domingo, 12 de noviembre de 2017

Brasil 2017: el viaje ornitológico que no era ornitológico.

Enero de 2017. Sílvia y yo nos habíamos reunido con Pili en su casa. Estábamos a punto de pagar los billetes para volar a Brasil. Tras mucho mirar y remirar la pantalla del ordenador llegamos a la conclusión de que todo parecía estar en orden.

- Y... ¡aceptar! -dijo Pili mientras pulsaba el ratón.

Sílvia y ella se pusieron a bailar en la medida que les permitía el pequeño tamaño de la habitación.

- ¡Nos vamos a Brasil! ¡!Nos vamos a Brasil! -cantaban.

Le llegó un correo electrónico a Pili. Seguramente era la confirmación de la reserva del vuelo.

- ¡Cómo que el pago de mi tarjeta no ha sido aceptado! ¿Por qué? -exclamó incrédula e indignada.

Aunque aún tardamos unos días en solucionar el tema, al final todo quedó en un pequeño susto: efectivamente, íbamos a ir a Brasil.

Un vuelo largo...


Habíamos comprado los billetes con antelación porque nos salía más barato. Ahora comenzaba una pequeña planificación del viaje, que incluía vacunas y algunos papeleos. Íbamos a visitar a Óscar y Henrique. Residían en Crissiumal, un hermoso pueblo cercano a la frontera con Uruguay. Las fechas escogidas fueron las de la segunda quincena de agosto, coincidiendo con el invierno en el hemisferio sur.

- Recuerda que no es un viaje ornitológico -me avisó Sílvia de camino a casa.
- Ya lo sé, ya. Pero, bueno, algo veremos. Me llevaré los prismáticos y la cámara de fotos pero dejaré el telescopio.
- ...

Un par de meses antes de partir fuimos a vacunarnos contra la fiebre amarilla, el tifus, la hepatitis y el tétanos, todo por recomendación del médico. En mi caso no tuve problemas. Me atendió un muchacho muy amable. Sílvia y Pili tuvieron menos suerte.

- ¿A Brasil? ¡Eso es muy peligroso! -gritaba el doctor.
- Bueno, nosotras vamos al sur, allí todo es muy diferente -contraatacó Pili.
- Les recomiendo que tengan mucha precaución. Podrían morir por la cosa más tonta. ¡Ni se les ocurra meterse en el agua!
- No nos bañaremos en ríos, vamos a casa de amigos y familiares.
- No duerman al raso -continuó el doctor, ignorando el comentario de Pili-, los insectos son muy peligrosos. ¡Y beban solo agua embotellada¡ ¡Podrían sufrir diarreas espantosas!
- Como le decía, vamos a casa de amigos y familiares y allí no hay peligro de...
- Deberán dormir con mosquitera. Y el tráfico... Ufff, tengan mucho cuidado con el tráfico. La primera causa de mortalidad entre los turistas son los accidentes automovilísticos.

Milagrosamente todos sobrevivimos al viaje y hoy en día puedo escribir esta crónica.

Vacunados, bien equipados y burocráticamente legalizados pudimos por fin emprender el vuelo el día señalado.

- Ya sabes que no es un viaje ornitológico, vamos a visitar a Óscar y Henrique -me recordaba de vez en cuando Sílvia.
- Ya lo sé, ya lo sé. Pero bueno, por si acaso me he comprado un par de guías de aves de Brasil.
- ...





Visitar Brasil...

Era para mí un sueño. Esto implicaba muchas cosas. Bueno, tres al menos:

1 - Por primera vez en mi vida iba a cruzar el ecuador terrestre. Cuando esto ocurre es tradición entre los marinos realizar una pequeña ceremonia. Yo lo crucé en avión y no hubo ningún tipo de celebración. Sin embargo mentalmente me reservé la posibilidad de realizarla yo mismo en el futuro. Ya se me ocurriría algo.
2 - Por primera vez en mi vida cruzaría un océano.
3 - Por primera vez en mi vida iba a poner pie en un continente distinto al mío (las Canarias no cuentan, pues aunque geográficamente estén en África, son islas, no el continente).

Esas tres cosas ocurrieron el 11 de agosto de este año 2017.

Partimos la madrugada de ese día hacia el aeropuerto. Los tres íbamos a vivir las más exóticas aventuras durante quince días junto a Óscar y Henrique, quienes nos habían preparado un inmenso tour de 4000 kilómetros por parte de los tres estados más sureños del país. Todos teníamos unas ganas enormes de iniciar el viaje, Pili y Sílvia con sus ansias familiares y turísticas, y yo con mi oscuro y malvado plan de... ver pájaros.

El itinerario se iniciaría y finalizaría en Porto Alegre.


