viernes, 25 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 8): de Rovaniemi a la península de Varanger (cuarta parte). Éxtasis en Varanger.

Escribo aquí la cuarta y última entrada correspondiente al tramo de viaje que nos llevó desde Rovaniemi, en Finlandia, hasta el principio de la península de Varanger, en el extremo norte de Noruega.

Posteriores entradas relatarán qué vimos, qué hicimos, cómo vivimos las maravillosas jornadas que pasamos en Varanger, aquel bellísimo lugar. Pero primero quiero contar como fue nuestra llegada, cómo fueron las últimas horas de aquel viernes 6 de julio del año 2007, y las primeras horas del día siguiente.

Como dije en la entrada anterior, nos alejábamos de la frontera en nuestro coche alquilado. Algunos árboles flanqueaban la carretera, pero no muchos. De hecho, cada vez se veían menos, y a medida que se acercaban las horas nocturnas y llegábamos más y más al norte el paisaje se aclaraba de manera ostensible.

Estábamos en la tundra.

Apareció junto a nosotros el río Tana. No podíamos avanzar sin dejar de mirar por las ventanillas hacia el agua, que quedaba a un nivel bastante más inferior que el de la carretera. En un momento dado nos pareció ver una foca, pero resultó ser un simple submarinista. Sin embargo este avistamiento no podemos considerarlo una auténtica anécdota, ya que en ningún momento llegamos a estar convencidos de que aquello fuera un pinípedo... o tal vez sí. Tal vez Cristina gritara en algún momento: "¡es una foca!".

Al cabo de varios kilómetros un puente atravesaba el río Tana, río que desemboca en el fiordo de Tana, que da al mar de Barents, en el océano glacial ártico. Pasado el puente unos pescadores preparaban unos aparejos en la fría orilla. Por la presencia de unas pancartas y de unos pocos vehículos parados en aquel lugar dedujimos que había tenido lugar algún tipo de fiesta local, e incluso parecía que aún continuaba en cierta manera. Nos detuvimos unos minutos para poder contemplar de cerca un adulto de gaviota argéntea (Larus argentatus) que se hallaba posada muy tranquila a pocos metros de nosotros.

Río Tana
Gaviota argéntea (Larus argentatus)
Continuamos la marcha y al poco la carretera se apartó definitivamente del río, tomando rumbo al este, hacia el fiordo de Varanger.

En el tramo que nos llevó del río hasta el fiordo pudimos contemplar un paisaje algo tétrico. Los campos oscuros, con apenas algún que otro arbolito de ramas secas, se sucedían uno tras otro sin gran variación. Volvieron las voces bajas y el silencio al interior del vehículo. La experiencia de visitar un paisaje nuevo, un hábitat, un ecosistema que no habíamos conocido hasta aquel momento ninguno de los tres integrantes de la expedición nos llenaba de respeto y admiración. Y más cuando la imagen que pasaba rauda junto a nuestras ventanillas era tan lúgubre y mortecina como aparentemente carente de vida.


Pero por fin llegamos. Varanger nos daba la bienvenida. El ambiente era totalmente nórdico, tanto en lo referente al clima como al medio ambiente, y por supuesto también en lo referente a la fauna.

En efecto, pocos kilómetros después vivimos uno de los momentos más recordados de nuestro viaje, si no el que más. Una apoteosis ornitológica total, un éxtatis faunístico en toda regla, una revelación divina, un cúmulo de sensaciones que es lo que nosotros, los ornitosectarios, damos en llamar "orgasmo ornitológico".

Habíamos tomado la carretera que recorre la península por su vertiente sur, y poco antes de Nessebi nos detuvimos. Aparcamos el coche cerca de la orilla. Ya estábamos propiamente en Varanger, pisando su suelo. Era el comienzo de tres jornadas maravillosas en las que nuestras aspiraciones naturalísticas quedarían más que colmadas. Desde el primer minuto que estuvimos allí.

