sábado, 2 de agosto de 2014

Grizzly Man. Un pequeño escrito sobre el miedo y el sentido de la vida.

Hace poco vi Grizzly Man, un documental del año 2005.

Dirigido por Werner Herzog, narra la historia de Timothy Treadwell, un estadounidense que durante más de una década convivió con osos grizzly en Alaska, hasta que en el año 2003 fue atacado junto a una novia que tenía por entonces. Ambos murieron y fueron devorados.

Treadwell se filmaba a sí mismo, y estas grabaciones fueron usadas por Herzog para construir parte de su documental. En el momento de la muerte la cámara estaba en marcha, pero con la tapa puesta. Se grabó el audio pero no imágenes. Este audio no se escucha (con buen criterio a mi entender) en ningún momento en el documental.





Dejaré a un lado la crítica cinematográfica. Baste con decir que me gustó y que me despertó emociones. Y en parte quiero escribir sobre esas emociones, pero también sobre lo que considero que va a ser algo cercano a la filosofía.

Porque, si bien sentí tristeza, temor, incluso emoción, como naturalista no pude tampoco dejar de amasar ideas en mi cabeza sobre la conveniencia o no de acercarse a los osos, ni dejé de observar su comportamiento fascinante durante un solo segundo.

Si hablo sobre las emociones que sentí, debo remitirme en primer lugar a las palabras que dijo el piloto del hidroavión que halló el campamento con los cadáveres:

- Algo no iba bien en el campamento, había silencio. Corrí de vuelta al hidroavión, y vi entonces al oso que me miraba. Ya volando comprendí que había estado a punto de correr la misma suerte. Había estado a punto de morir, y sentí una adrenalina como nunca la había sentido antes. Me mareé y mis miembros se adormecieron.

Eso me llevó a reflexionar. Muchas veces he ido al campo en situaciones de riesgo, ya fuera porque iba solo o porque visitaba regiones de cierto peligro. De hecho a menudo se dieron ambas circunstancias. Montañas altas y medianas, parajes despoblados, acantilados, gargantas, ríos, la tundra ártica, islas, cuevas... Como naturalista te marcas más o menos un itinerario en un mapa, pero invariablemente tu mente inquieta te empuja a explorar nuevos caminos, nuevas laderas, nuevos bosques, y siempre terminas caminando unos metros más, unos metros más...

En alguna de esas ocasiones pude haberme fracturado una pierna (o haberme golpeado la cabeza) tras un resbalón inoportuno. Una vez estuve a punto de pisar una víbora aspid, a muchos kilómetros del pueblo más cercano y en una zona de muy difícil acceso. En otra ocasión estando solo a 2500 metros de altitud sufrí una fuerte insolación acompañada de un principio de congelamiento de los pies. Atravesar laderas pedregosas, trepar árboles, hundirse en aguas desconocidas, sufrir picaduras y mordeduras... Nunca ha pasado nada grave, pero el documental me hizo recordar que debemos ser cautos, como tristemente nos recuerdan de vez en cuando las crónicas de sucesos.

Sé que siempre hay más posibilidades de morir en la ciudad atropellado o en un accidente de tráfico que en la alta montaña si se toman un mínimo de precauciones. Sin embargo, tras ver la película sentí cierto temor por todas aquellas veces en las que me confié y olvidé que la naturaleza también puede dañarte.

Los osos que tenemos aquí no se pueden comparar con un grizzly. Los nuestros son más pequeños y temen al hombre. Supongo que decir que nos tienen pánico debe ser aún más adecuado. Sin embargo una de las veces que sentí algo que pueda definir como lo más cercano al terror auténtico y a la desesperación (tal vez una especie de ataque de ansiedad) fue atravesando a pie un territorio osero de noche en la Vall d'Aran. No temía que un oso buscara presas entre los hombres, cosa que descartaba, si no más bien que pudiera sorprender sin pretenderlo a uno de ellos, y que el espanto le llevara a atacar, o que simplemente en su huida decidiera pasar justo por donde yo me encontraba.

