domingo, 5 de junio de 2016

Zenaidas, fuscicollis, collarinos y cornejas cenicientas.

¡Menudo mes de mayo de rarezas que hemos tenido en el delta del Llobregat!

Zenaida huilota, cornejas cenicientas, papamoscas collarino y correlimos de Bonaparte. Esta primavera está dejando sorpresas muy agradables, y si tuviera que decidir cuál ha sido la más interesante no lo tendría nada claro.

En primer lugar está la Zenaida huilota (Zenaida macroura), tórtola americana que se dejó ver durante unos días en el aparcamiento adyacente a la autovía de la reserva natural Remolar-Filipines. Fue identificada el 1 de mayo por Guillem Izquierdo, aunque creo que el 30 de abril ya había sido observada.

En cuanto llegó a mis oídos la noticia de su presencia, lo primero que pensé fue:

- Paso de ir a verla.

En efecto, mi primera conclusión fue la de que sin duda se trataría de un ave escapada de jaula.

Pero al final pudo la curiosidad (como siempre, a quién vamos a engañar), y tres días después, el 4 de mayo me desplacé con mi amiga Alba hasta el punto de la observación con la esperanza de tener suerte. Los primeros dos minutos fueron de cierta decepción y temor al no observar nada y contemplar el lugar donde supuestamente debía estar el ave: una lengua de asfalto de unos pocos metros de longitud, un callejón sin salida limitado por unas vallas a un lado y al fondo, y por la autovía al otro.

"¿Aquí se supone que hay un ave?", pensé. No lo parecía en absoluto. La zenaida no es pequeña como un gorrión o un mosquitero, y no había obstáculos que impidieran en principio echar un amplio y certero vistazo al lugar.

Craso error. Sin embargo, esa primera decepción causó que me tomara con mucha más alegría la repentina aparición del pájaro. Se asustó a nuestro paso y levantó el vuelo tan solo a unos pocos metros de distancia. Desapareció tras unos matojos y lo perdí de vista. ¿Era la zenaida? Tenía toda la pinta.

Volvimos unos metros atrás para buscar un mejor lugar desde donde escudriñar la zona por la cual había desaparecido, que no era otra que la autovía cargada de coches que pasaban a toda velocidad, en un tramo en el que está permitido ir a más de 100 km/h. Allí, bajo la valla protectora que recorre el arcen asomaba una cabecita.

Telescopio plantado, avistamiento confirmado. Y algunas fotos. La zenaida decidió cambiar de zona y se posó lejos de los coches, en un lugar mucho más tranquilo y mucho más adecuado para nuestras ansias vouyeristas. Ahí llegó la segunda tanda de fotos, y también la oportunidad de estudiar con más detenimiento al ejemplar: no llevaba anillas, volaba perfectamente, plumaje en estado óptimo... la cosa se ponía interesante. Ni permitía que las personas se acercaran, ni se asustaba demasiado, tal cual como reacciona en nuestras tierras la abundante tórtola turca.

¿Cabía la posibilidad de que fuera realmente un ave salvaje? No se puede descartar en absoluto, aunque probablemente llegara a bordo de un barco. Pero aunque el origen sea desconocido es mejor eso que la confirmación (mediante anillas por ejemplo) de que fuera un ave escapada del cautiverio.

Zenaida huilota (Zenaida macroura)





El 8 de mayo bimbé correlimos de Bonaparte (Calidris fuscicollis), actualmente denominado correlimos culiblanco (pero qué queréis que os diga, al menos esta vez dejad que le llame de Bonaparte, que me gusta mucho más; prometo llamarle culiblanco la próxima vez que lo vea).

Fue descubierto en la maresma de les Filipines por Xavier Aute y Lluís Gustamante a las 9 de la mañana del 8 de mayo. Era domingo, y a esas horas yo estaba desayunando en Badalona con Sílvia, mi novia. Recibí el chivatazo en el móvil. Antes de eso ya estaba planteándome dar un paseo por el delta del Llobregat, pero fue aquella información la que me empujó definitivamente.

A las 12:15 ya estaba bimbando el correlimos. Aunque la observación fue rápida, sencilla, y nada sorpresiva (cuando entré en el hide los ornitólogos que había dentro ya tenían localizada al ave), la importancia de la especie y lo bien que se portó frente a mi telescopio hizo que me sintiera realmente satisfecho.

La mañana comenzó a convertirse en mágica cuando aparecieron dos charrancitos, una golondrina dáurica, dos correlimos de Temminck, cuatro garcillas cangrejeras, tres canasteras y...  ¡cuatro fumareles comunes! A pesar de su nombre, es una especie muy rara en Catalunya. Hacía muchos años que no los veía y no los esperaba para nada, así que tuve uno de esos orgasmos ornitológicos que ocurren de vez en cuando.

Correlimos de Bonaparte (Calidris fuscicollis)







Fumarel común (Chlidonias niger)


Coincidí allí con Javier Valladares, y le conté mi intención de ir a echar un vistazo a la playa. Tal vez hubiera algo interesante en el mar. A Javier le gustó la idea y decidió acompañarme. Sabia decisión. Caminábamos junto a los pinos que acompañan el sendero de la playa cuando le comenté:

- Creo que ayer vieron un papamoscas collarino por la Jonquera.
- Ostras, ese bicho sí que debe molar...
- Y tanto... Mira, allí hay algo.

Un macho de papamoscas collarino se posó frente a nosotros. De espaldas. Nos mostró su collar completo. A continuación nos miró y decidió salir volando para alejarse cruzando la riera de Sant Climent.

