jueves, 10 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 6): de Rovaniemi a la península de Varanger (segunda parte). Una pequeña excursión.

Yo no sospechaba que aquel frío que tanto me gustó mientras observaba los chorlitos dorados estaba a punto de darnos un susto considerable. Pero eso sería unas horas más tarde de los hechos que voy a relatar a continuación.

Kilómetros después de los "campos de los chorlitos" detuvimos de nuevo el vehículo para:

- estirar las piernas
- echar un vistazo a la avifauna
- atender a las necesidades fisiológicas de nuestros cuerpos

Todo vino motivado por el hallazgo de un bonito lugar para parar. La carretera transcurría junto a un lago situado al pie de unas montañas ricamente arboladas y salpicadas de pequeñas paredes de roca. Así que una de las aves que esperábamos ver en aquel lugar era el búho real (Bubo bubo).

Aparcamos junto al lago e iniciamos una caminata que nos llevó montaña arriba. La intención inicial, como he dicho, era echar un vistazo a las paredes de rocas para buscar al gran duque. Pero la búsqueda fue infructuosa. No había búho real. ¡Imposible! ¡El lugar era perfecto! Solo faltaba la gran ave mirándonos con sus hermosos ojos naranjas. Pero no la vimos.

Sin embargo el ascenso nos deparó otras sorpresas. Nuestro esfuerzo nos llevó hasta un pequeño claro rocoso salpicado de coníferas desde el cual pudimos observar una lejana rapaz que planeaba ajena a los telescopios y prismáticos que la enfocaban. Se trataba nada más y nada menos que del ratonero calzado (Buteo lagopus), uno de los inexcusables objetivos de nuestro viaje. Una auténtica ave norteña. Una joya ante nuestros ojos.

No sé yo si aquel momento marcó un punto de inflexión en nuestra estancia en Laponia. Si no lo fue aquel instante, como mínimo sí lo fue por completo aquella larga jornada plagada de animales extraños que hasta aquel momento no habíamos conocido más que a través de los libros.

El ratonero calzado se cernía ante nosotros. Un fantasma que flotaba ante nuestra incrédula mirada.

Cristina y Dani en el claro en el que vimos el ratonero calzado.
Caras de alegría.

No acabaron allí las sorpresas. Todavía impactados por el bimbo conseguido, y en parte relajados por la certeza de que aquella pequeña excursión había sido un acierto, conseguimos ver otra especie interesantísima: el pardillo sizerín (Carduelis flammea). Nos habíamos sentado a descansar en el suelo, en un bosquecillo algo más tupido que los que acabábamos de atravesar, cuando un grupito de estos pequeños y hermosos fringílidos se nos aproximó a través de las copas de los árboles, confiados, dejándose observar a placer.

Pardillo sizerín (Carduelis flammea)

Nos hallábamos aún en lo alto de la montaña. A nuestros pies descendía una nueva ladera, situada en el lado contrario al de nuestro ascenso. Es decir, continuábamos alejándonos del coche. La ladera moría en un hermoso valle en el que dos lagos rompían la monotonía de la arboleda.

Descendimos hacia ellos, topándonos en el descenso con un sonoro pinzón real (Fringilla montifringilla), que reclamaba insistentemente en una rama desnuda.

En el primero de los lagos otra ave inesperada nos dio la bienvenida. Una hembra de serreta chica (Mergus albellus) nadaba solitaria. Las alegrías ornitológicas se sucedían unas tras otras, sin apenas tiempo para digerirlas, elevándonos a una especie de éxtasis naturalístico que como se vio más tarde, aún podíamos superar.

La serreta parecía nerviosa. Tal vez fuera nuestra presencia lo que la intimidaba, o tal vez no. Nos movíamos en silencio, a cubierto de la vegetación, pero a pesar de ello a menudo el ave levantaba el vuelo, sobrevolaba en círculos las aguas y se posaba en otro punto del lago. Finalmente desapareció y no pudimos relocalizarla.

Serreta chica (Mergus albellus)

En el segundo lago un porrón osculado joven (Bucephala clangula) nadaba también en solitario, como la serreta anterior. Parecía que ambas aves se hallaban en consonancia con la intimidad del lugar: dos pequeñas masas de agua rodeadas de bosques y situadas a cierta altitud (aunque no mucha), muy diferentes a los enormes lagos que salpicaban toda Finlandia.

Porrón osculado (Bucephala clangula)

Como el tiempo comenzaba a apremiar decidimos regresar al coche, pero siguiendo una ruta distinta a la de la ida. Si nuestro sentido de la orientación no nos engañaba podríamos caminar hacia el norte siguiendo el valle, para poder más adelante cruzarnos en algún punto con la carretera que nos llevaría de vuelta al vehículo.

El paseo no solo fue agradable, fue impresionante. Enorme rocas aparecían esparcidas en gran cantidad entre los árboles, como si unos gigantes las hubieran usado como juguetes para dejarlas después abandonadas. La visión era hermosa, y al tiempo impactante. Los tres nos sentíamos pequeños junto a aquellos miles de años acumulados en aquellas moles.

Las dejamos atrás y no sin algún esfuerzo descendimos finalmente hasta un nuevo lago, éste de grandes dimensiones, en el cual moría nuestro valle. En sus aguas divisamos el primer colimbo de nuestro viaje, un colimbo ártico (Gavia arctica).

En su espléndido plumaje nupcial surcaba las aguas para permitirnos poner un colofón final espléndido a nuestra pequeña aventura.

Colimbo ártico (Gavia arctica)

2 comentarios:

  1. y donde está el susto???

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  2. Tendrás que esperar a la siguiente entrada del blog. ;)

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