba seguro. ¿Eran muchas aves o solo unas pocas? Todo esto tiene importancia para nosotros puesto que en el caso concreto del éider de Steller esa fue la primera y la última vez que lo pudimos observar no solo en Varanger, si no en toda nuestra vida. Al menos de momento.

Todas esas preguntas obtienen siempre respuesta cuando recopilo información para escribir esta crónica. Y por cierto, sí disponíamos de fotografías y de una filmación, corta pero intensa.

Éider de Steller (Polysticta stelleri), una de las estrellas indiscutibles de nuestro viaje.

El paseo por la isla deparó entre otras especies algunos individuos de bisbita gorgirrojo (Anthus cervinus) así como los inevitables falaropos picofinos (Phalaropus lobatus) que nadaban en la pequeña laguna redonda que es destino imprescindible para cualquier ornitólogo que visite Varanger. Y digo inevitables porque al parecer su avistamiento está garantizado en esa lagunilla. Junto a ellos nadaba un buen bando de porrones moñudos (Aythya fuligula).

Falaropo picofino (Phalaropus lobatus)
Porrones moñudos (Aythya fuligula)
Un pequeño refugio de madera en la isla. Sabía a gloria protegerse del incesante y durísimo viento aunque fuera durante solo unos segundos.
Era 7 de julio, la jornada no había hecho más que comenzar y pensábamos aprovecharla todo lo que pudiéramos. Para nuestro regocijo, el nuevo y larguísimo día prometía más maravillosas sorpresas en el extremo norte de Europa.

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