sábado, 4 de julio de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 4): de Oulu a Rovaniemi

Nos despertamos en la tienda de campaña tras un buen sueño reparador. Era el 5 de julio.

A pesar de hallarnos bastante al norte en lo que al continente europeo se refiere, el calor iba a ser la tónica del día una vez más. El verano del mes de julio parece tan implacable en estas tranquilas tierras como lo puede ser en las húmedas regiones mediterráneas.

Un primer vistazo a nuestro querido observatorio sobre la bahía nos permitió disfrutar de nuevo del omnipresente pigargo, de las estiradas grullas y de un carricerín cejudo (Acrocephalus schoenobaenus) que alegraba la mañana con su insistente canto. Pero lo mejor estaba por llegar, si es que consideramos poca cosa el despertarse por las mañanas para ver pigargos y escuchar la melodía de los carriceros.

Carricerín cejudo (Acrocephalus schoenobaenus)

Decidimos dar un paseo por otros caminos cercanos, a fin de descubrir algún nuevo punto de observacion desde los carrizales, con la esperanza de ampliar nuestro repertorio faunístico. Una agradable caminata nos llevó a recorrer un largo y estrecho sendero que moría en lo que aparentaba ser una abandonada cabaña de madera negra, lúgubre, situada ya muy cerca del agua. Tal vez fuera una choza de pescadores de temporada, o quizá tuviera otro uso que ahora no alcanzo a descubrir.


Regresando por el camino hubo un atisbo de movimiento en el suelo. Esperamos pacientemente a que se repitiera, y fuimos recompensados. Un adulto de andarríos bastardo (Tringa glareola) paseaba a sus pollitos entre las paredes de carrizo que flanqueaban la senda.

Puesto que era nuestra única vía de regreso, no tuvimos más remedio que avanzar. Las inteligentes aves parecieron no haber existido nunca en el camino cuando llegamos a la altura del punto en el cual deberían haberse hallado.

Pero nos detuvimos de nuevo al descubrir aún algo más, mucho más lejos. La potente óptica de los telescopios nos mostró, a unos cincuenta metros de distancia, una de las aves más interesantes que íbamos a poder observar a lo largo de todo nuestro viaje: el grévol.

El grévol (Bonasa bonasia) era un pequeño gallo norteño que teníamos totalmente olvidado en nuestras guías. Su visión nos llenó de sorpresa y de satisfacción a un tiempo. El miedo inicial a disfrutar de él sólo durante los segundos que duró su lejano avistamiento fue sustituido por la alegría de la contemplación de varios ejemplares que a lo largo de aquella mañana fueron desfilando -algunos a muy corta distancia- frente a nuestros prismáticos.

Regresamos a nuestro coche y sin apenas tiempo de saborear aquel regalo de la fauna de Finlandia vivimos otro momento memorable. Apenas habíamos recorrido unos metros a bordo del vehículo cuando tuvimos que detenernos de nuevo, porque por el medio de la pista forestal cruzaba una mamá de gallo lira (Tetrao tetrix) seguida por toda una procesión de pequeños gallitos de muy poca edad.

La hembra de gallo lira se ocultó con tranquilidad y paciencia en el bosque aledaño. La visión de nuestro coche, nuestras voces, nuestro movimiento, no le hizo acelerar el paso en ningún momento, actitud que creo que sus pequeños pollos agradecieron.

Una vez escondida entre las ramas del sotobosque era casi imposible verla más que por algunos resquicios.

Ya con el campamento recogido y acuciados por la falta de tiempo emprendimos la marcha hacia el norte, pero desviándonos primero unos pocos kilómetros más hacia el oeste para visitar durante unas horas el puerto de Varjakka.

Buscábamos con esto abrirnos más al golfo de Bothnia para ampliar la posibilidad de ver gaviotas y otras aves marinas. Y de nuevo la suerte nos acompañó. Las dudas que pudieron aparecer la jornada anterior se disipaban rápidamente con cada nuevo hallazgo: una hembra de porrón bastardo (Aythya marila) nadaba por las aguas del puerto; un adulto de gaviota argéntea (Larus argentatus) se hallaba posada unos metros más allá; una hembra de serreta grande (Mergus merganser) nadaba acompañada de sus crías, atenta a cualquier señal que pudiera representar una amenaza para sus pequeños.

Gaviotas canas (Larus canus)

Cristina y Jordi estudiando a la hembra de porrón bastardo.


Hembra de porrón bastardo (Aythya marila)
.

Hembra de serreta grande (Mergus merganser) con algunos de los pollos.


¡Ataque vikingo! Este precioso barco se aproximaba a la costa.


El tiempo pasaba, y a pesar de que cuanto más al norte estábamos, más duraba el día, no debíamos olvidar que éste tenía igualmente veinticuatro horas, y que eran diez los que teníamos en total para recorrer Finlandia entera de sur a norte y de norte a sur, y para visitar la cada vez más cercana península de Varanger en el extremo norte de Noruega.

Así que montamos de nuevo en nuestro vehículo (un magnífico Renault que se convirtió en nuestro cuarto compañero de viaje) y emprendemos rumbo a las profundidades de Laponia: tomamos la ruta hacia Rovaniemi.

Las tierras laponas tal vez sean un excelente ejemplo de lo que es el auténtico norte de Europa en invierno, pero aquella tarde de aquel 5 de julio fue de las más calurosas que recordamos.

Aparcamos en la cuneta de una carretera solitaria rodeada totalmente de bosques. Allí sentados en el suelo recobramos algunas fuerzas comiendo algo de lo que llevábamos, tras lo cual decidimos dar un paseo por una pista forestal cercana. En una rama reclamaba un carbonero lapón (Parus montanus) y otro ejemplar lejano le contestaba.

Reemprendimos la marcha, y el paso de nuestro vehículo por las excelentes carreteras laponas nos permitió contemplar los primeros renos (Rangifer tarandus) de nuestro viaje y por consiguiente de nuestras vidas.

Una carretera en Finlandia.

Aunque el animal que aparece en la señal es un alce, lo normal es cruzarse con renos.


Nuestros primeros renos (
Rangifer tarandus).

Llegamos por fin a Rovaniemi y nos instalamos en un cámping para pasar la noche. Cristina y yo dormimos a pierna suelta, mientras que Dani optó por dar un paseo aprovechando que allí la oscuridad definitivamente ya no existía. No tardó de todas maneras en regresar para darle al cuerpo su merecido descanso. El día siguiente prometía ser muy interesante: íbamos a dar el asalto definitivo al viaje intentando llegar por fin a Varanger. El paraíso de los ornitólogos.

Dani y Jordi tras plantar la tienda.

Diez minutos después de la medianoche Dani realizaba esta fotografía. El reloj no engaña.

2 comentarios:

  1. Vamos a ver... Encima de la foto pone "diez minutos después de la medianoche"...

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