Supongo que se nos quedó cara de bobalicones. A la incredulidad le siguió la felicidad total. Nos dimos un apretón de manos y varias palmadas en la espalda. Para Javier era bimbo. Para mí casi que también: sólo lo había visto una vez, años atrás, pero con unos prismáticos en mal estado y desenfocados. Fue un ejemplar que apareció frente a mí durante un segundo y que no dejó más recuerdo que el de una pequeña cosa negra y blanca borrosa que desapareció tan rápido como había aparecido. Todo lo contrario que éste.

Aún algo aturdidos por lo que acabábamos de ver, sin tiempo para recuperarnos del shock pudimos disfrutar de otro espectáculo ornitológico más, aunque ya no en tierra firme: frente a la playa seis paíños comunes deambulaban aquí y allá a no mucha distancia de la costa, permitiéndonos contemplar la franja blanca de sus alas y sus revoloteos sobre la superficie del agua. Les acompañaban ocho charrancitos, dos pardelas cenicientas, cuatro charranes patinegros y decenas de pardelas baleares. Nunca antes había visto tan bien los paíños como en esta ocasión. El día mágico terminaba de una manera maravillosa.

Se me tiraba el tiempo encima y decidí marcharme, pero Javier se quedó un rato más para intentar fotografiar al papamoscas collarino. Tal vez el ave volviera. En efecto, su fé fue recompensada y consiguió inmortalizarlo.

Papamoscas collarino (Ficedula albicollis), foto de Javier Valladares.


El broche final de este mayo lo han puesto dos cornejas cenicientas (Corvus cornix). Pero antes de hablar de ellas haré un pequeño inciso para mencionar al precioso fumarel aliblanco que se plantó frente a mí el día 10. Esta vez me acompañó mi amiga Alba, en una jornada mucho más tranquila que la anterior, y que "solo" me aportó esta nueva especie y un papamoscas gris balear (Muscicapa striata balearica), con un pecho totalmente blanco carente de listas. Además conseguí unas bonitas fotos de garceta común.

Fumarel aliblanco (Chlidonias leucopterus)

Garceta común (Egretta garzetta)

Volvamos a las cornejas cenicientas. Esta especie, rareza total en España, llevaba sin embargo siendo regular en Catalunya desde el año 2012 (siempre ejemplares solitarios). Pero a mí se me escapaba. A veces por los pelos, pero el caso es que no había conseguido observarla nunca en España (la bimbé en Finlandia hace tiempo). Finalmente este año ha caído, y de qué manera.

El 14 de mayo dos ejemplares fueron observados en la antigua desembocadura del río por varios ornitólogos (José García Moreno, Jordi Clavell, Raúl Bastida, Eio Ramon y otros). El 17 de mayo una de las aves fue vista en el casco urbano de El Prat de Llobregat (Marc Iranzo). El 21 de mayo Quique Carballal observó en el mismo punto los dos ejemplares juntos, recogiendo material para la construcción de un nido en unas coníferas cercanas.

Al día siguiente, el 22 de mayo, fui yo por fin a ver las cornejas. Llegué a media mañana, antes de las once. Aparqué nervioso en una de las calles cercanas y fui en su busca. Al principio el panorama era desolador: cientos de personas se agolpaban bajo las coníferas donde supuestamente debería estar el nido, pero no eran ornitólogos buscando aves. Era una competición de zumba. Con la música a todo volumen, grupos de chicas bailaban en un escenario alentadas por una speaker con micrófono. El público aplaudía y yo maldecía mi suerte.

Pero al parecer a las cornejas les importaba menos que a mí la diversión a la que se habían lanzado los humanos. Me sobrevolaron un par de veces. ¡Por fin! En un descampado cercano recogieron material para su nido, tal como hicieron la tarde anterior ante los ojos asombrados de Quique. Podría acabar siendo la primera reproducción de la especie en España.

Cornejas cenicientas (Corvus cornix)










Informé triunfante vía móvil a todo aquél que quisiera escucharme y me marché con una sonrisa de oreja a oreja a pasear un rato por el canal de la Bunyola, para ver si completaba aún más el día con otras observaciones. Y lo que pasó fue que me topé con lo que creo que es una culebra viperina (Natrix maura), aunque agradeceré cualquier ayuda en la identificación, ya que no soy ningún experto en serpientes.




Para finalizar, cabe añadir que el pasado martes día 31, el último día del mes, vi con Alba de nuevo a las cornejas, pero de una manera muy distinta. Habíamos dado un anodino paseo por el Remolar en el que lo más destacado fue un híbrido de garceta común y garceta dimorfa que llevaba tiempo viéndose por la zona. A éste nivel hemos llegado: algo tan interesante como este híbrido ha pasado un poco sin pena ni gloria por esta crónica...

Híbrido de garceta común y garceta dimorfa (Egretta garzetta x gularis)


Decidimos probar suerte en Can Dimoni. Pero antes de llegar allí, apenas medio kilómetro más al norte de la barrera de entrada a la reserva di un frenazo y detuve el coche junto a una rotonda. ¡Una corneja cenicienta buscaba alimento entre los hierbajos!

Aparcamos y tomé varias fotos, incrédulo otra vez ante el espectáculo. Esperaba verlas en el Prat, junto al nido, no allí.


Podría decir que fue el azar quién nos llevó un rato más tarde definitivamente al Prat de Llobregat, pero en realidad fue la sed y el hambre. De cerveza y de bravas, no de aves. Nos sentamos en la terraza de un bar mientras el segundo ejemplar de corneja revoloteaba por las cercanías, esta vez sí junto a las coníferas que albergaban el nido.

¿Ya no llevaban material? ¿No van a criar finalmente? ¿Sí lo harán y se turnan en la búsqueda de alimento?

Hoy 4 de junio aún siguen por el Baix Llobregat las cornejas. Habrá que ver cómo termina su historia.

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