miércoles, 27 de mayo de 2009

Arcachon: en busca de la Pagophila eburnea (segunda parte y última)

Amanecimos el lunes 2 de marzo en aquel bosque.

El grito del Picus viridis retumbaba en el silencio matinal. Pero el ave no se dejó ver.

La decisión de aprovechar el día entero y regresar la noche del lunes al martes ya estaba tomada. Así que teníamos por delante bastantes horas para continuar buscando la gaviota marfil y las polares.

Tras desperezarnos subimos al coche y nos trasladamos a Gujan-Mestras para tomar un café. Acto seguido ya estábamos en acción en el criadero de ostras. Ni rastro de la Pagophila. Sin embargo la gaviota de Delaware seguía fiel a su zona, junto a las argentatus y canus.

Aquella mañana la dedicamos a explorar detenidamente la zona del criadero y cercanías. Fuimos recompensados con bandos de Branta bernicla, Calidris alpina, y el resto de aves que ya habíamos disfrutado el día anterior, las cuales no nos cansábamos de admirar. No todos los días disfrutamos de Larus delawarensis.

Desde el criadero y mirando hacia el este, más al interior de la bahía, lejos, divisamos lo que parecían unas marismas ante las cuales descansaban algunos cisnes y otras aves. Subimos al coche y nos movimos hacia aquella zona, con la esperanza de hallar alguna carretera o pista que nos adentrara en las marismas.

Tuvimos suerte y pudimos dejar el coche junto a lo que parecía un itinerario usado, quizá, por cazadores.

Tras caminar algunos cientos de metros pudimos observar algunos ejemplares de garceta grande (Egretta alba), cisne vulgar (Cygnus olor), tarro blanco (Tadorna tadorna), espátula (Platalea leucorodia) y zarapito real (Numenius arquata).

Las horas pasaban y el hambre acudió. Encontramos un centro comercial, y aunque llegamos tarde para comer (esta gente adelanta sus horarios respecto a nuestras costumbres... o nosotros los retrasamos), pudimos igualmente comprar algo con que llenar los estómagos.

Una vez alimentados, postreados y cafeteados volvimos de nuevo al bosquecillo que nos había acogido la noche anterior, con la esperanza de ver y bimbar el Picus viridis. Pero aunque lo escuchamos no lo vimos. Disfrutamos sin embargo de otras aves como el trepador azul (Sitta europaea).

Tras ese bonito paseo de sobremesa fuimos a nuestro auténtico centro neurálgico de toda nuestra expedición: el pueblo de Gujan-Mestras. Resignados ya a la evidencia de que no había gaviota marfil que ver, exploramos aún una parte más del puerto que aún no habíamos visto, ya únicamente para disfrutar de cualquiera de aquellas aves que no solemos ver en abundancia en la costas catalanas.

No pudo ser más acertada la decisión. Resulta que una de las calles termina en una especie de plaza redonda asomada a los barros de la marea, oteadero ideal para plantar los telescopios y pasarse horas escudriñando la bahía, y de hecho eso fue lo que hicimos.



La vuelta de la marea bajo la atenta mirada del sol del atardecer hizo nuestras delicias: cientos de correlimos esquivaban el avance de las aguas, las cuales hicieron desaparecer los limos de nuestra vista para sustituirlos por un océano hambriento de suelo. Calidris alpina y algunos C. minuta correteaban arriba y abajo, iluminados por esos rayos dorados tan especiales, esos que solo iluminan durante las últimas horas del día o primeras horas de la mañana.

Calidris alpina:

Como remate final y despedida, un halcón peregrino (Falco peregrinus) sobrevoló las aves de la bahía y tras unas bonitas maniobras desapareció en dirección oeste.

También nosotros debíamos marcharnos. Se hacía tarde y servidor no podía permitirse un día más sin trabajar. También a Cristina la esperaban al día siguiente. Y mi sobrino Adrián no debía faltar de nuevo a clase.

Sin Pagophila, pero no importa: ¡victoria!

Pasadas las siete de la tarde emprendimos el regreso, y bien entrada la madrugada descansábamos todos en nuestras propias casas.

Gujan-Mestras es un lugar maravilloso para el amante de las aves marinas. Personalmente pienso que va a ser punto de destino habitual en mis inviernos futuros.

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