miércoles, 7 de septiembre de 2016

Segundo día de migración otoñal: cómo no ver aves viendo aves

Martes, día 6 de septiembre. Subo a la azotea de mi casa, en Barcelona. Voy a vigilar el paso de rapaces hacia el sur en su migración postnupcial. Comienzo a las 10.20.

Voy a explicar cómo es recomendable realizar la observación de aves en estos días de terrible calor.

Es necesario ir bien preparado para las altas temperaturas: hay que buscar la sombra, llevar agua, ropa ligera y sombrero, gafas de sol, etc. Además por supuesto, como vamos a ver plumíferos, hay que cargar con el telescopio, los prismáticos, la cámara de fotos, una silla plegable, libros...

Cuando tienes todo montado el siguiente paso consiste en tirarlo todo de una patada o lanzarlo al vacío y largarse a tomar una cerveza bien fresquita en la terraza de un bar. Porque después de estar tres horas cocinándome a la plancha en lo alto del edificio, marcharse con un triste cernícalo es bastante deprimente. O lo sería si mi cerebro no estuviera demasiado ocupado en revivir tras carbonizarse a casi cuarenta grados.

En efecto, la primera hora me propició un cernícalo migrador, y también algunos vencejos reales y un papamoscas cerrojillo que se alimentaba volando de antena en antena. Pero las dos últimas horas fueron un suplicio. Apenas alguna tórtola turca suicida por aquí o por allá. Ni siquiera las casi omnipresentes gaviotas patiamarillas.

Al final acabas bajando la mirada para relajar el cuello, dolorido de tanto mirar a un cielo deslumbrante, y descubres lo interesantes que son las manchas del suelo.

Pero como se suele decir, es lo que hay. Las aves aparecerán tarde o temprano, y por ello es necesario seguir mirando hacia arriba. Esto forma parte de la vida del ornitólogo: en ocasiones ves maravillas; otras en cambio te mueres de aburrimiento.

Cernícalo vulgar - Falco tinnunculus, la estrella del día entre las rapaces, porque no había otras.




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