¿Qué era ese miedo terrible, que el piloto del hidroavión me hizo recordar? Seguramente algo ancestral, por supuesto, perteneciente a la época en que el hombre vivía realmente entre los osos y otros depredadores y podía ser devorado, algo arraigado en nuestros genes y que quizá se active de manera muy esporádica porque ya es muy difícil hoy en día encontrarse en esa situación.

Me sorprendió asustarme tanto. Yo, que llevaba toda una vida caminando por bosques, ¿me asustaba de un simple paseo nocturno? ¿Me preocupaba morir bajo las garras y los dientes de un oso? Mi yo racional no habría tenido miedo, pero se tomó unas horas de vacaciones. Recuerdo unos escritos del doctor Félix Rodríguez de la Fuente: se hallaba en la sabana africana, rodeado de vegetación de media altura. Estando de pie su mirada llegaba hasta muy lejos, y posiblemente vería a cualquier depredador que se aproximara. Decidió hacer un pequeño experimento. Se sentó en el suelo para que sus ojos quedaran a la altura de los pequeños ungulados, como las gacelas. Desde aquella posición no podía ver nada, y un león podría haberse aproximado hasta muy corta distancia sin poder ser detectado. Félix no aguantó así más que unos segundos. Su imaginación echó a rodar, como le ocurrió a la mía, y no pudo soportar el quedarse sentado pensando en la posible proximidad de un león. Su cuerpo reaccionó ante el pavor y se irguió.

Me pasaron muchas cosas más por la cabeza tras ver el documental. Vivimos, morimos... puedo matar un mosquito con mis propias manos y no lo lamento. Mueren dos personas a las que ni siquiera conocí y me siento triste. Triste, por supuesto, por la manera en que se produjo. No diré que Treadwell se sintiera traicionado por los osos. Yo no lo veo así. Los naturalistas sabemos que la naturaleza es muy cruel, muchísimo. La amamos y la defendemos. Que ella nos abofetee en la cara de esa manera es doloroso, pero no podemos decir que nos haya traicionado. Sabemos lo que hay, y a pesar de eso, y a veces justo por eso, la amamos más todavía.

Sin embargo, los mosquitos que maté con mis manos estaban vivos. Había vida en ellos, y ahora no la hay. Yo soy incapaz de devolvérsela. ¿Es realmente tan valiosa la vida? Ayer hablaba con una amiga. Me comentaba que mientras los osos son felices comiendo, durmiendo, y preocupándose de poco más (de nosotros básicamente), los humanos tenemos la maldición o bendición, según se mire, del raciocinio, de la conciencia y de la inteligencia. ¿Qué más da todo, si llegará un día en el que tampoco existiremos? ¿No seríamos más felices si fuéramos ignorantes y nos limitáramos a disfrutar (o sufrir) las tareas más básicas? Tal vez no, tal vez sí. Pero en cualquier caso no importa, porque al fin y al cabo lo que importa es la realidad, y somos lo que somos, seres inteligentes con inquietudes y curiosidad. Nos hacemos preguntas y nos gusta encontrar las respuestas. Esta misma entrada del blog obedece a ello.

Timothy Treadwell murió renegando de la humanidad, pero su desaparición nos ha servido de recordatorio: la naturaleza es hostil. Lo es inevitablemte, porque la permanencia en el mundo se basa en la supervivencia, en la perpetuación del fuerte y la desaparición de los menos adaptados.

Las últimas palabras del documental son bastante acertadas. Werner Herzog no veía en la mirada de los osos grizzly ni un pequeño atisbo de humanidad. Tan solo veía ojos buscando alimento o valorando amenazas. Así que para resumir podría terminar diciendo que la naturaleza merece siempre nuestro máximo respeto. No es divertida, como puede entender un humano la diversión, pero es lo más hermoso, sorprendente e interesante que puede ofrecernos nuestro querido planeta.

2 comentarios:

  1. Muy interesante tocayo...no conocía el documental ...seguro que lo busco y lo veo esta noche..Salud!!

    ResponderEliminar
  2. Gracias Xurde. Espero que lo disfrutes como yo lo hice. Un abrazo.

    ResponderEliminar