domingo, 2 de mayo de 2010

Finlandia-Noruega 2007 (parte 14): Komagvaer, la tundra.

Pusimos rumbo a Komagvaer, ya en dirección oeste, o lo que es lo mismo, iniciando ya realmente el camino de regreso a Finlandia, parando allá donde fuera necesario para seguir disfrutando de la fauna escandinava.

Habíamos pasado el ecuador del viaje pero las sensaciones seguían siendo muy buenas.

En Komagvaer tomamos una carretera que durante unas horas nos desviaría hacia el norte. La carretera ascendía hacia las colinas, hacia el interior de la península de Varanger. En todos los días que habíamos pasado en la península no nos habíamos separado de la costa. Por primera y única vez íbamos a realizar una pequeña incursión a los prados de la tundra alejados del mar.

A los pocos kilómetros de Komagvaer detuvimos el vehículo porque unas aves nos llamaron la atención. Un minucioso examen nos reveló que eran págalos raberos (Stercorarius longicaudus). Un ejemplar se hallaba parado en el suelo, entre las hierbas. Nos sorprendió lo difícil que resultaba ver la larga pluma que sobresalía de su cola a pesar de que no había mucha distancia entre el ave y nosotros. Cerca de aquel lugar pudimos observar también un zorzal alirrojo (Turdus iliacus).

Págalo rabero (Stercorarius longicaudus)



Avanzamos unos kilómetros más con el coche, hasta que llegamos a un punto que nos pareció bueno, es decir, que el paraje nos pareció que prometía mucho. Dejamos el vehículo apartado del camino y nos dirigimos hacia las colinas.

La ascensión fue bastante sencilla, pero así y todo estábamos lo suficientemente altos como para contemplar el mar a lo lejos y gozar de un paisaje sobrecogedor allá donde miráramos.

La limpieza del aire y la ausencia de árboles nos ofrecieron la visión de un mundo formado por un tapiz verde interminable, que a pesar de lo que pudiera parecer por la latitud en la que nos hallábamos no tenía nada de inhóspito. La temperatura era buena, la paz absoluta, la fauna generosa, la compañía grata, y el mullido suelo de musgos y líquenes invitaban al descanso, aunque eso sería más tarde. Ahora tocaba explorar aquellas altiplanicies.

Montaje fotográfico a partir de dos imágenes separadas que intenta dar una idea de la belleza del lugar.
Al fondo se puede ver el mar.
Cristina y Dani disfrutando de la tundra.Una tranquila caminata nos descubrió a los habitantes de la tundra de Varanger: a los págalos raberos que ya habíamos observado anteriormente se les sumaron los págalos parásitos (Stercorarius parasiticus), los vuelvepiedras (Arenaria interpres), los chorlitos dorados (Pluvialis apricaria) y otras aves. Las liebres variables (Lepus timidus) compartían con ellas aquel paraíso.

Algunas aves criaban y defendían sus territorios. Nidifican en el suelo, y cuando detectábamos parejas territoriales, fueran de la especie que fueran, intentábamos evitarlas para no molestarlas. Así por ejemplo pudimos ver zarapitos trinadores (Numenius phaeopus) con pollos, y recuerdo especialmente una pareja de págalos parásitos que se mostraron bastante osados ante nuestra cercana presencia.


Hallamos una espléndida cornamente de reno. Nos habría gustado guardarla de recuerdo pero era demasiado grande. De izquierda a derecha: Daniel González, Jordi Sala, Cristina Prieto.

Pudimos ver también una aguja colipinta (Limosa lapponica) y un ratonero calzado (Buteo lagopus). Pero una de las aves que más me gustó y de la que tengo un recuerdo especial es el escribano lapón (Calcarius lapponicus).

En muchas de las fotos que tomamos en Varanger se puede apreciar el granulado provocado por la falta de luz. Casi todas las imágenes se tomaron apoyando una simple cámara digital en el ocular del telescopio. Éstas en concreto, que muestran a un macho de escribano lapón (Calcarius lapponicus) se realizaron aproximadamente a medianoche.

Pusimos especial énfasis en la búsqueda del búho nival (Nyctea scandiaca), sin fortuna alguna, como era de esperar, aunque nunca perdimos la esperanza de encontrarlo.

Era ya muy tarde. El día 8 de julio había tocado a su fin y nos hallábamos de pleno en el día 9. Decidimos regresar junto al vehículo y plantar la tienda de campaña.

Posiblemente en aquel lugar tuve uno de los mejores descansos de mi vida. ¿Existe una situación más agradable para un naturalista de campo agotado que tumbarse a descansar en el mullido colchón que es el musgo de la tundra, tras disfrutar de inigualables experiencias con la fauna norteña, y con la certeza de que al día siguiente todo aquello seguirá allí?


Nos dormimos casi de inmediato sobre el mejor colchón del mundo convencidos de que despertaríamos completamente descansados y con fuerzas para afrontar el tramo final del viaje: la salida de Varanger y el descenso por el este de Finlandia a través de Kuusamo.

2 comentarios:

  1. Felicidades por el viaje. Me he leído el relato del tirón. Está lleno de detalles sugestivos, como Lepus timidus (liebre variable), yo soy muy de letras y me pareció genial el nombre; evidentemente, imágenes de aves preciosas, son tan cercanas a nuestros chorlitos y demás... pero supongo que serán diferentes, estando tan lejos... Un cordial saludo, y gracias por compartirlo.

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  2. Gracias de nuevo Ana. Si realmente te has leído todo el viaje del tirón entonces me quito el sombrero y te felicito yo a ti.
    Siendo de letras como dices, seguro que sabrás de sobras que siempre es un gran placer descubrir que alguien te lee.

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