En aquel punto en el que nos habíamos detenido, entre la medianoche y la una de la madrugada del recién llegado día 7, con nuestros telescopios observamos un sinfín de aves que no habíamos podido detectar hasta entonces en nuestro viaje.

Mientras los mosquitos se nos comían vivos oímos cantar a nuestras espaldas a un zorzal alirrojo (Turdus iliacus), que se hallaba posado en la rama de un pequeño arbusto perteneciente a un jardín. Pero no le prestamos mucha atención a esta interesante ave, porque frente a nosotros, en el fiordo, bandos de gaviotas y anátidas nadaban, volaban, caminaban perezosamente en islotes o por las orillas. Las anátidas eran nada más y nada menos que haveldas (Clangula hyemalis), éiders (Somateria mollissima) y serretas grandes (Mergus merganser). Las gaviotas eran gaviones (Larus marinus) y argénteas. Y sobre ellas algunas lechuzas campestres (Asio flammeus) surcaban los aires, patrullando unes bosques situados en la orilla contraria del fiordo (que en este punto está bastante cerca de la orilla norte). A pocos metros de nuetra posición, los ostreros (Haematopus ostralegus) buscaban moluscos entre las guijarros.

Dani destapándose la cara para la foto a pesar de los mosquitos.
Era medianoche. Los mosquitos dificultaban enórmemente la observación. Se lanzaban a la cara por decenas. Gastamos mucho esprai repelente. El fiordo de Varanger.
Eiders comunes (Somateria mollissima) y serretas grandes (Mergus merganser).Otra vista del fiordo.

No se puede describir con palabras la sensación que tuvimos durantes aquellos minutos que duró la observación de aquella comunidad faunística tan distinta a la nuestra. Mientras miles de mosquitos hacían lo imposible por picarnos y por evitar que echáramos vistazos a través de los prismáticos o de los telescopios nosotros nos hallábamos casi en un estado de embriaguez motivado por el avistamiento de aquellas aves.

Sí, estábamos definitivamente en Varanger. La tierra de las mil maravillas árticas. El confín de Europa.

Sin embargo debíamos descansar. Llevábamos casi 20 horas de actividad naturalística prácticamente ininterrumpida. Tan sólo los desplazamientos en coche (e incluso en ocasiones ni siquiera eso) nos obligaban a guardar los prismáticos.

Finalmente tomamos la decisión de acampar. No muy lejos de allí encontramos un lugar adecuado para plantar la tienda de campaña, y nos dispusimos a dormir por fin, acolchados en la blanda vegetación de la tundra, arrullados por la suave brisa marina, y escoltados por los abundantes renos que pastaban a sus anchas a pocos metros de nosotros.

Parte del paisaje que veíamos desde nuestro campamento.
¡Dani, no lo hagas, no saltes! ¡La tienda de campaña está abajo!Otra vista desde el lugar en qué acampamos. El mejor suelo para dormir.Nuestra tienda.El acogedor interior. Luz suave, colchón mullido y naturalistas agotados: gran combinación.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 7): de Rovaniemi a la península de Varanger (tercera parte). La novatada.

Continuamos con la crónica de aquel 6 de julio del 2007, aquel día tan largo de nuestro viaje, aquella interminable pero inolvidable jornada en la que a pesar de ir muy cansados por el poco dormir no pudimos dejar de estar muy activos hasta la madrugada del siguiente día.

Tras la hermosa excursión que habíamos realizado aquella tarde regresamos al vehículo para continuar con nuestro avance hacia la península de Varanger. No nos hallábamos ya muy lejos de la frontera con Noruega. Abandonábamos la taiga para alcanzar finalmente la tundra, las frías tierras del extremo norte del planeta en las cuales los bosques ya no pueden crecer.

Llegamos con el coche a una especie de puerto de montaña, un altiplano devastado por el frío y el viento, y aquí fue donde "pagamos" mediante un pequeño susto la novatada de nuestro primer viaje al ártico.