Pili conducía. Partió de Santa Coloma de Gramanet y nos recogió a Sílvia y a mí en Badalona. Los tres recorrimos la ronda litoral de Barcelona. Aún era de noche. Pasamos junto al McDonalds dormido, con luces apagadas y con su logo verde casi invisible en la oscuridad.

Ni la huelga de los empleados de seguridad en el aeropuerto (que nos obligó a hacer una larga cola), ni la bochornosa actuación de unos pasajeros, que habían leído mal su ubicación en el avión y querían echar de manera equivocada a unos turistas que se habían sentado correctamente, ni tampoco la larga espera de un último pasajero despistado evitaron nuestra marcha. Alzamos el vuelo.

Hicimos escala en Lisboa sin tiempo para visitar la ciudad. Cambiamos de avión y nos dispusimos a sobrevolar el océano. El sol ya había salido ¡Podría contemplar el paisaje a través de los cristales! No, no pude. Tras un interesante almuerzo apagaron las luces y como por arte de magia, como por un extraño conjuro, se cerraron todas las ventanillas. Tocaba una larga siesta a la que todo el mundo pareció apuntarse sin miramientos. Yo intenté hacer lo mismo. El sueño solo se vio importunado por el intenso frío que pasamos durante todo el vuelo. Seguíamos con los trucos de magia: aparecieron de la nada mantas, chaquetas, gorros, impermeables... algunos afortunados se pusieron guantes.

Pili parecía el muñeco de michelín bajo capas y capas de ropa que no la calentaban en absoluto. Tras la segunda comida del día, temblando en nuestros asientos, vimos en el mapa de las pantallas que llegábamos a América. Algunas ventanillas se descubrieron tímidamente.

Yo contemplaba aquel mapa. ¿Uberaba? ¿Curitiba? ¿Florianópolis? ¿Pero qué extraño lugar estábamos a punto de visitar? Al final Porto Alegre apareció bajo nuestros pies y tomamos tierra. Y recuerdo muy bien el aterrizaje porque ocurrió algo: hice un bimbo. Mientras nuestro avión rodaba por la pista miré por la ventanilla y un ave de mediano tamaño alzó el vuelo entre los campos aledaños. Unas alas con grandes manchas blancas batían para alejarse del avión. Era un quero quero, la Vanellus chilensis, la primera ave nueva que veía, aún sin detenerse el aparato, y aquel pájaro me llenó de grandes expectativas. ¿Tan fácil iba a ser bimbar? ¿Pájaros nuevos por todas partes? Prudencia amigo ornitólogo. Todo llegaría. O quizá no.

El encuentro con Óscar y Henrique en el aeropuerto fue emocionante. Nos acompañaron hasta su coche, estacionado en el aparcamiento, y juntos emprendimos el camino hacia la primera parada: el hotel en el mismo Porto Alegre. Había anochecido ya.

- Voy a coger un atajo que nos irá bien -anunció Óscar. Henrique lo miraba con poca convicción.

Creo que pocas veces he pasado tanto miedo. Atravesamos tan solo un par de calles durante aquel atajo... ¡pero qué calles! Personajes de otro mundo se deslizaban lentamente entre las sombras de aquella parte tan pobre de la ciudad. La mala iluminación y la ausencia de tráfico acrecentaban la imagen de miseria. Mentalmente rogué para que no pincháramos una rueda o sufriéramos alguna avería. Miré hacia la izquierda. En un estrecho portal abierto una luz mortecina iluminaba a un joven apoyado en una pared. Se balanceaba un poco y un largo y mugriento cabello me impedía ver su rostro. Era la cara triste de un Brasil que también existía.

Finalmente nos instalamos en el hotel. Y comencé a descubrir Rio Grande do Sul, tierra de gauchos. Nos llevaron a cenar a un restaurante en el que nos sirvieron un rodizio de carnes amenizado con un espectáculo imperdible. Las boleadoras golpearon una lata de refresco estratégicamente situada sobre la cabeza de Óscar y los bailes y taconeos resonaron en la madera.

Con el estómago lleno (muy lleno) regresamos al hotel para descansar. Lo necesitábamos. Tras once de horas de vuelo estábamos agotados.

La mañana se presentó con una agradable sorpresa para mí. Con las primeras luces vislumbré desde la ventana de nuestra habitación un pajarillo en un edificio cercano. No era una gran foto, pero era la primera que tomaba de un ave en Brasil, y el segundo bimbo que hacía en Sudamérica: el zorzal colorado, sabiá laranjeira en portugués, pero que quedó rebautizado por todos como el Rufus para el resto del viaje.

Sabiá laranjeira - zorzal colorado - Turdus rufiventris.


Tras desayunar nos pusimos en marcha. Comenzaba lo bueno.

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