miércoles, 23 de septiembre de 2009

Finlandia-Noruega 2007 (parte 7): de Rovaniemi a la península de Varanger (tercera parte). La novatada.

Continuamos con la crónica de aquel 6 de julio del 2007, aquel día tan largo de nuestro viaje, aquella interminable pero inolvidable jornada en la que a pesar de ir muy cansados por el poco dormir no pudimos dejar de estar muy activos hasta la madrugada del siguiente día.

Tras la hermosa excursión que habíamos realizado aquella tarde regresamos al vehículo para continuar con nuestro avance hacia la península de Varanger. No nos hallábamos ya muy lejos de la frontera con Noruega. Abandonábamos la taiga para alcanzar finalmente la tundra, las frías tierras del extremo norte del planeta en las cuales los bosques ya no pueden crecer.

Llegamos con el coche a una especie de puerto de montaña, un altiplano devastado por el frío y el viento, y aquí fue donde "pagamos" mediante un pequeño susto la novatada de nuestro primer viaje al ártico.

Paramos el vehículo en aquel llano. Dani estaba agotado así que decidió dormir un rato en su asiento. Cristina y yo nos fuimos a explorar la zona, convencidos de que podríamos ver algún ave interesante.

En el exterior del coche hacía un frío tremendo. Sin embargo se podía soportar. O al menos eso creímos al principio. Eran aproximadamente las ocho de la tarde.

Unos chorlitos dorados nos observaban desde la cuneta de la carretera, asombrados, sorprendidos quizá por la presencia de dos humanos en aquel paraje.

Nos armamos de valor y avanzamos algunos metros entre rocas, matorrales y vegetación baja. Sin embargo al cabo de pocos minutos comprendimos que el frío era excesivo, comprendimos que a pesar de ir muy abrigados el aire taladraba nuestras ropas y que no podríamos soportar mucho tiempo más aquella situación.

Resignados decidimos regresar al interior del coche, nuestro caliente refugio, el único en kilómetros y kilómetros. Nuestra salvación por el momento.

¿Qué extraño lugar era aquél, tan desolado y tan frío, que no se parecía en nada a ninguno de los paisajes que habíamos recorrido hasta el momento?

Con los prismáticos miré a través del parabrisas hacia adelante, hacia donde nos dirigíamos. Lo que vi me dejó aún más helado. El alma se me cayó a los pies.

Frente a mí se extendían kilómetros de montañas negras, salpicadas de placas de nieve. Un paisaje aterrador, signo de la dureza extrema del clima en aquellas tierras. Ni un solo árbol. Ni una sola construcción humana. Ni una sola señal de vida. Solo roca negra y hielo.

Cabía reunirse y pensar. Era necesaria una asamblea. Así que despertamos a Dani.

Se quedó muy sorprendido por la situación. No había salido del vehículo todavía, y cuando lo abandonó para caminar unos metros comprobó que Cristina y yo no exagerábamos. La temperatura era glacial.

De vuelta los tres en el coche expuse las espeluznantes imágenes que en aquel momento rondaban por mi cabeza. Les dije que tal vez nos habíamos equivocado, que tal vez habíamos infravalorado el frío del ártico. ¿Y si Varanger estaba mucho más deshabitada de lo que suponíamos? Mi saco de dormir soportaba quince grados bajo cero, pero... ¿qué temperatura íbamos a encontrarnos realmente? ¿Y si estaba muy por debajo del cero? ¿Qué ocurriría si durante las horas nocturnas la temperatura descendía a menos veinte o menos treinta grados? Al fin y al cabo estábamos en el extremo norte de Europa, quizá mucho más cerca del polo de lo que pensábamos. ¿Y si horas más tarde, en algún llano, plantábamos la tienda de campaña para descansar y nos congelábamos durante el sueño? ¿Cabía la posibilidad real de no despertar nunca? ¿Era posible que nos hubíeramos equivocado tanto? Tal vez no estábamos preparados. Tal vez, como he dicho, habíamos infravalorado al ártico.

Por primera vez en todo el viaje estábamos realmente preocupados.

Así las cosas, propuse algunas posibilidades:

1 - Podíamos dar media vuelta y continuar explorando Finlandia. Podíamos olvidar Varanger.
2 - Por el contrario, si seguíamos adelante se me ocurría una estrategia a seguir: puesto que los tres teníamos permiso de conducir, uno de nosotros podría dormir en el asiento trasero mientras los otros dos permanecían despiertos, velaban por el dormido y observaban la fauna a un tiempo. Los despiertos deberían vigilar siempre a los dormidos, y vigilarse también entre ellos, a fin de que el conductor no cayera en el sopor, provocando un accidente de consecuencias agravadas por el frío polar. Mientras uno descansaba, los otros dos conducirían. Nunca nos pararíamos.
3 - Otra posibilidad era no descansar en absoluto. Según el mapa, parecía que la península de Varanger no era tan grande. Quizá en 24 horas diera tiempo suficiente a explorarla y salir de ella para recorrer algunos cientos de kilómetros hacia el sur para poder dejarnos caer por fin en las garras del sueño. Tal vez fuera una locura... o tal vez no.

En cualquier caso la respuesta unánime del grupo fue la más valiente de todas. En ningún momento nos planteamos ninguno de los tres el regreso. Teníamos que continuar. La segunda opción (dormir por turnos) era una buena alternativa en el caso de que no aguantáramos despiertos. Y siempre teníamos la posibilidad de volver atrás.

Valientemente, arrancamos el motor. El silencio del llano se fundió con el de nuestras voces. Sentíamos tal respeto por la magnitud de la experiencia que se nos llenaba el alma por completo del miedo ancestral hacia las fuerzas de la naturaleza que debieron sentir nuestros antepasados.

Lo más curioso de todo fue la rapidez con que se desvaneció aquel temor.

La carretera abandonaba el altiplano en un claro descenso. A los pocos kilómetros la temperatura subió claramente, y poco después apareció ante nosotros la frontera: varias gasolineras y construcciones humanas de todo tipo salpicaban el lugar. Sin embargo no se veían apenas personas. Ni siquiera apareció la policía fronteriza para soliticarnos el pasaporte (Noruega no pertenece a la comunidad europea). Las barreras estaban abiertas y se podía acceder al país sin ningún tipo de problemas.

Nuestras emociones se debatían entre el alivio por ir errados en nuestros temores, que ahora parecían enormemente absurdos, y la alegría de hallarnos en Noruega atravesando tierras pobladas de árboles, recorriendo paisajes inmensamente diferentes a aquellos que habíamos pisado muy poco antes.

La excitacion de la aventura recorría nuestras venas.

Recordando ahora esta pequeña anécdota que vivimos, se me ocurre una explicación al tremendo frío de aquel extraño lugar. Me imagino que es un asunto de altitudes. Supongo que basta ascender muy pocos centenares de metros y llegar a un páramo desprotegido, un lugar abierto a merced de los vientos, para que la temperatura descienda en picado.

Sin embargo aún hoy día me pregunto qué montañas eran aquellas que vi desde aquel lugar con los prismáticos a través del parabrisas del coche, aquellas que solo estaban pobladas por oscuras rocas y blanca nieve y que por unos minutos se habían alzado como nuestro infernal e ineludible destino.

2 comentarios:

  1. Diommmio, por tu última descripción de las montañas yo diría que, una de dos, o era Mordor o eran las Montañas de la Locura fijo.

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  2. Recordaba más a Mordor. Algún día volveré.

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