Paramos el vehículo en aquel llano. Dani estaba agotado así que decidió dormir un rato en su asiento. Cristina y yo nos fuimos a explorar la zona, convencidos de que podríamos ver algún ave interesante.

En el exterior del coche hacía un frío tremendo. Sin embargo se podía soportar. O al menos eso creímos al principio. Eran aproximadamente las ocho de la tarde.

Unos chorlitos dorados nos observaban desde la cuneta de la carretera, asombrados, sorprendidos quizá por la presencia de dos humanos en aquel paraje.

Nos armamos de valor y avanzamos algunos metros entre rocas, matorrales y vegetación baja. Sin embargo al cabo de pocos minutos comprendimos que el frío era excesivo, comprendimos que a pesar de ir muy abrigados el aire taladraba nuestras ropas y que no podríamos soportar mucho tiempo más aquella situación.

Resignados decidimos regresar al interior del coche, nuestro caliente refugio, el único en kilómetros y kilómetros. Nuestra salvación por el momento.

¿Qué extraño lugar era aquél, tan desolado y tan frío, que no se parecía en nada a ninguno de los paisajes que habíamos recorrido hasta el momento?

Con los prismáticos miré a través del parabrisas hacia adelante, hacia donde nos dirigíamos. Lo que vi me dejó aún más helado. El alma se me cayó a los pies.

Frente a mí se extendían kilómetros de montañas negras, salpicadas de placas de nieve. Un paisaje aterrador, signo de la dureza extrema del clima en aquellas tierras. Ni un solo árbol. Ni una sola construcción humana. Ni una sola señal de vida. Solo roca negra y hielo.

Cabía reunirse y pensar. Era necesaria una asamblea. Así que despertamos a Dani.

Se quedó muy sorprendido por la situación. No había salido del vehículo todavía, y cuando lo abandonó para caminar unos metros comprobó que Cristina y yo no exagerábamos. La temperatura era glacial.

De vuelta los tres en el coche expuse las espeluznantes imágenes que en aquel momento rondaban por mi cabeza. Les dije que tal vez nos habíamos equivocado, que tal vez habíamos infravalorado el frío del ártico. ¿Y si Varanger estaba mucho más deshabitada de lo que suponíamos? Mi saco de dormir soportaba quince grados bajo cero, pero... ¿qué temperatura íbamos a encontrarnos realmente? ¿Y si estaba muy por debajo del cero? ¿Qué ocurriría si durante las horas nocturnas la temperatura descendía a menos veinte o menos treinta grados? Al fin y al cabo estábamos en el extremo norte de Europa, quizá mucho más cerca del polo de lo que pensábamos. ¿Y si horas más tarde, en algún llano, plantábamos la tienda de campaña para descansar y nos congelábamos durante el sueño? ¿Cabía la posibilidad real de no despertar nunca? ¿Era posible que nos hubíeramos equivocado tanto? Tal vez no estábamos preparados. Tal vez, como he dicho, habíamos infravalorado al ártico.

Por primera vez en todo el viaje estábamos realmente preocupados.

Así las cosas, propuse algunas posibilidades:

1 - Podíamos dar media vuelta y continuar explorando Finlandia. Podíamos olvidar Varanger.
2 - Por el contrario, si seguíamos adelante se me ocurría una estrategia a seguir: puesto que los tres teníamos permiso de conducir, uno de nosotros podría dormir en el asiento trasero mientras los otros dos permanecían despiertos, velaban por el dormido y observaban la fauna a un tiempo. Los despiertos deberían vigilar siempre a los dormidos, y vigilarse también entre ellos, a fin de que el conductor no cayera en el sopor, provocando un accidente de consecuencias agravadas por el frío polar. Mientras uno descansaba, los otros dos conducirían. Nunca nos pararíamos.
3 - Otra posibilidad era no descansar en absoluto. Según el mapa, parecía que la península de Varanger no era tan grande. Quizá en 24 horas diera tiempo suficiente a explorarla y salir de ella para recorrer algunos cientos de kilómetros hacia el sur para poder dejarnos caer por fin en las garras del sueño. Tal vez fuera una locura... o tal vez no.

