domingo, 8 de abril de 2012

Viaje al Atlántico: Canarias y Salvajes, parte 8 y última

Nuestro viaje llegaba a su final.

Llegó la mañana. Las últimas millas antes de llegar a Tenerife nos depararon todavía algunas observaciones interesantes: un págalo grande (Stercorarius skua), pardelas pichonetas (Puffinus puffinus), chicas (Puffinus assimilis) y cenicientas (Calonectris diomedea) y petreles de Bulwer (Bulweria bulwerii).

Llegamos finalmente a puerto tras nuestra corta pero intensa expedición a las Islas Salvajes. Nos despedimos de Arturo, el patrón del barco, y de Marga y César. Sin embargo aún podríamos disfrutar de la hospitalidad de Juan José Ramos unas cuantas horas más.

Haríamos noche en Los Silos, su pueblo de residencia, situado en el noroeste de la isla. De camino hacia allí nos detuvimos en la carretera junto al Barranco de Ruiz, unos acantilados cercanos al mar, para intentar observar halcón de Tagarote (Falco pelegrinoides). Y el ave apareció. Algo lejos, pero lo hizo. No era seguramente la observación de nuestras vidas, pero no estaba la cosa para exigencias: había ya muy poco tiempo por delante. Nuestras horas en Tenerife llegaban a su fin.

Pero aún hubo tiempo para más sorpresas. Retomada la marcha, sentado al volante de nuestro coche de alquiler, gocé del privilegio de contemplar el rayo verde, ese último rayo que muestra el sol cuando se esconde al atardecer tras el horizonte, si el aire está limpio y la visibilidad es buena. Lo curioso del caso es que había intentado verlo en los días anteriores en lugares más adecuados que el interior de un vehículo en marcha, pero no había habido suerte hasta ahora. Fue tan solo un instante, una aparición del sol poniente entre casas asentadas en las curvas de la carretera, pero suficiente para gozarlo en su plenitud. Fui muy afortunado. Un fenómeno menos en la lista de cosas maravillosas que me gustaría ver antes de morir (entre otras cosas aún me quedan los tornados y las auroras).

Pernoctamos en Los Silos. A la mañana siguiente Juanjo nos mostró un par de pequeñas maravillas de aquél lugar: primero los numerosos gorriones morunos (Passer hispaniolensis) que significaron bimbo para Dani y para mí, y que habíamos buscado en Santa Cruz de Tenerife días antes sin hallar ni uno. En segundo lugar, Juanjo nos mostró el espectacular esqueleto de rorcual boreal (Balaenoptera borealis) expuesto en un bonito mirador situado junto al mar.



Fueron los últimos momentos con nuestro guía y ya amigo Juanjo, a quién no puedo estar menos que enormemente agradecido por todo lo que hizo por nosotros aquellos días, y por compartir con nosotros sus conocimientos y experiencias.

Nos despedimos de él y pusimos rumbo al aeropuerto. Pero aún  hubo unos minutos finales más de "birding". Nos detuvimos a medio camino para buscar en un merenderos de la corona forestal del Teide el precioso pinzón azul (Fringilla teydea), pero sin suerte. La intención era que Dani pudiera bimbarlo, cosa que Cris y yo ya habíamos hecho días antes.

El pinzón no apareció, pero sí el reyezuelo canario (Regulus teneriffae), el pinzón vulgar canario (Fringilla coelebs tintillon) y una collalba gris (Oenanthe oenanthe).

Pinzón vulgar (Fringilla coelebs tintillon)

Reyezuelo canario (Regulus teneriffae)

Tras esas observaciones aún ocurrieron cosas y vimos aves de las cuales podría dar detalle, pero no lo haré porque es innecesario, sería redundante y el relato a partir de aquí ya carece de interés. Baste añadir que un avión nos trasladó de vuelta a Barcelona con la retina repleta de imágenes que jamás olvidaremos, con recuerdos de momentos únicos y seguramente irrepetibles. Otro gran viaje ornitológico había finalizado, y con estas líneas finaliza también la narración de aquella odisea a las Islas Salvajes, una impresionante experiencia de la cual me siento privilegiado por haber sido partícipe.

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