En cualquier caso la respuesta unánime del grupo fue la más valiente de todas. En ningún momento nos planteamos ninguno de los tres el regreso. Teníamos que continuar. La segunda opción (dormir por turnos) era una buena alternativa en el caso de que no aguantáramos despiertos. Y siempre teníamos la posibilidad de volver atrás.

Valientemente, arrancamos el motor. El silencio del llano se fundió con el de nuestras voces. Sentíamos tal respeto por la magnitud de la experiencia que se nos llenaba el alma por completo del miedo ancestral hacia las fuerzas de la naturaleza que debieron sentir nuestros antepasados.

Lo más curioso de todo fue la rapidez con que se desvaneció aquel temor.

La carretera abandonaba el altiplano en un claro descenso. A los pocos kilómetros la temperatura subió claramente, y poco después apareció ante nosotros la frontera: varias gasolineras y construcciones humanas de todo tipo salpicaban el lugar. Sin embargo no se veían apenas personas. Ni siquiera apareció la policía fronteriza para soliticarnos el pasaporte (Noruega no pertenece a la comunidad europea). Las barreras estaban abiertas y se podía acceder al país sin ningún tipo de problemas.

Nuestras emociones se debatían entre el alivio por ir errados en nuestros temores, que ahora parecían enormemente absurdos, y la alegría de hallarnos en Noruega atravesando tierras pobladas de árboles, recorriendo paisajes inmensamente diferentes a aquellos que habíamos pisado muy poco antes.

La excitacion de la aventura recorría nuestras venas.

Recordando ahora esta pequeña anécdota que vivimos, se me ocurre una explicación al tremendo frío de aquel extraño lugar. Me imagino que es un asunto de altitudes. Supongo que basta ascender muy pocos centenares de metros y llegar a un páramo desprotegido, un lugar abierto a merced de los vientos, para que la temperatura descienda en picado.

Sin embargo aún hoy día me pregunto qué montañas eran aquellas que vi desde aquel lugar con los prismáticos a través del parabrisas del coche, aquellas que solo estaban pobladas por oscuras rocas y blanca nieve y que por unos minutos se habían alzado como nuestro infernal e ineludible destino.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 6): de Rovaniemi a la península de Varanger (segunda parte). Una pequeña excursión.

Yo no sospechaba que aquel frío que tanto me gustó mientras observaba los chorlitos dorados estaba a punto de darnos un susto considerable. Pero eso sería unas horas más tarde de los hechos que voy a relatar a continuación.

Kilómetros después de los "campos de los chorlitos" detuvimos de nuevo el vehículo para:

- estirar las piernas
- echar un vistazo a la avifauna
- atender a las necesidades fisiológicas de nuestros cuerpos

Todo vino motivado por el hallazgo de un bonito lugar para parar. La carretera transcurría junto a un lago situado al pie de unas montañas ricamente arboladas y salpicadas de pequeñas paredes de roca. Así que una de las aves que esperábamos ver en aquel lugar era el búho real (Bubo bubo).

Aparcamos junto al lago e iniciamos una caminata que nos llevó montaña arriba. La intención inicial, como he dicho, era echar un vistazo a las paredes de rocas para buscar al gran duque. Pero la búsqueda fue infructuosa. No había búho real. ¡Imposible! ¡El lugar era perfecto! Solo faltaba la gran ave mirándonos con sus hermosos ojos naranjas. Pero no la vimos.

Sin embargo el ascenso nos deparó otras sorpresas. Nuestro esfuerzo nos llevó hasta un pequeño claro rocoso salpicado de coníferas desde el cual pudimos observar una lejana rapaz que planeaba ajena a los telescopios y prismáticos que la enfocaban. Se trataba nada más y nada menos que del ratonero calzado (Buteo lagopus), uno de los inexcusables objetivos de nuestro viaje. Una auténtica ave norteña. Una joya ante nuestros ojos.

No sé yo si aquel momento marcó un punto de inflexión en nuestra estancia en Laponia. Si no lo fue aquel instante, como mínimo sí lo fue por completo aquella larga jornada plagada de animales extraños que hasta aquel momento no habíamos conocido más que a través de los libros.

El ratonero calzado se cernía ante nosotros. Un fantasma que flotaba ante nuestra incrédula mirada.

Cristina y Dani en el claro en el que vimos el ratonero calzado.
Caras de alegría.

No acabaron allí las sorpresas. Todavía impactados por el bimbo conseguido, y en parte relajados por la certeza de que aquella pequeña excursión había sido un acierto, conseguimos ver otra especie interesantísima: el pardillo sizerín (Carduelis flammea). Nos habíamos sentado a descansar en el suelo, en un bosquecillo algo más tupido que los que acabábamos de atravesar, cuando un grupito de estos pequeños y hermosos fringílidos se nos aproximó a través de las copas de los árboles, confiados, dejándose observar a placer.

Pardillo sizerín (Carduelis flammea)

Nos hallábamos aún en lo alto de la montaña. A nuestros pies descendía una nueva ladera, situada en el lado contrario al de nuestro ascenso. Es decir, continuábamos alejándonos del coche. La ladera moría en un hermoso valle en el que dos lagos rompían la monotonía de la arboleda.

Descendimos hacia ellos, topándonos en el descenso con un sonoro pinzón real (Fringilla montifringilla), que reclamaba insistentemente en una rama desnuda.

En el primero de los lagos otra ave inesperada nos dio la bienvenida. Una hembra de serreta chica (Mergus albellus) nadaba solitaria. Las alegrías ornitológicas se sucedían unas tras otras, sin apenas tiempo para digerirlas, elevándonos a una especie de éxtasis naturalístico que como se vio más tarde, aún podíamos superar.

La serreta parecía nerviosa. Tal vez fuera nuestra presencia lo que la intimidaba, o tal vez no. Nos movíamos en silencio, a cubierto de la vegetación, pero a pesar de ello a menudo el ave levantaba el vuelo, sobrevolaba en círculos las aguas y se posaba en otro punto del lago. Finalmente desapareció y no pudimos relocalizarla.

Serreta chica (Mergus albellus)

En el segundo lago un porrón osculado joven (Bucephala clangula) nadaba también en solitario, como la serreta anterior. Parecía que ambas aves se hallaban en consonancia con la intimidad del lugar: dos pequeñas masas de agua rodeadas de bosques y situadas a cierta altitud (aunque no mucha), muy diferentes a los enormes lagos que salpicaban toda Finlandia.

Porrón osculado (Bucephala clangula)

Como el tiempo comenzaba a apremiar decidimos regresar al coche, pero siguiendo una ruta distinta a la de la ida. Si nuestro sentido de la orientación no nos engañaba podríamos caminar hacia el norte siguiendo el valle, para poder más adelante cruzarnos en algún punto con la carretera que nos llevaría de vuelta al vehículo.

El paseo no solo fue agradable, fue impresionante. Enorme rocas aparecían esparcidas en gran cantidad entre los árboles, como si unos gigantes las hubieran usado como juguetes para dejarlas después abandonadas. La visión era hermosa, y al tiempo impactante. Los tres nos sentíamos pequeños junto a aquellos miles de años acumulados en aquellas moles.

Las dejamos atrás y no sin algún esfuerzo descendimos finalmente hasta un nuevo lago, éste de grandes dimensiones, en el cual moría nuestro valle. En sus aguas divisamos el primer colimbo de nuestro viaje, un colimbo ártico (Gavia arctica).

En su espléndido plumaje nupcial surcaba las aguas para permitirnos poner un colofón final espléndido a nuestra pequeña aventura.

Colimbo ártico (Gavia arctica)